39. Alex
ALEX
—¿Cómo que ha salido? —pregunto alternando la mirada entre Hughes y Parker, que permanecen de pie, frente a mí, al otro lado de la isla de la cocina—. ¿Y dónde coño ha ido a estas horas?
Veo que ninguno de los dos quiere responder. Se miran de reojo y, por sus caras, sé que no me va a gustar lo que tengan que decirme. Finalmente, es Hughes quien habla.
—Creemos que no ha salido a dar una vuelta, jefe. Ania ha ido a su habitación para llevarle la cena y algunas de sus cosas no estaban.
—¿El portátil? —pregunto sabiendo que ella no se iría a ninguna parte sin él.
Niega con la cabeza y me levanto de un salto.
Un latigazo de dolor me atraviesa el vientre por el movimiento brusco y necesito apoyar ambas manos sobre la encimera de la cocina para estabilizarme—.
Revisad las grabaciones de las cámaras y traedme a Ania ahora mismo —bramo tirándome del pelo. Esto no puede estar pasando.
—Martiño ya está comprobando las cámaras. Voy a por Ania.
En menos de dos minutos, Martiño y Ania se reúnen con nosotros en la cocina. Ania jura que no ha visto a Alba desde esta mañana y el jefe de seguridad de mi hermano me muestra las grabaciones de las cámaras después de asegurarme que no ha detectado ningún movimiento fuera de lugar en ellas.
—No puede haber salido —insiste—. Aparecería en alguna imagen.
—No tienes ni idea de lo es capaz de hacer con un puto ordenador y te garantizo que hackear tu sistema de videovigilancia habrá sido pan comido para ella.
—¿Crees que…? —pregunta incrédulo mientras sujeta el portátil con una mano.
—No lo creo, lo sé. Parker, ¿has revisado si falta algún coche? —Me levanto y comienzo a andar de un lado a otro mientras mi cabeza echa humo—. Quiero que interroguéis a todo el que haya estado hoy en la casa. ¡Alguien ha tenido que verla, joder!
Pienso en lo último que le dije en mi despacho. No ha tardado ni veinticuatro horas en alejarse de mí. ¿Es esta su forma de demostrarme que no tengo control alguno sobre ella?
Unos minutos más tarde, ya sé que se fue en un SUV negro de Antón y que el soldado de la garita de seguridad no le puso ningún impedimento para salir de la mansión.
—¡Tendría que haber sabido que intentaría marcharse, joder! —grito mientras lanzo un vaso de agua contra la pared. El cristal se hace añicos.
El silencio parece tener eco en la cocina y siento varios pares de ojos clavados en mí. Mi teléfono suena justo cuando estoy a punto de mandar a todo el mundo a la mierda y el nombre de Vega aparece en la pantalla.
—¿Dónde está? —pregunta alterada sin siquiera saludar primero.
—Aquí no. Acabo de enterarme de que se ha largado a escondidas. No tengo ni puta idea de dónde está, pero te aseguro que voy a encontrarla. ¿Qué sabes?
—Me avisó esta tarde de que volvía a casa.
—Aprieto los dientes—. Mark tenía que recogerla en Heathrow a las diez y media, pero son más de las once, ya han salido todos los pasajeros de su vuelo y ella no ha aparecido.
La hemos llamado y hemos intentado localizarla a través de la app de rastreo de su teléfono, pero lo tiene apagado.
La última conexión la ubica en el aeropuerto de Vigo y de eso ya han pasado varias horas.
—¿Cómo que volvía a casa? —pregunto sujetando el teléfono con fuerza. ¿De verdad se ha marchado sin más?
—¿No te lo dijo?
—No me dijo una mierda y no ha dejado ni una mísera nota.
—Alex, ¿qué ha pasado entre vosotros?
Me callo de golpe y trato de ralentizar mi respiración. Necesito mantener la cabeza fría.
—Eso solo nos incumbe a Alba y a mí.
—No si ella ha desaparecido de la faz de la tierra. ¡Dime de una vez qué le has hecho para que haya tenido que salir huyendo!
Suspiro y me froto el puente de la nariz con el índice y el pulgar.
—Lo sabe. Sabe que tengo que casarme con la hija de Matteo di Luna.
