Abismo Azul (Rosas 3) CAPÍTULO 4 LA CAZA ESTÉRIL #2
30%

CAPÍTULO 4 LA CAZA ESTÉRIL #2

Mi teléfono vibra sobre la barra. Una notificación de la aplicación de citas. No es ella. Es otro perfil, otra foto filtrada, otra biografía que promete «aventura» y significa «transacción». La apago. El cristal se vuelve negro.

La rubia se desliza del taburete. El vestido plateado cruje cuando camina. Se acerca, no directamente, con una ruta en zigzag que pasa por mi lado. Su perfume es un muro: jazmín sintético, ambroxán, el dulzor agresivo de quien quiere ser recordada.

—¿Esperas a alguien? —pregunta. Su voz es más grave de lo que esperaba. Entrenada.

—No —digo. No miro sus piernas. Miro sus ojos. Están vacíos. Brillantes, pero vacíos.

—Pareces… distante. —Deja caer la palabra como un guante. Un desafío pequeño, barato.

«Distante». Es la palabra que usan cuando no muerdo el anzuelo. Cuando mi silencio dura más de lo que su paciencia permite.

—Es la hora que es —contesto. Bebo un sorbo del bourbon aguado. Ya no quema.

Ella se inclina, apoyando un codo en la barra. El escote del vestido es un abismo de satén. Un movimiento ensayado. He visto este mismo gesto en cinco mujeres diferentes este mes. —Las horas son lo que uno hace con ellas.

Cliché. Todo es cliché. Su acercamiento, su perfume, la promesa tácita. Incluso mi rechazo es parte del guion. El hombre poderoso que juega a ser inalcanzable para que el triunfo sepa más dulce.

Pero hoy no hay triunfo que valga la pena. Hoy, el único sabor en mi boca es el de otro bourbon y el recuerdo persistente de un gemido que no era de este mundo, que no venía de unos labios pintados, sino de una garganta que se abrió en la oscuridad sin pedir permiso.

La rubia palpa mi silencio. Su sonrisa se tensa en las comisuras. Está perdiendo el hilo. Yo debería estar ya comprando otra ronda, diciendo algo ambiguo sobre las vistas de mi ático.

En su lugar, me levanto. Las piernas del taburete chirrían contra el suelo.

—Disculpa —digo. No es un «adiós». Es un despido.

Ella parpadea, sorprendida. Luego, el fastidio. Un brillo duro en sus ojos vacíos. He roto las reglas. He rechazado la oferta sin ni siquiera hacer una contraoferta. Soy un mal negocio.

Me doy la vuelta. Dejo un billete de cien bajo el vaso. Camino hacia la salida. Siento su mirada clavada en mi espalda, furiosa. Siento otras miradas, curiosas. El tiburón que nada contra corriente. El espectáculo del día.

El portero del  Peninsula  me abre la puerta con una reverencia. —¿Su coche, Mr. Vance?

—No.

El aire de la noche es un puñetazo. Frío, seco, cargado del olor a salchichas de un puesto callejero y a escape de autobús. Es real. Es feo. Lo respiro hondo.

Empiezo a caminar sin rumbo. No hacia el Gold Coast. No hacia ningún sitio. La ciudad de noche es otra bestia. Las luces de neón de los clubs de River North parpadean como ataques epilépticos. Un grupo de chicos en camiseta, borrachos y sudorosos, chocan conmigo al pasar.

—¡Oye, mira por dónde vas, capullo!

Uno de ellos me empuja. Es más joven, más grande, con los ojos vidriosos por la cerveza barata. Su amigo lo sujeta.

—Tranquilo, tío, mira cómo va vestido…

Me miran. Ven el traje. Ven la distancia. No soy de aquí. Soy un turista en mi propia ciudad.

Me quedo quieto. Los miro. No digo nada. El silencio es más desafiante que cualquier insulto. El más grande titubea. Algo en mi mirada —no es miedo, es un cansancio absoluto, una disposición a que esto termine de cualquier manera— le hace retroceder.

—Vámonos —murmura, arrastrando a su amigo.

Siguen su camino, riendo de nuevo, la amenaza disuelta en alcohol y olvido.

Sigo caminando. Llego al puente de la calle State. Me apoyo en la barandilla. Abajo, las vías del «L» traquetean con un tren que pasa, una ráfaga de luces amarillas y ruido de metal. El viento arrastra un periódico viejo, páginas mojadas que se pegan al pavimento.

Aquí, no soy Julian Vance, abogado estrella. Soy un tipo con un traje caro en un puente, con el aliento saliendo en nubes blancas, preguntándome por qué todo —el bourbon, las mujeres, el respeto, el miedo— sabe a ceniza.

Y entonces, como un tic, como un músculo que duele al moverlo, la memoria física me golpea. No un pensamiento. Una  sensación .

La curva exacta de su cadera bajo mi palma. El sonido  seco  de la seda al rasgarse. No un susurro, un desgarro. Y su reacción: no un grito, no una queja. Un estremecimiento. Un  alivio  físico, tangible, que recorrió su cuerpo y vibró en el mío.

Fue real. Esa es la palabra que me persigue.  Real.  En un mundo de clichés, de algoritmos, de sonrisas vacías y bourbon aguado, aquello fue la cosa más real que he tocado en años.

Un coche de policía pasa con la sirena apagada, las luces azules barriendo la noche. Me aparto de la barandilla. La realidad externa vuelve a presionar: el frío, el ruido, el olor a orín en un rincón del puente.

No puedo quedarme aquí. No puedo volver allí.

Empiezo a caminar de vuelta, hacia donde Marco estará esperando con el Aston Martin, hacia el ático limpio y silencioso que es mi jaula de oro.

Pero mientras camino, una certeza se instala en mis huesos, más fría que el viento de Chicago: la próxima vez que una mujer con un vestido caro me sonría en un bar, no veré una oportunidad. Veré una copia barata de algo que, por una noche, supo a verdad. Y no sé qué haré entonces.