48. Alex
ALEX
Sebas no está de acuerdo con la orden que le ha dado Sombra de quedarse fuera, pero es la pieza clave para que la operación tenga éxito. Sin su guía, dudo que saliésemos vivos de ese castillo. Y, gracias a él, ahora sabemos el lugar exacto de la casa donde tienen encerrada a Alba.
«Primer piso, pasillo de la izquierda, tercera puerta a la derecha». Tengo las instrucciones grabadas a fuego en mi cabeza.
Algunos de nuestros hombres creen que los hemos traído a una misión suicida.
No es así. Por suerte, Liam improvisa un discurso con el que se los mete en el bolsillo.
Si hay alguien capaz de motivar a un grupo de hombres para luchar a su lado, ese es mi primo.
Al muy cabrón siempre se le han dado bien las palabras y los soldados de la Hermandad responden como hacemos ante él:
—Tu orden, mi ejecución.
El resto de los soldados, aquellos que no pertenecen a la Hermandad pero que hoy lucharán a nuestro lado, asienten en silencio y acaban contagiándose del fervor que crece entre las filas.
Tenemos armas para destruir una ciudad entera y, si sumamos nuestros soldados, los que han llegado con Antón y los aliados que hemos podido conseguir en tan poco tiempo, somos cincuenta y dos activos.
Sé que seguimos en inferioridad numérica respecto a Yue, pero confío en que estamos mejor preparados y, además, contamos con dos armas que espero que sean decisivas a la hora de equilibrar la balanza a nuestro favor: el factor sorpresa y la ayuda de Sebas en la retaguardia.
Aparcamos los grupos de furgones en distintos puntos alrededor de la propiedad, ninguno a menos de un kilómetro de distancia de los muros. Liam se ha empeñado en ir en el mismo equipo que yo, creo que ni él ni Sombra se fían de lo que soy capaz de hacer esta noche.
Y los entiendo.
En este momento, ni siquiera yo me fío de mí mismo, no cuando siento la ira de Abismo arder bajo mi piel.
Es noche cerrada y la luna, en fase de cuarto menguante, apenas ilumina nuestro camino.
Nos movemos con sigilo, atravesando el bosque que rodea la propiedad.
Los únicos sonidos que se escuchan son los de nuestras botas al pisar las piedras y las ramas que encuentran a su paso.
De vez en cuando, oigo alguna conversación susurrada entre soldados, pero no presto atención, mi mente está enfocada en lo que se viene, en arrasar todo lo que se me ponga por delante hasta llegar a ella.
Alcanzamos el punto acordado dos minutos antes de la hora. Espero a que estemos todos y hablo en voz alta para que los líderes del resto de los grupos puedan escucharme a través del auricular que llevamos cada uno de nosotros en la oreja.
—Equipo tres en posición.
Apenas ha pasado un minuto cuando Sombra, Mark, Antón y Lucas confirman que también han llegado a sus posiciones.
—Sebas, esperamos tu orden —susurra Sombra.
—Hay doce soldados vigilando las inmediaciones —responde el aludido—.
Acabo de modificar la grabación de las cámaras exteriores.
Ya están mostrando en bucle lo mismo que han recogido durante la última media hora.
El cambio de turno está previsto para dentro de…
trece minutos y veinte segundos, por lo que ese es el tiempo del que disponéis para llegar hasta el castillo. ¡Buena suerte!
La adrenalina fluye por mis venas como un veneno dulce mientras escalamos la muralla que rodea el perímetro de la fortaleza. Sebastián ha apagado los focos que iluminan las zonas concretas por las que cada equipo trepamos y el muro apenas supera los tres metros de altura.
En cuanto llego al suelo, mis manos sujetan el arma y mi dedo índice se sitúa sobre el gatillo, impaciente por comenzar a jugar con el regalo que Liam me ha traído esta mañana: una versión mejorada de Amapola, nuestra mejor arma y también la más codiciada.
Apuesto a que muchos matarían por la oportunidad de tenerla entre sus manos.
Nos camuflamos entre árboles centenarios y zonas frondosas del jardín y, mientras avanzamos hacia nuestro objetivo, neutralizamos con sigilo a cada soldado enemigo que se cruza en nuestro camino.
Al acercarnos al portón lateral por el que nuestro equipo debe acceder, nos escondemos entre las sombras. La fortaleza parece todavía más majestuosa de cerca y he de admitir que nunca se me hubiese ocurrido buscar a Alba en este lugar.
Liam señala a dos parejas de soldados patrullando cerca de nosotros, uno a cada lado. Confirmo por el auricular que estamos preparados y, cuando los otros equipos hacen lo mismo, Sombra da la orden y disparamos a la vez. Después, arrastramos los cuerpos lejos de la entrada.
—Los tres accesos están libres —confirma Sebas—. Lucas, ¿cómo vais vosotros?
—Ya en el tejado —informa el aludido—, esperando a que deis la señal para liarla parda.
—El cambio de turno se dirige hacia la entrada principal, pero no son doce, sino cinco. Todavía no he podido localizar al resto. Deberían estar ahí también.
—Veo a los cinco soldados. Son nuestros. —La voz de Sombra es fría y apenas tarda unos segundos más en asegurar que los han neutralizado.
