Abismo Azul (Rosas 3) CAPÍTULO 2 EL LABERINTO DE CRISTAL
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CAPÍTULO 2 EL LABERINTO DE CRISTAL

—El problema, caballeros —digo sin alzar la voz—, no es la cláusula de confidencialidad.

Mis palabras rebotan en las paredes de cristal.

Cuatro abogados de la firma contraria intercambian miradas nerviosas.

Detrás de ellos, a través del ventanal, Chicago se despliega como un tablero de juego a mis pies.

A sesenta pisos de altura, el mundo se reduce a líneas rectas, ángulos de acero, el gris azulado del lago. Todo controlable. O eso debería ser.

Deslizo el documento por la mesa de caoba. —Página cuatro, párrafo tercero. La ambigüedad en «información derivada» les daría pie a demandarles por el aire que respiran en este edificio.

Uno de ellos, corbata demasiado brillante, intenta protestar. —Mr. Vance, creemos que el lenguaje es suficientemente…

—No —corto. El silencio que dejo es más efectivo que un grito—. No lo es. Lo reescriben. O les sugiero que busquen representación en otra parte. La reunión ha terminado.

Me levanto. El traje, azul marino casi negro, cortado a medida, no hace un solo pliegue. Camino hacia la puerta sin mirar atrás. El susurro de las sillas al retirarse, el crujido del cuero, me siguen hasta el pasillo.

Mi oficina ocupa la esquina suroeste. No es una habitación; es un territorio.

Mármol negro, madera de nogal, un escritorio de acero y cristal de cuatro metros despejado excepto por el portátil y el teléfono.

Pero el lujo real son las paredes de cristal.

La ciudad entera acurrucada ahí fuera, obediente.

Me acerco al ventanal. Abajo, los coches son insectos, la gente, puntos en movimiento. He pagado una fortuna por este silencio. Por este vacío perfecto.

Y hoy, el vacío grita.

Mis dedos tocan el cristal frío. No veo los rascacielos.

Veo un charco de seda negra sobre una alfombra color ciruela.

Veo unos ojos avellana, desorbitados no por el miedo, sino por el abandono total.

Oigo, bajo el zumbido del aire acondicionado, el eco de un gemido roto que salió de mi propia garganta.

Elena.

La he buscado, claro. Evaluación de riesgos.

Elena Sterling. Doctora en Literatura Medieval.

Universidad de Chicago. Un puñado de artículos sobre mística femenina.

Una foto en la web del departamento: mujer seria, gafas, pelo recogido, sonrisa que no llega a los ojos.

La foto miente. O la mujer del hotel mintió.

Lo que no aparece en ningún informe es el sonido de la seda al rasgarse. El estremecimiento que recorrió su cuerpo, que yo  sentí  bajo mis manos. No era vergüenza. Era… alivio. Liberación. Una rendición tan completa que por un instante me ahogué en ella.

Y luego, el silencio después. Jadeando en la alfombra, dos extraños convertidos en cómplices. Ella no intentó abrazarme. No lloró. Sólo me miró. Y en sus ojos vi el mismo reconocimiento desnudo:  esto ha cambiado algo, y no sabemos el qué.

Un golpe en la puerta. —Adelante.

Es Miranda, mi asistente. Lleva una tablet. —Los documentos de la fusión Henderson están listos para su revisión final. Y la Sra. Thorne ha llamado tres veces. Insiste en que cene con ella esta noche.

—Envíale mis disculpas. Videoconferencia transatlántica —digo, sin apartar la vista de la pantalla—. Trae los documentos.

Miranda asiente y sale. La eficiencia es otro ladrillo en el muro.

Pero la pared tiene grietas hoy.

Tomo el bloc de cuero. En la primera página, en blanco, mi mano traza sin querer una letra: una «E» cursiva, grande, innecesaria. Frunzo el ceño y lo cierro de un golpe.

Me levanto. Vuelvo a la ventana. La ciudad exige mi atención, mi ambición, mi fría inteligencia. Quince años para llegar aquí. A esta atalaya donde el mundo se doblega a la lógica, al poder, al contrato perfecto.

¿Y a cambio? Una casa en el Gold Coast que es un museo. Una colección de vinos que no comparto. Un desfile de mujeres hermosas y vacías, que ven un trofeo o una cuenta bancaria con patas. Noches en clubes donde el champán sabe a ceniza.

Aburrimiento.  Un aburrimiento estructural, profundo como un hueso.

Hasta anoche.

Anoche no hubo aburrimiento. Hubo fuego. Hubo verdad. En la crudeza de ese encuentro, en la ausencia total de pretensiones, encontré algo que el dinero no puede comprar:  autenticidad . Una mujer que no quería nada de mí, excepto lo mismo que yo quería de ella. Un trueque perfecto. O eso pensé.

Porque ahora, la memoria de esa autenticidad es un aguijón. Un picor bajo la piel.

El teléfono vibra. Una notificación de la aplicación.  JulianV_Chicago.

Podría escribirle.

La idea es peligrosa. Rompería las reglas no escritas. Su acuerdo era claro: un encuentro, sin ataduras, sin seguimiento. El anonimato era el campo de juego.

Pero el anonimato se ha roto. Yo sé su nombre. Sé dónde trabaja. Y ella… ella conoce algo de mí que nadie más ha visto. La bestia bajo el traje.

Aprieto los puños. Las uñas se clavan en las palmas. El dolor es agudo, real, un ancla.

No. No escribiré.

Soy abogado. Mi profesión se basa en evaluar riesgos. Ella es un riesgo. Una variable impredecible. Una profesora universitaria, por el amor de Dios. Podría ser emotiva. Podría complicar las cosas. Podría querer… más.

Pero otra parte de mí, una parte que creía muerta, susurra:  ¿Y si más es exactamente lo que necesitas?

Rechazo el pensamiento. Me giro de espaldas a la ciudad. Me siento. Abro el primer documento de la fusión Henderson. Doscientas páginas de letra pequeña. El lenguaje de mi reino.

Pero hoy, las palabras bailan. Entre los «por cuantos» y los «en consecuencias», insiste, testaruda, la imagen de unos ojos avellana mirándome desde una alfombra, desnudos de todo excepto de verdad.

El laberinto de cristal donde he encerrado mi vida tiene, por primera vez, una grieta.

Y por esa grieta se ha colado un calor inquietante.

Un recordatorio de que hay un mundo fuera de estos muros perfectos, fríos e impersonales.

Un mundo donde la seda se rasga, los gemidos resuenan en la oscuridad y los contratos se sellan con piel, no con firmas.

Y lo peor es que, por primera vez en quince años, este laberinto me sabe a cárcel.