40. Alba
ALBA
Trato de abrir los ojos, pero me cuesta, como si tuviera los párpados pegados entre sí. Después de varios intentos, logro separarlos apenas una rendija, lo suficiente para descubrir un techo blanco a través de mi visión borrosa.
Siento los brazos pesados cuando los levanto para restregarme los ojos, y una punzada de dolor me obliga a contraerme en cuanto muevo la cabeza.
«Dios, no es solo la cabeza… Me duele todo».
Me doy unos segundos para adaptarme, para calmarme. Cuando creo estar preparada, me incorporo hasta quedar sentada y lucho contra el mareo que amenaza con empujarme de nuevo a una posición horizontal.
Cierro los ojos con fuerza. Los abro de nuevo y procuro ignorar las protestas de mi cuerpo para observar lo que me rodea.
La habitación en la que me encuentro es bastante pequeña y estoy segura de que no he estado aquí antes.
Las paredes están pintadas de gris, pero casi todo lo demás es de color rojo.
Las sábanas de la cama individual sobre la que estoy sentada, rojas; las únicas dos puertas que hay en la habitación, rojas; la mesa y la silla de madera ancladas a la pared y al suelo respectivamente, rojas también.
Incluso los ladrillos del suelo son de un tono marrón tirando a rojizo.
En definitiva, la persona que se ha encargado de la decoración de esta sala tiene una ligera obsesión con este color.
Aguzo el oído, pero no escucho nada. El silencio es tan denso que casi puedo oír los engranajes de mi cabeza al pensar y la sensación resulta demasiado inquietante.
Los recuerdos permanecen borrosos, igual que mis ideas en general, lo que me lleva a pensar que me han inyectado algún tipo de droga que está alterando mi organismo.
Me levanto con cuidado y lucho con un repentino mareo antes de comenzar a andar hacia una de las puertas. En este momento, me doy cuenta de un detalle en el que no me había fijado antes: un reloj digital que marca las cuatro y cinco de la madrugada.
La primera puerta la encuentro cerrada, pero el pomo de la segunda gira con facilidad y me da acceso a un cuarto de baño sencillo: una ducha minúscula, un inodoro y un lavabo con un pequeño armario debajo. Todo está limpio, como si lo hubiesen preparado para mi llegada.
Me acerco al lavabo, abro el grifo y me mojo la cara varias veces, notando un leve alivio tanto en mi dolor de cabeza como en mi claridad mental.
El agua está fresca y tengo la boca seca.
No sé si es la mejor de las ideas, pero bebo todo lo que puedo hasta saciarme y me seco con una de las toallas rojas que hay colgadas junto a la ducha.
Inspecciono dentro del mueble y solo encuentro varios rollos de papel higiénico, un cepillo de dientes y un bote de dentífrico. Reviso también la ducha y no veo nada que me llame la atención, así que hago mis necesidades y vuelvo a salir a la habitación.
No hay ventanas, ni aquí ni en el baño. Localizo un conducto de ventilación poco más grande que mi puño y, a su lado, descubro algo que me llama la atención: una cámara.
Es demasiado tarde para hacer como que no la he visto, así que me quedo mirándola fijamente, esperando que quien esté al otro lado decida venir y dar la cara.
Las horas pasan y nadie aparece. Mi mente está mucho más clara y la pesadez de mi cuerpo ha ido desapareciendo poco a poco.
Recuerdo todo lo que sucedió: la llegada al aeropuerto, la trabajadora de limpieza indicándome que tenía que ir a otros baños, unos brazos sujetándome desde atrás, yo rompiéndole la nariz a un segundo hombre de una patada y, lo que supuso mi final, un trapo impregnado en cloroformo apretado contra mi nariz.
No tengo duda alguna de quién está detrás de mi secuestro, pero, si la hubiese tenido, los ojos rasgados del tío al que herí y el idioma en el que ambos hablaban entre sí me habrían llevado a la misma conclusión: Feng Yue.
Me coloco de pie frente a la cámara, y me dirijo a ella como si la tuviera delante.
