Abismo (Atenea 2) 49. Alba
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49. Alba

ALBA

Apenas recuerdo el trayecto en coche al aeropuerto o el viaje en avión hasta Londres, solo sé que llevo aquí ya tres semanas. Esta información me la ha dado Mara. Su presencia es la única que soporto y lo hago solo en pequeñas dosis. Al principio, no podía ver a nadie.

Han pasado semanas desde que me rescataron, desde que salí de ese infierno al que me tenían sometida y, sin embargo, no me siento libre. Mi mente parece seguir creyendo que vive en el encierro.

Los primeros días fueron una guerra interna.

Luchaba por sobrevivir en un cuerpo que no me quería dentro.

La piel me picaba tanto que debía hacer grandes esfuerzos por no arrancármela a tiras y no pude evitar arañarla hasta provocarme marcas profundas que todavía me acompañan.

Sentir dolor me aliviaba durante unos segundos, pero después todo volvía a comenzar.

Temblaba muerta de frío y al minuto siguiente me desnudaba con movimientos desesperados, con la sensación de que mi cuerpo ardía a la vez que las gotas de sudor resbalaban por él.

Dormía poco y en intervalos demasiado cortos y violentos en los que la mente me jugaba malas pasadas, haciéndome revivir en pesadillas las peores experiencias de mi cautiverio.

La traición a los míos y la muerte de Román pesaban en exceso y sentía que, en cualquier momento, la culpa me rompería en pedazos.

Hubo noches en las que simplemente me quedé sentada sobre la cama, abrazando mis rodillas y repitiéndome, una y otra vez, que estaba a salvo, que la sensación de ahogo pasaría.

Pero lo peor no fue la falta de sueño ni los síntomas relacionados con la abstinencia.

Lo peor fue desear la droga, contemplar la posibilidad de terminar con todo el sufrimiento de forma fácil y rápida.

Me sentí humillada por ansiarla, sucia, débil.

Recordaba demasiado bien el alivio que venía asociado a la pastilla que mis captores dejaban sobre la bandeja de comida; la forma en la que el ruido de mi cabeza desaparecía, los temblores se esfumaban y una paz extraña pero bienvenida se instalaba en mi pecho.

Anhelaba el bienestar, la calma, el descanso.

Durante veinte días no dejé que nadie entrase en mi habitación, salvo la chica que me traía la comida, que siempre era la misma, alguien a quien evité mirar a la cara.

Eché entre gritos y sollozos a Alex, a Mark y a todos los que intentaron ayudarme.

Incluso a Vega… La culpa y el asco que sentía por mí misma me impedían estar al lado de cualquiera de ellos.

Tres semanas después, ya no tiemblo como antes y he conseguido dormir en paz varias horas seguidas.

Mi cuerpo parece estar recuperándose e incluso soy capaz de mirarme en el espejo y reconocerme.

He ganado algo de peso y, aunque todavía me queda mucho camino por recorrer, sé que es cuestión de tiempo que mi apariencia luzca como antes.

Sin embargo, mi mente nunca será la misma.

Tengo la sensación de que el deseo nunca se calmará por completo. No he recaído, tampoco se me ha presentado la oportunidad de hacerlo, pero no sé cuál sería mi decisión si mañana apareciera una pastilla en mi bandeja del desayuno. Detesto no poder confiar en mí misma.

Aguardo tumbada bajo las sábanas, inmóvil, a que la mujer llegue como cada mañana. Siempre sucede de la misma forma: da dos golpes suaves en la puerta antes de entrar y después se mueve por la habitación, con cuidado de no hacer ruido, aunque intuyo que sabe que solo finjo estar dormida.

Hoy, sin embargo, percibo el cambio de inmediato.

Un golpe seco en la puerta en lugar de dos y un torbellino arrasando con todo mientras entra en la habitación.

Me doy la vuelta despacio y veo a Mara abriendo las cortinas y, después, el ventanal de mi habitación.

El sol entra a raudales y hacía tanto que no lo veía de forma directa que me molesta en los ojos.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? Márchate, Mara. —Cojo el edredón y me tapo por completo, pero ella me lo arranca de un tirón, lanzándolo al suelo para que no pueda alcanzarlo sin levantarme—. ¿Acaso te has vuelto loca?

—No, loca es como te vas a volver tú como no salgas de entre estas cuatro paredes.

La observo entrar al vestidor y lanzarme unos vaqueros y un suéter de color verde pastel. Me levanto de la cama, dispuesta a volver a cerrar las cortinas, pero, cuando me acerco al cristal, mis ojos se desvían al jardín y, por un momento, me quedo clavada en el sitio.

Alex parece más imponente que nunca. Viste un traje oscuro y, a pesar de que no puedo distinguir con facilidad su expresión debido a la distancia, sí soy capaz de percibir el aura oscura que lo rodea. Una que antes no estaba ahí.

Lleva a un hombre agarrado de la capucha y lo empuja hacia delante con gestos bruscos que no auguran nada bueno para él.

—No es el mismo desde que volvisteis.

Pego un brinco, asustada por la presencia de Mara a mi espalda y cierro las gruesas cortinas, interrumpiendo nuestra visión del mundo exterior —y de Alex—, para después separarme de ella.

