46. Alba
ALBA
Mi existencia se ha convertido en una nube extraña, en una dualidad de contrastes que me mantiene la mayor parte del tiempo en estado de alerta.
Ellos me dan la paz sin la que ya no puedo vivir, apagan el ruido mental en el que me ahogo y se llevan la ansiedad que me destruye.
Y cada vez que eso sucede, pago mi deuda.
Preferiría que me pegasen un tiro a seguir viviendo de esta manera.
Me digo a mí misma que la próxima vez seré más fuerte, que soportaré los temblores, el dolor muscular, los mareos, los vómitos e incluso esa sensación horrible de una mano estrujando mi corazón.
Me repito que los síntomas no son reales, que el mono no me matará y que si lo hiciera…
Bueno, tampoco podría ser peor que esto.
No puedo continuar viviendo con la sombra de la culpa siguiéndome a cada paso que doy, con el peso de mis acciones sobre la espalda, con la certeza de estar fallando a mi gente y todo en lo que creo.
Ya ni siquiera estoy segura de cuánto les he entregado y eso me está comiendo por dentro.
Sé que he reforzado su sistema de protección, he añadido barreras y algunos muros que dejarían fuera a cualquiera…
Para tratarse de una organización que nos ha estado provocando tantos dolores de cabeza, tenían varios agujeros que yo misma habría acabado encontrando si no me hubiesen atrapado.
También he mejorado su sistema de vigilancia para que no quede ni un solo punto ciego en lo que supongo que es la propiedad en la que nos encontramos.
Un castillo, un puto castillo en el valle del Loira.
Pensaba que jamás me dejarían conocer nuestra ubicación, pero la zorra de Yue ha tenido que proporcionarme el dato para que yo misma me encargase de blindar este lugar hasta hacerlo impenetrable.
Cada vez que me ponen el ordenador en las manos, aparece un chico y se coloca a mi espalda.
No sé su nombre y apenas he cruzado unas cuantas frases con él, pero he deducido que es el informático de Yue.
Calculo que tendrá poco más de veinte años.
Serio, reservado y con una mirada de resignación en los ojos que me dice que tampoco quiere estar aquí, pero que ha perdido cualquier esperanza.
Escucho pasos fuera y me levanto de la cama, preparándome para lo que venga.
Esta mañana no había pastilla en la bandeja de mi desayuno y he de sujetarme una mano con la otra para disimular los temblores.
A estas alturas, soy plenamente consciente de que me han convertido en una yonqui. Una yonqui y una traidora.
—Hola, friki.
Antonella entra en mi habitación con la cabeza alta y paso seguro, como si estuviese andando por la pasarela de un desfile de moda. Lleva puesto un conjunto blanco elegantísimo de falda lápiz y chaqueta, combinado con una blusa en un tono rosado y los zapatos de tacón del mismo color.
Pestañeo para cerciorarme de que mi mente, obnubilada por las drogas, no me esté jugando una mala pasada, pero ella sigue ahí cuando abro los ojos.
Me pregunto si sería capaz de diferenciar la realidad de una alucinación y ni siquiera puedo estar segura de eso.
—Antonella… —susurro, y me mortifica parecer tan débil como me siento.
—Por Dios, das todavía más asco en persona que a través de la pantalla del móvil. Me pregunto qué pensaría mi prometido infiel si te viera en este momento. Apuesto a que perdería el interés por la triste pirada de los ordenadores.
Una arcada repentina me sobreviene y salgo corriendo para aferrarme al inodoro. Intento vomitar, pero no probé nada de lo que había en la última bandeja, así que noto el desagradable sabor de la bilis en mi boca y eso me provoca una nueva arcada.
Cuando termino, tiro de la cadena, me enjuago la boca en el lavabo y me hecho agua en la cara.
No puedo evitar mirarme en el espejo para comprobar lo que ella ha visto en mi aspecto: las mejillas hundidas, las ojeras interminables y el pelo seco, sin vida.
Por no hablar de que la raíz negra le está ganando mucho terreno al rosa.
Cuando salgo del baño, las piernas me tiemblan y las náuseas no han desaparecido del todo. Encuentro a Antonella sentada en mi cama, mirándose las uñas, como si le aburriera tener que esperarme.
—¿A qué has venido? —pregunto tratando de esconder mis síntomas.
—Estaba visitando a mi amorcito y he decidido pasarme a verte. Al fin y al cabo, somos viejas amigas, ¿no?
—Tú y yo no somos nada —escupo con asco.
—Bueno, eres la amante de mi futuro marido. Las dos hemos estado compartiendo sus babas, así que algo sí somos, ¿no crees?
—¡Lo vuestro es un compromiso por conveniencia y no has compartido con él una mierda!
—Ay, ¿de verdad te creíste ese cuento? —Se levanta y se planta delante de mí.
Es más alta que yo y, con los zapatos de tacón, gana unos centímetros adicionales, lo que la obliga a mirar hacia abajo para hablarme—.
Sí, mi padre negoció con Liam para que me casara con él a cambio de su ayuda para vencer al hermano de mi bebé, pero fue Alex quien se ofreció a tomar su lugar cuando me conoció.
