Abismo (Atenea 2) 36. Alba
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36. Alba

ALBA

En los últimos dos días apenas he salido de mi habitación.

Puede parecer infantil e incluso irracional que haya llegado hasta este extremo para no cruzarme con Alex, pero no me siento preparada para hablar con él y sé que, en cuanto lo vea, me exigirá que lo escuche.

Y no quiero. No hay nada que pueda decirme que borre lo que vi el día que llegamos del hospital.

Esa mujer, que apenas parece una adolescente, está colada por él, y la confianza con la que le hablaba y le tocaba me dice que entre ellos hay algo más que una amistad.

Incluso se refirió a él como «mi chico»…

No, no me estoy montando historias. Sé lo que escuché.

Alex es tan cabezota que esta mañana ha subido la escalera y ha tocado a mi puerta.

Como ya había imaginado que podría hacerlo, me he anticipado y se la ha encontrado cerrada con llave.

Me ha gritado que se quedaría en el pasillo hasta que le abriera, pero creo que después de unas horas se ha cansado de esperar y se ha marchado.

Me dijo que me quería. Y me lo ha estado repitiendo una y otra vez durante los once días que he permanecido a su lado en el hospital, cuidándole, mientras él tenía a otra mujer metida en casa.

Me duele que no me haya hablado de ella, sea quien sea esa chica con cuerpo de infarto y mirada angelical que lo abrazó como si lo hubiese echado de menos.

Mi subconsciente me juega malas pasadas y evidencia que es alguien importante en su vida.

Al fin y al cabo, vive en su casa, lo abraza, lo toca y lo reclama.

Mi parte racional me dice que debería dejar de hacer conjeturas y preguntarle directamente a él… Lo haré, juro que lo haré, pronto.

Me levanto temprano —hoy tampoco he dormido una mierda— y me escabullo por los pasillos de la mansión tratando de no hacer ruido para no ser descubierta. Todavía no ha amanecido, así que no me cruzo con nadie hasta llegar al gimnasio, donde encuentro a Hughes corriendo sobre una cinta.

—Hombre, pero si es mi amiga la desaparecida en combate —exclama bajando de la máquina mientras se seca la frente con una toalla. Me observa unos instantes y su expresión cambia a una de preocupación—. Joder, qué mala cara traes.

—Gracias, tú también estás guapo —respondo sin apenas mirarlo y señalo la zona de colchonetas que usamos a veces para entrenar—. Peleemos un poco, a no ser que ya te hayas cansado —lo pico.

—Te recuerdo que todavía me estoy curando de una lesión.

—¡Serás quejica! Eso fue como hace cien años. Venga, prometo ser suave contigo.

—Tú ganas, aunque solo sea para no parecer un llorica. ¿Y esa cara que traes?

Nos ponemos los guantes de boxeo y comenzamos a lanzar golpes flojos para calentar.

Creo que me va a venir bien habérmelo encontrado.

—No sé, ¿podrías dormir tú a pierna suelta en mi lugar?

—Yo… No sé qué decirte —responde apurado, y aprovecho para darle un puñetazo en el costado que no esquiva porque no lo ve venir.

—Venga, tu jefe es un gilipollas, no lo seas tú también. ¿Desde cuándo sabías que había otra mujer en su vida?

—Joder, Alba. Sabes que en la Hermandad la lealtad lo es todo. No puedo contarte lo que sé. No puedo hablarte de él.

Me detengo, dejando que mis brazos cuelguen a cada lado de mi cuerpo como dos pesos muertos, y lo miro a los ojos, permitiendo que vea una parte de mí que no suelo mostrar al mundo. Una más frágil.

—Solo quiero que me digas hasta qué punto he hecho el ridículo colándome por Alex.

Sigue sin pronunciar palabra y su silencio dice más de lo que calla.

Tengo ganas de llorar. No me he permitido hacerlo en los últimos días y, sin embargo, al expresar en voz alta parte de lo que siento, mis ojos han decidido actuar por su cuenta y empañarse hasta emborronar mi visión. Lucho con fuerza para no permitir que caiga ni una sola lágrima.

—Mierda. La traición se paga con la muerte, lo sabes —gime, y yo giro la cara a un lado, tratando de evitar que note lo que me duele su negativa.

—De acuerdo, ya me ha quedado claro dónde están tus lealtades —sentencio, dando por terminada la conversación.

