41. Alex
ALEX
Cruzo la puerta del sótano de la mansión y el hedor a orín, a putrefacción y a sangre me devuelve a un pasado que recuerdo demasiado bien.
El hombre al que cogimos anoche está sentado en una silla de metal atornillada al suelo, con los brazos y las piernas atados y una cinta plateada cubriendo su boca.
Su ropa se encuentra rasgada en algunos lugares y su ojo izquierdo está hinchado y teñido en distintos tonos de violeta.
Dos de los soldados de mi hermano permanecen de pie frente a él, en actitud arrogante, pero la mirada del prisionero me dice que está muy lejos de proporcionarles la más mínima información.
—Largaos —gruño dando un paso adelante.
—Si nos dejas un poco más, conseguiremos que este cabrón comience a hablar —afirma uno de ellos riendo—. Solo necesita algo de motivación.
—He dicho que os larguéis. ¡Ahora!
El buen ambiente que parecía haberse instalado entre ellos se esfuma tan rápido como desaparecen de mi vista. Me acerco al prisionero, que me observa intrigado, y le arranco la cinta de la boca de un movimiento rápido. Él escupe hacia un lado y, después, clava los ojos en los míos, evaluándome.
—Esto va a funcionar de la siguiente manera —le explico con calma—.
Voy a hacerte una pregunta. Si tu respuesta me gusta, te haré otra, y así sucesivamente hasta que quede contento.
—Me doy la vuelta, abro un viejo armario metálico y saco de él un carrito sobre el que descansan varias herramientas oxidadas.
Compruebo si las que me interesan todavía funcionan y me aproximo al hombre de nuevo—. Tendrá que ser suficiente.
Cuando me sitúo frente a él, su mirada se desvía, solo por un instante, hacia mis juguetes y, aunque recoloca su máscara con rapidez, consigo ver el miedo asomando a sus ojos. Uno con el que va a gustarme jugar.
Siento el frío de la habitación, los olores de mi pasado e incluso puedo escuchar los gritos que me atormentaron durante años.
Primero los de mi padre, exigiendo, humillando e imponiendo castigo; después los suyos, los de todos aquellos cuya sangre fue derramada entre estas cuatro paredes, bajo las manos del monstruo que él moldeó a su antojo.
—¿Qué pasa si mi respuesta no es lo que esperabas oír?
—Eso ya lo sabes, pero, ya que tienes curiosidad, te ilustraré.
—Cojo las viejas tenazas y las coloco frente a su cara, muy cerca—.
Sí, sé que están algo roídas, pero creo que funcionarán.
—Sonrío al comprobar cómo se dilatan sus pupilas—.
Por cada respuesta que no me convenza, te arrebataré una parte del cuerpo.
Comenzaremos por algo pequeño, algo que no te haga perder el conocimiento desde el principio. Los dedos.
Aprieta la mandíbula, pero no dice nada más. No me preocupa, hablará.
Siento cómo mi mente se derrama poco a poco hacia ese vacío conocido, cómo la sed de venganza, de sangre, va colmando mis venas hasta recorrer cada célula viva de mi cuerpo, hasta que Alex comienza a diluirse y Abismo resurge de las sombras para hacerse con el control de todo.
Las preguntas se suceden, el olor se torna más nauseabundo y los alaridos que manan de la garganta de mi juguete se mezclan con el crujido de sus huesos al romperse.
Finalmente, Abismo consigue lo que quería: quebrar al hombre, reducir a la víctima hasta que ya no queda nada. Solo entonces sonríe satisfecho y deja su marca: una «A» trazada a cuchillo que cruza el torso de su enemigo.
—Parece que esta vez no me ha quedado mal del todo. Es una pena que Liam no pueda verlo.
La sangre vertida no es inocente. Es la sangre de un violador, de un asesino, de un traficante de cuerpos y almas humanas.
Lo supe desde el principio. Aprendí a reconocerlos siendo apenas un niño.
