38. Alba
ALBA
Las lágrimas comienzan a derramarse por mis mejillas en cuanto piso el primer escalón que me llevará de vuelta a la planta de arriba.
Lejos de él.
No quiero que nadie me vea en este estado, así que corro y subo los escalones de dos en dos. Entro en mi habitación y me aseguro de cerrar la puerta con pestillo.
«No pienso renunciar a ti».
Sus últimas palabras resuenan en mi cabeza una y otra vez. Su tono era firme, como si estuviese totalmente convencido de lo que estaba diciendo. Como si pudiese decidir por los dos o borrar el hecho de que tiene una responsabilidad con Antonella que no puede eludir.
Cierro los ojos y me apoyo en la pared que hay junto a la puerta. Me digo que será solo un momento, el tiempo justo para coger la fuerza que necesito para hacer lo que debo.
«No pienso renunciar a ti».
Lo peor de todo es que una parte de mí desea creerle; quiere pensar que luchará por mí, por nosotros; que encontrará la manera de que estemos juntos. Es esa misma parte que se aferra a sus «te quiero» y se olvida de que él ha estado ocultando algo importante durante todo este tiempo.
Pero no puedo.
Abro los ojos, inspiro de forma profunda y me obligo a ser fuerte.
Saco la maleta que he escondido debajo de la cama y meto el neceser que tenía preparado en el baño. El portátil y los cargadores ya están dentro de la mochila que me cuelgo al hombro.
Desde el móvil, abro la aplicación que me da acceso al sistema de videovigilancia de la mansión.
El primer día que llegamos, me colé en el sistema informático de Antón gracias a Anémona Azul.
No me resultó complicado acceder a todas sus claves de seguridad y no, no lo hice porque desconfiase de Alex o de su hermano, sino porque no iba a dejar mi seguridad en manos de unos hombres a los que no conocía de nada.
Reviso las cámaras una por una. Alex sigue encerrado en su despacho.
Allí no hay cámaras, pero sí en el vestíbulo y he comprobado que la puerta no se ha vuelto a abrir desde que yo salí por ella.
Estoy segura de que piensa vigilarme de cerca, pero ahora mismo todavía debe de estar pensando en lo que acabamos de hablar. Es por eso que necesito actuar rápido.
Voy pasando las imágenes de las distintas cámaras: veo a Ania ocupada en la cocina y a una chica limpiando la habitación contigua a la mía.
Por lo demás, la casa está vacía. Paso a controlar el exterior.
Un hombre en la garita de acceso a la propiedad; si no recuerdo mal, su nombre es Antonio y es bastante agradable.
También localizo a dos soldados haciendo guardia cerca de la entrada de la casa y dos más en la parte de atrás.
Lo único que me preocupa es no saber dónde están Martiño ni la princesa de la mafia.
Miro mi reloj y me doy cuenta de que, si quiero llegar al vuelo que tengo reservado, no podré esperar mucho más.
«Es ahora o nunca».
Desvío algunas cámaras y programo una grabación para las que son fijas: durante quince minutos, si alguien revisa los monitores, estos mostrarán vídeos anteriores en los que yo no aparezco.
Puede que esté siendo paranoica y todo esto resulte innecesario, pero prefiero asegurarme de que Alex descubre mi huida cuando ya sea demasiado tarde. No pienso subestimarle.
Cojo la maleta y la llevo a pulso para no hacer ruido. Salgo de la habitación; camino con la espalda pegada a la pared del pasillo, como si estuviera en medio de una misión, y doy gracias a las horas de entrenamiento con Lucas y Mark durante los últimos años.
Llego al piso de abajo en un par de minutos y, tal como esperaba, encuentro la puerta del garaje abierta. Al entrar, observo los coches y mi mirada va directa a uno en concreto: el Porsche 911 Spirit 70 me recuerda a Alex y me hace ojitos en la distancia.
«Si voy a huir de aquí, será a lo grande».
Acaricio la carrocería con la yema de los dedos, abro la puerta y me siento al volante como si esta preciosidad me perteneciera. Cierro los ojos un momento y rememoro la sonrisa pícara que Alex mostraba aquella noche mientras acercaba la mano a mi cuerpo con claras intenciones.