¿De verdad eres tan ignorante como para pensar que se iba a conformar contigo pudiéndonos tener a ambas?
Los hombres como él son incapaces de resistirse a una mujer bonita.
—Se aparta la melena rubia hacia un lado y me lanza una mirada de lástima—.
En serio, te creía una chica lista, con todo ese rollo de los ordenadores y tal, pero resulta que solo eres una pobre ilusa más.
Aprieto los puños a ambos lados de mi cuerpo y los vuelvo a soltar.
Repito la misma acción varias veces. Procuro no pensar en la posibilidad de que tenga razón.
Alex me quiere, no podemos estar juntos, pero me quiere.
Aunque tal vez, durante este tiempo en el que ya no estoy a su lado, después de haberme negado a ser la otra, él haya decidido seguir con su vida e intentar ser feliz en su matrimonio.
La cabeza comienza a dolerme y un zumbido familiar se mete en mis oídos e inunda mis pensamientos.
—Alex me quiere —musito, y ella comienza a reír. Lo sé porque veo su expresión y sigo sus movimientos, aunque el sonido de su risa no llega a mi cabeza.
Me froto los oídos y la veo inclinarse hacia delante con la boca abierta y, entonces, actúo sin pensar.
Doy un paso al frente, la agarro del pelo y golpeo su cabeza contra mi rodilla, dos veces.
Cuando la levanto para observarla, tiene sangre en la boca y, aunque la imagen me llega distorsionada, diría que también en la nariz.
La puerta se abre de golpe y esta vez soy yo quien se ríe al ver el horror y la sorpresa mezclados en los ojos de Feng Yue.
—Jodeos, hijas de puta —siseo.
Me cruza la cara de una bofetada y, a pesar de que noto el sabor ferroso de la sangre en mi lengua, no dejo de reír como si estuviese poseída.
Rex aparece y se lleva a Antonella en brazos, en plan damisela en apuros y él, el príncipe del cuento. Eso me deja a mí como la villana, ¿verdad?
Yue agarra un montón de mi pelo en su puño y me obliga a mirarla. En sus ojos hay fuego, uno que no había visto hasta ahora. Siento el frío del metal en mi cuello y sé que me está amenazando con una navaja o un cuchillo. La verdad es que me da igual y no dejo de sonreír.
—Acabas de cometer el peor error de tu vida.
—Hazlo —la reto—. Rájame la garganta como sé que estás deseando hacer. Termina con esto. ¿Crees que me importa dejar de vivir? Me harías un puto favor salvándome de este infierno.
Me sostiene unos segundos más y siento el ardor de la herida en mi cuello. Unas gotas de sangre caliente resbalan como si fuesen lágrimas de muerte y después… nada.
Noto frío cuando se aleja.
—Todavía no lo has entendido, ¿verdad? —dice mirándome a los ojos—. No te secuestré para destruirte. Lo hice porque eras demasiado valiosa para dejarte del lado equivocado.
—Nunca estaré de tu parte —rebato.
—Bueno, tal vez Sombra no piense lo mismo cuando descubra lo que has hecho.
Doy un paso atrás como si acabase de golpearme.
—Yo no…
—¡A trabajar! Hoy me has cabreado demasiado. Comienza a comportarte como debes y asume de una vez que esta es tu vida ahora y lo será siempre.
Se marcha dando un portazo y, cuando me llevo las manos al cuello, las encuentro manchadas de sangre. Me ha hecho un corte, pero es superficial. Me limpio en el baño y, al salir, siento un mareo y no me caigo de bruces contra el suelo porque dos manos heladas me sujetan de los antebrazos.
—Ten más cuidado —me advierte el informático flacucho, mirando a cualquier lugar menos a mis ojos. Nunca lo hace.
—¿Y tú qué quieres?
Señala la mesa, en la que ahora descansa un ordenador, y me ayuda a sentarme frente a él. En cuanto lo veo, sé que es el mío, mi portátil. Lo acaricio con las yemas de los dedos, con sumo cuidado y con miedo de que se trate de una alucinación y desaparezca en cualquier momento.
—Puedes encenderlo.
Miro en dirección al chico. Por un momento, me había olvidado de que él estaba aquí. Su mirada es plana, indiferente, pero hago lo que me dice.
Los ojos me duelen en cuanto la luz de la pantalla hace contacto con ellos y me los froto. En ese instante, el zumbido en mis oídos se intensifica y las manos comienzan a temblarme sobre las teclas. Ni siquiera soy capaz de introducir la contraseña.
—No… No puedo.
—Respira hondo. —Su voz suena casi amable y le hago caso.
Cierro los ojos y realizo varias respiraciones profundas. Cuando vuelvo a abrirlos, la palma de su mano está abierta frente a mi rostro y, en el centro, descansa lo único que necesito para seguir adelante.
—¿Qué… qué tendré que hacer esta vez? ¿Y por qué me dejas utilizar mi ordenador? ¿Por qué ahora? —pregunto con miedo, suplicando porque no sea algo que me hunda todavía más en el lugar oscuro en el que llevo demasiado tiempo viviendo.
El chico ladea la cabeza, casi curioso.