35. Alex
ALEX
Llevo once putos días encerrado en el hospital y estoy que me subo por las paredes.
Lo único bueno de esta cárcel es que Alba no se ha movido de mi lado en todo este tiempo.
Hughes es el encargado de traerle ropa de cambio y cualquier cosa que necesita para el día a día.
Parece que se han hecho amigos de verdad y, aunque la idea sigue sin gustarme, no puedo arrebatarle eso a mi mujer.
Aun así, no retiro la advertencia que le hice a mi hombre de confianza: como note siquiera una mirada fuera de lugar, morirá de la peor forma posible…
y hallarán su cabeza separada del cuerpo, con una enorme «A» grabada en la frente.
Alba se pasa el día tecleando en su ordenador, buscando información que vincule a Feng Yue con la red de trata e intentando averiguar dónde se encuentra. Esa mujer ha copiado la estrategia de su hermano: no permanecer en el mismo lugar más de un puñado de días.
No sé cómo lo ha hecho, y sé que es absurdo preguntarle porque no entendería la mitad de lo que me explicase, pero Alba ha conseguido acceder a los registros de la Interpol y lo que ha descubierto nos ha dejado sorprendidos, decepcionados y en el punto de partida: ellos tampoco tienen una mierda.
El otro día, en una de las muchas reuniones por videoconferencia que ha mantenido con su equipo desde que estamos en el hospital, Sombra anunció que su tío, la máxima autoridad en Atenea, ha compartido con ella un calendario de misiones que deberán cumplir durante los próximos meses.
Alba está indignada con la noticia y, por lo que me contó, el resto de sus compañeros, incluida la propia Sombra, no se sienten mucho mejor.
Precisan de todo su tiempo para planificar una estrategia que les permita dar caza a Yue porque, cada puto minuto que pasa, esa mujer se vuelve más y más poderosa.
Han intentado hablar con Román y hacerle entrar en razón, pero insiste en que necesitan cumplir con lo que requieren los gobiernos que los apoyan y también el dinero que obtienen de esas misiones.
Yo hablé con Liam, cogió el jet y vino a visitarme al día siguiente del ataque a pesar de que le pedí que no lo hiciera.
No podemos permitirnos dejar sola la Hermandad y arriesgarnos a que Yue nos ataque en ese momento, porque sí, estoy seguro de que también vendrá a por nosotros.
Lo bueno es que la estaremos esperando y brindaremos todo nuestro apoyo a nuestras mujeres para acabar con esa puta loca.
Hoy por fin van a darme el alta, y la buena noticia es que mi hermano también volverá a casa en un par de días, lo que significa que pronto seré libre de marcharme a Londres con mi mujer.
Estoy sonriendo como el hombre feliz que soy. Sé que tengo muchos frentes abiertos, pero llegar a la mansión de la mano de Alba me hace sentir algo especial que no puedo describir con palabras. Es como si el mundo entero me perteneciera.
Cuando me planto delante de la escalera blanca que termina en la puerta principal, el sentimiento de felicidad se desmorona un poco y da paso a una sensación desagradable de exposición.
Ania baja a recibirme y me tiende un bastón, que miro con indiferencia y un poco de rabia.
Soy consciente de que, además de Hughes y Parker, nos acompañan tres de los hombres de mi hermano y me niego a mostrarme vulnerable delante de ellos.
Cojo aire, decidido a enfrentarme a este primer reto con el orgullo intacto, pero antes de que pueda levantar la primera pierna, Alba me hace un gesto con la cabeza y me empuja ligeramente hacia la balaustrada.
Comienzo a subir poco a poco, apoyado en el pasamanos a mi derecha y en la propia Alba a mi izquierda.
Son solo nueve escalones, pero los siento como si estuviese escalando el Kilimanjaro.
Un sudor frío me recorre la nuca y baja por mi espalda y creo que no soportaré más tiempo el dolor.
