Abismo Azul (Rosas 3) CAPÍTULO 1 EL TEMPLO DE LA VIRTUD
13%

CAPÍTULO 1 EL TEMPLO DE LA VIRTUD

Los ojos se me abren a la oscuridad. No es la oscuridad plena de la noche, sino el gris lácteo del alba invernal de Chicago filtrándose por la rendija de las persianas venecianas.

Hace frío. Siempre hace frío. El sistema de calefacción del viejo edificio de Hyde Park ruge como un monstruo moribundo, pero el calor nunca parece llegar del todo a mi dormitorio, en la parte trasera.

Me incorporo. Las sábanas de algodón egipcio, frescas y planchadas, se deslizan.

La piel de mis brazos se eriza al contacto con el aire.

No enciendo la luz aún. Los primeros minutos de la mañana los paso en penumbra, como si la luz fuera demasiado cruda, demasiado real, para la frágil arquitectura del sueño.

Pongo los pies descalzos en el suelo de madera.

El frío sube por las plantas, una descarga de realidad.

Camino hasta la ventana y separo dos lamas con los dedos.

Ahí está: el patio interior del edificio, un cubo de ladrillo rojo y nieve sucia acumulada en las cornisas.

Un cielo plomizo, bajo, que parece pesar sobre los tejados. Un día más.

El ritual comienza.

En el baño, la luz blanca del fluorescente es cruel.

Me observo en el espejo sin marco: una mujer de treinta y dos años, piel pálida por el invierno perpetuo, ojos color avellana con ojeras ligeras —vestigios de noches leyendo bajo la lámpara—, cabello castaño liso recogido en una coleta baja y práctica incluso para dormir.

No hay rastro en ese rostro de la mujer que, hace menos de doce horas, temblaba desnuda en una alfombra de hotel bajo el cuerpo de un extraño.

La profesora Sterling ha regresado, impasible, a su puesto.

La ducha es caliente, casi hirviendo. El agua golpea mi piel, intentando descongelar algo que se ha vuelto perenne dentro de mí.

Cierro los ojos y, por un instante traicionero, no veo las baldosas blancas.

Veo manos grandes, con venas marcadas, desgarrando seda.

Oigo un gruñido gutural. Siento… un vacío.

Una ausencia física tan abrupta como fue la presencia.

Aprieto los dientes y giro la llave hacia el azul.

El chorro de agua fría me corta la respiración y barre el fantasma.

Vestirme es un acto de armadura. Ropa interior de algodón blanco, sin encajes, sin pretensiones.

Un sujetador que comprime más que realza.

Medias opacas color carne. Una falda de tweed gris hasta la rodilla, una blusa de seda color marfil, abotonada hasta el cuello.

Un jersey de cachemira fina, color cardamomo.

Cada prenda es una capa de coraza, una palabra en el discurso silencioso que digo al mundo:  Soy seria. Soy fiable. No me toquéis.

En la cocina, la cafetera italiana ya está preparada desde la noche anterior.

La pongo al fuego. El sonido del agua burbujeando, el aroma acre del café recién molido llenando la estancia minimalista —muebles blancos, acero, ningún adorno— son los únicos compañeros de mis mañanas.

Mientras espero, extiendo una toalla de papel sobre la encimera y coloco encima la taza blanca, el platillo, la cuchara pequeña.

Todo en su sitio. El orden como religión.

Son las 6:52 cuando salgo del apartamento. El bolso de piel marrón, gastado en los bordes pero de buena factura, va colgado del hombro. Dentro: la cartera, las llaves, el teléfono móvil apagado, y una edición anotada de  «El cantar de los cantares»  en hebreo y latín, para la clase de las diez.

El aire de la calle es un mazazo. Un viento cortante que baja del lago Michigan y se cuela por cada rendija de la ropa.

Me ajusto la bufanda de lana —gris, como todo lo demás— y camino con paso rápido hacia la parada del autobús 172.

Las aceras están vacías a esta hora, salvo por algún estudiante rezagado con la capucha calada y los auriculares puestos, caminando como un sonámbulo.

El autobús llega con un resoplido de aire frenético y diesel.

Subo, paso la tarjeta, encuentro un asiento junto a la ventana, lejos de los demás.

El vehículo está medio lleno: más estudiantes con caras de no haber dormido, algunas enfermeras con uniformes bajo los abrigos, obreros con termos de café.

El ambiente es un invernadero de alientos condensados y el olor rancio a humedad y a café barato.

Aprieto el libro contra mi pecho, como un escudo.

Por la ventana, Hyde Park desfila: casas señoriales de piedra convertidas en residencias estudiantiles, robles desnudos cuyas ramas se recortan contra el cielo gris, la silueta imponente de la Universidad de Chicago al fondo.

Mi mente, entrenada para el análisis, intenta ocuparse de la lección de hoy: la imaginería nupcial en el misticismo medieval, el cuerpo como metáfora del templo, el deseo divino expresado en lenguaje humano, ardiente.