El silencio se extiende en la línea durante varios segundos.
—Me alegro de que se lo hayas contado, pero debemos encontrarla, Alex. Dijo que venía y el vuelo en el que supuestamente viajaba llegó en hora a Heathrow. Si no hubiese podido cogerlo, habría avisado a Mark del cambio de planes. Esto no me gusta.
Salgo de la cocina sin terminar la llamada y hago un gesto a Parker, a Hughes y a Martiño para que me sigan mientras continúo hablando.
—Voy hacia el aeropuerto. Te llamo en cuanto la encuentre.
Cuelgo y doy a instrucciones a Martiño para que inspeccionen de arriba abajo la mansión en busca de pistas mientras mis hombres y yo nos encaminamos al aeropuerto. Estoy dispuesto a ponerlo patas arriba hasta dar con ella.
Mientras Parker conduce, yo sigo llamándola y enviándole mensajes, pero, en el fondo, sé que no servirá de nada. Algo me dice que no está a salvo y que me necesita como nunca lo ha hecho antes.
—Hughes —lo llamo, y se gira desde el asiento del copiloto—, sé que Alba y tú os habéis hecho amigos. Si sabes algo que pueda ayudarnos a encontrarla, este es el momento de hablar.
—Jefe, yo no…
—¿Te dijo que estaba pensando escapar? —lo corto.
—No. Lo juro.
Veo en sus ojos una emoción que se parece demasiado a la culpa y me contengo para no agarrarlo del cuello y asfixiarlo hasta que pronuncie la última palabra que está callando.
—Habla —gruño.
—He coincidido con ella esta mañana en el gimnasio. Estaba dolida después del encuentro con Antonella el día que llegasteis del hospital.
Traga saliva y me impaciento. Sé que estaba dolida, pero eso no me dice nada.
—Puede que algo de lo que le he dicho la haya empujado a tomar la decisión de marcharse. Juro que no era mi intención alejarla, pero ella ha llegado exigiendo respuestas y puede ser muy persuasiva cuando quiere.
—¿Qué coño estás tratando de decir? —grito, y lo cojo del cuello de la camiseta.
—Nada inapropiado, lo juro —se apresura a aclarar—. Me refiero a que ha puesto en duda lo importante que es nuestra amistad para mí y la he visto tan dolida que… se lo he contado.
—¿Qué le has contado exactamente? —siseo acercando mi cara a la suya mientras sigo sujetándolo.
—Yo… le he dicho que Antonella es tu prometida.
Le asesto un puñetazo en la mandíbula y, justo en ese momento, Parker detiene el coche en el aparcamiento del aeropuerto. Si no necesitase cada puto segundo para localizar a Alba, le daría su merecido a este cabrón por hablar más de la cuenta.
—Vamos a entrar ahí dentro los tres y encontraremos a mi maldita mujer —ordeno—. Una vez que ella esté a salvo y a mi lado, decidiré lo que hago contigo. No pienses ni por un momento que tu traición se quedará sin castigo.
Salimos del coche y nos distribuimos por zonas.
El Peinador no es un aeropuerto demasiado grande, pero tiene bastantes lugares de acceso limitado.
Parker revisará el vestíbulo y la zona de facturación, Hughes se encargará de las cafeterías y los servicios y yo la buscaré en el control de seguridad y hablaré con quien sea que esté al mando aquí.
Antes de empezar, llamo a Martiño y le ordeno que me envíe a seis hombres más. Si le ha ocurrido algo a Alba, cada minuto puede marcar la diferencia, pero no voy a pensar en eso ahora.
Averiguo con qué compañía tenía que viajar, pero el tío del mostrador no está dispuesto a darme la información que necesito, por lo que tiro de contactos y consigo hablar por teléfono con la gerente del aeropuerto.
La diplomacia no es lo mío cuando tengo prisa, así que termino amenazando con cargarme a toda su familia y ella cede: revisa los datos en el sistema y confirma que Alba nunca tomó el vuelo a Londres.
—Joder, ¿dónde te has metido, ratón?
Miro a mi alrededor, buscando algo fuera de lugar, una triste pista de la que tirar. A lo lejos, aparece Hughes corriendo hacia mí con algo en la mano.
