Abismo (Atenea 2) 34. Alba
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34. Alba

ALBA

—Mierda, mierda, mierda. ¡No te atrevas a morirte! No puedes hacerlo, eres Abismo, ¿acaso lo has olvidado? ¡Eres inmortal! —le grito cuando cierra los ojos mientras yo hago lo posible por taponar la herida de bala en su estómago.

La sangre mana a borbotones y todo es culpa mía. Venían a por mí. Eran los hombres de Yue y yo he tardado demasiado en reaccionar y salir en su ayuda.

—¡Parker! —grito con todas mis fuerzas. No sé dónde está, pero, si aún respira, tiene que ayudarme a salvar la vida de su jefe porque yo sola no puedo y él no va a morir aquí.

Sigo gritando mientras las lágrimas me empañan los ojos y caen sobre la piel rojiza de Alex. Hay demasiada sangre.

Escucho el rugido de un motor y a duras penas consigo moverme lo suficiente para alcanzar la pistola que ha caído debajo del coche.

Las manos me tiemblan, la escondo en mi regazo y no me giro para ver quién se acerca.

No sé si tendré alguna oportunidad de defendernos o si este realmente será nuestro final, en una cutre carretera a las afueras de Vigo, lejos de la ciudad que considero mi hogar y separada de los compañeros a los que considero mi familia.

—¡Alba! ¡Por Dios! ¿Qué ha pasado?

Escuchar la voz de Hughes me alivia durante un par de segundos, los mismos que tardo en recordar que Alex se encuentra entre la vida y la muerte.

No sé cómo hemos llegado hasta el hospital, todo es un borrón en mi cabeza desde que el coche empezó a zarandearse de un lado a otro hasta ahora.

Respondo las preguntas del doctor con monosílabos. Estoy bien, yo estoy bien. ¿Acaso no se dan cuenta de que no es en mí en quien deben centrar sus esfuerzos? Al final chillo, los insulto y hasta termino amenazando con matarlos si no salvan a Alex.

Hughes me recibe con un cálido abrazo en la sala de espera.

Uno que siento que no merezco pero que necesito tanto como el oxígeno que entra con dificultad en mis pulmones.

Los sollozos aparecen sin que sea capaz de acallarlos y controlan mi cuerpo mientras mi amigo aprieta más sus brazos a mi alrededor y susurra palabras que no comprendo.

Cuando consigo contenerlos, nos sentamos en unas sillas de plástico azul y miro por primera vez a mi alrededor.

Estamos en una sala pequeña, solo nosotros dos y algunos soldados de la familia vigilando la puerta.

—¿Sabes algo de él? —pregunto con miedo a que me diga aquello que no podré soportar.

—Lo están operando de urgencia. La doctora ha dicho que pueden tardar horas. Alba, ¿qué ha pasado? —pregunta con tiento, sosteniendo mi mano para darme fuerzas.

Cojo aire y comienzo a rebuscar en mi mente para recordar los detalles.

—Volvíamos del restaurante —respondo tratando de que mi voz no se rompa—.

La noche había sido tranquila y nada nos hacía sospechar que podíamos sufrir un ataque.

Parker conducía y otro coche nos golpeó por el lado derecho.

Empezamos a dar vueltas y creo que perdí el conocimiento porque lo siguiente que recuerdo es a Alex despertándome.

Yo… —Trago saliva con dificultad—. Fue culpa mía, Hughes, tardé demasiado en reaccionar.

Tendría que haber salido antes del coche, haber estado preparada para lo que se nos venía encima.

—No puedes culparte de lo que ha pasado, Alba. Nadie tiene la culpa. Bueno, sí, esos hijos de puta que os atacaron.

—No lo entiendes. Esto es lo que hago. ¡Es lo que soy! —grito frustrada y enfadada conmigo misma como nunca antes lo he estado—. Formo parte de un equipo de élite y estoy entrenada para actuar rápido en este tipo de situaciones. ¿Y qué he hecho hoy además de cagarla?

