Abismo (Atenea 2) 49. Alba #2
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49. Alba #2

Tiene razón. Vega debe abrir los ojos. Mara no necesita que la protejan…, necesita que confíen en ella.

—Ahora mismo no estoy en la mejor situación para pedirle nada a tu tía, pero te prometo que intentaré que lo entienda.

—¿Por qué dices eso?

—Porque mientras estuve secuestrada hice cosas que tuvieron consecuencias para otras personas y una de ellas la afecta directamente.

Le debo una explicación y creo que ya es hora de que se la dé.

—Me pongo de pie, dispuesta a solucionarlo ahora mismo.

Si lo pienso demasiado, es posible que la cabeza me juegue una mala pasada y termine por volver a encerrarme en mí misma—. Deséame suerte.

Me he tirado media mañana hablando con mis compañeros de equipo. Primero lo hice con Mark, después con Lucas y, por último, con Sebas. No ha sido fácil, pero el alivio que comienzo a sentir hace que haya merecido la pena.

Ahora toca la parte más dura: reunirme con Vega.

Sebas me ha dicho que podría encontrarla en el gimnasio y es aquí donde he venido tras terminar de hablar con él.

Me planto frente a la puerta y hago una respiración profunda, no sé si para darme ánimos o para tratar de calmarme, pero el temblor de mis manos no cesa y solo puedo pensar en lo fácil que sería salir corriendo y volver a encerrarme en la habitación en la que he pasado escondida las últimas semanas.

Me froto las palmas de las manos contra la tela de las mallas y empujo la puerta despacio.

No la veo de inmediato. La sala parece vacía y el silencio reina en ella.

Estoy a punto de marcharme cuando Vega sale del baño y, al levantar la cabeza, nuestras miradas quedan ancladas.

La mía, llena de dudas. La suya, de sorpresa.

—¿Vienes a entrenar? —pregunta sin moverse del sitio.

Lleva puesto un chándal negro y todavía tiene el pelo húmedo de la ducha.

—En realidad, te estaba buscando para hablar contigo. —Trago saliva—. Si te viene bien, claro.

Me mira con expresión seria durante unos segundos, los suficientes para que empiece a pensar que esto ha sido una mala idea y que todavía no estoy preparada para afrontar la conversación que tenemos pendiente.

Me mantengo inmóvil, en absoluto silencio, hasta que señala con la cabeza una zona de colchonetas en la que hay varios cojines apilados.

Vega se queda de pie, apoyada contra la pared, con los brazos cruzados. Como si pensase que no va a soportar toda la conversación.

Yo sí me siento. No porque esté cansada, sino porque no me fío de que mis piernas vayan a soportar mi peso sin ponerse a temblar.

—Tú dirás. —Su tono no es duro, pero tampoco amable.

—Lo siento —digo mirándola a los ojos porque, aunque me cueste un mundo hacerlo, no creo en otra forma de pedir disculpas—.

Siento haberte alejado durante estas semanas, siento haberme distanciado de todos vosotros.

Yo… necesitaba tiempo. Para recuperarme, para entender lo que ha pasado a lo largo de estas semanas y para entenderme a mí misma.

—Eso puedo comprenderlo.

—No fue inmediato. —Trago saliva—. Lo de ayudarlos. Al principio pensé que buscaban información y me negué a decirles nada. Con el tiempo, entendí que lo que querían de mí era que arreglara cosas. Que las mejorara.

Su mirada va a parar a mis manos y solo entonces me doy cuenta de que estoy retorciendo los dedos con fuerza. Dejo de hacerlo al momento, sintiéndome como si acabaran de pillarme copiando en un examen.

—Continúa.

—Lo hice. Reforcé su sistema de seguridad. Añadí barreras, cambié rutas de acceso e incluso creé alguna trampa para despistar a quien se acercase demasiado.

—A nosotros.

No es una pregunta, aun así, respondo.

—Sí, a vosotros. Sé que va a sonar a excusa, pero no quería hacerlo y juro que no les di nada más.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

No hay reproche en su voz. La conozco bien. Ella realmente quiere comprenderme.

Respiro hondo antes de seguir.

—Por las pastillas —admito—. Al principio no sabía que las necesitaba.

Me costó reconocer que me había vuelto adicta a ellas, pero llegó un momento en el que sentía que mi cuerpo iba a colapsar si no las tomaba.

—Mi voz se quiebra y las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos.

No las aparto—. Me sentía culpable, sucia, débil, rota…

cada vez que los ayudaba a protegerse… o a alejaros. Te juro que me odio por eso.

El silencio vuelve. Trato de descifrar su expresión, pero no encuentro nada.

Nada de la persona que una vez me tendió su mano y me sacó de la vida en la calle.

Nada de aquella mujer que confió en mí y en mi talento más de lo que nunca lo había hecho nadie.

Nada de quien me enseñó a protegerme, a valorarme.

Vega se separa de la pared en la que parecía anclada, da un par de pasos hacia delante y me mira como si todavía no hubiese decidido qué hacer conmigo.

—Vi el vídeo —afirma, y a mí se me encoge el estómago.

Las imágenes de lo que hice vuelven a mi cabeza. No son claras y, sin embargo, recuerdo a la perfección la expresión en el rostro de Román cuando entendió que iba a morir.

