Capítulo 3
La gala benéfica del Instituto de Arte de Chicago huele a dinero viejo y orquídeas moribundas.
El aire, cargado de murmullos de seda y el tintineo de copas de cristal, me envuelve como una niebla perfumada.
Estoy aquí por obligación profesional, no por placer.
Mi vestido es un traje de armadura: de un azul oscuro, modesto, de manga larga y escote cerrado.
Me fundo con las paredes de mármol, otra sombra elegante entre docenas.
Pero desde que crucé el umbral de la sala de esculturas, donde los invitados se congregan bajo la mirada severa de bronces y mármoles, algo dentro de mí se ha vuelto rebelde. No observo las obras de arte. Observo a las parejas .
No son parejas de amor, son parejas de poder .
El político canoso con su tercera esposa, una mujer de sonrisa congelada y vestido que cuesta más que mi salario anual.
El magnate inmobiliario que sostiene el codo de una joven cuyo único mérito parece ser la perfección escultórica de sus pómulos.
El abogado de rostro afilado que susurra al oído de una mujer que no le escucha, sus ojos recorriendo la habitación en busca de un contacto más útil.
Lo veo todo con una claridad que me duele. La transacción. El cálculo. El disfraz de afecto que cubre acuerdos de influencia, de estatus, de soledad compartida por conveniencia.
Y entonces, una voz dentro de mí, una voz que no reconozco, susurra algo peligroso:
Quemar esto.
No es una metáfora. Es un impulso visceral, primitivo.
Una imagen fugaz, luminosa y aterradora: yo, la profesora Elena Sterling, tomando una antorcha de las que iluminan los nichos con esculturas y prenderle fuego al vestido de la tercera esposa.
O gritar algo obsceno en latín en medio del silencio solemne.
O desabrocharme este vestido azul, capa a capa, aquí, delante de todos, hasta quedar tan desnuda y verdadera como estuve anoche.
La idea me sacude con una descarga de electricidad que recorre mi espina dorsal y se aloja, vibrante, en mi bajo vientre.
No es terror. Es… deseo . Deseo de transgresión.
Deseo de que la mujer recatada y perfecta que he cultivado con tanto esmero durante seis largos años se desintegre en una pira pública de escándalo.
Aprieto la copa de champán que no he bebido.
El cristal es frío y liso. La burbuja de mi vida perfecta, pulida y estéril, me asfixia.
Cada sonrisa educada, cada conversación intrascendente sobre la nueva ala del museo, cada mirada que me atraviesa sin verme realmente…
son ladrillos más en el muro de mi propia celda.
Y entonces, inevitablemente, mi mente huye de esta sala opulenta y regresa al suelo de aquella suite.
No a la pasión, sino al silencio después.
Al peso de él sobre mí, sudoroso y real.
A la asombrosa quietud que siguió al cataclismo.
No hubo promesas, ni mentiras, ni fingimiento.
Solo dos cuerpos exhaustos y dos verdades desnudas: necesidad y alivio.
Aquí, en medio de este lujo ruidoso y vacío, echo de menos ese silencio. Echo de menos la crudeza. Echo de menos la honestidad salvaje de dos extraños que no se deben nada, excepto el momento.
Una mujer se acerca, la esposa de un decano. Tiene el pelo teñido de un rubio inexistente en la naturaleza y lleva un collar de diamantes que capta la luz como un arma.
—Querida Elena, ¡qué sorpresa verte aquí! —dice, con una voz que pretende calidez y solo alcanza condescendencia—. Normalmente estás tan enterrada en tus libros…
Forzo una sonrisa. Es el gesto más arduo que he hecho en semanas. —Los libros son mi refugio, Margaret. A veces, el mundo real es… demasiado estimulante.
La palabra «estimulante» resuena en mi boca con un sabor a traición. Pienso en estímulos concretos: manos que no piden permiso, dientes que rozan piel, el sonido de una cremallera cediente.
Margaret parpadea, como si mi respuesta fuera más compleja de lo que esperaba.
—Bueno, siempre tan intelectual —dice, con un toque de fastidio—. Debes salir más. Conocer gente. Un hombre, quizá. No es bueno estar sola.
La condescendencia me golpea como una bofetada.
No es bueno estar sola. Lo dice quien duerme cada noche al lado de un hombre que solo la ve como un accesorio en su currículum social.