—Mírame bien —afirma serio, colocando sus ojos a la altura de los míos—. Él se interpuso entre esa bala y tú y lo hizo para protegerte. Fue su elección.

—Entonces ¿por qué no consigo verlo de esa forma?

—Porque te duele y eso es algo que no puedes evitar. Sigue contándome, por favor.

—Me pidió que me quedara en el coche mientras él iba a comprobar qué había pasado, pero estaba inquieta, tenía un mal presentimiento.

Me puse el hombro en su sitio como pude mientras se me saltaban las lágrimas por el dolor.

Después, salí a buscarlo. Había una calma extraña en ese lugar y eso activó mis alarmas.

Cuando escuché un coche acercándose a toda velocidad, intenté esconderme, pero no tenía adónde ir si no quería ser descubierta, por lo que hice lo único que pude, agacharme al otro lado de nuestro SUV y comprobar que el arma que me había dado Alex estaba cargada.

—Cierro los ojos, tratando de rememorar exactamente lo sucedido—.

Tres hombres descendieron y di gracias a los duros entrenamientos a los que Lucas y Mark me han sometido durante los últimos años.

Conseguí reducirlos. A quien no vi fue al hombre desgarbado y bajito que apareció de la nada y me apuntó a la cabeza con un arma cuando ya me sentía victoriosa.

—Me sueno los mocos con el pañuelo que tengo entre las manos y que no sé cómo ha llegado hasta ellas—.

Eso no debería haber pasado. Si ese tío no me hubiese pillado desprevenida…

—Va a estar bien —afirma sin dejar que termine la frase—. Si alguien puede salir de esta, ese es Alex. Créeme, lo he visto superar situaciones muy duras.

Sé que Hughes es mi amigo y que su intención es consolarme, pero sus palabras me parecen demasiado vacías en este momento.

—No me digas lo que quiero oír —gruño, separándome de él.

—Pero es que necesitas escucharlo. Alex no es un hombre cualquiera. No es la primera vez que se repone de una herida grave. Ni siquiera es la primera vez que tienen que sacarle una bala del cuerpo.

—¿Y se supone que eso debe consolarme?

—No te estoy consolando. Lo que quiero es que mantengas la esperanza y seas fuerte por los dos porque, una vez que Alex despierte tras esa operación, va a necesitar a la Alba que nunca se rinde.

—Vale, odio cuando tienes razón. —Pienso en sus palabras y decido que voy a hacer eso, luchar—. ¿Puedes pedirle a alguien que me traiga el portátil? Creo que lo dejé sobre la cama antes de marcharme.

—Cuenta con ello. ¿Qué vas a hacer?

—Encontrar de una vez por todas a esa hija de puta. —Sonríe de medio lado y me da un apretón en la mano que todavía me sostiene—. Oye, ¿cómo está Parker?

—Le dieron un golpe en la cabeza y perdió el conocimiento, pero se encuentra bien. Ha informado a Antón de lo sucedido y ahora está con Martiño cumpliendo con todos los refuerzos de seguridad que ha ordenado. Si te digo la verdad, creo que se ha vuelto un poco loco.

—No es para menos. No estaremos seguros hasta que Feng Yue deje de respirar.

Tengo la sensación de que ha pasado una eternidad cuando aparece la doctora que estaba operando a Alex y la pequeña sonrisa en su gesto me llena de esperanza.

Las noticias son buenas, mejores de lo que esperaba.

La bala atravesó el músculo y rozó el intestino sin perforarlo, por lo que la cirugía ha sido relativamente sencilla.

Eso no le evitará tener que permanecer un buen puñado de días ingresado, pero es mucho mejor que las atrocidades que habían pasado por mi cabeza.

Hughes no se despega de mí hasta que vuelven a llamarnos para confirmar que uno de nosotros puede entrar a verlo.

