37. Alex
ALEX
Estoy al borde del colapso. He intentado darle espacio y ayer estuve a punto de tirar abajo la puerta de su habitación, pero no lo hice.
Me contuve y me quedé allí durante dos horas, esperando que valorase el esfuerzo que estoy haciendo y accediera a hablar conmigo.
No ha servido de nada. Ser paciente no está funcionando y no es que se me dé demasiado bien.
Así que esta será la última vez que envíe a Ania a buscarla.
Si no baja por su propia voluntad, la obligaré a escucharme.
Miro el reloj. Han pasado quince minutos desde que di la instrucción de avisarla y todavía no hay señales de que vaya a venir.
Me levanto, observo el escritorio y coloco correctamente uno de los bolígrafos.
Cuando compruebo que todo está en su sitio, suspiro y me enderezo, preparándome para ir a por ella.
Pero antes de que pueda moverme, tocan a la puerta y la mujer que me está volviendo loco aparece ante mí.
Lleva el pelo suelto y uno de los conjuntos que utiliza para entrenar.
Las mallas se pegan a su cuerpo como una segunda piel y me imagino cómo sería inclinarla sobre mi escritorio y follarla hasta que volviera a mirarme como si yo fuese su puto mundo.
—Acércate —le pido, y coloca las manos en sus caderas, dejando claro que no tiene pensado seguir mis órdenes—. Joder, Alba, ¿podemos olvidarnos de tonterías y hablar de lo que pasó el otro día?
Me mira escéptica y sé que está conteniéndose para no gritar.
—Es curioso que ahora quieras hablar cuando te has estado callando bastantes cosas durante las últimas semanas, pero está bien, habla.
—Sentémonos. No es una historia corta.
No me responde, pero se acerca y toma asiento en una de las butacas que hay frente al escritorio. Lo cuento como una victoria. Dejo que el silencio fluya unos segundos entre nosotros, buscando que baje un poco sus defensas, pero solo he conseguido que se ponga nerviosa.
—¿Vas a empezar ya?
—No hace falta que te cuente que el año pasado estuvimos envueltos en una guerra contra Feng porque quería apropiarse de Amapola antes incluso de que esta saliera a la venta.
Como sabes, las funcionalidades de esta nueva arma se mantuvieron en secreto hasta el día de la presentación, pero Feng creyó que podía robárnosla.
—Te agradecería que no me contases cosas que ya sé —exclama cruzándose de brazos.
—El poder de su organización era superior al de la Hermandad —prosigo ignorando su pulla—, y cuando Feng cometió el error de secuestrar a Sombra, Liam se volvió loco e inició una guerra.
Buscamos aliados, pero no era suficiente para asegurar la victoria, así que mi primo decidió pedirle ayuda a Matteo di Luna.
—¿Debería sonarme el nombre? —pregunta con chulería.
—Debería. Es el Capo di tutti i capi de la Cosa Nostra. Vive a caballo entre Palermo y Roma y, sin duda, es el hombre más temido y con más poder no solo de Sicilia, sino de toda Italia.
—Joder, ¿hacéis negocios con esa gente?
—No de forma habitual, pero mi primo es de los que piensan que hay que tener amigos en todas partes y, en esta ocasión, he de admitir que nos vino bien.
—Vale, digamos que me parece maravilloso que los mafiosos juguéis a ser amigos, pero ¿eso qué tiene que ver conmigo?
Suspiro y le lanzo una mirada reprobatoria. Espero que se dé cuenta de que estoy comportándome con mucha paciencia porque odio que me interrumpan mientras hablo.
—Matteo accedió a prestarnos toda la ayuda que necesitábamos y, a cambio, pidió que Liam se casara con su hija.
—¿Que hiciera qué? Pero ¿sois conscientes de que estamos en el puto siglo XXI ? —exclama con los ojos muy abiertos.
