42. Alba
ALBA
No sé cuánto tiempo llevo aquí encerrada, pero diría que podría contarse en semanas.
Paso las horas mirando el techo, también hago un poco de ejercicio y ando en círculos como un maldito animal de zoológico.
La habitación parece cada vez más pequeña, aunque tengo la certeza de que mide exactamente cuatro pasos de ancho por seis de largo.
Lo sé porque lo he comprobado más de cien veces.
Al principio, vivía en un estado de alerta continua, a la espera de que alguien viniese a preguntar cosas a las cuales no podría responder y a castigarme por ello.
En mi cabeza, se siguen sucediendo escenas en las que varios hombres sin rostro me torturan de formas distintas.
Imagino el dolor y casi puedo sentirlo en mis huesos.
En el tiempo que llevo trabajando en Atenea nunca me han capturado, por lo que jamás he tenido que enfrentarme a situaciones como esta.
El día que conocí a Feng Yue en esta misma habitación, que se ha convertido en mi jaula, percibí algo en su mirada y supe que jamás podría imaginar hasta dónde sería capaz de llegar para cumplir sus deseos.
En sus ojos encontré crueldad y también sadismo; vi calma, una paciencia latente…
Como si no necesitara apresurarse en sacarme información porque tiene la certeza de que, tarde o temprano, acabaré dándole todo lo que pida.
El miedo no se ha despegado de mi piel en ningún momento.
Me despierta en mitad de un sueño; se adhiere a él, convirtiéndolo en pesadilla; controla mi respiración e incluso el latido de mi corazón.
Pero lo peor de este encierro es, sin duda, el silencio.
Nunca la ausencia de sonido me había parecido tan molesta.
Me raspa los oídos, acelera mis pensamientos y me asfixia con lentitud.
No encuentro descanso en este silencio absoluto y noto cómo mi mente se acerca más y más a la desesperación, al pánico, amplificándolo hasta hacerlo insoportable.
Es ahora cuando me doy cuenta de que esta es la tortura a la que ella me está sometiendo, una lenta que me rompe en pedacitos.
No lo soporto más y grito; lo hago con todas mis fuerzas, poniendo el corazón, la rabia y el alma.
Cuando me quedo sin aire, doy una bocanada y vuelvo a empezar.
Necesito escuchar algo, aunque sea mi propia voz extinguiéndose poco a poco; necesito sentir dolor, cualquier cosa que no sea esta soledad en la que hallo encerrada.
En algún momento, levanto la cabeza y descubro que ya no estoy sola.
Creo que estoy sonriendo porque las comisuras de la boca me tiran hacia arriba y la piel de mi rostro se tensa.
Mechones de pelo rosa me tapan parte de la visión, pero aun así la veo.
Está delante de mí, tan fina, tan bonita y elegante…
¿Cómo puede la maldad habitar en un ser humano con ese aspecto?
Su cabello, enroscado en brillantes ondas, le cae con gracia sobre los hombros, y sus labios, pintados de un rojo profundo, hacen juego con los muebles de la habitación, mimetizándola con el entorno y convirtiendo su presencia en algo casi irreal.
Al pensar en ella como un ser cercano a un ángel, me entran ganas de reír.
La risa nace como una pelota en mi pecho y me trepa por la garganta hasta brotar al exterior de forma incontrolable.
Escucho mis carcajadas como algo ajeno, como si saliesen de otro cuerpo distinto al mío, y me doy cuenta de que me gustan.
Me complace el sonido de mi risa descontrolada e imperfecta.
—Veo que te diviertes —afirma Yue con ese tono dulce y pausado que ya había borrado de mi memoria—. He pensado que disfrutarías de un poco de compañía. ¿Te apetece conversar un rato?
No pienso en si es buena idea antes de abalanzarme sobre ella, dispuesta a matarla con mis propias manos.
Me sorprende la facilidad con la que la derribo, pero la euforia dura apenas unos segundos, los que tarda la puerta en abrirse de golpe y estamparse contra la pared, emitiendo un estruendo que me paraliza.
Unos brazos enormes me levantan y me lanzan contra el suelo. Mi cabeza golpea los azulejos rojizos, también mi espalda. El dolor me inmoviliza y la visión se me vuelve borrosa, aunque soy capaz de advertir la mano que se cierne sobre mí.
