Abismo (Atenea 2) 44. Alba #2
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44. Alba #2

Miro a mi alrededor con disimulo, buscando una posible salida o un arma que pueda llevar conmigo para usar en el momento oportuno.

Necesito sacarnos de aquí antes de que uno de estos pirados decida que ya no les somos útiles.

El problema es que las paredes parecen de piedra y no hay ni una sola ventana, lo que refuerza mi idea de que nos encontramos en un sótano.

Román murmura algo que no entiendo, pero, por lo visto, Yue estaba más atenta que yo.

—La he traído para que puedas contarle la relación que nos une. —Él mantiene la boca cerrada y la mira con odio—. Vamos, no seas tímido. La chica tiene derecho a saber que está aquí gracias a ti.

Trato de no reflejar la sorpresa que siento. No puedo creer a esta mujer, aunque la forma en la que él sigue guardando silencio en lugar de rebatir su afirmación empieza a ponerme nerviosa.

—Eres una hija de puta —sisea Román, y un ataque de tos le impide continuar.

—Oh, vamos. Está feo insultar a una amiga. Además, podría haberte delatado a tu sobrina y no lo he hecho. Por otra parte, quiero que Alba y yo seamos amigas, así que ella tiene que saber la verdad.

Se gira hacia mí y me entran ganas de arrancarle la cabeza de una patada, pero el agarre de Rex sobre mi brazo es fuerte y necesito un plan antes de intervenir o Román y yo acabaremos muertos en cuestión de segundos.

—Déjala fuera de esto, Yue —gruñe Román, y ella lo ignora a propósito.

—Tu jefe lleva un tiempo colaborando conmigo.

¿La rapidez con la que hemos reabierto los clubs que las autoridades cerraron tras la muerte de mi hermano?

Fue gracias a él. ¿El motivo por el cual nunca podéis encontrarme?

Él es quien me hace invisible ante vuestros ojos.

Y, la mejor de todas. —Lo observa con una expresión maliciosa—.

¿Recuerdas esas misiones que han salido de la nada y os han mantenido ocupados? Tu jefe prácticamente se las inventó.

—Cállate de una vez —la corta Román, y ella se ríe, disfrutando del momento.

—Tengo que reconocer que has sido de gran ayuda los últimos meses, Román. Me has dado mucho más de lo que esperaba conseguir.

Lo miro y mi corazón se para cuando percibo la culpabilidad en su gesto, en su postura, en sus ojos. Se le ve como nunca antes: abatido, débil, cansado.

«Todo lo que Yue acaba de afirmar… es la jodida verdad. Él ni siquiera está intentando explicarse».

—¿Por qué? —Mi voz suena débil y trato de ignorar a la mujer a mi lado que levanta la cabeza victoriosa.

Los segundos pasan demasiado lentos hasta que él decide enfrentar mi mirada y darme su respuesta, una que no me hubiese gustado escuchar nunca.

—Llevo años colaborando con ella. Desde antes de que Bao Feng muriera.

—¿Qué? ¿Cómo pudiste? —grito fuera de mí, aunque soy incapaz de acercarme—. Él fue quien prostituyó a Isabel y la obligó a soportar toda una vida de sufrimiento. ¡Joder, él fue el culpable de su muerte! ¿Cómo pudiste?

La traición se siente amarga y arde en mi garganta. Tengo náuseas y ganas de gritarle al mundo que está loco, que esto no está bien.

—No lo ayudé a él. Mi objetivo siempre fue acabar con el hermano de Yue.

Ella me daba información: sus siguientes movimientos, puntos débiles, posibles ubicaciones…

Estuvimos a punto de pillarle varias veces gracias a los datos que ella me proporcionaba a escondidas y muchas chicas fueron rescatadas debido a esa alianza.

—¿Y qué obtenía ella a cambio? —pregunto, sabiendo que esta mujer no haría nada sin pensar antes en su propio beneficio.