Entonces ella vuelve a hacerlo. Me aprieta la mano y, cuando levanto la mirada, solo veo su sonrisa segura. Confía en mí.
Al llegar a la cima estoy exhausto; el cuerpo me pide doblarme sobre mí mismo y gritar de dolor, pero no puedo hacerlo.
El silencio que nos rodea delata que todos están pendientes de mí, atentos a cada uno de mis gestos, esperando el menor atisbo de debilidad que les permita arañar una parte del poder que todo hombre vinculado a este mundo ansía.
Alba capta mi atención al rodear mi cuello con sus brazos e inclinar la cabeza, ocultando nuestros rostros tras la cortina que forma su cabello.
—Ya está. Lo has hecho genial —susurra sobre mis labios y sonrío al entender lo que está haciendo.
—Joder, eres perfecta. Recuérdame que no te deje marchar nunca.
Quiero quedarme en el refugio que ella ha creado para nosotros un rato más, pero después de unos segundos, me obligo a separarme, consciente de que no estamos solos. Además, cuanto antes entremos en casa, antes podré tumbarme en la cama con Alba acurrucada a mi lado.
Apenas he dado un paso dentro de la mansión cuando un torbellino de pelo rubio se lanza a mis brazos, dejándome sin respiración y haciendo que mi cuerpo se tuerza hacia delante por el dolor.
Creo que Antonella lo toma como un gesto de recibimiento hacia ella porque, en respuesta, me abraza más fuerte y pega su cara a la mía.
—Por Dios, Alex. No sabes lo que te he echado de menos.
¡Estaba tan preocupada! —exclama con las mejillas empapadas de lágrimas—.
Pensé que habías muerto. No he dejado de preguntar por ti y nadie me decía absolutamente nada.
—No se me escapa la mirada de reproche que le lanza a Ania—.
Me han mantenido a oscuras y no me han permitido salir de esta casa ni para ir a cuidarte al hospital.
Tienes que hablar con ellos, Alex. Lo he pasado tan mal…
¡Y ni siquiera me han dado tu número para llamarte!
«Joder. ¿Cómo he podido olvidarme de Antonella? ¿Y por qué nadie me ha dicho que estaba histérica preguntando por mí?».
Echo una mirada a mis hombres de confianza, que permanecen algo apartados del grupo, y les digo en silencio que tendremos una conversación al respecto.
Parker parece acojonado, pero Hughes se yergue y levanta la barbilla, como si estuviera orgulloso de sus acciones.
Me parece que al final sí que voy a tener que ponerlo en su sitio.
Cojo las muñecas de Antonella para apartar sus manos, que todavía continúan en mi rostro, y las dejo caer a ambos lados de su cuerpo.
—Madre mía, ¿te he hecho daño? Soy una tonta, perdona. Yo…
—Antonella —la corto, pero ella sigue hablando como si nada.
—He pedido que te preparen una de las habitaciones del piso de abajo. No son tan espaciosas como la tuya, pero me he informado y, en tu estado, no deberías subir escaleras.
—Antonella —insisto y, en ese momento, veo que sus ojos se desvían a mi izquierda.
«Joder».
—Uy, perdona. Creo que no nos conocemos —afirma mirando a Alba y le planta dos besos en las mejillas que la dejan paralizada a mi lado—. Supongo que eres la enfermera de mi chico. Yo soy Antonella.
—Me parece que te equivocas conmigo —responde seria y tengo la certeza de que mi vida está a punto de volar por los aires sin que se me ocurra nada para evitarlo.
El corazón me late acelerado y, de pronto, el vestíbulo parece mucho más pequeño. Necesito reaccionar con rapidez y, sin embargo, las palabras se quedan atascadas en mi garganta. ¿Qué puedo decirle que minimice la jodida realidad?
Ambas mujeres se observan con curiosidad y, después de unos segundos, los ojos de Alba se clavan en la mano de Antonella, que se encuentra ahora apoyada en mi hombro. «¿Cuándo coño la ha puesto ahí?».