¿Es eso mejor que mi soledad? ¿Esta soledad elegida, honesta, que al menos no está contaminada por la mentira conyugal?
—Trabajo mucho —digo, y es la excusa hueca que he usado durante años.
Mientras hablo, mis ojos escapan de nuevo.
Se posan en un hombre solo, al otro lado de la sala.
No es atractivo, no especialmente. Está mirando un cuadro abstracto con las manos en los bolsillos, alejado del bullicio.
Hay una tristeza auténtica en su postura, una soledad que no pretende disimular.
Por un instante loco, pienso en cruzarme la sala, plantarme frente a él y decirle: «¿Quiere salir de aquí?
¿Quiere ir a un bar y no hablar de nada importante?
¿Quiere simplemente… no estar solo juntos? ».
No lo hago, claro. La profesora Sterling no hace esas cosas.
Pero la mujer que tembló en la alfombra del Langham … esa mujer quizá sí.
Margaret se marcha, arrastrando su nube de perfume caro y falsas preocupaciones.
Me quedo inmóvil, la copa de champán convertida en un peso muerto en mi mano.
El ruido a mi alrededor se convierte en un zumbido lejano, un murmullo de insectos.
Estoy aquí, pero no estoy. Estoy atrapada entre dos realidades: la de esta sala, fría y dorada, y la de aquella habitación, oscura y caliente.
Y en esa grieta, crece algo nuevo. No es solo el deseo físico, ese ya ha despertado con una ferocidad que me aterra.
Es otra cosa. Es impaciencia . Una rabia sorda contra la lentitud de mi vida, contra la previsibilidad de mis días, contra el desperdicio monumental de estar viva y no sentir nada más profundo que la satisfacción de una nota a pie de página bien puesta.
Quiero más. La palabra me golpea con la fuerza de una revelación. Quiero más. No sé exactamente qué «más» significa. ¿Más noches como anoche? ¿Más riesgo? ¿Más de esa verdad brutal que encontré en los ojos de un desconocido?
Lo que sí sé es que no puedo volver atrás. No puedo pretender que anoche fue un paréntesis, un error que se puede archivar y olvidar. Porque algo se rompió dentro de mí. Un dique que contenía no solo el deseo, sino la frustración, la rabia, la desesperación silenciosa de una vida a medias.
Mi mirada se desvía hacia la gran puerta de salida. Es de roble tallado, imponente. Más allá está la noche fría de Chicago, la ciudad con sus luces y sus sombras, sus bares anónimos y sus hoteles de lujo donde las personas pueden dejar de ser quienes son por unas horas.
Un impulso me empuja a dar un paso hacia ella. Solo uno. Luego otro. Dejo la copa de champán, casi llena, en el pedestal de una estatua griega. La diosa de mármol me mira con ojos vacíos.
Camino. No rápido, no como una fugitiva, pero con una determinación nueva. Los murmullos, las risas, la música de cuerda de fondo… todo se convierte en el ruido de un mundo del que ya no quiero formar parte. Al menos, no esta noche.
No sé adónde voy. Solo sé que no me quedo aquí.
Cruzo la puerta. El aire frío del atrio me golpea, limpiando mis pulmones del perfume asfixiante. Un conserje me mira con cortesía.
—¿Necesita que le llamemos un taxi, señora?
Lo miro. En sus ojos veo el reflego de una mujer seria, bien vestida, con el pelo impecable. La máscara.
—No, gracias —digo, y mi voz suena extrañamente firme—. Prefiero caminar.
Salgo a la noche. La avenida Michigan está iluminada, llena de coches que pasan veloces. El viento del lago me azota el rostro, áspero y vivificante. Enciendo el teléfono. La pantalla brilla en la oscuridad. La aplicación está ahí, oculta en una carpeta. JulianV_Chicago.
No la abro. No todavía.
Pero la posibilidad está allí, pulsando como un segundo corazón en mi bolsillo. Una grieta se ha abierto en la rutina. Y por esa grieta no solo ha escapado mi antigua yo. Ha entrado algo nuevo. Algo peligroso. Algo vivo.
Empiezo a caminar sin rumbo, dejando atrás la luz dorada del museo, adentrándome en las sombras cambiantes de la ciudad. Por primera vez en años, no sé quién soy ni adónde voy.
Y esa incertidumbre, en lugar de aterrarme, sabe a libertad.