Abismo (Atenea 2) 44. Alba #3
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44. Alba #3

—No pretendía matarlos. Yo… Ni siquiera sabía de la existencia de las niñas.

Hacía años que no hablaba con mi hermano y menos con Marina.

Había desaparecido de sus vidas y me obligué a no indagar sobre ellos.

Me centré en mi trabajo, creé Atenea y me dediqué a ella en cuerpo y alma…

—Cierra los ojos y traga saliva—. No sé lo que me pasó ese día.

Me encontraba parado en un semáforo en rojo cuando los vi.

Ella estaba preciosa, como siempre. Hablaban, se reían y, entonces, Marina lo besó y yo…

Pisé el acelerador a fondo. Fue un impulso, una decisión tomada en una milésima de segundo con la que llevo cargando toda la vida.

No digo nada. No puedo. Solo quiero salir de aquí y volver a mi habitación, a la soledad de mi encierro donde las decisiones de otros no puedan alcanzarme.

Miro a Yue, pidiéndole en silencio que me saque de aquí.

—Estás enfadada, lo sé. Conozco la sensación, pero no te preocupes, voy a ayudarte. —Se acerca a Rex y este le tiende una pistola—. Te doy la oportunidad de vengarte y, créeme, se siente de maravilla cuando alguien paga por lo que ha hecho.

—¿Pretendes que lo mate? —Me limpio las lágrimas de un manotazo y levanto la barbilla—. No te niego que estoy afectada por lo que acabáis de contarme, pero no me he vuelto imbécil en la última media hora. Sigo teniendo claro dónde están mis lealtades.

—¿Con el asesino de los padres de tu amiga?

—Con Sombra, con mi equipo, con mis valores.

Tuerce el gesto y veo que mis palabras la han golpeado. Después, eleva los hombros, restándole importancia al asunto.

—Albergaba la esperanza de no tener que llegar a esto, pero ya te he dicho antes que la vida está llena de elecciones, y yo voy a ayudarte a tomar la más adecuada.

—¿Para quién? —pregunto.

—Para mí, por supuesto.

Saca del bolsillo de su americana un teléfono, marca y espera. Por su posición, entiendo que se trata de una videollamada.

—Hola, amor, te estaba esperando. Ya te dije que acabarías recurriendo a mi plan —asegura una voz femenina y alegre que me resulta familiar.

—No quería que tuvieras razón, bebé. ¿Está todo en orden por allí? —responde Yue con voz melosa.

—Todo marcha según planeamos. Y nuestros invitados, ¿cómo se encuentran? ¿Me pasas con ella para que pueda saludarla?

—Claro que sí, bebé, pero no seas demasiado mala, que nos conocemos.

Yue se acerca hasta quedar pegada a mí, me coloca un brazo por encima del hombro, como si fuésemos buenas amigas, y sitúa el teléfono delante de nuestras caras para que ambas quedemos encuadradas dentro de la cámara.

—Agh, tienes pinta de apestar. Sabes que en el baño hay una ducha, ¿verdad? —Pestañeo, incapaz de creer que la persona que está al otro lado de la pantalla sea Antonella, la prometida de Alex.

Habla con Yue como si fuesen algo así como… ¿pareja?

—Nella, ¿qué te he dicho? —la reprende Yue con voz cariñosa—. Vamos al lío, que no quiero que nada se estropee. ¿Estás en su habitación?

—Vale, pero quítale el brazo de encima si no pretendes que la mate en cuanto la tenga delante.

—Me encanta cuando te pones celosa —responde Yue apartándose lo suficiente para no tocarme, pero que sigamos las dos en cámara.

Antonella trastea un momento con el teléfono y cambia el modo de llamada para que veamos desde la cámara trasera. Al principio, no distingo lo que está enfocando, pero tardo poco en darme cuenta de que se encuentra en la habitación de Alex. Mi Alex.

Avanza un par de pasos y se acerca a la cama, donde él permanece bocarriba y con los ojos cerrados.

«Por favor. Dime que no lo ha matado».

Antonella debe de ver el pánico en mi mirada, porque sonríe con crueldad antes de continuar.

—No te preocupes, pequeña friki, que lo que le he dado no lo matará.

Eso sí, lo ha dejado frito durante unas cuantas horas.

—Cojo aire aliviada, aunque el corazón me dice que esto no ha hecho más que empezar y ella misma me lo corrobora—.

Ahora bien, esta pistola sí que podría acabar con su vida —afirma mientras muestra el arma en su mano y apunta directa al pecho de Alex.

Siento cómo mi corazón deja de latir. Un movimiento en falso, un roce del gatillo y Alex podría estar muerto en cuestión de segundos. El silencio se hace eco en la habitación y cruza la llamada.

—No lo hagas. —No sé si ha sonado a exigencia o ruego; no me importa, estoy dispuesta a suplicar si así baja el arma.

—El destino de estos hombres se halla en tus manos, Alba —sentencia Yue y, aunque sé a qué se refiere, no quiero entenderlo—. Tú decides quién vive y quién muere esta noche.

—No puedes obligarme a eso.

—No hacer nada también es una elección. Uno de los dos está viviendo sus últimos segundos, lo quieras o no.

Cierro los ojos. Me siento ligeramente aturdida. Tal vez sea el aislamiento prolongado, la falta de sueño o quizá el ataque que he sufrido hace apenas una hora, pero dudo de si estoy en plenas facultades para tomar una decisión como esta.

Dirijo mi mirada al arma que alguien ha depositado sobre una mesa de metal, a unos metros de distancia de Román.

La observo, pero no me acerco.

Pienso en la tercera opción, esa que Yue no ha contemplado en su discurso. Podría coger la pistola y dispararle a ella. Tendría solo un segundo para hacerlo y una única oportunidad.

La pregunta es si estoy dispuesta a pagar las consecuencias. Es probable que acertase el tiro y que ella muriese en el acto, pero sé con certeza lo que pasaría después: Rex acabaría conmigo y Antonella mataría a Alex.