Abismo (Atenea 2) 44. Alba
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44. Alba

ALBA

Me revuelvo en la cama, incapaz de encontrar una postura lo suficientemente cómoda que me permita conciliar el sueño. Estoy segura de que me he despertado cuando no llevaba ni una hora durmiendo.

Me quito los calcetines ayudándome con los pies y una ola de frío me atraviesa el cuerpo. Subo la manta para cubrirme hasta la mitad de la cabeza y me abrazo a mí misma, frotándome los brazos. Los noto sudorosos y fríos.

«Algo no va bien».

Me incorporo y me quedo unos segundos sentada en la cama, tratando de analizar la situación. Cuando me levanto, la habitación se inclina de repente, como si alguien me hubiese lanzado al suelo de un empujón, salvo que aquí no hay nadie aparte de mí.

Apoyo la mano en la pared para estabilizarme y ando a trompicones hasta el baño. Me sujeto apoyándome en el lavabo, enciendo el grifo de agua fría y me mojo la cara una y otra vez.

Al enderezarme, tengo que agarrarme a los mandos del grifo para no caer hacia atrás. Todo a mi alrededor me parece distorsionado y demasiado intenso.

Cierro los ojos y lucho contra el ruido que inunda mi cerebro. Es como un zumbido persistente y molesto que no cambia de intensidad, pero tampoco desaparece.

El frío está conquistando mi cuerpo por completo y ya no soy capaz de contener el castañeteo de dientes.

—Alba, ¿qué te-te está pa-pasando? —tartamudeo.

La chica que veo en el espejo es extraña. Tiene las raíces del pelo negras y el resto rosa, de un tono más opaco que el mío. Dos cercos negros rodean sus ojos hundidos, y los pómulos le resaltan en el rostro como si quisiesen salir disparados.

El temblor de mi cuerpo es imposible de controlar. Él me dirige a mí.

Giro la cara. No quiero seguir viendo a la chica del espejo. No me gusta cómo me mira.

El suelo vuelve a estar en pendiente cuando me suelto del lavabo y me aferro al marco de la puerta, de cara a la habitación.

No puedo continuar, el aire parece viciado y estar de pie me resulta demasiado difícil.

Apoyo la espalda en la pared y me arrastro hasta el suelo, que siento helado a través de la tela del pantalón.

Respiro hondo, pero no consigo atrapar el aire suficiente y siento que me estoy ahogando.

Mi cuerpo tiembla, los dientes me castañean y el corazón me golpea el pecho como si quisiese salir de su encierro.

Me rodeo las piernas con los brazos y lucho contra el dolor que noto en la espalda, en la cabeza, en la mandíbula… Se va expandiendo por mi cuerpo como si no tuviese límites y las lágrimas me nublan la visión y ruedan por mis mejillas sin pedir permiso.

«Quiero que pare. Necesito que pare».

—Ne-necesito ayuda. —Escucho mi propia voz, demasiado débil, y sé que es imposible que me hayan oído. Levanto la mirada y busco la cámara situada sobre la puerta—. Eh, ve-venid aquí. Yo… no pu-puedo respi…

No termino la frase porque una arcada violenta aparece de la nada. Me inclino hacia delante, incapaz de detenerla, pero mi cuerpo parece vacío.

Intento recordar cuándo fue la última vez que comí algo y es inútil, el tiempo no tiene sentido alguno aquí dentro, donde las horas, los días y los meses se funden en un limbo denso que no logro descifrar.

No he escuchado la puerta abrirse, pero, al levantar la cabeza, mi carcelera vuelve a estar frente a mí y, a su lado, el hombre con nombre de perro.

—Veo que hoy no te encuentras bien del todo.

Me gustaría responderle que se vaya a la mierda, pero juntar palabras me resulta difícil.

Da un paso atrás y se sienta sobre la cama, de modo que ya no hay tanta diferencia de altura entre nosotras.

—A-agua —balbuceo, y unos segundos después una mano está sosteniendo una botella contra mi boca.

Siento las gotas resbalar por mi barbilla, pero, por más que bebo, no consigo saciar la sed.

—¿Mejor? —pregunta ella y no respondo. Lo cierto es que no me encuentro mejor.

Sigo luchando por controlar los temblores y las náuseas, el dolor, el ruido en mi cabeza, la niebla a mi alrededor—.

He venido porque necesito que me hagas un favor.

Va a ser fácil y, para que veas que tengo buenas intenciones, te he traído tu ordenador.

El hombre a su lado me pone el portátil sobre el regazo y lo abre. Coloco las manos sobre las teclas y el bienestar que siempre llega con ese simple gesto no aparece.

—¿Qué… qué favor? —pregunto con voz débil.

—Necesito que mejores nuestra ciberseguridad. —La miro sin entender y hace una mueca de fastidio—. Rex, dásela.

Me encojo cuando el gigante se abalanza sobre mí, pero, en lugar de causarme daño, se agacha para estar a mi altura, abre su enorme mano frente a mis ojos y me muestra una pequeña pastilla blanca que reconozco al momento.

El alivio al verla es instantáneo. Mi cuerpo tira de mí hacia delante con una urgencia inesperada.

«Es esto. La pastilla es lo que necesito. Con ella desaparecerá el dolor y seguro que todo lo demás se irá tras él».