—Después de tanto tiempo intentando hacerte conmigo, debes de sentirte orgullosa de tu logro.
—Pongo las manos en las caderas—. La verdad es que nunca pensé que lo conseguirías y, sin embargo, aquí estoy.
Imagino que todos cometemos errores y el mío fue subestimarte.
Estuviste vigilándome todo el tiempo, ¿verdad?
Esperando el momento oportuno, ese en el que no hubiera una legión de guardaespaldas siguiéndome.
Bueno, pues aquí me tienes —afirmo levantando las palmas de las manos hacia arriba—.
¿Cuándo vas a venir para que podamos conocernos?
Porque no creo que me hayas traído aquí solo para regalarme unos días de paz y descanso.
Te has tomado demasiadas molestias para ahora dejarme encerrada en un cuarto como si fuera una muñeca.
—Empiezo a impacientarme. Estoy cansada de aguardar a que alguien venga, a que algo pase, además del tiempo.
También tengo hambre, pero no pienso suplicar por comida—.
Está bien, esperaremos a que te canses de observarme y decidas pasarte por aquí para conversar conmigo.
Me lavo los dientes, me limpio las gafas y vuelvo a inspeccionar el cuarto de baño solo para descubrir que aquí también hay una cámara y que no puedo ni mear sin que Yue me vea hacerlo.
«Maravilloso».
El tiempo sigue pasando y, sin darme cuenta, me quedo dormida. Cuando despierto, tardo solo unos segundos en orientarme y descubro que alguien ha estado aquí. Sobre la mesa, han dejado un sándwich, una botella de agua y una muda completa de ropa.
Miro hacia la cámara, cabreada por no haber escuchado la puerta.
—¿En serio, Yue? —pronuncio con desprecio—. ¿Tan cobarde eres que has esperado a que estuviese dormida para entrar en mi habitación?
Al principio, me niego a comer, pero el tiempo sigue pasando y da igual lo que haga o lo que le diga a esa mujer a través de la cámara, porque nadie viene.
No lo entiendo. No entiendo qué gana ella reteniéndome aquí sin intentar, al menos, sacarme información sobre Atenea.
Cuando vuelvo a caer dormida, más por aburrimiento que por sueño, aprovechan para entrar de nuevo y cambiar mi sándwich intacto por un plato de pasta, que termina estampado contra la puerta en un arrebato de ira.
No sé cuántos días han pasado desde que llegué aquí.
En algún momento, descubrí que el reloj que cuelga de la pared no marca veinticuatro horas, sino doce.
No hay interruptores ni en la habitación ni en el baño, así que las luces permanecen encendidas todo el tiempo y no tengo forma alguna de saber si es de día o de noche.
La debilidad ha ganado la batalla y las fuerzas apenas me llegan para arrastrarme hasta el baño y beber agua del grifo. Me siento tan pesada que mis piernas a duras penas me sostienen y el dolor de cabeza hace mucho que se convirtió en mi único compañero.
Cuando salgo de nuevo a la habitación, sé que no tengo opción.
Si no me arriesgo a comer lo que me traen, no moriré envenenada, pero lo haré de inanición.
Doy pasos cortos hasta la silla roja y me dejo caer sobre ella.
Apoyo los brazos sobre la mesa, cojo la cuchara y noto el temblor de mi mano mientras la lleno con la crema espesa que me han traído hoy.
Al menos, desde mi posición, doy la espalda a la cámara, lo que significa que esa hija de puta no tendrá el gusto de verme rendida.
Me obligo a comer despacio y, una vez que he vaciado el plato, cucharada a cucharada, me tumbo en la cama y cierro los ojos.
La tripa me molesta, supongo que se había acostumbrado a hacer el vago, y mis pensamientos vuelven al mismo lugar en el que han permanecido desde que llegué.
Mi equipo estará buscándome. Lo estarán haciendo desde el momento en que mi vuelo llegó a Londres y Mark descubrió que yo no iba en él.
Seguro que Vega llamó a Alex para pedirle explicaciones esa misma noche.
