50. Alex
ALEX
El olor a sangre, sudor y humedad me recibe en cuanto cruzo la puerta del sótano.
Cierro a mi espalda y me dirijo, sin prisa, a la zona elegida para la sesión de esta noche.
El sonido de mis pasos se hace eco entre el silencio y, a lo lejos, se oye un gemido ahogado al cual decido no prestar atención.
La sesión de caza no ha ido bien y mi estado de ánimo no es el más adecuado.
Cuando llego a la sala escogida para hoy, acciono el interruptor y varios focos se encienden a la vez, iluminándola por completo.
No me gusta trabajar con luz tenue y tampoco me agrada hacerlo en lugares sucios, por eso me encargo personalmente de que las habitaciones que utilizo de forma habitual se mantengan siempre limpias e impolutas.
El tipo que permanece colgado del techo por los brazos se despeja al notar la luz blanca y sus ojos se llenan de terror al encontrarse conmigo. Bien, me gusta que haya sido capaz de reconocerme.
Me acerco despacio y juego con su mente durante un rato, hasta que me aburro y mi bestia interior reclama un contacto más físico.
Desde ese momento, el cuerpo del hombre se convierte en mi saco de boxeo.
Golpeo una y otra vez sin esperar ninguna reacción por su parte.
No hay nada que pueda decir para librarse de su castigo.
Su tiempo de hablar ya pasó y las oportunidades le fueron arrebatadas en el momento en que decidió ayudar a la psicópata que se llevó a mi mujer.
No pararé hasta cazarlos a todos y hacerles pagar por cada gota de su sufrimiento. Me da igual que sean docenas o cientos. Los atraparé uno por uno y, después de compartir unos minutos con Abismo, desearán no haber nacido.
Estoy concentrado en los golpes cuando escucho el sonido de un paso a mi espalda y me doy la vuelta rápido, cogiendo del cuello a quien se ha atrevido a interrumpirme. Solo Liam puede entrar si yo estoy aquí abajo y ni siquiera él estaría tan loco como para acercarse a mí por detrás.
Cuando mi cerebro capta la imagen que le llega a través de mis retinas, suelto de golpe a la persona que estoy amenazando y doy un salto hacia atrás, alejándome de ella.
—¡Mierda! ¿Qué haces aquí? —pregunto entre aterrado y enfadado conmigo mismo.
Los ojos de Alba están muy abiertos y noto cada músculo de su cuerpo en tensión.
Llevo semanas sin verla despierta. Me cuelo en su habitación todas las noches, solo cuando estoy seguro de que duerme.
Me digo a mí mismo que no es invasión de su privacidad porque lo único que quiero es cerciorarme de que se encuentra bien.
Sé que ella no desea verme, he intentado respetar su voluntad y por eso me mantengo alejado, pero ahora…
ahora es ella quien ha venido a mí y lo primero que he hecho ha sido asustarla.
Retrocede un paso y escruta mi cuerpo con la mirada. Intuyo lo que está viendo y sé que no estoy en mi mejor momento: ropa arrugada y llena de sangre, ojeras, heridas…
«Mierda, ahora mismo debo de parecer un jodido carnicero».
Espero con paciencia a que su expresión se transforme en una de asco o de miedo, pero no lo hace. En sus ojos encuentro más interés que otra cosa. Después, observa detenidamente al hombre colgado del techo.
—¿Quién es?
—Nadie —respondo, y me pongo delante para taparle la visión.
Ella me sortea, decidida a ver lo que yo trataba de ocultarle.
—¿Y qué es lo que «Nadie» ha hecho?
Frunzo el ceño, confundido porque no sé a dónde quiere llegar.
No le encuentro sentido a nada de esto y empiezo a ponerme nervioso.
Llevo semanas esperando el momento en que ella quisiese hablar conmigo, en que pudiese, al menos, soportar mi presencia.
Y ahora está aquí, en el último lugar en el que me gustaría verla, frente a la peor versión de mí mismo.
—Alba, ¿a qué has venido?
Camina en círculos alrededor del hombre colgado mientras lo observa con verdadero interés.
No hay mucho que ver. Me he pasado la última media hora utilizándolo como saco de boxeo para descargar mi ira y apenas puede abrir los ojos.
Es una rata, escoria que participó en su secuestro y que merece pagar por sus acciones.
—Tenía curiosidad por lo que hacías durante tanto tiempo aquí abajo y también quería hablar contigo.
—Está bien, dame veinte minutos. Me pegaré una ducha y podremos hablar en otro sitio más tranquilo.
Pero ella no se mueve, sino que sigue observando todo como si quisiese grabar la imagen en su memoria. Después se acerca y sus ojos se detienen en mis nudillos ensangrentados.
—¿Encuentras algún tipo de satisfacción en golpearle?
¿Algo así como alivio? —Estoy a punto de cogerla de la mano y sacarla de aquí de una vez por todas cuando me doy cuenta de que su pregunta no es casual.
Ella de verdad quiere saberlo—. Las pastillas que me entregaban me hacían sentir eso: alivio.
Me costó darme cuenta de que me había convertido en una adicta.
Al principio, creí que las necesitaba para paliar el dolor después de que el mastodonte que protegía a Yue me golpeara, después…
me ayudaban a aclarar la mente y también calmaban el silencio.
—Hace una pausa—. Nunca creí que el silencio absoluto pudiese ser tan hiriente.
Inspiro profundamente, pensando en la respuesta a su pregunta.
—Sí. Hacerle sufrir me alivia, aunque solo en parte.
—Cuando yo tomaba la droga, sentía que volvía a tener el control de mi cuerpo.
Los temblores se hacían más suaves, también las ganas de vomitar…
Notaba que podía pensar y que, de alguna manera, volvía a ser yo misma.
