43. Alex
ALEX
Llego a la mansión y me recibe Sombra.
—¿Se puede saber dónde coño estabas?
La escucho, pero no la miro. No puedo perder tiempo en mirar a alguien y menos todavía en mantener una conversación.
Debo seguir cazando a esos hijos de puta hasta que alguno me dé una pista lo suficientemente buena.
Sé que estoy cerca, solo necesito encontrarlos a todos.
Estoy convencido de que uno de ellos dispone de información valiosa que me llevará directamente a la zorra de Yue y, por tanto, a mi mujer.
Tengo la certeza de que Alba es el arma que nombraron, ella es lo que Yue quería y, ahora que está en su poder, querrá convertirla en su juguete preferido.
Bien, puedo lidiar con eso. Mientras Alba suponga un activo de valor para Yue, no se deshará de ella.
El problema vendrá si cree que ya no puede aportarle nada y por eso es tan importante llegar a ella antes de que eso suceda.
—¡Alex! —escucho el grito a mi espalda, pero no me giro. Sigo caminando, ajeno a todo lo que me rodea.
Estoy a punto de alcanzar la escalera cuando noto que barren mis pies y mi cuerpo cae irremediablemente como peso muerto contra el suelo.
El ataque me ha pillado tan de sorpresa que ni siquiera me ha dado tiempo a poner la mano y me he llevado el golpe en el hombro.
Siento el dolor, pero lo ignoro y me coloco de pie de un salto para enfrentarme a Vega, o más bien debería decir a Sombra, porque la que tengo delante no es la novia de mi primo, sino la líder del mejor puto equipo de toda Europa.
—¡Déjame en paz, joder! —bramo encarándola.
—¡Ni de coña! ¡Ya está bien de ir por libre! La única forma de llegar hasta Alba es trabajar en equipo. ¡A ver si te lo metes en la cabeza de una puta vez!
—Para eso ya estáis vosotros. Y mientras os reunís y trazáis estrategias desde la sala de juntas, yo estoy en la calle, sacándole información a esos desgraciados y cargándome a cualquiera que haya podido ayudar a la sádica loca que retiene a mi mujer. Si no hay novedades, déjame tranquilo.
Se aleja un paso, creando la distancia justa entre nosotros para que ambos podamos calmarnos. Después, respira hondo y me observa con una mezcla de comprensión y tristeza.
—Es que sí tengo algo nuevo que contarte, Alex. Pero llevas semanas desaparecido. Sales de la mansión en mitad de la noche como si fueses un fantasma y pasas días ilocalizable. —Su expresión se suaviza y mis hombros caen, relajando un poco el estado de tensión en el que estaba inmerso.
Me paso una mano por la cara para despejarme.
—Entendido. Ahora estoy aquí. ¿Qué tenéis?
—Sabemos en qué zona de Francia se encuentra Yue y creemos que no se ha movido de allí en cinco días. Tenemos constancia de que nunca permanece tanto tiempo en el mismo sitio. Esa víbora se mueve tanto como lo hacía su hermano antes de morir.
—¿Lugar? —insisto intentando mostrarme calmado, aunque por dentro mi corazón está a punto de explotar.
—En algún sitio entre Nantes y París, en el valle del Loira.
Salimos hacia allí a las siete de la mañana en el jet de tu primo.
—Asiento y, antes de que pueda darme la vuelta, continúa hablando—: Deberías pegarte una ducha y cambiarte de ropa por una que no esté salpicada de sangre.
Liam vendrá en el avión y estaría bien que te viera con un aspecto algo menos… impactante.
—¿Cómo que vendrá? No puede dejar la Hermandad al descubierto.
—Yo le pedí que lo hiciera. Estás descontrolado.
—La fulmino con la mirada y, si fuese otra persona, ya la estaría apuntando con mi Glock.
No, ya tendría un agujero de bala en su frente—.
A veces, es como si entrases en trance, y el otro día casi matas a Mark cuando se acercó para intentar calmarte.
No hablas con nadie. Lo siento, pero no puedo lidiar contigo mientras busco a Alba.
—Aprieto los puños con fuerza y los suelto varias veces seguidas—.
Sé que la amas. No hace falta que me lo digas, lo veo en tus ojos y en la forma en que estás luchando por ella, pero necesito que lo hagamos juntos, Alex. Por favor.