Vuelvo a abrir los ojos de golpe. No debo pensar en él y, definitivamente, no puedo perder tiempo.
Mis expectativas se van a la mierda cuando presiono el botón de arranque y no pasa absolutamente nada.
Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que el llavero inteligente no está por ninguna parte.
Sin embargo, no puede andar lejos si he podido abrir el coche.
Salgo y me dirijo al siguiente vehículo y después al siguiente.
Ninguno tiene llave, mando ni tarjeta que los haga funcionar.
Tampoco está la caja con los recambios que recuerdo haber visto la vez anterior sobre una estantería.
Comienzo a buscar en armarios y cajones y, estoy maldiciendo por lo bajo, preguntándome si sería capaz de entrar en el sistema operativo de alguno de estos coches y arrancarlo en pocos minutos, cuando escucho una puerta cerrarse y una risita femenina.
No me da tiempo a esconderme antes de que la puerta del garaje se abra y aparezcan frente a mí Antonella y uno de los guardias.
—¿Vas a algún sitio? —pregunta ella en un tono que no se parece en nada al que utilizó la única vez que la he visto en persona.
—No, solo he bajado aquí a ordenar un poco —suelto con sarcasmo, y señalo el desastre que yo misma he creado buscando los malditos mandos—. Como ves, sirvo un poco para todo.
Me observa de arriba abajo, evaluándome, y pone morritos antes de hablar.
—Mira, no te voy a engañar. No sé qué lugar ocupas en la vida de Alex, pero voy a casarme con él y eso es algo que va a ocurrir le pese a quien le pese.
Cuando papá me envió aquí tuve miedo de lo que encontraría.
Solo había visto una vez al hombre al que me había prometido, pero la gente habla y las cosas que escuché sobre él…
—Traga saliva y me pregunto si puedo hacer algo para que se marche sin dar la voz de alarma sobre mi huida.
—No entiendo por qué me cuentas todo esto.
Se retuerce los dedos nerviosa y me mira a los ojos de forma tímida.
—Ya termino. La cuestión es que cuando lo conocí un poco más me di cuenta de que no es tan malo como lo pintan.
Es un hombre educado, considerado y me trata bien.
No puedo pedir a alguien más indicado que Alex como futuro marido, así que he decidido intentarlo.
No voy a decir que lo amo, es pronto para eso, pero sé que no me costaría hacerlo y creo que puedo conseguir que él se enamore de mí.
Tengo ganas de cogerla del pelo y sacarla a rastras de la casa. Seguro que lloraría y llamaría a su papi. ¿De verdad hay mujeres que pueden estar contentas con un matrimonio arreglado? ¿No cree que pueda elegir por sí misma? En fin, es su problema y yo ya tengo los míos.
Reviso la hora en mi reloj. Me estoy quedando sin tiempo.
—Mira, es bonito que tengas las cosas tan claras, pero sigo sin saber qué relación guarda eso conmigo.
—Él está encaprichado de ti. Puedo verlo, no soy tonta.
—Tú lo has dicho, soy solo un capricho, no tienes de qué preocuparte.
—Las palabras escuecen al salir, pero a esta chica no le falta razón.
No puedo evitar que este matrimonio se celebre y tengo claro que no seré la otra, así que se lo pondré fácil—.
Voy a serte sincera y espero que me ayudes porque esto nos interesa a las dos.
Estaba a punto de marcharme, pero he sufrido un pequeño contratiempo.
—¿Marcharte? Te refieres a… ¿para siempre? —pregunta sorprendida, y veo algo en su mirada que me hace dudar de si es tan inocente como aparenta o todo esto no supone más que una fachada.
—Del país —aclaro—. Pensaba salir de la mansión en uno de los coches, pero no encuentro los mandos.
—Él puede llevarte a donde quieras —afirma rápido, señalando al guardia que permanece en silencio, un paso por detrás de ella. Elevo las cejas dudosa. No conozco a ese hombre y no voy a confiar en él sabiendo que trabaja para Antón.
—No necesito que alguien me lleve y no me fío de nadie.
