46. Alba #2
—Solo cerrar una puerta, de forma que tu gente no pueda acceder. Son tozudos y están acercándose demasiado a una de ellas. Estoy seguro de que en este portátil dispones de alguna herramienta para llegar a ellos y cortarles el paso.
«Mi gente».
El zumbido en mis oídos ya no viene solo de la abstinencia. Siento la rabia, la impotencia de tener que alejarlos cuando están luchando con uñas y dientes para encontrarme.
—¿Y por qué no lo haces tú mismo?
—Los dos sabemos que, si hubiese podido acceder a este equipo y a la información que contiene, ya lo hubiese hecho. No me da vergüenza admitir que eres mucho mejor que yo. Por eso ella te quiere.
Observo el ordenador. Mi ordenador. Tiene algunas teclas borradas del uso y una pegatina que compré con Mara la única vez que la convencí para salir a un centro comercial. Cada detalle me atraviesa como un puñal.
—No pienso atacarles —murmuro.
—No te he pedido eso. —Su voz sigue igual de plana—. Solo vas a reforzar algo que ya existe para mantenerlos lejos de nosotros.
El temblor de mis manos se intensifica, recordándome que soy solo la sombra de aquella Alba que un día fui.
La mano del chico continúa ahí, abierta frente a mis ojos, sosteniendo una pastilla que parece ridículamente pequeña para todo el poder que ejerce sobre mí. Es como si quisiese burlarse de mi debilidad, de lo fácil que le resulta tentarme.
Si sigo adelante, ellos estarán más lejos, pero no hacerlo…
—No estoy traicionándolos —murmullo para mí misma—. No voy a hacerles daño.
Extiendo la mano, cojo la pastilla y la coloco sobre mi lengua. La trago sin agua, no la necesito.
Cierro los ojos y espero. Los minutos pasan despacio hasta que poco a poco los síntomas del mono van disminuyendo.
Los abro, inspiro profundamente y sitúo los dedos sobre el teclado sin comprobar si el informático sigue detrás de mí. Sé que sí, nunca me dejarían sola con un aparato electrónico.
Introduzco la contraseña mientras mis pupilas se acostumbran a la luz de la pantalla. El temblor de las manos no ha desaparecido por completo, pero ahora me resulta más manejable.
—¿Dónde quieres que vaya? —pregunto con voz fría, disimulando la emoción que recorre mi pecho por estar haciendo lo único que adoro en la vida.
Él me da las indicaciones oportunas. Después, saca su teléfono móvil y se sienta en la cama. No deja de observarme cada pocos segundos, no se fían de mí. Bueno, tampoco yo lo hago.
—Solo oculta mejor la entrada. Han detectado un patrón. Tu misión es camuflarlo para que no puedan rastrearlo.
Por supuesto que han detectado un patrón, porque fui yo quien ocultó esa puerta. Es parte de mi identidad y Sebas la conoce.
Trago saliva. Presiono las primeras teclas con suavidad y comienzo a trabajar en lo que me han pedido.
Siento la magia bajo mis dedos y, por un instante, imagino cómo sería dejarme llevar y crear una señal que solo mi compañero pudiera interpretar.
Pienso en ello mientras sigo trabajando.
La idea me tienta, pero ha de ser algo que quede tan oculto que el listillo que tengo al lado no pueda detectar.
Sé que revisará mi trabajo, cada comando, y lo hará antes de marcharse.
No hay nada, nada que pueda hacer sin que él se dé cuenta.
Trabajo en lo que me ha pedido, ajusto parámetros y cambio rutas. A partir de ahora, si Sebas sigue este rastro, se dividirá en tres y, si insiste, lo hará en cinco. No hay forma de que pueda encontrar el acceso a corto plazo.
Ya he terminado, pero mis dedos se niegan a separarse de las teclas.
—¿Ya lo tienes? —pregunta el chico al darse cuenta de que he parado de escribir.
—Más o menos. Estaba pensando en añadir una trampa que los mantenga distraídos.
—Perfecto, hazlo. —Sus ojos regresan a la pantalla del teléfono.
Vuelvo al rastro que he estado ocultando. No puedo tocar nada demasiado evidente, tiene que ser una señal que solo Sebas pueda detectar.
Y entonces me doy cuenta de que solo hay una opción y que siempre ha estado ahí: Anémona Azul. Necesito mostrarle la entrada para que pueda controlar mi ordenador desde fuera y, si lo consigue, tendrá acceso a todo.
Busco la vía más sencilla, esa que nadie seguiría, y rezo por que recuerde las palabras que le he repetido varias veces durante su formación.
Al final del camino, introduzco los números «4-3-5», que son los dígitos finales del servidor en el que trabajo cuando estamos en Atenea.
Él lo sabe, y a los ojos de mis captores, esa cifra no significará nada.
Esos números, que enmascaro con comandos largos e innecesarios, llevarán a Sebas a una puerta de acceso directa a Anémona Azul.
No escribo su nombre y no puedo ser más clara porque estoy segura de que me pillarían, pero espero que mi compañero recuerde nuestras conversaciones y tenga presente todo lo que le enseñé.
Por el rabillo del ojo, veo que mi vigilante bloquea su teléfono y, antes de que pueda decir nada, me adelanto.
—He terminado.
Llevo las manos a mi regazo y siento el corazón latir con fuerza en mi pecho en el momento en que se acerca y gira mi portátil hacia él.
Revisa mi trabajo durante un par de minutos, parándose en algunos parámetros, y suelto el aire con disimulo cuando no presta atención a la numeración que he escondido.
Después, cierra el ordenador con suavidad y se lo coloca debajo del brazo.
Noto que quiere decirme algo, pero duda. Antes de salir de la habitación, se gira y me observa con curiosidad.
—Espero que algún día podamos trabajar juntos. Creo que podría aprender mucho de ti.
No asiento. Nunca en la vida trabajaré para Feng Yue ni para su organización.
Tras marcharse, me esfuerzo para no hacer ninguna mueca que delate mi emoción. No puedo olvidar que mi vida se filma como un maldito reality show .
Me tumbo en la cama y cierro los ojos. Por primera vez desde que llegué aquí, no me siento sola. Acabo de enviarle un mensaje a mi amigo, como he hecho decenas de veces antes, solo que ahora está cifrado y no voy a saber si lo ha leído. Aun así, una sensación nueva me recorre la tripa: esperanza.