Ya no me apetece seguir aquí. Sé que no estoy siendo justa. No puedo pedirle que traicione a los suyos por mí y, sin embargo, es lo que acabo de hacer. Me he tragado el orgullo, me he abierto y… no ha servido de nada. Me siento patética y egoísta.

—Vamos, Alba, no digas eso. Eres mi única amiga, pero él…

—Lo he entendido —lo interrumpo, y decido seguir lanzando puñetazos como si la conversación no hubiese tenido lugar, solo que esta vez golpeo más y más fuerte. Él únicamente se defiende y eso me cabrea todavía más—. ¿Quieres atacar de una vez? Es bastante aburrido pelear contra un muro, ¿lo sabías?

—Alba, para. —No solo no le hago caso, sino que intensifico los ataques y él los esquiva como puede, pero no me devuelve ni uno de los golpes. Estoy enfadada, frustrada y cansada de esta situación—. Para, por favor.

—Joder, entiendo que no quieras contarme nada, pero ¿ahora tampoco puedes entrenar conmigo?

—grito asestándole una serie de varios puñetazos que lo hacen retroceder—.

¿Sabes qué? —Freno de golpe—. ¡Que no estoy segura de querer a un amigo como tú!

—escupo con rabia y me doy la vuelta para marcharme.

Tiro los guantes al suelo y me alejo de él. Sé que estoy siendo irracional, pero siento tanta rabia que no puedo recular y mucho menos disculparme ahora.

Necesito estar sola y pensar.

—Alba, yo…

La tristeza en su voz me hace darme la vuelta y lo freno antes de que él también cometa un jodido error y diga algo de lo que después se arrepentirá.

—No sigas. —Me paso una mano por la cara—.

Lo que acabo de decirte no es justo —admito—.

Somos amigos, pero él también es alguien importante para ti y no puedo obligarte a elegir entre los dos.

Te prometo que nuestra amistad no cambiará después de hoy, de esta conversación, aunque…

Creo que es mejor que esté sola en este momento.

Al parecer, los celos me convierten en alguien a quien no reconozco. Nos vemos más tarde.

Estoy cruzando el umbral de la puerta cuando su voz detiene mis pasos.

—Es su prometida. Una princesita mimada de la mafia sin sustancia ninguna.

Siento el dolor del golpe y cierro los ojos con fuerza al darme cuenta de que la realidad es mucho peor de lo que había imaginado.

Puedo competir con una exnovia que busca una reconciliación, incluso puedo deshacerme de una amante esporádica, pero…

¿su futura esposa? ¿Cómo ha podido engañarme así?

¿Cómo ha podido decirme que me quiere cuando va a casarse con otra?

No respondo. Tampoco me giro para mirarlo porque sé que estoy a punto de romper a llorar y que, si empiezo, no habrá nada que lo detenga.

Hughes intenta añadir algo más, pero no quiero escuchar cómo trata de defenderlo, no puedo. Lo callo levantando la mano y deshago el camino que he trazado hace apenas una hora, despacio, pero con paso firme y la cabeza alta. No dejaré que nadie vea lo humillada y hundida que me siento por dentro.

En cuanto me encuentro a salvo de miradas en el interior de mi habitación, pongo el seguro en la puerta, apoyo la espalda en ella y me dejo caer al suelo mientras revivo en mi mente cada minuto compartido con él.

No entiendo por qué se acercó a mí, por qué me ha estado buscando ni el motivo por el cual no me avisó de que su futura mujer lo estaba esperando antes de llegar a la mansión.

Joder, ella es la que tendría que haber permanecido a su lado en el hospital todo este tiempo y, sin embargo, ¿la tuvo encerrada?

Siento que he estado viviendo una mentira y que apenas conozco al hombre al que amo y que recibió una bala por mí.

Pudo haber muerto por salvarme.

¿Cómo se le ocurrió hacer algo así mientras ella lo esperaba preocupada? ¿Cómo ha podido engañarme tanto?

Hundo la cabeza entre las manos y lloro.

Lo hago de esa forma en la que te tiembla el cuerpo y notas que no recibes aire suficiente para llenar tus pulmones.

Quiero desaparecer, pero, sobre todo, quiero borrar de la memoria las últimas semanas desde que me subí a aquel maldito yate propiedad de Liam Brown.