Son seres cuyos ojos narran historias de terror como si fueran cuentos infantiles, animales cuyas sonrisas deberían ser arrancadas a cuchillo.
Mientras limpio los utensilios que he utilizado con un trapo blanco impoluto, pienso en ella. Llevo casi un mes buscando a mi hadita en cada rincón de esta puta ciudad. He recorrido el submundo de arriba abajo y hasta la última rata que habita en él sabe que Alba me pertenece y que ando tras ella.
Abismo ha vuelto y no descansará hasta que Alba lo ponga en su lugar.
Una vez que he terminado de guardar las herramientas, me marcho de aquí.
Será otro quien recoja las partes del cuerpo de esa escoria y se deshaga de ellas.
El muy hijo de puta resistió bastante, pero habló.
Siempre lo hacen cuando aprietas las teclas adecuadas.
Dos pistas que poder seguir. Las primeras en tres jodidas semanas.
Paso por la cocina, cojo una botella de agua que bebo de un trago y, cuando cierro la nevera, Antonella aparece justo delante de mí. Su primera expresión al mirarme es de horror, pero se da prisa por disimular sus emociones y se yergue como la princesa de la mafia que es.
—Tenemos que hablar.
—Ahora no —respondo desviando la mirada hacia la puerta.
—Hace varios días que no te veo y durante las últimas semanas apenas hemos cruzado unas frases. ¿He hecho algo mal? —Sus ojos están brillantes, pero no puedo encargarme de esta mierda ahora. Ni ahora ni nunca, joder.
—No es el momento. Tengo mucho trabajo, Antonella. Si necesitas algo, pídeselo a Ania y ella se encargará de conseguirlo.
Me echo a un lado para esquivarla, pero ella pone la mano en mi pecho mientras se acerca un poco más. Su contacto a través de mi camisa quema y no en el buen sentido. No tiene derecho a tocarme, nadie puede hacerlo excepto Alba y permitirlo se sentiría como una traición hacia ella.
Le cojo la muñeca con la fuerza justa para no dejarle marca, pero sí demostrar que voy en serio, y la aparto despacio mientras la miro con dureza.
No es la primera vez que defino con claridad los límites y su forma de hacerse la sorda empieza a cansarme.
Al principio, sus gestos me parecían inocentes, e incluso tiernos; ahora se me antojan desesperados y los considero una falta de respeto.
—Si vuelves a tocarme sin mi permiso, no seré tan amable.
—Perdona, yo solo pretendía… —Suspira y pestañea varias veces para alejar las lágrimas—.
Me siento sola, Alex. Quiero acompañarte, ayudarte en lo que sea que estés haciendo.
Sé que sufres y entiendo que no desees compartirlo todo conmigo, todavía no nos conocemos lo suficiente, pero, si me dejas, me gustaría demostrarte que puedo ser útil.
—¿Quieres ser útil?
Ella asiente.
—Pues no me hagas perder el tiempo. Si no te gusta estar aquí, llama a tu padre y convéncelo para que te deje volver a casa. Todavía no nos hemos casado, así que no estás obligada a quedarte.
Salgo de la cocina sin esperar una respuesta por su parte. Joder, necesito centrar mis esfuerzos en encontrar a Alba, no en cumplir los caprichos de una niñita malcriada.
Entro en la sala de Atenea y no me sorprende hallar a Antón hablando con el equipo de Sombra. Le dieron el alta al día siguiente de que mi mundo saltara por los aires y está participando en la búsqueda.
—Vaya, siento joderos esta bonita reunión a la que nadie me había invitado —suelto cerrando de un portazo y avanzo hasta dejarme caer sobre el sofá que está junto a la chimenea.
—¿Acaso habrías venido? —pregunta Mark tentando su suerte.
Hace demasiado tiempo que quiero partirle la cara y tengo que recordarme que puede ser útil para la búsqueda de Alba.
—Lo cierto es que no, tenía cosas mejores que hacer.