Me agito incómodo para cortar el contacto y, cuando vuelvo a mirar a mi ratón, me doy cuenta de que no tengo ni puta idea de lo que está pasando por su cabeza. Alba me rehúye la mirada y se dirige a Antonella:
—Siento tener que dejaros, pero he de resolver algunos asuntos en mi habitación.
Mi prometida la mira poniendo morritos, como si le disgustara la situación, cuando la que debería estar echando chispas no es precisamente ella. Supongo que le molesta no saber quién es Alba ni por qué se mueve con esa libertad por la casa, como si fuese de la familia.
—Alba, antes de que te marches, necesito hablar contigo. A solas. —Mi tono no admite réplica.
Sé que he sonado demasiado duro, pero ahora mismo lo único que deseo es tener una conversación con ella y explicarle todo antes de que saque conclusiones precipitadas.
Necesito dejarle claro que Antonella no es más que una imposición y que no siento ni jamás podré sentir absolutamente nada por ella.
Alza el rostro y trato de leer lo que dice su mirada.
Veo el dolor que le provoca la situación, pero también capto decepción y sus ganas de mandarme a la mierda.
Quiero cargármela al hombro, arrastrarla al despacho y encerrarla allí hasta que esté dispuesta a escucharme.
Las manos me pican por la necesidad de hacer justo eso, joder.
¿Qué me lo impide? ¿Será el sentido común que nunca he tenido?
—Estoy demasiado cansada. Ya hablaremos en otro momento.
Se da la vuelta y yo me quedo inmóvil, observando sus pasos. Mis ojos no se despegan de ella mientras sube las escaleras que dan al piso de arriba y se pierde por el pasillo en el que se encuentra su habitación y también la mía.
Antonella se ha puesto a hablar como una cotorra y su voz comienza a darme dolor de cabeza, así que la corto de malas maneras y le pido a Ania que me diga cuál es mi habitación.
La que fue mi ama de llaves tampoco parece estar muy contenta conmigo.
¡Y yo que pensaba que me habría echado en falta y me cuidaría como cuando era un niño!
—Te ayudo a instalarte —afirma Antonella colgándose de mi brazo como si fuera un peluche.
Me llevo dos dedos al puente de la nariz y masajeo la zona buscando una paz que no encuentro.
«No puedo rodear su cabeza con precinto ni encerrarla en el sótano, pero necesito hallar la forma de que se calle de una maldita vez».
—No.
—Pero yo… —musita.
—He dicho que no. —Mi voz suena fría y veo cómo sus ojos se tornan brillantes por las lágrimas que está a punto de derramar.
—Perdona, no quería molestarte —responde en un hilo de voz—. Es solo que he pasado todos estos días sola y preocupada por ti. Pensaba que podría ayudarte hasta que te sintieras un poco mejor. No me apartes, por favor.
—Joder. —Suspiro, frustrado. No es con ella con quien estoy enfadado, sino conmigo mismo por haber aceptado esta mierda de compromiso—. No es culpa tuya. Solo me encuentro… cansado. Nos vemos en otro momento, Antonella.
—Lo entiendo. —Se acerca y se pone de puntillas para besarme en la mejilla—. Buenas noches, Alex.
No respondo. Me doy la vuelta y sigo a Ania hasta la habitación que ha preparado para mí en la planta baja.
Ella no me dirige la palabra y, por sus movimientos bruscos y la dureza con la que me mira, sé que hay algo que la está molestando.
Estoy a punto de preguntarle qué es, pero en el último momento, decido que ya he lidiado con suficiente mierda por hoy.
Cuando me deja solo, me tumbo con cuidado en la cama y me tapo la cara con el antebrazo.
La herida me duele horrores por el esfuerzo, pero lo que más me preocupa es la expresión que he visto en la cara de Alba justo antes de marcharse. La he decepcionado.