CAPÍTULO 4 LA CAZA ESTÉRIL
El hielo de mi vaso de bourbon ya se ha derretido, diluyendo el Pappy Van Winkle de veintitrés años hasta convertirlo en agua sucia con sabor a roble.
Lo sé sin mirarlo. Lo sé por el peso, por el sonido sordo que hace al girarlo sobre la barra de ónice del Noir Bar , en el piso penthouse del Hotel Peninsula.
Es mi tercero. O el cuarto. Ya he perdido la cuenta, y ese es el único objetivo de esta noche: perder la cuenta.
A mi alrededor, el lujo es una carcajada silenciosa.
Sofés de terciopelo granate, luces bajas que convierten cada rostro en una máscara de claroscuro, jazz de piano que gotea como una herida elegante.
Las mujeres aquí son esculturas vivientes: cuerpos esculpidos por cirujanos y entrenadores personales, envueltos en telas que cuestan más que el alquiler mensual de sus apartamentos.
Huelen a jardines imposibles, a flores que no existen fuera de un laboratorio.
Una de ellas, una rubia con el cuello de cisne y un vestido plateado que parece pintado sobre su piel, me ha estado lanzando miradas durante media hora.
Son miradas calculadas, profesionales. Ha evaluado el traje (Brioni), el reloj (Patek Philippe), la postura de aburrimiento absoluto que es mi señal más clara de riqueza aquí.
Para ella, soy un objetivo de alto valor. Un trofeo con cuenta bancaria.
Hace quince minutos, me habría acercado.
Habría desplegado el repertorio: una mirada intensa, una frase ambigua, la seguridad tranquila de quien sabe que no tiene que esforzarse.
Habría terminado la noche en su suite, o en la mía, en un intercambio predecible de sudor caro y satisfacción mutuamente fingida.
Pero hoy no puedo.
Hoy, cada curva perfecta de su cuerpo me parece de plástico. Cada sonrisa calculada me produce un hastío físico. Es como si anoche alguien hubiera ajustado una frecuencia en mis sentidos y ahora solo puedo sintonizar una estación: la de la verdad cruda .
Y la verdad cruda tenía el pelo castaño recogido en un moño severo, y unos ojos que, en el momento del abandono, reflejaron no rendición, sino una especie de asombro feroz.
La verdad cruda hizo un sonido al romperse la seda que aún me resuena en los oídos.
La verdad cruda no me pidió nada a la mañana siguiente, excepto que cumpliéramos nuestro pacto de adultos y nos fuéramos.
La rubia se desliza del taburete. Es su movimiento. Un balanceo calculado de caderas, un recorrido lento hacia el baño que pasa a tres metros de mí. Su perfume me golofa: jazmín y ambroxán. Huele a departamento de soltera, a deseo de compromiso, a aburrimiento disfrazado de ambición.
Giro el vaso otra vez. El líquido ámbar da vueltas, atrapando la luz tenue. ¿Qué demonios me pasa?
Soy Julian Vance. He construido un imperio con mi capacidad para anticiparme, para calcular, para controlar.
El deseo siempre ha sido otra variable en la ecuación, una necesidad fisiológica que se satisface con la misma eficiencia con la que se cierra un trato.
Nunca ha sido… esto. Esta reverberación. Esta interferencia.
Cierro los ojos un instante y no veo la oscuridad.
Veo la línea de su clavícula, iluminada por la luz de la ciudad que se filtraba entre las cortinas.
Veo la sombra de sus pestañas sobre sus mejillas en el silencio post-coital.
Elena. Incluso su nombre es distinto. No es un nombre de app , de club nocturno.
Es un nombre de biblioteca, de silencio concentrado.
La abrí. La desarmé. La poseí. Fue un intercambio, un contrato tácito. Eso es todo.
Entonces, ¿por qué cada mujer en esta sala me parece ahora una imitación barata? ¿Por qué el champán sabe a agua y el bourbon no quema lo suficiente?
Un compañero de la firma, Ben Crawford, se deja caer en el taburete a mi lado. Huele a cigarros cubanos y a arrogancia. —Julian, amigo mío. La rubia del vestido plateado está literalmente babeando por ti. ¿Estás ciego o es que te has vuelto tonto?
Ben es de los que piensa que el éxito se mide en ceros en la cuenta y en conquistas en la cama. Hace una década, quizá le habría dado la razón.
—No es mi tipo —murmuro, sin apartar la vista de mi vaso.
—¿No es tu tipo? —Ben suelta una risotada—. Julian, ese tipo tiene piernas que no terminan nunca y un padre que es dueño de medio Ohio. Es exactamente tu tipo.
Ahí está. La transacción, siempre la transacción. Piernas por influencia. Cuerpo por conexiones. Es el lenguaje que hablo desde que tengo uso de razón. El lenguaje de mi padre, de sus amigos, de este puto bar.
—Hoy no —digo, y hay un filo en mi voz que hace que Ben levante las manos en un gesto de rendición burlona.
—Como quieras, jefe. Más para mí.
Se levanta y se dirige hacia la rubia, que ha regresado de su paseo estratégico. La veo sonreírle a Ben, la misma sonrisa perfecta y vacía que me ofreció a mí. El intercambio continúa, con o sin mí.
Me quedo solo. O más solo de lo que estaba, que ya es decir.