Me impresiona muchísimo encontrarlo así, tumbado en la cama, inmóvil y con varios aparatos médicos midiendo sus constantes vitales y administrándole la medicación que tanto necesita en este momento. El olor a antiséptico apenas me deja respirar y hace que se me revuelva el estómago.

Me acerco hasta quedar junto a la cama y rozo sus dedos con los míos, despacio. Me gustaría poder tumbarme a su lado y abrazarlo, pero tengo miedo de hacerle daño.

Apenas llevo unos minutos en la habitación cuando abre los ojos con dificultad y me quedo embobada observando el movimiento pesado de sus párpados mientras se acostumbra a la luz.

—¿Cómo estás? —pregunta con la voz ronca y entrecortada.

—Tiene gracia que seas tú quien me lo pregunte.

—Responde —insiste.

—Vamos, ¿en serio vas a seguir siendo un mandón después de que te acaben de sacar una bala del cuerpo? —Levanta una ceja y me mira con gesto impasible—. Eres odioso, ¿lo sabías? Y cabezón. Estoy bien y Parker también. El único que ha salido herido en el ataque has sido tú.

—¿Y la herida de tu cabeza?

Me llevo los dedos a la frente para tocar el apósito que me puso la enfermera hace horas. Solo me han dado unos puntos y apenas me duele.

—Ya ni me acordaba de ella, así que bien. Y ahora dime cómo estás tú. ¿Has hablado con tu médica? Dice que has tenido mucha suerte.

—De no haberte perdido. Anda, ven aquí —pide señalando un hueco a su lado de la cama.

Me siento donde indica y coloco la mano sobre su pecho.

Es extraño, pero sentir el latido de su corazón contra mi palma templa un poco la ansiedad que no me ha abandonado desde que he despertado de la inconsciencia en el coche—.

Necesito que repitas lo que me has dicho antes —susurra en un hilo de voz.

—¿Cómo? —pregunto confundida.

—Después de que ese cabrón me disparase, cuando me pedías que no cerrara los ojos.

—Alex, no sé de qué me estás hablando —respondo sinceramente.

—De lo que sientes por mí. Lo he escuchado todo, pero ahora quiero que lo repitas mientras me miras a los ojos y no estás preocupada por si me desangro entre tus brazos.

—Yo no… —balbuceo. Con todo lo que ha pasado en las últimas horas, había olvidado el momento en que dije esas dos palabras.

—Tú sí —me corta sin darme opción. Estira su mano y lo veo esbozar una mueca de dolor cuando consigue colocarla en mi mejilla.

Me acerco un poco más para que no tenga que hacer ningún esfuerzo y cubro su mano con la mía, sujetando su peso.

«Dios, no sé por qué estoy tan nerviosa. Él me confesó sus sentimientos en el restaurante y creo que los míos son obvios desde hace tiempo».

Trago saliva antes de hablar.

—Quieres que te repita algo que ya sabes solo para hacérmelo pasar mal, pero en vista de que me has salvado la vida, creo que al menos te debo esto. Bueno, en realidad, te debo mucho más.

—Shhh. No digas eso jamás. Tú no me debes nada. ¿Ahora bien?

—Te quiero. —Sonrío como una boba al ver cómo sus ojos se tornan más brillantes y su sonrisa se ensancha.

—Yo también.

—Pero como vuelvas a interponerte entre una bala y yo, juro que te mato. —Empieza a reírse, aunque de inmediato, su gesto se tuerce en uno de dolor y me disculpo—. Mierda, voy a tener que controlar mis palabras.

—Ni de coña. Ahora acércate más. Desde este momento quedas contratada como mi enfermera personal.

—Como usted mande, jefe.

Me tumbo a su lado, con cuidado de no chafar ningún cable ni tocar las zonas de su cuerpo que están vendadas o muestran marcas, y aspiro su aroma, ese que no sabía que echaba tanto de menos.

—Eres mi hada de la suerte —susurra sobre mi pelo.

—Solo tuya —respondo conteniendo las ganas de abrazarlo como me gustaría.