—Yo… No fue algo que… —empiezo, pero me enredo con mis propias palabras—. No tuve elección.

—Siempre hay elección. Siempre. —Su afirmación no es un reproche, sino una sentencia.

Le explico todo. Le hablo de cómo Yue pasaba información a Román sobre el negocio de su hermano con la esperanza de terminar con su dictadura sangrienta; le cuento que, tras la muerte de Bao Feng, Yue cambió de parecer y se hizo con el imperio que tanto nos estaba costando destruir y que ella había jurado odiar.

—En realidad, no me quedó claro si la tentó el poder una vez que tuvo acceso a él o es que se trataba de un engaño y este fue su plan desde el principio. La cuestión es que se quedó con todo y utilizó la información que tenía para que Román siguiese ayudándola.

—¿Qué información? Mi tío nunca se hubiese prestado a eso. —Entrecierra los ojos, desconfiando.

—Yue sabía cosas.

—¿Qué cosas? —Hace una pausa y casi puedo ver los pensamientos ensamblándose dentro de su cabeza—. Mi tío no se habría dejado chantajear por ella. No hay nada que le hubiese obligado a ceder.

La miro, suplicando que algo cambie en este momento para no tener que soltar las palabras que retengo atascadas en la garganta.

—Cedió. No tuvo elección porque él guardaba un secreto. Uno muy viejo y que no me pertenece.

—Dilo —exige.

—Vega, yo…

—¡Dilo!

—Él fue quien provocó el accidente que mató a tus padres.

El silencio llega como un golpe seco. Vega no se mueve, no parpadea y, por un momento, es como si alguien hubiese presionado el botón de pausa en nuestras vidas.

—No. No puede ser. —Su voz es apenas un susurro y suena rota.

—Sé que cuesta creerlo, pero él mismo me lo confirmó.

Yue lo sabía y lo usó contra él para frenarnos cada vez que nos acercábamos.

Pero no fue solo eso —añado, porque todavía queda algo y, ahora que he empezado, ya no puedo parar—.

Yo no quería matarlo, pero Yue tenía otra carta guardada, un plan B por si el primero fallaba.

Hizo una videollamada con Antonella. Ella se encontraba junto a Alex.

La expresión de Vega cambia y siento que vuelvo a tener su atención.

—¿A qué te refieres?

—Estaba en su habitación mientras él permanecía inconsciente en la cama. Supuse que le había administrado algún sedante… Lo apuntó con una pistola y me dijo que si no lo hacía… —mi voz falla—, si no mataba a Román, ella…

No termino la frase. No puedo y sé que no hace falta. Vega tampoco responde. Nos quedamos en silencio las dos. Observándonos, tratando de descifrar lo que la otra piensa. Intentando asumir los hechos que ahora nos distancian.

—No puedo culparte por cómo actuaste y, sin embargo, necesito hacerlo. —Sus ojos se clavan en los míos y me cuesta mantener su mirada, pero la sostengo—. Sería fácil arremeter contra ti, canalizar la rabia que siento en el pecho y lanzártela a la cara…

Da un paso atrás y sé que esto le está doliendo tanto como a mí.

—Lo entiendo.

—Pero no sería justo —me interrumpe—. Mi intuición me decía que había algo extraño en la forma de actuar de mi tío de los últimos meses, y no quise verlo. No hice nada al respecto.

—Vega, esto no es culpa tuya.

—No. Esto es culpa de Román. —Su voz suena firme y, una vez más, me sorprende la fortaleza de esta mujer—.

Voy a necesitar algo de tiempo para procesarlo, pero…

—La frase se queda en el aire y ella me observa como si estuviese reforzando una decisión que ya ha tomado—. No voy a dejar que esto nos rompa.

El nudo en mi pecho se afloja lo suficiente para que entre el aire.

No hay compasión en sus palabras, tampoco dureza. Solo determinación.

—Gracias.

—Cuando estés preparada, quiero que me cuentes cada detalle que recuerdes. Cada conversación, cada gesto. Esa hija de puta escapó aquel día, pero juro que vamos a encontrarla y, esta vez, pagará por todo.

Asiento en silencio y, entonces, algo viene a mi cabeza.

—¿Y la muerte de Antonella? Por lo que Alex me contó de él, Matteo no pasará por alto su pérdida. Lo verá como un asesinato, como una traición.

—De momento, lo tenemos cubierto. Liam le hizo creer que fue Yue la que apretó el gatillo.

Él no sabe que su hija nos había traicionado para aliarse con ella y es vital que siga creyendo la historia que le hemos contado.

Por el momento, continúa de luto, pero ya ha comenzado a planear la venganza.

Nos será de ayuda para cazar a esa víbora.

—¿Confías en que no descubrirá la verdad?

Vega mantiene mi mirada unos segundos antes de responder.

—No —dice al final, y su respuesta me descoloca.

—Entonces…

—Confío en que, cuando lo haga, ya hayamos arrasado con todo rastro de los Feng y sus negocios.

La frialdad en su tono no es nueva. Frente a mí no tengo a Vega, sino a Sombra. La mujer letal, la estratega. La que no deja cabos sueltos.