Abismo (Atenea 2) 47. Alex
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47. Alex

ALEX

—Mierda, están blindados —se queja Sebas dejando de teclear para esconder la cabeza entre las manos. Tiene los codos sobre la mesa y se está frotando el cuero cabelludo con rabia, como si de esa forma las ideas fuesen a brotar al exterior.

—¿Qué pasa ahora? —pregunta Mark, que está sentado a su lado, trazando líneas y anotando números sobre un plano que ocupa casi toda la mesa.

Estamos en el salón de la casa que ocupamos a las afueras de Nantes, planificando la mejor forma de rescatar a Alba del maldito castillo en el que la tienen encerrada.

El lugar exacto lo sabemos gracias a Antonella, la cual entró allí hace dos días y no ha vuelto a salir.

Lucas, Parker y Hughes están montando guardia y tanteando el terreno mientras nosotros buscamos una forma discreta de acceder.

Al principio, quise hacerlo a lo loco, romper la puerta y arrancar a mi mujer de las garras de Yue, pero mi primo y Sombra me obligaron a frenar.

Necesitamos un plan, estoy de acuerdo con ellos, pero el tiempo pasa sin que hayamos encontrado una ruta viable y, si seguimos así, no me quedará más remedio que sacarla de ese castillo a mi manera.

—Su sistema de videovigilancia no tiene ni un solo punto ciego y es imposible manipularlo desde fuera. Necesito entrar para poder acceder a él, si no, estaremos muertos antes de que podamos acercarnos a diez metros de distancia de la puerta —afirma Sebas en tono abatido.

—Joder, encuentra la forma de manipularlo, es tu trabajo —le recrimina Mark.

—¡Y una mierda! —grita Sebas. Se levanta de la silla y encara a Mark, quien no se amilana, sino todo lo contrario—. Mi trabajo es convertirme en invisible y clavarlo en las infiltraciones. Los ordenadores son cosa de Alba.

—Pues ya deberías haber aprendido después de todas las clases que te dio.

Están muy cerca el uno del otro. Parecen dos chulos en una discoteca y yo estoy empezando a perder la paciencia.

Miro a Sombra y ella me pide en silencio que no intervenga.

—¿De verdad piensas que es tan fácil? Alba es la puta maga de la red. No le llego ni a la suela de los zapatos. Si te crees tan bueno, hazlo tú mismo.

Mark está a punto de abalanzarse sobre su compañero cuando Sombra interviene:

—Volved al trabajo y centrad vuestros esfuerzos en salvar a vuestra compañera en lugar de discutir como niños.

Y así, con una sola orden, consigue que ambos cambien la actitud.

No ha pasado ni un minuto desde la interrupción cuando todos nuestros teléfonos suenan a la vez. Nos miramos los unos a los otros, sorprendidos y, en mi caso, con una mala sensación en la boca del estómago.

—Esperad, no lo abráis —nos corta Sombra—. Sebas, comprueba que el mensaje sea seguro.

Solo tenemos que esperar unos segundos para que nos confirme. Cuando abro el mensaje en mi teléfono, me encuentro con un vídeo y, sobre él, el siguiente texto:

Ya es tarde. Ella ha elegido bando

Le doy a reproducir y lo que veo me deja helado.

Alba está en una especie de sótano. No parece herida, pero la luz es demasiado escasa para asegurarlo.

Sujeta una pistola con manos temblorosas, agarrándola con fuerza, como si temiese que pudiera escurrirse hasta el suelo.

Tiene los brazos estirados, todo el cuerpo en tensión y está llorando.

Su mirada permanece fija al frente, dirigida al mismo lugar al que apunta con el arma mientras las lágrimas mojan sus mejillas.

Dice algo, pero su voz es tan débil que no llego a descifrar la frase.

De pronto, la cámara se aleja y puedo ver el resto de la escena.

A unos cinco pasos de Alba, hay una persona colgada del techo.

Tiene los brazos abiertos, atados a una barra de hierro.

Parece un hombre y, al contrario que ella, el pobre infeliz luce el aspecto de haber sido torturado durante horas.

Tiene la cara hinchada, la ropa rasgada y manchas de sangre por todas partes.

Entrecierro los ojos para fijarme mejor en el tío al que Alba está amenazando con la pistola, pues me resulta bastante familiar, pero me cuesta reconocer su identidad por debajo de los golpes. Entonces, él ladea la cabeza y la gira ligeramente hacia la cámara, permitiéndome así reconocerlo.

—¡Hostia puta! —sisea alguien a mi espalda, y yo no puedo apartar los ojos de la pantalla de mi teléfono.

El sonido del disparo llega tardío, pues soy capaz de ver la fuerza del retroceso del arma antes de escucharlo.

Alba acaba de disparar a Román.

La bala ha impactado en su pecho y la sangre comienza a brotar a borbotones. La cámara hace zoom sobre él y su cabeza se tambalea hasta terminar colgando hacia delante.

No hay que ser muy listo para saber que ha muerto.