Quiero eliminar el recuerdo de sus manos acariciando mi piel y esa forma suya de mirarme que me hace sentir lo más importante de su jodido mundo.

Quiero parar el dolor que experimento en el pecho, como si mi corazón hubiese comenzado a romperse, y quiero dejar de amarlo porque hacerlo duele demasiado.

No sé durante cuánto tiempo permanezco perdida en el llanto e intentando adivinar por qué me ha hecho esto, pero cuando ya no me quedan lágrimas me doy cuenta de que no puedo seguir ni un minuto más en esta casa.

Abro mi portátil, reservo un vuelo para esta misma tarde y llamo a Mark mientras comienzo a guardar mis cosas en la maleta.

—Hola, feo —digo tratando de sonar animada—. ¿Puedes recogerme en Heathrow sobre las diez y media esta noche?

—¿Vas en serio? ¿Qué ha pasado? —pregunta extrañado, y no me sorprende. Desde que regresé de la misión en Estambul, no he mostrado interés alguno en volver. De hecho, les dije que era probable que tardara más de la cuenta debido a lo sucedido con Alex.

—Que ya es hora de que regrese a casa, ¿no crees? Yue no ha dado señales de vida desde el último intento de secuestro y, puesto que ya me ha localizado aquí, creo que corro menos peligro en casa, cerca de vosotros.

—¿Sombra lo sabe? —pregunta, todavía no muy convencido.

—Aún no. Se lo diré antes de subirme al avión, pero estoy segura de que me entenderá.

—No creo que le parezca bien que lo hayas decidido sin consultarle antes. —Guardo silencio y esto le da tiempo a pensar—. ¿Qué te ha hecho ese puto psicópata?

—Como te escuche llamarlo así vas a tener que correr muy rápido —respondo, y sonrío ligeramente.

—¡Me importa una mierda! Si te ha hecho daño, ni sus técnicas de tortura ni esa «A» ridícula que dibuja en los cuerpos que destroza le van a servir de nada. Pienso llenarle la casa de explosivos. Saltará en pedacitos antes de que pueda darse cuenta de lo que pasa.

—No es nada, Mark. Solo que este no es mi lugar.

—En eso estoy de acuerdo contigo —resopla.

—Entonces ¿vendrás a por mí?

—Cuenta con ello.

La línea se queda en silencio durante unos segundos y, después, susurro un simple «gracias» antes de colgar.

Termino de cerrar la cremallera cuando llaman a la puerta de mi habitación. No respondo por miedo a que sea él, pero entonces escucho la voz de Ania pidiendo que le abra solo un momento.

Escondo la maleta debajo de la cama y entorno la puerta lo justo para que solo pueda verme a mí y no darse cuenta de que mis cosas están recogidas.

—Alex te espera en su despacho ahora —afirma con ese tono de voz que recuerdo bien de cuando era niña. Era el que utilizaba cada vez que me repetía las normas de la casa o cuando me reprendía por cualquier nimiedad. Un tono que en sí mismo se asemeja a una orden.

—Ya. Puedes decirle a tu jefe que siga esperando.

Su gesto se tuerce en una mueca de disgusto.

—Sabes que no es de tener mucha paciencia y ayer no le sentó bien que rechazaras reunirte con él.

—¿Me lo estás diciendo en serio? —la reto cruzándome de brazos, cansada de toda esta pantomima—. ¿Quién es la chica que se le echó a los brazos cuando llegamos del hospital el otro día?

Ania endurece la mirada, como si estuviese tentada de regañarme como lo hacía cuando era pequeña.

—Eso tendrá que explicártelo él cuando lo considere necesario.

—Siempre tan fiel… La perfecta Ania —escupo con un veneno que no soy capaz de retener dentro por más tiempo. Ella lo sabía. Esta mujer lo sabe todo en esta casa. Y no me lo dijo.

—Aunque no lo creas, esta vez estoy de tu lado —afirma sorprendiéndome—, pero no eres una cobarde, Joana, nunca lo fuiste. Arréglate un poco la cara para que no note que has llorado por él, entra en su despacho con la cabeza bien alta y enfréntalo.

Lo pienso durante unos segundos, después asiento despacio y vuelvo a mi habitación para prepararme. Ella tiene razón. Merezco respuestas, merezco una maldita explicación y no huir de aquí con el rabo entre las piernas como si fuese yo la que ha hecho algo malo.