—Yo también me sorprendí al principio y creí que el viejo estaba gastándonos una broma. Pero los italianos siempre han sido extremadamente tradicionales. Para ellos, la familia es sagrada y tienen fama de negociar alianzas matrimoniales con el fin de unir familias y, así, ganar poder y aliados.
—Putos mafiosos tarados. Menos mal que Liam no aceptó semejante locura.
—No podía. En aquel momento ya estaba loco por Vega y no iba a renunciar a ella ni aunque lo matasen. Tampoco podía rechazar la propuesta de Matteo, el capo lo habría tomado como una ofensa y te aseguro que se la habría cobrado con sangre. No tuvo otra opción que pedirme que ocupase su lugar.
Entrecierra los ojos, como si estuviese dándole vueltas a lo que acabo de decir, cerciorándose de que ha entendido bien.
—No me jodas. Dime que no acep… —Las palabras mueren en su boca cuando ata cabos.
—Es justo lo que estás pensando. Antonella es la hija de Matteo. No tuve opción, Alba. Si hubiese dicho que no, en el mejor de los casos, nos habría dejado salir con vida de Italia, pero nunca habríamos conseguido la fuerza que necesitábamos para atrapar a Feng.
—Te recuerdo que fuimos nosotros quienes lo capturamos.
—Lo sé, pero el trato ya estaba sellado.
Matteo nos proporcionó su apoyo y yo entregué lo más valioso que tenía: mi palabra.
En aquel momento no me pareció algo relevante, no tenía a nadie en mi vida.
Nunca había existido alguien que me importase lo suficiente hasta que apareciste tú.
—Baja la cabeza para huir de mi mirada y tengo ganas de plantarme delante suyo y besarla hasta que no pueda pensar en otra cosa que no sea yo—.
La Hermandad me necesitaba, Liam me lo había pedido como mi primo, no como mi jefe, y no pude negárselo.
Si te soy sincero, jamás me había imaginado a mí mismo enamorándome y formando una familia, así que no le di tanta importancia como debería. Dime que lo entiendes.
Su mirada vuelve a mí, desafiante, dura.
—Lo único que me queda claro es que Antonella es tu futura mujer.
—¡Por deber, no por amor! —exclamo alterándome y hago una respiración profunda antes de continuar hablando—: No sé cómo salir de esta, Alba.
Te juro que no quiero casarme con ella, pero rechazarla supondría una ofensa para una de las mafias más poderosas de toda Europa y no solo tendría repercusiones para mí, sino también para Liam, para la Hermandad.
El silencio nos envuelve durante unos segundos y albergo la esperanza de que reflexione y comprenda la situación en la que me encuentro.
Busco en sus ojos, en su expresión, pero no encuentro nada que me oriente, y me siento cada minuto más perdido.
—Entonces, está todo dicho —afirma levantando la mirada para clavarla en la mía—. Me habría gustado enterarme por ti, eso no te lo voy a negar, pero, en definitiva, esto es lo que es y no se puede cambiar.
—Me alegro de que lo entiendas.
Me levanto de la silla y noto un pinchazo en la herida.
Todavía me duele cuando hago algún esfuerzo o permanezco en la misma posición durante un rato, pero intento olvidarme de que existe.
Me acerco a Alba y ella se levanta también.
Sus ojos grises no brillan con el fulgor de siempre y, antes de que pueda pensar en lo que estoy haciendo, envuelvo su cara entre mis manos y pego mis labios a los suyos.
Se aparta de golpe, empujando mi pecho con ambas manos, y me mira con los ojos muy abiertos, como si la hubiese insultado o algo peor.
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
—Acabo de explicarte que no la quiero, que ella no es la mujer que he elegido.
—Ya. ¿Y qué esperabas con esa confesión? ¿Que siguiéramos acostándonos juntos como si nada? —pregunta ofendida.
—¿Acostándonos? —bufo—. No es solo sexo lo que quiero contigo, Alba, te lo he dejado claro un millón de veces.