Un hombre al que no he visto nunca, pero que parece enorme, me da un guantazo, después otro, haciendo que grite de dolor. De pronto, escucho la voz de Yue y, a pesar de que no entiendo lo que dice, respiro aliviada cuando los golpes se detienen.
Creo que se van, tanto Yue como la bestia que ha impedido que la matara y me ha apartado como si solo fuese un molesto mosquito veraniego.
El dolor se extiende desde la cabeza y la espalda hacia las extremidades, asegurándose de no dejar ningún centímetro de mi cuerpo por visitar.
Cuando no puedo más, cierro los ojos. Quiero dormir, estoy cansada y hace días que no lo hago durante mucho tiempo seguido.
No tengo forma de comprobarlo, pero lo sé.
Mi organismo lo sabe. Sin embargo, no consigo que me venza el sueño.
El dolor está demasiado presente, la luz brilla en exceso y el silencio que me rodea es tan asfixiante como lo era antes de que Yue apareciera.
Dejo que el tiempo pase, ni siquiera me levanto del suelo, hasta que la puerta vuelve a abrirse y ella aparece de nuevo frente a mí.
—Has cabreado a Rex.
—¿Rex? ¿El gigante que me ha placado tiene nombre de perro? —Me muevo ligeramente, pero un pinchazo de dolor me recorre la columna.
La veo negar con la cabeza, como si estuviese echando una reprimenda a una niña pequeña. Yo respiro hondo, aprieto la mandíbula y me incorporo lo justo para sentarme con la espalda apoyada en la pared.
—No le va a gustar que le hayas llamado así y él escucha todo lo que pasa en esta habitación —afirma señalando con el dedo la cámara que hay encima de la puerta.
—¿Temes que haya herido los sentimientos de tu gigante?
—Lo que me da miedo es que no sea capaz de controlarse contigo.
Tiene algunos problemas de gestión de ira.
Bueno, creo que de eso ya te has dado cuenta.
—Se toca el pelo, colocándoselo sobre un hombro y descubro un arañazo en su cara.
Si no me doliera todo, ahora mismo estaría riéndome—.
En cualquier caso, he venido para decirte que lo de antes no debe repetirse, no puedes atacarme como lo has hecho.
A estas alturas ya has de saber que no tienes ninguna oportunidad contra mí.
¿Para qué malgastar tu energía con un imposible?
Además, me gustaría que nos llevásemos bien.
—Claro, ¿quieres que salgamos a un bar a tomar unas cervezas? Es lo que suelo hacer con mis amigos.
Me lanza una mirada condescendiente antes de seguir hablando.
—Alba, te he investigado. Sé más de ti casi que tú misma, así que no me obligues a pronunciar en voz alta cosas que no quieres escuchar, como que no tienes amigos.
Miente. Quiero gritarle a la cara que Hughes es mi amigo, incluso puso nuestra amistad por encima de su lealtad hacia Alex, aunque yo me estuviese comportando como una niñata.
Me entran ganas de decirle que Mark, Sebas, Lucas y Vega son amigos y también familia.
Sí, hubo un tiempo en el que no tenía a nadie.
Pasé mi infancia, mi adolescencia y parte de mi adultez sintiéndome sola, pero ya no.
Sin embargo, no digo nada de eso porque no quiero que sepa cuánto me importan.
—Si quieres que nos llevemos bien, vete y déjame descansar.
—Está bien. Solo he venido a traerte una pastilla para aliviar el dolor.
La deja sobre la mesa junto con una botella de agua sin abrir y se marcha.
Odio que finja ser amable conmigo. Odio que me hable como si supiera qué es lo mejor para mí. Y, sobre todo, odio que tenga tanto control sobre mi vida.
Me arrastro hasta la mesa, observo la pastilla y dudo un momento. Sé que no es seguro tomar nada de lo que esta cabrona me ofrezca, pero el dolor que siento en la espalda me está partiendo en dos. Si quisiese matarme, ya lo habría hecho.
Cierro los ojos, me llevo la pastilla a la boca y la trago con un poco de agua.