Fijo la vista en lo que parece ser una prenda de ropa de color verde… y dejo de respirar cuando la reconozco: su mochila. La mochila de Alba. Esa con las cremalleras negras y una chapa de Coca-Cola prendida del bolsillo inferior.
Se la arranco de las manos en cuanto se acerca y la abro de un tirón. Dentro hay una muda de ropa, su pasaporte y su teléfono.
—Ella no se largaría sin su puto teléfono —suelto en voz alta—. Este aparato y su portátil son como extensiones de su cuerpo. ¿Has encontrado algo más? ¿Dónde estaba?
—Tanto la mochila como su maleta se hallaban dentro de unos baños que están fuera de servicio.
Hay una cinta que impide el acceso y un cartel bastante grande en la puerta.
Es difícil que alguien pase por alto las señales.
No sé qué hacían sus cosas allí dentro. He dejado a dos hombres revisando cada rincón para buscar pistas.
Vamos hacia aquel lugar. La herida me da pinchazos por el sobreesfuerzo, pero trato de ignorarlos.
La maleta está llena de ropa, enseres de aseo personal y poco más.
No hay rastro del portátil, pero lo que más me preocupa son los signos de lucha que se aprecian junto a uno de los lavabos.
Cuando encuentro unas gotas de sangre en el suelo mi visión se vuelve completamente roja.
—Mierda, mierda, mierda. ¡Joder! —grito mientras estampo mi puño en el espejo, lo que provoca que estalle en cientos de cristales pequeños.
El dolor en los nudillos me hace sentir vivo y la sangre caliente que mana de ellos capta toda mi atención durante unos segundos—.
¡Tú! —gruño señalando a uno de los hombres de Antón—. ¿Dónde estabas esta tarde?
—Yo…
Duda, y eso es suficiente para que me acerque a él y lo estampe contra la pared. Su espalda cruje cuando golpea contra las baldosas y en su mirada puedo ver el miedo.
—Estaba haciendo guardia por los alrededores de la casa.
Su respuesta me da la excusa que no necesitaba para volver a golpearlo, esta vez en el estómago. Tose e intenta retorcerse, pero mi antebrazo, clavado en su cuello, se lo impide. Si este imbécil hubiese hecho bien su trabajo, Alba se hallaría ahora en la mansión, cuidada y protegida.
Mi teléfono suena y me lo llevo a la oreja sin despegar la mirada del hombre que tengo a escasos centímetros.
—Dime que has dado con ella. —La voz de Vega pende de un hilo—. ¿Alex?
—Se la han llevado —afirmo con rotundidad y con una fuerza que ahora mismo no siento.
—Te juro que como le pase algo, me va a importar una mierda el aprecio que te tengo. Pienso ir a por ti y…
—Cariño. —Escucho a Liam de fondo, intentando tranquilizar a su mujer mientras yo me aparto del hombre al que pretendía dar una paliza para aliviar mi culpa.
El responsable de que mi hada no esté conmigo soy solo yo. Yo jodí lo nuestro al ocultarle la verdad sobre mi matrimonio acordado y al no encontrar una solución que la situara como lo que es en realidad: mi reina.
Nunca había visto a Sombra tan alterada. Ella es la viva imagen de la serenidad y la estrategia y yo… yo soy el abismo en el que nunca pude evitar caer.
—Sombra… —todavía la oigo discutir con mi primo al otro lado de la línea, pero ambos callan cuando la nombro—, te juro por mi vida que la traeré de vuelta.
La escucho suspirar a través del teléfono.
—Lo haremos juntos. Voy a prepararlo todo y estaremos allí lo antes posible. Y, Alex —deja pasar un segundo, dos, tres—, no hagas ninguna locura hasta que lleguemos.
—No prometo nada.
Cuelgo antes de que pueda quejarse o pasarme a mi primo para que me dé una orden que, por primera vez, no sé si podré obedecer.
Voy a encontrar a Alba.
No importa lo lejos que esté ni quién la tenga. Llegaré hasta ella. Y, cuando lo haga, arrasaré con cada muro, cada objeto y cada ser vivo que se haya interpuesto entre nosotros.