Abismo Azul (Rosas 3) Capítulo 1
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Abismo Azul (Rosas 3)

Abismo Azul (Rosas 3)

Por Camille V. Rose

© inepub.com

Capítulo 1

La puerta se cierra tras de mí con un susurro hermético, un siseo de aislamiento perfecto.

La habitación es una caverna de penumbra azulada, solo hendida por las franjas de luz anaranjada que se cuelan entre las cortinas, dibujando un enrejado de sombras sobre la alfombra color ciruela.

Huele a limpiador neutro y a flores caras que nadie va a oler.

Distingo la silueta de una cama enorme, el brillo frío de un cristal.

Pero todo eso es escenografía. El centro del universo es él.

Julian está de pie junto a la ventana, recortado contra el destello lejano de los rascacielos.

Se ha quitado la chaqueta. La camisa blanca ahora parece una segunda piel bajo la cual adivino la tensión de músculos en reposo.

No se mueve. Me observa desde la sombra, y la intensidad de su mirada es un tacto a distancia, una mano invisible que me desnuda aquí, en la entrada.

No hay saludo. No hace falta.

Un temblor, fino y eléctrico, me recorre de los talones a la nuca. No es miedo. Es la vibración de una cuerda de violín demasiado tensa, a punto de romperse. Dejo caer mi bolso al suelo, junto a la puerta. El golpe sordo es el único sonido en el mundo.

Él se separa de la ventana. No camina hacia mí; se desliza, con la fluidez silenciosa de un gran felino. Cuando está a un paso, veo sus ojos con claridad. No son grises, son el color del acero al amanecer, y arden con una luz que no tiene nada de civilizada.

—Elena —dice. Es la primera vez que pronuncia mi nombre. No suena a pregunta, ni a confirmación. Suena a posesión. Una reclamación.

La palabra aún resuena en el aire cuando sus manos se cierran en mis brazos.

No es brusco, pero tampoco hay suavidad.

Es una afirmación. Sus dedos son largos, fuertes, y transmiten un calor que atraviesa la manga de mi vestido.

Me atrae hacia él, y yo voy, sin resistencia, como un metal hacia un imán.

Nuestros cuerpos chocan. No es un abrazo, es una  colisión .

El aire sale de mis pulmones en un jadeo ahogado.

Mi espalda encuentra la dureza de la puerta de madera.

Su cuerpo, todo músculo y voluntad, me inmoviliza contra ella.

La presión es total, abrumadora, y una parte de mí —la profesora, la analítica— se disuelve en ese instante.

Solo queda el animal asustado y excitado.

Sus ojos recorren mi rostro, deteniéndose en mis labios entreabiertos, en mis ojos desorbitados. Baja la cabeza.

El primer beso no es un contacto. Es un  asalto .

Sus labios se apoderan de los míos con una urgencia ruda, exigente, que no pide permiso, que lo toma.

No hay exploración, solo toma. Sus dientes rozan mi labio inferior, no un mordisco juguetón, sino una  reclamación  primaria, una marca de territorio.

Un sonido gutural, profundo y vibrante, surge de su garganta y se funde con el gemido ahogado que me arranca a mí.

No sé quién lo ha emitido. Ya somos una sola cosa.

Mis manos, entumecidas por el shock sensorial, se elevan por su propia voluntad.

Se aferran a los faldones de su camisa de lino italiano, arrugando la tela perfecta entre mis dedos convulsos.

Huele a él: a whisky caro y a la noche fría de Chicago que trae en el pelo, a ese perfume amaderado y limpio que ahora, lo sé, asociaré para siempre con la rendición. Con mi rendición.

Separa sus labios apenas un milímetro, solo lo suficiente para que su aliento, caliente como una brasa, me queme la boca al murmurar:

—Demasiadas capas, Elena.

Es una observación, un dictamen. Una sentencia.

Una de sus manos se libera de mi brazo y desciende por mi espalda.

Encuentra la cremallera oculta de mi vestido de seda negra —el uniforme de mi disfraz de mujer seria—.

El  zzzzip  que produce al bajarla es lento, deliberado, y resuena en el silencio de la suite como un grito.

Siento cómo la tela se abre, liberando el aire frío contra mi columna vertebral. Un estremecimiento me recorre.

Pero no es suficiente para él. La impaciencia, esa fuerza bruta que llevamos ambos dentro, toma el mando. Sus dos manos agarran los bordes de la seda, a la altura de mis caderas. Un tirón seco, lateral, con la fuerza precisa de quien sabe lo que quiere.

El sonido de la  seda rasgándose  llena el aire.

Es un sonido obsceno, glorioso, un desgarro limpio que significa la destrucción de algo.

No de un vestido caro, sino de una barrera.

Un estremecimiento eléctrico, puro y salvaje, me sacude de la cabeza a los pies.

No es vergüenza. Es  alivio . Un alivio tan profundo que casi me hace llorar.

