Abismo (Atenea 2) 45. Alex
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45. Alex

ALEX

Me despierto cuando suena la alarma y lo primero que noto es un molesto dolor que me nace en las sienes e irradia hacia la parte superior de la cabeza.

Lo siguiente que percibo son restos del aroma dulzón del perfume de Antonella, algo extraño teniendo en cuenta que ella nunca ha pisado esta habitación.

Me levanto mosqueado y hago un barrido visual a mi alrededor. Tengo una manía desde que era pequeño: el orden. Me molesta que las cosas no estén donde deben estar y me genera ansiedad cuando alguien mueve algún objeto que yo he colocado en el lugar exacto al que pertenece.

Paseo por la habitación buscando cualquier señal que me ayude a confirmar lo que ya intuyo, que ella ha estado aquí.

Observo la puerta, las cortinas, las mesitas de noche…

Nada parece hallarse fuera de lugar y, aun así, la sensación no me abandona.

Cuando me acerco a la cómoda, confirmo lo que ya imaginaba.

La señal es apenas evidente y pasaría desapercibida para otros, pero no para mí.

Cada noche, antes de acostarme, coloco mi reloj de muñeca con la correa estirada en vertical, en paralelo al bolígrafo que siempre descansa sobre el mueble para cuando lo necesito.

La inclinación del reloj es casi inapreciable, pero está ahí, provocando un desajuste visual que me molesta.

Lo más probable es que Antonella rozase el objeto sin darse cuenta, pero lo hizo y eso confirma que ha estado aquí, en mi habitación, en mi espacio. Ahora, la pregunta es ¿por qué?

Sigo pensando en ello mientras me visto y preparo una maleta para el viaje.

Después, bajo a la armería. Mi hermano me dijo que podía contar con las armas que necesitase, pero sabiendo que Liam está al tanto de la operación, cojo solo lo básico y un par de juguetes que llaman mi atención.

Tras ello, me reúno con él y le pido que ponga a alguien a seguir a Antonella.

Es posible que su incursión en mi cuarto haya sido solo una forma de decirme adiós, pero si algo aprendí durante mi infancia y adolescencia es que no puedes fiarte de nadie.

Me despido de ella también y me confirma que hoy mismo viajará de vuelta a Italia, a Sicilia exactamente, que es donde se encuentra su padre desde hace unas semanas.

Nada en su comportamiento me hace dudar, pero no me olvido de que es una mujer criada en la mafia o, lo que es lo mismo, una experta en la mentira y la manipulación.

Cuando subo al avión, Liam me recibe con un abrazo. Él es como un hermano para mí y la persona en la que más confío del mundo. Sombra y su equipo ya están a bordo, también Parker, Hughes y cuatro de nuestros hombres que han venido con Liam.

Cada uno ocupa su asiento. Mi primo susurra algo al oído de su mujer y, después, me hace una señal para que vaya con él al fondo del avión. Nos sentamos en la zona que utiliza para las reuniones, de modo que quedamos uno frente al otro y una mesa en el medio.

—No tenías que venir —le digo una vez hemos despegado.

—¿Ella te importa? —pregunta sin rodeos, aunque me conoce lo suficiente para saber la respuesta.

—Más que nada.

Sus ojos se clavan en los míos con una serenidad que había echado de menos. Con él, no son necesarias largas explicaciones, le basta un minuto cerca de mí para saber en qué estado me encuentro.

—Entonces vamos a por tu mujer, Alex. No dejaremos que esa psicópata le haga daño.

Respiro hondo y relajo los hombros.

—Tengo miedo, Liam. Hacía tanto que no lo sentía que me ha costado reconocerlo, pero estoy…

paralizado, frustrado, furioso —confieso—.

Han pasado semanas desde que se la llevaron.

Semanas en las que han podido hacerle cualquier cosa.

Si descubro que la han tocado…, voy a destrozarlos hasta que no quede nada de ellos.

—La rescataremos —afirma con esa rotundidad que siempre me ha hecho confiar en su palabra.

—¿Estás seguro de que puedes venir con nosotros? ¿A quién has dejado al mando?

Se frota la nuca en un gesto muy poco habitual en él.

—A Marcus, con la ayuda de Derek.

—¡No me jodas! ¿Derek? ¿Cómo te ha convencido?

—Mi hermano puede ser un auténtico tocapelotas cuando se lo propone. Volvió a Londres. Lo han echado de la universidad y se ha negado a terminar la carrera. ¡Joder, le quedan cuatro putas asignaturas para licenciarse!

—Te dije que obligarlo a estudiar no era buena idea.

—Pensé que acabaría centrándose, pero se ve que lo conoces mejor que yo.

—Los caraduras nos reconocemos —afirmo tratando de quitarle hierro al asunto—. ¿Y ahora qué?

—El muy cabrón me ha chantajeado. —Se me escapa una sonrisa y me mira mal.

—Lo siento, es que es justo lo que habría esperado de él. Apunta maneras desde que empezaron a salirle pelos en los huevos. ¿Qué te ha pedido ese cabronazo?