Sus ojos brillan desesperados, suplicantes y, al observarla detenidamente, me doy cuenta de que se siente tan rota como yo. Alba es como su hermana pequeña, alguien a quien juró proteger y ha perdido. Si le pasase algo, Vega quedaría destrozada.
—Está bien. —Sonríe, pero su cuerpo permanece en el sitio—. La encontraremos juntos. Recorreremos cada rincón de ese valle hasta dar con ella.
—Gracias —susurra—. Y ahora deberíamos descansar. Vamos a necesitar estar bien despiertos para lo que se nos viene encima. En el avión te contaremos todos los detalles.
Nos despedimos con un asentimiento de cabeza y la observo marcharse. Antes de que pueda hacer lo mismo, escucho un leve carraspeo a mi espalda y, al girarme, me encuentro con Antonella, vestida de punta en blanco, como siempre.
—Lo siento, no quería interrumpir —se disculpa en voz baja, acercándose unos pasos.
—Son las doce de la noche, ¿vas a algún sitio?
—No, yo solo… —Veo cómo se retuerce los dedos y hago un esfuerzo para no interrumpirla y decirle que no tengo tiempo para tonterías—. Necesito hablar contigo. Es importante.
—Está bien, dime.
—¿Te importa si vamos a la cocina? Te prometo que serán solo cinco minutos, después dejaré de molestarte.
Acepto y, al llegar, me pide que me siente en una de las banquetas altas mientras ella comienza a preparar lo que parece ser una infusión. Como no se anima a hablar, opto por hacerlo yo.
—Mañana saldré de viaje y no sé cuánto tiempo tardaré en volver. Mi hermano Antón se encargará de ti en mi ausencia. Cualquier cosa que necesites, puedes pedírsela a Ania o a él.
—Bueno, eso hace más fácil decirte lo que tenía pensado.
Ayer hablé con mi padre, me contó que las cosas en casa estaban algo más tranquilas y le pedí permiso para volver.
—Vierte el líquido de la pequeña jarra que ha preparado en dos tazas y me tiende una—.
Por favor, acéptala. Se te ve cansado y mañana tienes que viajar.
Deja que al menos te ayude con eso. Esta infusión es mano de santo para coger el sueño.
Me la prepara mi madre cuando estoy en época de exámenes y los nervios no me permiten relajarme lo suficiente para dormir tranquila.
—De acuerdo. —La sujeto entre las manos y le doy un sorbo al líquido, que está más dulce de lo que imaginaba.
—Espero volver a verte pronto. Al menos, me gustaría hacerlo —confiesa retirando la mirada hacia su taza—.
Sé que venir aquí no supuso una idea brillante.
Cuando las cosas se complicaron en Italia, fui yo quien persuadió a papá para que me enviara contigo.
A él no le hacía gracia la idea, pero yo quería conocer un poco más al hombre con el que tendré que compartir el resto de mi vida y le convencí de que aceptara.
Ahora soy consciente de que para ti fue una imposición y no es justo.
Siento no haberme dado cuenta antes, solo pensé que a los dos nos vendría bien conocernos un poco más de cara a la boda.
Me paso la mano por el pelo. Quiero decir algo que la haga sentir mejor, pero estoy en total sintonía con lo que acaba de admitir: vino en el peor momento y, desde que apareció, toda mi vida se puso patas arriba.
Su capricho de princesa de la mafia fue la mecha que activó el secuestro de Alba y no puedo evitar culparla.
Debe de percatarse de que no voy a añadir nada, porque apura su infusión, se acerca y me da un beso en la mejilla, demasiado largo para mi gusto.
—Buenas noches, Alex. Ojalá podamos vernos pronto. Prometo que seré mejor novia de lo que lo he sido durante estas semanas.
Subo a mi habitación en silencio, enfadado por no haber encontrado una solución que acabe de una vez por todas con mi compromiso. Entro al baño y me coloco delante del espejo. La imagen que me devuelve me resulta ajena, como si no me perteneciera, como si me faltase algo. Y sé lo que es.
Después de la ducha, me pongo unos bóxer negros y me meto en la cama. Antes de darme cuenta, ya estoy profundamente dormido.