Abismo Azul (Rosas 3) Capítulo 1 #2
9%

Capítulo 1 #2

Abro los ojos —no sé cuándo los he cerrado—. Su rostro está a centímetros del mío, transfigurado por una concentración feroz. Todo rastro de la frialdad calculadora del bar ha desaparecido. Solo queda  intención pura . Hambre. Un hambre que refleja el mío.

No hay preparación, ni caricia que invite, ni palabras dulces. Su mano baja entre mis piernas, un ajuste brusco y necesario, y luego  entra en mí .

Es un  impacto . Una penetración profunda, total, que borra de un golpe cualquier pensamiento coherente, cualquier resto de la civilizada doctora Sterling.

Un sonido gutural, desgarrado, se me escapa de la garganta.

No es un gemido de placer, es la vocalización física de un  desgarro interno , el de todas mis defensas, mis inhibiciones, mis miedos, rompiéndose de una vez y para siempre.

El dolor es agudo, un ardor eléctrico que, inmediatamente, se funde y transforma en una presión plena,  abrumadora , que llena cada espacio vacío que ni siquiera sabía que tenía dentro.

Empieza a moverse. No son embestidas románticas, ni un ritmo aprendido.

Es una  carrera . Un ritmo urgente, implacable, dictado por una hambre visceral que nos supera a los dos, que nos posee.

La fricción es cruda, real, casi violenta en su intensidad.

Cada empuje me desplaza unos centímetros sobre la alfombra, siento el roce de la lana en mi espalda desnuda, el golpe sordo de sus caderas contra las mías.

Mis uñas, sin que yo lo decida, se clavan en sus hombros, buscando ancla en ese torbellino de sensaciones, marcando mi propia posesión sobre él.

Él entierra su rostro en el hueco de mi cuello, y sus respiraciones se convierten en gruñidos calientes y húmedos contra mi piel, palabras ininteligibles que son más excitantes que cualquier poema.

Dejo de pensar.  Siento . El peso de su cuerpo, un ancla en la tormenta.

El sabor salado de su sudor cuando mis labios encuentran su hombro.

El olor a sexo, a piel caliente, a lujo y a animalidad, que empieza a impregnar el aire frío de la habitación.

El sonido húmedo y obsceno, íntimo y vergonzoso, de nuestros cuerpos uniéndose una y otra vez.

Es una fenomenología del deseo en estado puro.

Cada sentido, anestesiado durante años por la rutina, está ahora sobreexplotado, al borde del colapso, entregándose a una experiencia primaria.

Y entonces, comienza a crecer dentro de mí.

No es solo una presión física localizada.

Es una ola subterránea, un tsunami que se alza desde lo más profundo de mi vientre, un calor que se expande, que amenaza con desbordar los límites de mi piel, con romperme por dentro.

Intento luchar contra ella, aferrarme con uñas y dientes al último vestigio de control, al fantasma de la Profesora Sterling que observa, horrorizada, desde un último rincón de mi mente.

Es inútil. Él lo siente, y su ritmo se vuelve más profundo, más posesivo, como si quisiera arrancármelo todo.

El orgasmo no llega como una ola. Llega como un  desmoronamiento tectónico .

Un gemido largo, roto, que no reconozco como mío, se libera de mi garganta y resuena en la habitación silenciosa.

Mi cuerpo se arquea violentamente, separándose de la alfombra, convulso bajo el suyo, fuera de mi control.

Es una  pérdida total , absoluta, del gobierno de mí misma.

Un blanco cegador borra la suite, los rascacielos tras la ventana, su rostro.

Solo existe la  explosión silenciosa  que me recorre, onda tras onda de puro fuego líquido, sacudiéndome con una violencia dulce y devastadora.

Siento, literalmente, cómo algo se quiebra y se reorganiza dentro de mí.

No es un hueso, ni un músculo. Es una  identidad .

La Elena meticulosa, controlada, recatada, se deshace en ese instante.

Se desmorona bajo el peso de su cuerpo y la fuerza arrolladora de mi propio deseo, liberado por fin.

Un instante después, con un gruñido que es puro esfuerzo animal, él se hunde en mí una última vez, tan profundo que creo que me traspasará, y se detiene.

Un temblor violento, como una descarga eléctrica, lo recorre de la cabeza a los pies.

Siento el calor de su propia rendición inundándome, un sello final, íntimo y húmedo, que cierra el pacto.

Luego, silencio .

Un silencio absoluto, pesado como el mármol, roto solo por el jadeo desesperado de nuestros pulmones luchando por atrapar aire. El zumbido bajo del aire acondicionado, que no hemos escuchado en minutos, regresa de repente, ensordecedor.

Su peso se desploma sobre mí, pesado, sudoroso, increíblemente real.

Yo yazco aplastada, exhausta, con mis miembros flácidos como de plomo, mirando sin ver el cielorraso alto y elegante de la suite.

Poco a poco, el mundo va regresando en fragmentos: el frío del aire sobre mi piel sudada y sensible.

El olor acre y dulzón a sexo que ahora llena la habitación.

La textura áspera de la alfombra de lana contra mi espalda desnuda.

Él se mueve, rodando a mi lado con un quejido bajo, gutural. Ambos quedamos tendidos de espaldas, dos cuerpos destrozados y gloriosos sobre el lujo anónimo, separados por unos centímetros de alfombra que, en ese momento, parecen un abismo insondable.

Con un esfuerzo, giro la cabeza. A través del ventanal, Chicago continúa su eterno parpadeo indiferente, una constelación de luces frías.

Un testigo mudo y ciego a nuestro pacto primitivo.

Mis ojos, nublados, se encuentran con los suyos.

En ellos no hay triunfo, ni ternura, ni arrepentimiento.

Hay un  reconocimiento . El mismo que seguramente brilla en los míos.

Esto no ha sido un error. No un desliz fortuito entre adultos aburridos.

Lo que ha sucedido en esa alfombra, con la ciudad como único y desinteresado cómplice, ha sido la firma a sangre y fuego de un  contrato tácito .

Un contrato sellado no con tinta, sino con sudor, con piel, con el despojo brutal de nuestras máscaras y los fluidos íntimos de nuestra entrega mutua.

Un acuerdo que, en el silencio eléctrico y cargado que sigue a la tormenta, ambos —sin intercambiar una palabra— sabemos que acaba de comenzar algo para lo que no tenemos mapa, ni cláusulas de escape, ni la más mínima intención de buscar una.