—Pues explícame lo que me estás proponiendo si no es solo follar, porque, que yo sepa, después de haberte comprometido con esa mujer por voluntad propia, no tienes más qué ofrecerme.
—¡Joder, ayúdame un poco! —exclamo alterado, empezando a ver esta conversación como un callejón sin salida.
—¿Que te ayude? ¿Y cómo podría ayudarte yo exactamente? —Sus ojos se abren de par en par cuando una idea pasa por su cabeza—. Alex, dime que no me estás pidiendo que sea tu amante.
—En realidad, Antonella sería la otra. No es a ella a quien quiero, lo sabes —trato de explicarle, desesperado.
—¡Pero sería a ella a quien llevarías de la mano y a quien presentarías a tus amigos como tu mujer!
Y mientras tanto, ¿qué lugar ocuparía yo?
¿Tendría que esperarte en un picadero con las piernas abiertas para que me follases cuando te cansaras de ella?
—escupe con rabia—. ¿Y qué harías? ¿Ponerme un piso y pagar todos mis caprichos?
¿Avisarme tras dejarla en casa y venir a verme a escondidas?
¡Y una mierda! No seré eso ni para ti ni para nadie.
Está furiosa y sé que la estoy perdiendo. ¿De verdad va a rendirse sin luchar? ¿En serio me dejará solo en esto?
—Entonces ¿qué sugieres? ¿Que lo olvidemos todo? ¿Que mandemos esto a la mierda? Me dijiste que me querías, joder. ¿Dónde ha quedado eso? —replico enfadado.
Me observa con rabia y, antes de que abra la boca, sé que sus siguientes palabras van a doler.
—Te quiero, Alex. Pero no lo suficiente como para destruirme por ti —afirma en un tono de voz neutro que me molesta más que los reproches que me ha lanzado hace un momento.
Se encuentra a solo un par de pasos de distancia, pero la siento a años luz.
—Sé que no puedo ofrecerte lo que te gustaría tener, pero déjame intentar buscar una solución. Hablaré con ella, le contaré todo. Te juro que no voy a tocarla. Nuestro matrimonio será solo una pantomima de cara a su padre.
—Y cuando él te exija un nieto, ¿cómo lo harás? Porque sé lo suficiente de vuestro mundo para entender que este tipo de alianzas requieren herederos.
—Nunca prometí descendencia.
Su mirada plateada se clava en mis ojos, como si buscase algo en ellos. No sé lo que es, pero sí estoy seguro de lo que va a encontrar: amor y lealtad.
Después de unos segundos que se hacen eternos, se tapa la cara con ambas manos, respira profundamente y las aparta, irguiendo los hombros, como si acabase de tomar una decisión irrevocable.
—Alex, lo entiendo. —Su tono de voz es pausado y ya no hay rastro de la rabia anterior—.
Estás atrapado en este matrimonio de por vida y lo siento de verdad, pero…
Si aceptase lo que me propones, sé que acabaría odiándome a mí misma, quizá no al principio, pero sí con el tiempo.
Y, seguramente, también te odiaría a ti.
Prefiero dejar las cosas como están. Al menos, ambos nos llevaremos un bonito recuerdo.
Al pasar por mi lado, creo que va a cambiar de opinión. Su andar se ralentiza y contengo el aliento cuando noto que gira ligeramente la cabeza hacia mí. Un segundo después, el momento se ha esfumado y ella continúa su camino con la mirada al frente.
Me doy la vuelta y la observo alejarse. En el instante en que abre la puerta del despacho, sé que ha tomado su decisión, aunque yo también he tomado la mía.
—Alba. —Mi voz es baja, firme—. Puedes intentar distanciarte si quieres…, pero no te equivoques, no pienso renunciar a ti.
No se gira, no responde. Solo tensa la espalda y sale del despacho de mi hermano.
La dejo marchar.
Entiendo que necesita asimilar mis últimas palabras, porque si algo tengo claro es que lo nuestro no termina aquí.