—Sus dedos juegan con un hilo imaginario entre sus manos—.
Un día no hubo pastilla. Trajeron un ordenador y dijeron que debía hacer algo por ellos para que siguieran cuidando de mí.
—Cabrones —siseo apretando la mandíbula hasta sentir dolor.
—Yue siempre iba de buena, era casi dulce conmigo.
Ese día me negué rotundamente a ayudarlos y entonces se marcharon.
No me obligaron. Me dejaron sola… —Se mantiene unos segundos pensativa como si estuviera reviviendo esos momentos—.
Las luces blancas siempre estaban encendidas y no había ventanas, por lo que no tenía consciencia del paso del tiempo; ni siquiera sabía si era de día o de noche.
Los síntomas de abstinencia se fueron haciendo más evidentes y hubo un momento en que no pude soportarlos.
—Su mirada se dirige a sus manos y tengo ganas de abrazarla y decirle que nada de eso importa, que lo único que cuenta es que sigue viva.
Pero no lo hago, porque intuyo que lo que necesita ahora es que la escuche.
—Estoy aquí —susurro bajito, y sus ojos vuelven a conectar con los míos.
—Sabía que estaba alejándome de vosotros, que cada vez que cedía levantaba muros más altos que os mantendrían apartados. Intenté negarme…
—Pero te dolía. —Termino la frase por ella—. Hiciste lo que creíste mejor para sobrevivir.
—No era solo dolor, Alex. Me ahogaba. Sentía que mis pulmones se cerraban y mi cerebro era aplastado por una roca.
Me ofrecían el alivio y cada vez les costaba menos convencerme de que no estaba haciendo nada malo, que solo reforzaba unos sistemas de seguridad que ya existían y que cualquiera en mi lugar elegiría lo mismo.
—Y es cierto. —Levanto su barbilla, pero ella desvía la mirada a un lado.
—No es verdad. Yo quería creerlo, quise creerlo una y otra vez, pero, en el fondo, sabía que era mentira.
Conforme pasaba el tiempo me odiaba más.
Me sentía débil por aceptar el soborno. Quería escupir la droga, decirle a esa psicópata por dónde podía metérsela, pero…
no fui capaz de hacerlo. Ni una sola de las veces que lo pensé. Siempre acabé cediendo.
Pienso bien mis próximas palabras. No quiero que crea que digo aquello que desea escuchar ni que pretendo quitarle importancia a lo que acaba de contarme. Si alguien entiende lo jodida que puede ser la mente, ese soy yo.
—Alba. —Levanta la vista y trato de transmitirle lo que siento antes de decirlo—.
Te secuestraron, te alejaron de todo lo que conocías y te aislaron.
Te mantuvieron durante días de esa manera, jugando con tu cabeza de forma que no supieses el tiempo que había pasado.
Ellos planearon tu secuestro, sabían lo que estaban haciendo.
Te engancharon a una sustancia, te convirtieron en una adicta y, aun así, tú seguías pensando en tu gente, en nosotros.
Eso te convierte en una persona jodidamente increíble.
Suspira.
—Fui débil. —Sus ojos se llenan de lágrimas, permitiéndome ver que su mayor carga es la culpa que siente—. ¿Cómo puedo miraros a los ojos después de todo lo que hice?
—¡Porque seguiste luchando! —afirmo envolviendo su rostro entre mis manos—.
A pesar del aislamiento, a pesar de la tortura…
No te rendiste y encontraste la manera de indicarnos el camino.
No habríamos llegado hasta ti de no ser por el rastro que nos dejaste.
¿No te das cuenta? ¡Tú nos llevaste hasta ellos!
Traga saliva.
—¿Y por qué no lo siento así? —Su voz está tan cargada de tristeza que tengo ganas de cogerla en brazos y besarla hasta que no le queden lágrimas.
—Escucha, Alba. —Acaricio su mejilla con mi pulgar y vuelve a mirarme—.
Hiciste lo que debías para sobrevivir y, en cuanto tuviste la oportunidad, nos diste acceso a Anémona Azul, no solo para que pudiéramos encontrarte, sino para regalarnos la ventaja que necesitábamos.
No va a ser fácil, Alba. Ni rápido. Habrá días de mierda, pero saldrás de esta y yo solo voy a pedirte una cosa.
Guardo silencio, esperando a que procese mis palabras.
—¿Qué?
Dejo pasar unos segundos antes de continuar.
—Que no me apartes de tu lado. Quiero vivir los momentos malos contigo y quiero ser yo quien te recuerde que no debes castigarte por algo que provocaron otros.
—¿Puedo pedir algo yo también? —Una leve sonrisa escapa de su boca y me dan ganas de comérmela entera. Había olvidado lo bonita que es cuando sonríe.
—Por supuesto.
—¿Puedo volver a ser tu ratón o tu hadita? Se me hace raro que me llames por mi nombre.
Hago como que lo estoy pensando y me acerco para besarla, pero, en el último momento, ella me frena y coloca sus manos en mi pecho.
—Una última pregunta, solo para asegurarme.
—Habla de una vez —respondo exasperado, rodeándole la cintura con mis brazos para aproximarla a mi cuerpo.
—No tendrás ninguna otra prometida por ahí escondida, ¿verdad?
No puedo evitar sonreír.
—Ni de coña. Ratón, tú eres la única mujer en mi vida. —Deslizo la mano hasta su mejilla y la acaricio con suavidad—. Y ahora que has vuelto a mí, no pienso soltarte nunca.
Durante años me llamaron Abismo.
Y quizá nunca deje de serlo del todo.
Pero con ella, con Alba…, ya no tengo miedo de lo que soy. Ni de lo que siento.