—Lo de siempre, un puesto en la Hermandad. A cambio, se compromete a terminar la carrera a distancia y aprender también la parte legal del negocio en Industrias Brown.

—Tienes que reconocer que es bueno negociando. Cuidaremos de él.

—Joder, solo tiene veinte años —se queja dando un golpe con el vaso en la mesa.

—Yo a su edad ya me había cargado a tantos hombres que ni siquiera recordaba sus caras.

—Lo sé, pero quería algo distinto para él, no la misma mierda que tuvimos que vivir nosotros. —Se queda pensativo unos segundos y decide cambiar de tema—. Y ahora, dime, ¿cómo estás?

Niego con la cabeza y me bebo de un trago el vodka que tengo en la mano.

—Hecho mierda, Liam. Todo lo que te haya contado Vega es la pura verdad y apuesto a que se ha quedado corta. Estoy descontrolado. No duermo, me olvido de comer… En la última semana he masacrado a más de veinte hombres y sé que a ninguno le di una muerte rápida.

—Joder.

Liam intenta decir algo, pero lo corto.

—¡El otro día abrí los ojos y me encontré rodeado de cuatro cuerpos mutilados y ni siquiera recuerdo cómo lo hice! He vuelto a caer, a entrar en trance; tengo lagunas mentales y la ira me domina como si no hubiese alternativa posible. Las regresiones…

—Ey, respira. —Noto su brazo alrededor de mi hombro y no soy consciente de cuándo ha cambiado de sitio para ponerse a mi lado—. Ya no eres ese hombre. No estás solo. Yo estoy contigo.

—No lo entiendes. Soy ÉL. He vuelto a ser Abismo —afirmo hundiendo la cabeza entre mis brazos apoyados sobre las rodillas.

Y cuando ella lo descubra…, verá a un ser despreciable, a un monstruo. Una abominación.

—Es diferente, Alex. Esta vez no te has convertido en él por imposición. Has sido tú quien lo ha buscado y lo ha sacado de su letargo. Abismo es indestructible y tú necesitas su fuerza para llegar hasta tu mujer y salvarla. Lo estás utilizando y no al revés.

Estoy pensando en lo que Liam acaba de decirme cuando escuchamos un murmullo de voces al otro lado del avión.

Al girarme, observo a Sombra y a su equipo discutir de forma acalorada.

Miro a mis hombres y los veo también alterados.

De hecho, por la postura de Hughes, sé que se está conteniendo para no participar en la conversación.

Liam me hace un gesto de cabeza y nos acercamos al grupo.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta con esa autoridad propia en su voz que evita que tenga que alzar el volumen.

—Diversidad de opiniones —responde Lucas como si fuera algo común—. Sebas ha observado algunos movimientos extraños y cree que Alba está reforzando los sistemas de ciberseguridad de la organización de Feng Yue.

—¡Y una mierda! —exclama Mark, bastante alterado.

—¿En qué te basas para creerlo? —pregunto a Sebas, ignorando a todos los demás. Él teclea con velocidad sobre el portátil que tiene sobre la mesita y después le da la vuelta para que Liam, Vega y yo podamos ver la pantalla.

—Inicié rastreos que antes daban resultados y ahora mueren en seco, como si alguien los hubiese cortado con un cuchillo afilado.

También le he seguido la pista a dos servidores fantasma que han desaparecido justo en el momento en que creía haberlos localizado.

Es todo muy extraño… Estas cosas suelen tratarse sin miramientos, pero la forma en la que nos redirigen a donde ellos quieren, de manera elegante y suspicaz, me recuerda a ella, a Alba.

Demasiada casualidad. Es… Mierda, no sé explicarlo bien, pero hay modificaciones que llevan su firma grabada.

—No estoy entendiendo una mierda —gruño frustrado, y me mira.

—Creo que los está ayudando.

—¡Vuelve a decir eso y te comes el puto portátil! —salta Hughes—. ¿Y tú te consideras su compañero?

—Debemos contemplar la opción de que lo esté haciendo porque no tenga más remedio —afirma Sombra, y el avión se queda en silencio—. No digo que sea así, pero no podemos descartarlo tampoco. Sebas, sigue investigando. Necesitamos saber dónde la tienen exactamente antes de que decidan moverla.

Llegamos a Nantes en una hora y media. Mi primo ha conseguido una casa independiente y discreta a las afueras de la ciudad.

No es demasiado grande como para llamar la atención, pero se encuentra aislada y sus muros son lo bastante altos como para mantener alejados a los curiosos.

En cuanto llegamos, metemos nuestras cosas y nos reunimos en el salón.

El ambiente sigue crispado y yo lo único que quiero es dejar de hacer planes y salir a buscarla.

Estoy a punto de marcharme por mi cuenta, cuando mi teléfono suena con el tono de llamada que tengo reservado para mi gente. Veo el nombre de Antón en la pantalla y me tenso. Si me está llamando, después de habernos visto hace apenas unas horas, es porque tiene información importante.

Las conversaciones se apagan a mi alrededor y descuelgo mientras todos me miran expectantes.