El vídeo se corta en ese momento y la sala se queda en silencio.

Vuelvo a reproducirlo. Me fijo en ella, en el temblor de sus manos y piernas, en las lágrimas que empapan su rostro, uno que ni siquiera parece el suyo.

Está delgada, demasiado, y las enormes ojeras bajo sus ojos le otorgan un aspecto débil que jamás creí llegar a ver en ella.

Tiene la piel grisácea y los labios agrietados y de color azulado.

Amplío la imagen buscando heridas, marcas, rojeces…

, cualquier cosa que pueda darme una pista sobre lo que ha tenido que soportar hasta ahora, pero sigo sin encontrar nada.

Me fijo en su postura y tampoco capto signos de dolor, pero hay algo, un aura de sufrimiento que la rodea y que no logro adivinar de dónde procede.

Cuando dispara, vuelvo al principio del vídeo.

—Ponlo en el ordenador —pido acercándome a Sebas, el cual permanece inmóvil, igual que el resto de las personas de la habitación—. ¿Estás sordo? Que lo pongas en el portátil. Quiero verlo ampliado.

Sus movimientos son mecánicos, pero al fin hace lo que le pido.

No sé cuántas reproducciones he visualizado ya cuando escucho la voz de Mark a mi lado.

—Tiene que haber un error. Ella no ha… —Calla de golpe, como si le costase demasiado pronunciar las palabras que tiene en la punta de la lengua.

—¿Matado al jefe? —termina Sebas por él—. ¿Es eso lo que quieres decir? Porque es exactamente lo que ha pasado. Alba ha matado a Román.

—Estoy seguro de que hay una explicación. ¿Cómo sabemos que el vídeo no está trucado? —insiste el rubito, incapaz de creer lo que todos hemos visto.

Sé que el vídeo es real. He visto en sus ojos que no quería disparar, pero también el momento exacto en el que ha tomado la decisión de apretar el gatillo.

—Porque me ha costado menos de un minuto comprobarlo —confirma Sebas, igual de enfadado que su compañero.

—¡Callaos los dos de una maldita vez, joder! —grita Sombra, haciendo que la sala se suma en un silencio absoluto.

Liam no deja de mirar a su chica, dándole el espacio que necesita, pero preparado para sostenerla si da un solo traspiés.

Sombra es la líder, es quien toma las decisiones más importantes y acaba de ver la prueba de que Alba ha matado al que, además de ser el jefe de Atenea, también es su tío, el que la sacó del orfanato en el que vivía y ha cuidado de ella, a su manera, desde que tenía quince años.

Todos la observamos, atentos a cualquier gesto que exponga cómo se encuentra o cómo va a afectar esto a la búsqueda de Alba.

Por mi parte, me da igual. Puede matar a quien se le antoje, pero eso no impedirá que siga buscándola hasta devolverla al lugar al que pertenece: a mi lado.

Y espero que ellos, su equipo, a los que considera su familia, sean capaces de confiar ciegamente en ella y no abandonarla por lo que acaban de ver.

—Necesito unos minutos —dice Vega al fin, y sale del salón sin mirar a nadie, seguida de cerca por mi primo.

Poco después, Mark también se marcha, después de soltar una excusa absurda que ni siquiera recuerdo. Quedamos Sebas y yo y, al parecer, ninguno de los dos va a rendirse con facilidad.

Sigo reproduciendo el vídeo en mi teléfono, buscando pistas, datos, algo de lo que poder tirar y, mientras tanto, Sebas teclea frenéticamente en su portátil.

—¡Joder! —gruñe después de un rato en el que hemos estado cada uno a lo nuestro—. ¡Ha sido ella, estoy seguro!

—¿A qué te refieres? —pregunto observando la pantalla de su ordenador.

—Estaba rastreando un camino y tenía la intuición de que iba bien, pero, de repente, se ha bifurcado en tres y, al seguir insistiendo, en cinco. Es una puta locura y ahora no tendría forma de encontrar el acceso ni en un millón de años.

—Pero eso significa que andabas cerca —lo corto, agachándome para observar su pantalla, que está llena de códigos y espacios que no entiendo—. Te ha cortado el paso y se ha asegurado de darte trabajo suficiente como para que pienses en rendirte. No hagas lo que ellos quieren, no te rindas.

—Sé lo que quieres decir, pero es que es imposible. Probar todos los caminos que ha dejado abiertos me llevaría semanas de trabajo.

—Tiene que haber otra cosa, piensa. Si no encuentras nada, entraré igualmente en esa fortaleza y la haré pedazos hasta dar con Alba.

—Eso sería una sentencia de muerte y lo sabes.

—En un par de horas llegan las armas que encargó mi primo. Tenemos suficientes para volar el puto castillo —respondo, obviando su advertencia.

—Los dos sabemos que no lo volarás mientras ella esté dentro —me rebate.