Después, me tumbo en la cama y trato de pensar en cualquier cosa que no tenga que ver con las sensaciones de mi cuerpo.
Para mi sorpresa, no tardo en relajarme.
Una calma apacible se instala en mi pecho y me lleva directa a los brazos de Morfeo.
Por primera vez desde que llegué a este lugar, sueño con algo ligero, alejado de las pesadillas que me atormentan de costumbre.
Sueño con Alex, con sus dedos acariciándome la espalda de forma perezosa mientras vemos una película en el sofá de un salón acogedor que no reconozco, pero que se siente hogar.
Él me susurra palabras al oído y yo me sonrojo pensando en lo que quiero hacerle después.
Me despierto con una sonrisa y una sensación de paz que nace en mi pecho y se expande hacia todas partes. Una sonrisa que muere en el momento en que abro los ojos y descubro dónde me encuentro.
Los siguientes días se asemejan mucho a este. Todavía me duele la espalda, pero Yue sigue colocando un analgésico junto a mi plato en cada comida y eso alivia mi dolor al momento.
El aislamiento ha dejado de parecer tan pesado. Ya no tengo la necesidad de gritar o intentar arrancar los muebles del suelo. También se ha ido ese molesto ruido mental que no me permitía respirar ni concentrarme, e incluso el silencio se me antoja ahora más soportable.
El otro día, apareció también una libreta y un lápiz junto a la comida, así que he comenzado a escribir.
Empecé a plasmar palabras sueltas: emociones y sentimientos.
Ahora relato mis sueños para no olvidarlos, aquellos a los que me gustaría pertenecer y en los que soy feliz cada vez que cierro los ojos.
Hoy, cuando me siento a la mesa, el analgésico no está junto al plato de sopa, tampoco debajo del pan ni detrás de la botella de agua.
Me doy la vuelta despacio, con cuidado de no forzar la espalda, y recorro el camino hasta la puerta con la mirada por si se hubiese caído al suelo cuando me han traído la bandeja. No hay nada.
Vuelvo a sentarme derecha y observo mi plato. El dolor sigue presente, pero es cierto que ya no es el centro de todo. Aun así, me vendría bien el medicamento que siempre me traen para aliviarlo. Es lo que me permite dormir y relajarme lo suficiente para soñar con él.
Tomo una cucharada del caldo, después otra, pero a la tercera, me doy cuenta de que no tengo hambre. Mi estómago parece haberse cerrado.
Me tumbo en la cama, cierro los ojos y espero.
Trato de alejar cualquier pensamiento que llega a mi cabeza, tal como me enseñaron en aquel curso de meditación online que hice hace años y que había funcionado hasta ahora.
Después, comienzo a escanear mi cuerpo, empezando por los pies mientras me centro en las sensaciones que noto.
Mi cabeza va a mil, pensando en cómo podría bloquear las cámaras de vigilancia, cómo podría escapar sin morir en el intento, cómo…
Abro los ojos y los vuelvo a cerrar, frustrada porque no consigo dejar la mente en blanco.
Me parece escuchar el sonido de la puerta.
Me quedo quieta, aguzando todos mis sentidos, pero no pasa absolutamente nada. Falsa alarma.
Cambio de postura y empiezo la meditación desde el principio, concentrándome esta vez en mi respiración.
No sé cuánto tiempo llevo intentando relajarme cuando la puerta se abre con un leve sonido y me incorporo despacio para descubrir a Yue en el umbral.
—Solo he venido a preguntarte si ya te apetece hablar conmigo. Tenemos varias conversaciones pendientes y creo que estás un poco aburrida.
—¿Puedes…? —rectifico a tiempo. No quiero parecer desesperada ni tener que deberle un favor—. Necesito algo para el dolor. El bestia de tu perro me dio tan fuerte que todavía me duele.
—Lo siento. Se han acabado las pastillas —afirma con una mueca que revela que, en realidad, no lo siente en absoluto. La muy hija de puta está disfrutando de la situación.
—Pues dile que vaya a comprarlas.
—No, hoy no.
Está a punto de dar un paso al frente cuando mi grito la obliga a detenerse.
—¡Pues lárgate de una puta vez!
Hasta yo estoy sorprendida de la intensidad con la que han salido mis palabras.