El vestido, mi armadura diaria, se abre como una cáscara inútil y cae a mis pies, formando un charco negro y aterciopelado sobre la alfombra oscura.

Quedo ante él, respirando entrecortadamente, vestida solo con la lencería que he comprado esta misma tarde con manos temblorosas: un corsé de encaje color vino, que realza y ciñe mi cintura, y unas medias finas de seda negra con una costura oscura en la parte trasera.

Es un disfraz dentro del disfraz, la fantasía secreta de la profesora recatada.

Sus ojos, desprovistos ahora de cualquier rastro de la ironía cínica que he vislumbrado en el bar, me recorren.

No es una mirada de admiración estética, ni de deseo simple.

Es una  evaluación . Una inspección minuciosa, crítica, de lo que es suyo.

Una toma de posesión visual que me hace sentir más desnuda que si no llevara nada.

—No —dice, y su voz suena áspera, cargada de una tensión que va más allá de la excitación—. Todo.

Sus dedos, ahora sin prisa pero con una eficacia demoledora, encuentran los pequeños ganchos metálicos en la parte delantera del corsé.

No hay delicadeza, ni juego de seducción.

Son tirones precisos, decisivos.  Clic. Clic.

Clic.  Cada uno de esos sonidos secos es como un latigazo en mi piel, un recordatorio de que cada capa de protección cae por su voluntad.

El corsé se desmonta, pierde su forma y cae a unirse al vestido en el suelo.

El  frío  del aire acondicionado, que mantiene la suite a una temperatura de museo, me golpea entonces con toda su fuerza.

No es el frío del pudor, ni el del miedo.

Es el frío de la  exposición total . Un escalofrío brutal y delicioso me eriza la piel de los brazos, del estómago, me eriza los pezones que se endurecen al instante, dolorosamente sensibles al roce del aire y a su mirada.

Mis pechos, liberados, sienten por primera vez ante unos ojos ajenos —ante  sus  ojos— la frialdad del ambiente.

Mis piernas, sostenidas solo por las finas líneas de las medias, tiemblan levemente.

Me siento despojada. No solo de tela, sino de capas y más capas de recato autoimpuesto, de intelectualidad protectora, de años de decir «no» por miedo a este «sí» que ahora resuena en cada célula de mi cuerpo.

Aquí estoy, Elena Sterling, la profesora ejemplar, temblando de frío y de un deseo voraz en medio de un lujo impersonal, ante un hombre que es, en esencia, un completo extraño.

La vulnerabilidad es absoluta, aterradora.

Y es más excitante que cualquier caricia preliminar.

Él no se mueve durante lo que parece una eternidad, bebiéndome con la mirada, registrando cada centímetro de piel descubierta, cada temblor, cada respiración entrecortada. Luego, con movimientos mesurados pero de una velocidad sorprendente, comienza a despojarse.

La corbata de seda es arrancada y dejada caer sin mirarla.

Sus manos van a los botones de su camisa blanca.

No los desabrocha. Los  fuerza . Con un movimiento brusco de sus puños, uno, dos, tres botones de nácar saltan por los aires, describiendo un arco plateado antes de golpear el suelo de madera con pequeños  tocs  secos, como disparos lejanos.

La camisa se abre, revelando un torso que el traje solo sugería: ancho, duro, con la definición de quien no va al gimnasio por estética, sino por disciplina.

Piel morena, un vello pectoral oscuro y ralo, el latido de una vena en el cuello.

No se detiene. El cinturón de cuero fino, la hebilla de metal desenganchándose con un chasquido metálico que suena a liberación.

Los pantalones, que caen junto con la ropa interior.

Cada prenda que abandona es una capa menos del hombre poderoso y controlado, una capa más del animal que yo he despertado —o que me ha despertado a mí—.

Hasta que él también está allí, desnudo. Poderoso. Imponente. Su deseo es evidente, firme, intimidante en su franqueza física. No hay vergüenza en su postura, solo una aceptación total de lo que es y de lo que quiere.

Ya no somos la profesora y el desconocido. Somos dos animales, dos fuerzas primarias que se han encontrado en la oscuridad, en una habitación que ha dejado de ser un hotel para convertirse en una arena.

No hay traslado a la cama. No hay tiempo para pensar en sábanas de mil hilos o en almohadas de plumas. La necesidad es un campo magnético, una fuerza de gravedad que nos derriba donde estamos, sobre la alfombra gruesa y suave color ciruela.

Su peso me aplasta. Es un peso sólido, anclado en la realidad, que expulsa el aire restante de mis pulmones con un jadeo seco.

No hay suavidad en sus manos cuando me tocan entonces.

Recorren mis costados, mis caderas, con una  fricción cruda  que promete moretones, que deja una estela de fuego sobre mi piel.

No es dolor. Es  delimitación . Es la marca de su posesión, grabándose a fuego en el mapa de mi cuerpo.

—Mírame —ordena. Y es la voz que debe usar para doblegar testigos en un juicio, para imponer su voluntad en una sala llena de gente. Autoritaria. Inapelable.