Pero las palabras del texto sagrado — «¡Oh, si me besaras con los besos de tu boca!

» — resuenan hoy con un eco distorsionado, obsceno.

No pienso en Dios. Pienso en la presión de una boca exigente contra la mía, en el sabor a whisky y a hombre.

Cierro los ojos con fuerza.  Concéntrate, Elena.

El autobús traquetea y se detiene ante las puertas góticas de la Universidad.

Bajo, sumergiéndome en el torrente de jóvenes que fluye hacia el campus.

El aire aquí huele a piedra vieja, a conocimiento acumulado, a ambición joven.

Cruzo el cuadrilátero principal, rodeada de edificios que parecen catedrales laicas, con sus agujas y sus vidrieras.

Mi destino es una de las aulas más antiguas, en el ala este de Harper Library.

Mi despacho es primero. Una habitación estrecha, con una ventana alta que da a un pozo de luz.

Está abarrotado de libros, pilas ordenadas con precisión militar sobre el suelo, sobre la mesa, sobre la única silla libre.

El escritorio es de roca maciza, heredado de un profesor emérito hace décadas.

Me quito el abrigo y lo cuelgo en la percha detrás de la puerta.

Me siento. Enciendo el flexo de latón verde, que proyecta un círculo de luz cálida sobre el texto que debo repasar.

Pero mis dedos, al pasar las páginas del pergamino virtual, están fríos.

Y en el silencio del despacho, solo roto por el leve zumbido de la calefacción, la memoria se hace corpórea.

No es un recuerdo visual, es  sensorial .

La textura de la alfombra de lana contra mi espalda desnuda.

El peso abrumador, anclado, de un cuerpo sobre el mío.

El  sonido . Dios, el sonido de nuestra respiración entrecortada, de la fricción húmeda…

Un calor repentino, impropio, inoportuno, me inunda el bajo vientre. Aprieto las piernas bajo la mesa.

Es absurdo , me digo, con la voz mental de la profesora Sterling.

Fue una transacción. Un incidente. Un paréntesis en la realidad.

Pero mi cuerpo, ese traidor silencioso que he ignorado durante años, parece haberse despertado de un letargo y ahora reclama su parte.

Y lo hace recordándome, con lujo de detalles fisiológicos, cada segundo de aquella rendición.

Un golpe en la puerta me saca del precipicio.

—¿Profesora Sterling? —Es la voz de una de mis alumnas de posgrado, Sarah.

—Adelante —digo, y mi voz suena normal, serena, el milagro cotidiano del autocontrol.

La clase de las diez, en el aula 304, está llena.

Veintitrés pares de ojos jóvenes, brillantes o somnolientos, pendientes de mí.

El tema, irónicamente, es «La dialéctica del deseo y la abstinencia en los textos monásticos».

Hablo de San Agustín, de su lucha contra la carne.

Hablo de la  «luxuria»  como pecado capital, pero también como fuerza motriz de la renuncia más gloriosa.

Mis palabras son precisas, mi argumentación, impecable.

Soy elocuente, incluso apasionada, en el análisis intelectual del deseo.

Pero mientras hablo de la mortificación de la carne, yo siento, bajo la falda de tweed y las medias opacas, un ligero pero persistente latido, un eco lejano del placer que me arrancó en el suelo de aquella suite.

Es como si una parte de mí, una parte humillante y voraz, se hubiera quedado allí, en la habitación 1012, y ahora tirara de un hizo invisible atado a mis entrañas.

Un estudiante, un chico de pelo enmarañado y gafas gruesas, hace una pregunta perspicaz sobre la sublimación. Le respondo, citando a Tomás de Aquino. Pero por dentro, una voz diminuta y cínica susurra:  ¿Sublimación, Elena? ¿O simplemente miedo?

La clase termina. Recogen sus cuadernos, sus portátiles. Yo recojo mis papeles, mis pensamientos dispersos. Al salir del aula, la luz fría del pasillo me golpea. Y de repente, en medio del murmullo de los estudiantes que se dispersan, la realidad se impone con una claridad descarnada.

Esta vida —el despertador a las 6:07, el autobús 172, las clases sobre deseos antiguos, el apartamento silencioso— es un templo que he construido ladrillo a ladrillo. Un templo a la virtud, al intelecto, al control. Un refugio seguro tras el naufragio del matrimonio.

Pero anoche, crucé su puerta. Y ahora, dentro de estos muros de piedra pulida y rutina, echo de menos el caos. Echo de menos la marca de unas manos grandes en mis caderas. Echo de menos el sonido de la seda al romperse.

Es solo el primer día después. Y ya sé, con una certeza que me hiela más que el viento de Chicago, que nada volverá a ser igual.

El contrato, ese pacto tácito sellado en la oscuridad, no estaba solo en la habitación del hotel.

Lo he traído conmigo. Y ahora vive aquí, dentro de mi propio templo, respirando en la sombra de cada libro, en el silencio de cada pasillo desierto. Esperando.