—Me dijo que era una víctima más de su hermano. Que él se había vuelto loco y que la obligaba a acostarse con sus socios para sellar tratos importantes.

—¡Y tú la creíste! —siseo, incapaz de entender cómo una de las personas más inteligentes que conozco pudo estar tan ciega.

—Lo comprobé. Era cierto. Bao Feng incluía a su hermana pequeña en algunos acuerdos de negocios y, cuando me reuní con ella, vi el dolor y la sed de venganza en sus ojos, los mismos que encontraba en la mirada de Vega cada mañana. Ella quería lo mismo que nosotros, la muerte de ese malnacido.

—Y si todo estaba tan claro para ti, dime, ¿qué ha pasado? ¿Cómo me explicas que, siendo tan hija de puta, o más, que su hermano, tú sigas apoyándola? ¿Cómo puedes permitir que reabra los clubs en los que obliga a mujeres a prostituirse igual que hizo su hermano con Isabel?

Cierra los ojos y me pregunto cómo es posible que el bien y el mal se hayan dado la mano para firmar un acuerdo.

Cómo Román, que para mí era el soporte y ejemplo de todo lo que está bien, ha podido contribuir a que esta mujer cometa los actos más atroces y crueles que podamos imaginar contra chicas inocentes.

—Venga, Román. Díselo —tararea Yue a mi derecha—. ¿O prefieres que lo haga yo?

No se me escapa la burla en su voz y sé que lo que viene no es mejor que lo que me han contado hasta ahora.

—Cuando Feng murió, Yue se vio tentada por el poder —continúa Román, alzando la mirada hasta encontrar la mía—. Tenía acceso al negocio de su hermano, al dinero, a las propiedades, a los contactos… Y de la noche a la mañana, resolvió quedarse con todo.

—Decidí dejar de ser víctima para transformarme en verdugo —interviene la aludida con su voz firme reverberando en las paredes del sótano—.

Después de toda una vida de ser manipulada, humillada y vejada, vi la oportunidad de tomar el control, de convertirme en aquella que decide, en la que elige quién vive y quién muere.

Y me juré que nunca más volvería a mirar a alguien desde abajo.

—¿Haciendo pasar a otras mujeres por las mismas vejaciones a las que te sometieron a ti? —pregunto con desprecio—. Tu discurso hace aguas cuando encuentras la mierda que ocultas bajo de la alfombra.

—Son daños colaterales. La vida está llena de contrastes, Alba. Debe haber pobres para que existan los ricos; desgraciados, para que otros puedan ser felices. ¿Acaso no lo ves?

—Lo único que veo es el ser despreciable que tengo delante de mí.

—Es una cuestión de elecciones y no todas son fáciles.

Román se vio obligado a elegir entre hacer pequeñas concesiones o dejar que el mundo entero descubriese que él había sido la pieza clave que me permitió alcanzar la cima.

Luego está lo de su pequeño secreto… —Echa un vistazo a mi jefe, que luce más abatido que antes—.

¿Se lo contamos? Todavía recuerdo la cara que pusiste cuando te dije que lo había descubierto.

En ese momento supe que harías cualquier cosa para comprar mi silencio, y me aproveché de ello.

—¿De qué estás hablando? —pregunto con miedo a descubrir algo peor.

—Él fue el responsable de la muerte de los padres de Vega e Isabel. Él provocó el accidente de coche porque no pudo soportar que su hermano se quedase con la mujer de la que llevaba media vida enamorado. Él los mató.

Doy un paso atrás y me tapo los oídos con las manos mientras cierro los ojos. No quiero escuchar más. No puedo procesar lo que acaba de contarme. Si Vega llegase a enterarse…, la destrozaría.

Mis párpados se despegan cuando siento una mano fría sobre el hombro. Es ella. Es Yue.

—Pídele que lo niegue —me susurra al oído.

—¿Román? —Mi voz sale temblorosa, a punto de quebrarse.