—Antón, ¿qué tienes?

—Estabas en lo cierto con tu corazonada.

Esa prometida tuya esconde algo. Salió con sus guardaespaldas cuarenta minutos después de que os marcharais vosotros, llevándose todas sus cosas y despidiéndose con un «hasta pronto».

Mis hombres la siguieron hacia el sur y, sorpresa, nunca llegaron al aeropuerto de Vigo.

—¿Adónde coño fue esa mocosa? —gruño con la poca paciencia que me queda.

—Me avisaron cuando cruzaron la frontera de Portugal. Están en Maia, en el aeropuerto de Porto. Les han perdido la pista cuando se han metido en la terminal de vuelos privados. Estoy intentando conseguir información, pero no tengo a nadie en Portugal que pueda ayudarme con esto. Lo siento, Alex.

—No te preocupes, me encargo a partir de aquí. Ordena a tus hombres que hagan noche en la puta puerta del aeropuerto para asegurarse de que no es una maniobra de distracción y salen de allí a pie.

—Lo haré. Te aviso con lo que sea.

Transmito lo que acabo de descubrir al resto y nos ponemos todos a trabajar en ello.

Quince minutos después, disponemos de las hojas de ruta de todos los vuelos privados y semiprivados que han despegado o tienen previsto salir en las próximas horas desde Porto.

Por suerte, no son muchos. Observo la pantalla a la vez que Sebas, no hay ningún vuelo con destino a Sicilia o Roma, pero una hoja de ruta me llama la atención.

—¡Este! —Señalo con el dedo—. Saint-Nazaire Montoir, a solo cuarenta y nueve kilómetros de aquí.

—¿Estás insinuando que la hija de Matteo podría tener algo que ver con Yue y el secuestro de Alba? —pregunta Liam con los puños apretados.

—No lo sé, pero nada explica que me haya mentido asegurando que volvía a Sicilia con su padre y después haya conducido hasta Porto para coger un vuelo privado a otro lugar.

De repente, una idea cruza por mi cabeza.

—Sebas, ¿tienes acceso a los vídeos de las cámaras de la mansión?

—Sí. Dime el día y la hora que necesitas y te los muestro.

—Quiero ver lo que pasó antes de que Alba desapareciera.

—Los hemos visto más de una docena de veces y no hay nada —se queja—. Ya os lo dije, desvió algunas cámaras y manipuló otras para que quedase grabada una imagen de días anteriores. Ella nunca habría dejado rastro.

—No hay nada o no vimos nada porque nos estábamos centrando en Alba —susurra Sombra—. Busca a la italiana. Necesitamos saber su ubicación cuando nuestra chica salió de la mansión.

—Ahí es donde quería llegar —afirmo.

Tardamos apenas unos minutos en descubrir que Antonella y uno de sus guardaespaldas entraron al garaje la misma tarde en la que Alba desapareció.

No sabemos el tiempo que estuvieron allí, pero no se fueron en coche, de eso estoy seguro porque el hombre de la entrada solo vio salir a Alba aquella tarde.

Eso significa que tuvieron que coincidir con ella en el garaje.

—Le tendió una trampa —afirma Sombra, poniendo voz a mis pensamientos—. La muy zorra la ayudó a escapar y después hizo que la cogieran en el aeropuerto.

—Voy a reventar a esa puta pija italiana —gruño dándome la vuelta para ir a buscarla.

—¡Espera! —grita Sombra, y Liam me sujeta del brazo para que escuche a su mujer. Miro con rabia el lugar que me está reteniendo y mi primo me suelta, no sin antes lanzarme una mirada de advertencia.

—Sé que quieres encontrarla cuanto antes, pero escucha a Vega primero. Suele tener razón.

—No podemos matarla, Alex —dice ella acerándose—. No sabemos si actúa por su cuenta o si su padre también está implicado. Además, nuestra mejor baza es seguirla sin que nos vea. La esperaremos en el aeropuerto y ella misma nos conducirá al lugar en el que tienen a Alba. Hemos de actuar con cabeza.

—No me convence ese plan. La rubia tocapelotas va a morir hoy —suelto, y doy un puñetazo a la puerta del salón, con tanta fuerza que la madera salta astillada y mis nudillos llegan al otro lado.

Ni siquiera siento dolor. Solo una ira líquida que me recorre como un río embravecido, salpicándolo todo a su paso.

—Si la matas, perderemos la única pista que tenemos.

Imagina que ha quedado con Feng Yue y no se presenta o que intenta contactar con ella y no la localiza.

Empezará a sospechar y moverá a Alba de sitio.

Estaremos como al principio y no podemos permitírnoslo.

Alex, los dos sabemos que lleva demasiado tiempo en manos de esa loca.

Debemos arrancársela y hemos de hacerlo ya. No podemos permitirnos fallar.

Me obligo a inspirar profundamente antes de responder.

—Está bien, lo haremos a tu manera.

Me rindo porque sé que está haciendo lo que mejor se le da. Sombra es la mejor estratega que he conocido nunca y Alba es una de las suyas.