Mi mente, traidora, hace cálculos que no quiero hacer.
Elena Sterling. Treinta y dos años. Profesora titular.
Universidad de Chicago. Salario estimado: una fracción de lo que gasto en vino al mes.
Riesgo de escándalo: moderado-alto, dada su posición.
Riesgo emocional: indeterminado. Variable impredecible.
Debería borrar su número. Debería olvidar la textura de su piel bajo mis palmas. Debería volver a ser el hombre que controla todas las variables.
Pero hay otra variable que no había considerado: el aburrimiento . Un aburrimiento tan profundo y estructural que había empezado a sentir que me comía por dentro, como un ácido. Y anoche, durante una hora, ese aburrimiento desapareció. Fue reemplazado por algo intenso, real, sucio y glorioso.
Levanto la mano y le hago una señal al barman. —La cuenta.
Pago en efectivo, dejando un fajo de billetes que cubre con creces la bebida y el silencio del barman. Me levanto. La rubia y Ben me miran desde su rincón. Ella parece ligeramente ofendida. Él, divertido.
Me da igual.
Salgo a la noche. El frío de Chicago me golpea como una bofetada de realidad. Mi coche, un Aston Martin DBS de color gris platino, espera al lado del bordillo con el motor en ralentí. Marco, mi chófer ocasional, asiente desde dentro.
Pero no entro. Necesito caminar. Necesito que el aire helado me limpie el bourbon de la garganta y las imágenes de ella de la cabeza.
No funciona.
Camino por la avenida Michigan, con el cuello del abrigo levantado. Los escaparates brillan, mostrando joyas, ropa, sueños envasados. Todo me parece de cartón piedra. Un decorado.
Llego al puente de la calle Wabash. Me detengo en medio, apoyando las manos en la barandilla helada. Abajo, el río Chicago es una franja de oscuridad aceitunada, reflejando las luces de los rascacielos como lágrimas alargadas.
Aquí, a veinte minutos a pie del Noir Bar , el mundo es diferente. Más real, más sucio. Más parecido a cómo me sentí anoche: despojado de todo artificio.
Sacudo la cabeza. Estoy racionalizando. Buscando profundidad donde solo hubo fricción. Fue sexo. Solo sexo. Intenso, sí. Catártico, quizá. Pero solo sexo.
Pero si fue solo sexo, ¿por qué la memoria de su gemido, roto y gutural, me eriza la piel ahora mismo, aquí, en este puente helado?
¿Por qué recuerdo la expresión de sus ojos después, no de arrepentimiento, sino de un reconocimiento perturbador, como si ambos hubiéramos visto algo en el otro que no deberíamos haber visto?
Un grupo de jóvenes pasa riendo, empujándose, llenos de una vitalidad que me resulta ajena. Los observo hasta que desaparecen.
Tengo treinta y cinco años. Tengo más dinero del que podré gastar. Tengo respeto, poder, miedo. Y tengo un vacío en el centro del pecho que el bourbon no llena, que las rubias del Peninsula no llenan, que ni siquiera los millones que gano llenan.
Y anoche, durante un instante, ese vacío no existió.
No fue ella. Fue la verdad del momento. La brutal, incómoda, magnífica verdad de dos extraños dándose lo único que podían darse.
Me giro de espaldas al río. El viento me azota la cara. Sé lo que debo hacer. Debo ir a mi ático en el Gold Coast. Debo tomarme un cuarto bourbon. Debo dormir. Y mañana, debo ser Julian Vance otra vez.
Pero mientras camino hacia el coche, una certeza se instala en mí, fría y pesada como la barandilla del puente: la caza ha terminado.
O, más bien, ha cambiado de objetivo. Ya no busco distracción.
Busco… no sé qué. Pero sé que no está en el Noir Bar .
Y sospecho, con un pálpito que no puedo ignorar, que tiene el pelo castaño recogido en un moño y unos ojos que vieron a través de mi máscara antes de que yo le quitara la suya.
Necesita, si acaso, menos autocomplacencia reflexiva y más fricción externa
CAPÍTULO 4: LA CAZA ESTÉRIL
El hielo del bourbon se ha derretido. El Pappy Van Winkle de veintitrés años ahora es agua marrón. Giro el vaso. El fondo golpea la barra de ónice con un clac que corta el murmullo del Noir Bar .
—Otro, Mr. Vance?
El barman tiene los nudillos tatuados y la mirada de quien ha visto demasiado.
Niego con la cabeza. Mi mirada atrapa la del espejo tras la barra.
Refleja a un hombre en un traje demasiado caro para un martes, la corbata desanudada, la mandíbula apretada.
Refleja también a la rubia tres taburetes más allá, la del vestido plateado que parece pintura.
Me ha estado mirando. Su sonrisa es una línea perfecta, una promesa calculada.
Sabe lo que vale mi reloj. Sabe lo que vale el suyo.
Antes, esto era un juego. Un ritual. Ella lanza la mirada, yo la sostengo, intercambiamos frases huecas que significan «sí, tú, ahora, arriba». Es fácil. Es aburrido.
Hoy, la mirada me resbala. No veo a una mujer. Veo un algoritmo: cirugía estética, asesor de imagen, ambición social, desesperación disfrazada de confianza. Es lo mismo que veo en la junta directiva los lunes. Sólo que con mejores piernas.