—Es nuestro turno —afirma Mark con voz animada y puedo imaginar la sonrisa en su rostro—. Cuantos más lleguen, mejor. Tengo una sorpresita preparada para ellos.
Nos pegamos a la fachada del castillo para que nadie pueda vernos desde el interior, con nuestras armas preparadas y nuestros sentidos en alerta.
Los miembros del equipo de Mark ya están distribuidos estratégicamente por distintos puntos del jardín frontal y, cuando comienzan a disparar, los soldados de Yue acuden como abejas a la miel.
El sonido de varias explosiones seguidas es nuestra señal para actuar. Se acabó el andar escondidos y sin hacer ruido.
—Estamos dentro —afirma Lucas. Ellos debían descolgarse por la fachada y acceder a través de las ventanas del piso superior.
—¡Adelante! —ordeno a mis hombres.
Comienzo a disparar la preciosidad que tengo en las manos: un jodido fusil de asalto de tamaño reducido, de una manejabilidad asombrosa y con la mejor munición que existe, Amapola.
Tal como esperaba, todas las putas balas dan en el blanco sin apenas esfuerzo. Los soldados de Yue caen incluso antes de levantar sus armas en nuestra dirección y mi equipo y yo avanzamos, dejando charcos de sangre a nuestro paso.
Las alfombras elegantes se llenan de cadáveres y cristales rotos.
No me detengo, no cubro mis espaldas, solo arraso con todo lo que se cruza en mi camino, tal como juré que haría.
En cuanto compruebo que mi equipo tiene la zona controlada, localizo las escaleras que dan a la planta superior y me dirijo hacia ellas, con Liam pisándome los talones. Sé exactamente a dónde ir.
«Primer piso, pasillo de la izquierda, tercera puerta a la derecha».
La imagen del cuerpo tembloroso de Alba, yaciendo en posición fetal sobre unas sábanas rojas se repite una y otra vez en mi cabeza. Eso nunca tendría que haber pasado. Nunca deberían haberla atrapado y menos estando bajo mi protección.
Siento el aguijonazo de una bala rozando mi antebrazo y el dolor me saca de mis pensamientos.
—¡Al suelo! —La voz de Liam me llega desde atrás. Me aparto y su bala se clava en el pecho del tipo que nos disparaba desde el piso de arriba.
Gruño y clavo mi puñal en el estómago del soldado que aparece frente a mí cuando apenas he subido un par de peldaños.
En mi visión periférica, detecto dos sombras más y sitúo al que acabo de cargarme, que todavía permanece ensartado en mi puñal, a modo de escudo.
Su cuerpo se sacude con violencia cuando las balas impactan en él.
Aprovecho el momento para devolver los disparos por encima de su hombro antes de que caiga desmadejado al suelo.
Después, sigo ascendiendo escalones mientras salen más asiáticos a mi encuentro, decididos a detener mi avance.
No sé cuántos son. En algún momento dejo de contarlos, ya que cualquiera que se interponga en mi camino hasta mi mujer morirá sin remedio.
No tengo piedad ni siento compasión por aquellos que ayudan a Feng Yue a prostituir y vender mujeres por todo el mundo.
Pueden intentar huir, pero si mi puñal o mi subfusil no acaban con ellos, lo hará alguna de las armas del equipo que he dejado atrás, porque hoy no quedará vivo ni uno solo de estos hijos de puta.
Cuando llego a la cima de las escaleras, giro a la izquierda.
Una fila de hombres aparece por sorpresa al fondo del pasillo y retrasa lo inevitable, disparando en mi dirección.
Liam llega a mi lado en pocos segundos y me hace un gesto que entiendo al instante.
Asiento, lanzo el cartucho de humo y mi primo da la orden.
—Sebas, ¡la luz!
Un segundo después, la casa entera queda sumida en la oscuridad. Se escuchan disparos en el interior del castillo y explosiones fuera, lo que indica que Mark sigue divirtiéndose con sus juguetes.
Liam y yo encendemos nuestras gafas de visión nocturna antes de comenzar a disparar, a la vez, a los cabrones que nos cortan el paso. Avanzamos en cuanto los vemos caer. Mi puñal acaba con aquellos que todavía continúan con vida y tienen la fuerza suficiente para intentar frenarnos.
Cuento las puertas que voy encontrando a nuestra derecha y, cuando me acerco a la tercera, el corazón me martillea con fuerza en el pecho y su latido se convierte en lo único que escuchan mis oídos.
Alba se halla justo al otro lado de este tablón de madera. Tan cerca que casi puedo oler su champú con aroma a manzana.
Estoy a punto de echar la puerta abajo, pero la voz de Sebas llama mi atención desde el auricular.
—¡Alex, espera! —Tenso los hombros y me planteo obviar su petición y seguir adelante—. Han desconectado las cámaras del interior, tanto la de la habitación como la del baño. Es una trampa.
Busco otras opciones, pero no se me ocurre ninguna que no pase por atravesar esa puerta y averiguar si Alba se encuentra o no al otro lado. También cabe la posibilidad de que no esté sola. Sea como sea, no correré el riesgo de no comprobarlo.
Escucho la voz de mi primo a mi espalda, pidiéndome que espere, pero no lo hago.