—Joder, pues encuentra algo que nos lo haga más sencillo porque, si no, iremos a una misión suicida. —No me doy cuenta de que ha dejado de escucharme hasta que oigo el sonido frenético de las teclas bajo sus dedos—. ¿Qué pasa?

—Es solo algo que has dicho… —Sigue tecleando a una velocidad increíble—. Tengo una corazonada. Déjame que compruebe solo una cosa, puede que no nos lleve a ninguna parte, pero… —No termina la frase porque toda su atención se centra en los códigos que está leyendo.

—¿Quieres decirme de una vez qué estás haciendo? —pregunto, al borde de un ataque de nervios, después de unos minutos.

—Es algo que Alba me repetía durante nuestras clases.

Me ha venido a la mente justo en el momento en que me has pedido que encontrara algo que nos hiciese el trabajo más sencillo.

No recuerdo cuáles eran sus palabras exactas, pero venían a ser algo como «Cuando encuentres demasiados caminos, sigue siempre el que nunca escogerías, el que parezca más sencillo.

Probablemente, ahí estará lo que buscas».

Me mira como si ese mensaje debiera tener algún sentido para mí.

—¿Y? —presiono.

—Estoy siguiendo el camino más sencillo de la primera bifurcación que ha creado, porque estoy seguro de que ha sido ella.

Espera… —Se fija en la pantalla, como si hubiese descubierto algo increíble y, aunque miro lo mismo que él, yo no veo nada extraño—.

«4-3-5». ¡Es increíble! ¡Así es como termina el número de servidor al que ella se conecta cuando trabaja desde Atenea!

—¡Es una pista! —grito eufórico mientras él sigue a lo suyo, tan entusiasmado como yo.

Esta vez, me mantengo en silencio, no quiero interrumpir lo que sea que está haciendo.

—¡Joder, es la puta ama! Me ha llevado directamente a Anémona Azul.

—Su programa estrella —confirmo, y me mira asombrado.

—Guau, no puedo creer que te haya hablado de él. Alba no confía en nadie que no seamos nosotros. Es muy reservada con todo lo que tiene que ver con el que llama su bebé. ¿Sabes lo que esto significa? Mierda, espera un momento.

—¿Qué pasa? —pregunto saliendo de la euforia en la que ambos nos habíamos sumido.

—He de comprobar que se haya conectado a la red de esos gilipollas desde su ordenador. Entiendo que sí, porque, si no, no me habría puesto en este camino, pero déjame ver.

Apenas unos segundos después, me confirma que está dentro y que ya puede empezar a sacar información.

—¿Qué clase de datos puedes conseguir?

—¿Estás de coña? Tengo acceso a todo su puto sistema de seguridad —dice mientras comienza a buscar ilusionado—. Cámaras, barreras de acceso, planos, información sobre su personal, horarios… Desde aquí puedo incluso dejarlos sin luz. ¿Te vale?

—Joder que si me vale. Voy a llamar al resto para prepararnos —exclamo poniéndome en pie—. Ahora sí, debemos trazar un plan e ir a buscarla.

Dos horas después, nuestra euforia se ha reducido ligeramente.

La información que Lucas ha sacado gracias a Anémona Azul es difícil de digerir.

Feng Yue no eligió ese castillo para retener a Alba al azar.

Además de ser enorme, cuenta con un sistema de túneles subterráneos de los cuales no hay ni un solo plano.

Ni siquiera sabemos si dan a más de una salida ni dónde se encuentran estas.

Hemos conseguido algunos datos sobre ellos, pero son demasiado vagos y solo nos han permitido hacernos una idea general.

Por otra parte, la psicópata de Yue ha blindado el castillo como si se tratase de una fortaleza y cuenta con noventa hombres viviendo dentro, dispuestos a proteger a su reina y a evitar que nos llevemos a Alba.

Sombra está con nosotros, incluso Lucas ha vuelto con Parker y Hughes de la vigilancia. Ya no tiene sentido que ninguno de nosotros permanezca físicamente allí. Ahora podemos conectarnos a sus cámaras y ver lo que está pasando en el interior del castillo en directo.

Vega no ha pronunciado ni una sola palabra sobre el vídeo, solo ha venido cuando los he llamado, nos ha felicitado y se ha puesto a trabajar como antes de que todos recibiéramos el mensaje.

—Jefe, entrar allí será un suicidio —dice Parker en voz baja, dirigiéndose a Liam.

—Lo sería si solo fuésemos nosotros, pero no será así. Necesitamos más soldados para esta misión —responde Sombra en su lugar, sorprendiéndonos a todos.

—¿Qué sugieres? —pregunto.

—Que utilicemos todos los recursos a nuestro alcance y llamemos a nuestros aliados. Pensad si tenéis algún favor que gastar, porque este es el momento de hacerlo.

Nadie cuestiona su decisión. Todos asienten y se ponen a trabajar.

Cojo el teléfono y salgo a hacer llamadas.

Si por mí fuera, entraría en ese castillo yo solo, pero tengo que pensar en ella y sacarla de ese lugar con vida es mi jodida prioridad.