—Se llama Filippo y no trabaja para Alex ni para su hermano, sino para mí. Bueno, quiero decir, para mi padre —rectifica.
—Encantada de conocerte, Filippo, pero prefiero conducir yo misma. Si uno de los dos me consigue un coche, me iré en este momento y no tendréis que volver a verme nunca.
Antonella y su guardaespaldas comparten una mirada cómplice. Ella le hace un leve asentimiento de cabeza y él saca de su bolsillo el mando electrónico de un coche.
—Es aquel de allí —exclama señalando un SUV bastante corriente mientras me tiende el mando.
—Gracias —susurro antes de darme la vuelta.
—Gracias a ti, Alba. Por ponerme las cosas tan fáciles.
Me marcho sin mirar atrás. El guardia de la entrada apenas me echa un vistazo y me abre la barrera. Supongo que su objetivo se basa más en controlar quién entra y no quién sale de la propiedad.
Llego al aeropuerto en veinte minutos. Dejo el coche en el aparcamiento de corta estancia y voy directa a pasar el control de seguridad. Si Alex llegara a enterarse de que estoy aquí, este control al menos me haría ganar tiempo y distancia.
Consulto el reloj por enésima vez solo para comprobar que todavía faltan casi dos horas para que salga mi vuelo. El tiempo cuando tienes miedo a ser descubierta pasa jodidamente lento.
Mato los minutos en una cafetería, tomando un frappuccino mientras busco en la red cualquier nueva información sobre Feng Yue, pero no estoy concentrada y no hago más que navegar en círculos alrededor de los mismos datos de siempre.
Voy a entrar al baño, pero una mujer con un uniforme horrible me planta un carrito de limpieza delante y me dice que hay una avería y que tengo que ir a los aseos que se encuentran al fondo de la terminal.
Sigo sus indicaciones. El pasillo está vacío y agradezco un poco de soledad dentro del bullicio del aeropuerto.
Cuando salgo del cubículo, me lavo las manos y aprovecho para mojarme la cara.
Llevo varios días durmiendo poco y mal y la falta de sueño está empezando a pasarme factura.
Cojo la maleta del rincón en el que la he dejado y, estoy a punto de salir de los baños, cuando noto un fuerte tirón en la mochila y mi cuerpo impacta sobre el de otra persona a mi espalda sin que pueda evitarlo.
Antes de que haya recuperado el equilibrio, me agarran con fuerza, impidiendo que mueva los brazos.
Intento forcejear, lanzando patadas y cabezazos, pero el hombre que me sujeta es mucho más grande que yo y mi cabeza impacta una y otra vez contra su pecho en lugar de hacerlo contra su propia cabeza.
Un segundo hombre aparece delante de mí y trata de sujetarme las piernas.
Cuando me encuentro con sus ojos rasgados, el pánico comienza a subir por mi garganta.
Lucho con más fuerza y consigo darle una patada en la cara.
El tío grita de dolor y se lleva las manos a la nariz, pero los brazos que me sujetan desde atrás me aprietan con más fuerza y siento que estoy empezando a marearme.
—¡Hija de puta! Me has roto la nariz —grita el hombre al que he golpeado. Me gustaría regodearme con una respuesta ingeniosa, pero prefiero centrar mis esfuerzos en salir de aquí antes de que el engendro se recupere y vuelvan a ser dos contra una.
—¡Deja de quejarte y ayúdame, joder! —exclama en chino el hombre que tengo detrás y, si antes tenía alguna duda, ahora sé que mi tiempo se agota.
Me muevo como una culebra para intentar escurrirme de entre sus brazos y, justo en ese momento, noto un pañuelo en la cara tapándome la boca y la nariz a la vez.
Trato de coger aire para no ahogarme y, entonces, el cloroformo inunda mis fosas nasales y soy consciente de que acabo de cometer un error que puede costarme la vida.
Intento apartar la cara del trapo a la vez que aguanto la respiración, pero todos mis esfuerzos son en vano. Siento las extremidades pesadas y también cómo van perdiendo fuerza poco a poco mientras lucho por mantener los ojos abiertos.
Estoy perdiendo la batalla y me encuentro jodidamente lejos de casa.
Lejos de mi equipo.
Lejos de Alex.