—¿A qué te refieres?

Me mira seria.

—Antes de que os marchaseis de Londres, Alex era un tío guay. Es verdad que tiene un humor un tanto peculiar, pero cuando le coges el punto es realmente divertido. También es directo y fue la única persona que me trató como a una adulta cuando vine a vivir con ellos.

—Yo nunca…

—Tú no vivías aquí por aquel entonces, así que no cuentas —me interrumpe.

—Tampoco vivo aquí ahora. Esto es algo provisional, solo hasta que me recupere.

—Pero ¿es que acaso quieres recuperarte? Porque no estoy viendo que hagas ningún esfuerzo.

—Eso no es justo —le reprocho cruzándome de brazos en posición defensiva. No esperaba esta falta de apoyo, no por su parte.

—Lo que no es justo es que te quedes en esa cama tirada como si la vida no mereciese la pena, como si no tuvieses a un puñado de personas esperando al otro lado de la puerta para darte un abrazo y brindarte la mano.

¡Se mueren por que les permitas estar a tu lado, Alba! Y tú simplemente los has desechado.

—No lo entiendes, yo… necesito tiempo. Yo… —trato de buscar las palabras, pero me corta antes de haberlas encontrado.

—Deja el yo y piensa un poco en los demás. Están destrozados porque no les permites ayudarte.

—¡Es que no pueden!

—¡Pues deja que estén a tu lado al menos!

Sal a la calle, da un paseo… ¡Demuestra que sigues viva!

Te rescataron, Alba. Ya no estás en aquel lugar.

No sé lo que te pasó allí, pero sobreviviste.

¡Reacciona de una vez! ¿Estás enfadada? Grita.

¿Estás triste? Llora. Haz lo que quieras menos dejar que la vida pase por delante de ti sin hacer nada.

La observo por primera vez desde que ha entrado en la habitación. Su pelo sigue siendo largo, pero se ha deshecho del violeta y ahora luce un castaño natural que la hace parecer menos mujer y más una chica de su edad.

—¿Desde cuándo las niñas de quince años sois tan listas? —pregunto esbozando una tímida sonrisa. La primera en mucho tiempo.

—Ser hija del mayor cabrón de la historia y haber sido criada en un burdel te obliga a crecer más deprisa que el resto.

Descruzo los brazos y los dejo caer a ambos lados del cuerpo. El corazón me late más rápido de lo normal, pero todavía siento la resistencia paseando a sus anchas por mis venas.

—No sé cómo seguir adelante —confieso después de unos segundos de silencio—.

No me gusto, Mara. Odio en lo que me he convertido.

He hecho cosas… cosas de las que me avergüenzo y no…

—Me froto los brazos, incómoda, como si con ese gesto pudiera mudar la piel por otra más limpia, otra que no hubiese sido testigo de mis últimos meses.

—Ey, respira. —Sus manos se posan en mis hombros y me acaricia despacio, logrando infundirme un poco de calma—.

No tienes por qué contármelo. Si hay alguien que puede entenderte, esa soy yo.

También hice cosas en mi pasado, cosas que detestaba, pero actué así para que todo fuese más fácil y para protegerme a mí misma. ¿Puedo darte un abrazo?

—Por favor —suplico, y nuestros cuerpos se entrelazan de forma fácil, como si llevasen tiempo buscando el calor del otro.

Su pelo huele a lavanda y a limpio.

Había olvidado lo que se siente cuando alguien cercano te abraza, cuando notas el latido de su corazón sobre el tuyo y el tiempo parece detenerse alrededor. Las lágrimas salen de mis ojos después de días reprimidas.

Tras permanecer un rato abrazadas, nos separamos y tomo asiento en la cama. Ella lo hace a mi lado.

—¿A qué te referías antes al afirmar que Alex no parece el mismo? —pregunto ya más calmada.

—Apenas habla con nadie, no come con el resto y se ha vuelto más…

oscuro. Se pasa las noches fuera y, cuando vuelve, se encierra durante horas en el sótano.

Nunca me han dejado bajar allí, pero no soy tonta, ¿sabes?

Me he dado cuenta de que sube cubierto de sangre y con una expresión demasiado siniestra, incluso para él.

—Mara, hay cosas que es mejor no saber.

—Ya, pero la cuestión es que lo sé. Soy consciente de lo que hace ahí abajo.

Lo he visto arrastrar a hombres en mitad de la noche…

y luego salir solo, y cubierto de sangre.

Sé que usan ese sitio para encerrar y torturar a gente.

¡Joder, me he criado rodeada de violencia!

—exclama, desesperada—. ¿Por qué no se puede hablar del elefante en la habitación delante de mí?

¿Hasta cuándo va a seguir Vega tratándome como a una niña?

—Lo hace porque piensa que es lo mejor para ti. —No comparto la opinión de Vega, pero la entiendo. Mara ha pasado por demasiado para su corta edad y quiere compensarla, protegiéndola de todo lo malo.

—Lo mejor para mí es que me escuchen. —Resopla—. Estoy harta de que me traten como a una cría, de que todo el mundo se crea con derecho a dirigir mi vida. Quiero tomar mis propias decisiones.