Cómo habrá reaccionado él es todo un misterio para mí.
¿Me estará buscando también? Me gustaría pensar que sí.
No habría dudado de ello antes de descubrir que me ha estado ocultando cosas importantes: Antonella, una chica criada y educada para ser la esposa perfecta de un hombre como él.
Un rato después, me dejo arrastrar por el sueño y, cuando despierto, sé que algo ha cambiado incluso antes de abrir los ojos.
Hay algo distinto en el ambiente: una presencia…
, quizá varias. Percibo un perfume dulzón y escucho respiraciones que no son la mía.
Supongo que es lo que ocurre cuando te habitúas al silencio absoluto: cualquier sonido, por mínimo que sea, se vuelve imposible de ignorar.
Abro los ojos, sabiendo que no tengo dónde esconderme ni con qué luchar, y me incorporo hasta quedar sentada en la cama.
Frente a mí hay una mujer asiática, no muy alta y de edad similar a la mía.
Va vestida de forma elegante, con una camisa negra y unos pantalones de traje del mismo color; lleva el pelo largo, en ondas suaves cuidadosamente moldeadas que caen sobre su hombro derecho.
Es muy guapa y lo que más me llama la atención son sus ojos negros, profundos y brillantes.
—Mis hombres me han dicho que has estado preguntando por mí. Yo también tenía ganas de conocerte en persona, pero, ya sabes, los negocios siempre van primero. —Su actitud es despreocupada, como si estuviese charlando con una conocida, incluso con una amiga.
Carraspeo antes de hablar. Quiero asegurarme de que mi voz no salga ahogada y hace días que no la utilizo.
—Bueno, podrías haber organizado mi secuestro para cuando tuvieses tiempo que dedicarme. Te recomiendo utilizar una agenda, viene bastante bien.
Suelta una carcajada y la recibo como si me hubiese lanzado pequeñas agujas por todo el cuerpo.
—Vaya, llevo muchos meses detrás de ti y en ninguno de los informes que me han enviado hablaban de tu sentido del humor.
—Quizá deberías cambiar de investigador —propongo con mi voz impregnada de sarcasmo.
Me observa detenidamente, analizando cada señal que mi aspecto o mi postura puedan proporcionarle. Yo aprovecho para hacer lo mismo. No sé lo que esperaba de ella, quizá un monstruo con dos cabezas y largas espadas en las manos, pero su imagen es tan… normal que me descoloca.
—¿Qué te ha parecido la comida? —pregunta haciendo un gesto con la cabeza hacia el plato vacío, pero no aguarda mi respuesta—.
Ya estaba pensando que tendríamos que alimentarte a través de un gotero.
—La miro levantando las cejas—. Oh, vamos, ¿de verdad creías que te dejaría morir de hambre?
¿Después de lo que me ha costado traerte aquí conmigo?
Habría supuesto un despilfarro inútil de esfuerzo y dinero y no soy de esas.
No, no vas a morirte aquí, Alba. Ni lo pienses.
No voy a caer en sus provocaciones ni mucho menos dejarme manipular por una psicópata que obtiene su dinero de un negocio tan sucio como es la trata de mujeres. Estoy viendo su cara amable, una que no se corresponde con la realidad y que no me creeré por más tiempo que la mantenga.
—Ahora es cuando me dices lo que quieres de mí, ¿no es así? —pregunto sin contener el desprecio en mi voz y, en respuesta, me ofrece una sonrisa amable.
—De momento, lo único que quiero es que te alimentes y descanses bien. Has comido, así que he venido para compensártelo. El trato es muy sencillo: tú haces algo que me complace y yo te devuelvo el favor.
—Que te den.
—Como desees. Pensaba que podríamos tener una charla un poco más… larga. —Se encoge de hombros—. Pero si no te apetece, me iré. Espero que sigas portándote bien y podamos vernos pronto.
Observo cómo se marcha y escucho el clic de la cerradura cuando cierra la puerta tras ella.
El silencio vuelve a ser total, inmenso, molesto. Me pregunto cuánto durará esta vez.