—Estás hecho un asco —afirma mi hermano—. Podrías haberte dado una ducha antes de venir.
Me fijo en mi ropa llena de salpicaduras de sangre, al igual que mi piel y mis uñas. Vale, puede que tenga razón, pero tampoco es que me importe.
—Tienes algo. —La voz de Sombra llega cansada desde el otro lado de la sala.
Levanto la mirada y la observo por primera vez desde hace semanas.
Está sentada delante de un ordenador, luce ojeras y aspecto de no haber dormido demasiado.
En realidad, ninguno de nosotros lo hemos hecho desde que ella desapareció de la faz de la tierra—. ¿Qué es?
—El hombre al que acabo de interrogar no sabía nada del secuestro de una mujer especial, pero sí había oído hablar de una nueva arma secreta que su jefa oculta en Francia.
—Esa arma podría ser ella —exclama Sombra más para sí misma que para los demás—.
Tenemos que averiguar si Yue ha estado entrando y saliendo del país en las últimas semanas.
Debe de haber algún registro de vuelos, nombres que podamos interconectar.
¿Puedes conseguirlo? —pregunta mirando a Sebas, que está buscando algo en su portátil.
—No le llego ni a la suela de los zapatos, pero estoy intentando poner en práctica todo lo que me enseñó y creo que podría lograrlo, aunque necesito tiempo.
—Tiempo es lo que no tenemos, joder —mascullo, y el rubito me mira mal.
—Sigues plenamente convencido de que fue un secuestro —exclama Antón, y Sombra responde antes de que pueda hacerlo yo.
—Lo es. Había signos de lucha en el baño donde encontramos sus cosas y no es la primera vez que trataban de capturarla. Esos intentos de secuestro fueron el principio de todo.
—Pero no han pedido ningún rescate. ¿Cómo podéis estar tan seguros? ¿Y si…?
Me levanto y, en una fracción de segundo, tengo a mi hermano arrinconado contra la pared; mi antebrazo está presionando su garganta y mi puño, en el aire, esperando a que una palabra más salga de su boca para descargar toda mi rabia sobre él.
—¡Ni se te ocurra terminar la jodida frase!
El silencio en la habitación se hace denso. Nadie interviene. Nadie se acerca.
Los ojos de mi hermano susurran una disculpa y yo cierro los míos, tomo una bocanada de aire y lo dejo marchar. Cuando nos separamos, Antón se arregla la ropa y actúa como si nada hubiese pasado, sin perder esa aura de jefe de la Familia que siempre lo acompaña.
—La tienen —afirma Sombra, rompiendo la tensión que se había esparcido por la sala—.
No han pedido rescate porque no les interesa realizar ningún intercambio.
Han obtenido justo lo que querían, una persona capaz de hacer magia solo con sus dedos y un ordenador con acceso a la red.
Utilizando Anémona Azul, Alba puede acceder a todo tipo de sistema de seguridad sin ser detectada, rastrear datos, desencriptar códigos y conseguir acceso completo a cualquier dispositivo que entre en contacto con el programa.
—Ella nunca les dará nada —afirma Mark con rotundidad.
—Pues yo espero que lo haga —respondo—. Que les dé todo lo que quieran si esa es la clave para mantenerse con vida.
—Tenemos que encontrar a la persona que la ayudó a escapar —sigue Mark, pero apenas lo escucho.
Vuelvo a pensar en ella atrapada, sola, siendo torturada. Veo su rostro bañado en lágrimas, la escucho gritar, pedir ayuda… y algo se rompe en mi pecho.
Me levanto de golpe y salgo de la habitación en dos zancadas, sintiendo que ya hemos hablado suficiente y que estamos perdiendo un tiempo del que no disponemos. Y Alba tampoco.
Necesito encontrar a quienes se atrevieron a robármela. Y, cuando lo haga, no habrá compasión. Juro que destrozaré todo a mi paso y la traeré de vuelta a mi lado, de donde nunca debieron arrancarla.