Alargo las manos y mis dedos chocan con torpeza contra la pantalla del ordenador. Las pongo frente a mí, moviéndolas y observando el temblor que me impide guiarlas con naturalidad. Consigo que alcancen su destino, palpando la piel de Rex hasta sujetar la pastilla. Blanca. Pequeña. Perfecta.

Me la llevo a los labios y alguien coloca una botella de agua abierta sobre mi otra mano. Me lleno la boca con el líquido y trago con dificultad.

—Despacio. No queremos que mueras atragantada. —La voz de Yue suena lejana, tranquila, cruel.

El agua baja por mi garganta, calmando levemente la irritación. Cierro los ojos y apoyo de nuevo la espalda en la pared, esperando a que algo cambie.

El alivio no es inmediato, pero empiezo a experimentarlo.

El primero en dejar de luchar contra mí es el corazón, que cesa en su empeño de latir como si estuviese corriendo al máximo de mi resistencia.

Cojo aire por la boca y siento que este comienza a llegarme a los pulmones y a expandirlos, poco a poco.

Está pasando. El ruido en mi cabeza es ahora más bajo y ya puedo hilar algunos pensamientos.

—Lamento interrumpir tu nirvana, pero ahora que ya te encuentras mejor, es el momento de que te pongas a trabajar —ordena Yue señalando el portátil sobre mis piernas.

—No voy a ayudarte a una mierda —digo mirándola directamente a los ojos—. Eres una puta psicópata que trafica con pobres chicas. Me das asco.

—Suponía que no querrías colaborar a la primera —suelta, mirándose las uñas con indiferencia—, pero hay algo que puede convencerte.

Rex, tráela. Mostrémosle a nuestra invitada la suerte que tiene por lo bien que la estamos tratando.

—Se encara hacia la puerta y se para un segundo para mirarme de nuevo—.

Ya te lo he dicho, Alba. Me gustaría que nos llevásemos bien.

Creo que podemos colaborar juntas y llegar a un entendimiento, pero, no te equivoques, acabarás haciendo todo lo que yo quiera, por las buenas o por las malas.

Después del tiempo que llevas investigándome, ya deberías saber que consigo cualquier cosa que me propongo.

Tengo grandes planes para ti dentro de mi organización.

Vuelve la mirada al frente y comienza a caminar, sin esperar una respuesta por mi parte. Su perro fiel me sujeta con fuerza del brazo y me arrastra hasta la salida. Lo primero que me sorprende al cruzar la puerta de la habitación es la luz, mucho menos brillante e intensa.

Me llevan por un largo pasillo y trato de fijarme en todo lo que me rodea, aunque sigo sintiéndome un poco mareada.

La decoración es opulenta. Pisamos sobre alfombras alargadas que cubren casi la totalidad del suelo; las paredes están recargadas con cuadros de marcos gruesos, dorados y llenos de relieves; los muebles son de estilo barroco, excesivamente ornamentados, y las lámparas tienen forma de araña.

Es como si hubiésemos retrocedido un par de siglos en el tiempo.

Giramos a la derecha, solo para adentrarnos en un pasillo demasiado parecido al anterior, y nos detenemos en la tercera puerta a la izquierda. Repito el camino trazado en mi cabeza hasta memorizarlo.

Al otro lado de la puerta, no hay una estancia, sino unas escaleras bastante pronunciadas que se iluminan cuando Yue presiona un interruptor escondido tras un tapiz.

Tropiezo con mis pies cuando Rex me hace descender las escaleras demasiado rápido.

Abajo, el cambio de temperatura es tan radical que estoy a punto de ponerme a tiritar.

La sala está en penumbra y el olor es repugnante, una mezcla de comida en mal estado, sudor y sangre.

Noto la humedad en el ambiente y, antes de que Yue encienda la luz, adivino que nos hallamos en el sótano de la casa.

Miro al frente y la imagen que descubro me deja congelada.

Román, nuestro jefe, líder y fundador de Atenea, se encuentra a tan solo unos pasos de distancia.

Sus brazos permanecen abiertos, atados a una barra de hierro que pende del techo mediante un sistema de cadenas y poleas.

Bastaría que alguien las tensase para levantarlo del suelo y dejar su cuerpo suspendido.

No puedo hablar. Juro que lo intento, pero los sonidos no quieren salir de mi boca.

Él fija la vista en mí solo un instante y creo ver arrepentimiento en sus ojos.

Después, baja la mirada al suelo. Va vestido igual que siempre.

Es un hombre de costumbres y pocas veces lo he visto con otra cosa que no sea una camisa blanca acompañada de un traje oscuro.

«¿Por qué podría estar arrepentido?».

—Hola, Román. Mira a quién he traído conmigo. Tal como te prometí, no le he hecho daño alguno. Bueno, a Rex se le fue un poco la mano cuando ella intentó atacarme, pero solo lo necesario para defenderme y hacerle ver que no está bien morder la mano que le da de comer.

Observo detenidamente a mi jefe y veo varios cortes y cardenales en su piel. Su camisa está rasgada y tiene manchas de sangre por todas partes. Las heridas y las costras que cubren su cara delatan que lleva aquí al menos varios días.