Abismo (Atenea 2) 33. Alex
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33. Alex

ALEX

La colisión ha sido brutal y apenas puedo mover las extremidades. Siento como si miles de agujas diminutas bailaran dentro de mi cabeza, insistiendo en no dejarme pensar con claridad.

Abro los ojos despacio, luchando contra la pesadez que se empeña en conquistar mi cuerpo, y veo a Parker en el asiento delantero del coche, con el cuerpo girado en mi dirección mientras mueve los labios demasiado rápido.

No le entiendo, un zumbido retumba en mis oídos, haciendo que cada palabra que sale de su boca suene lejana y extraña.

Atisbo cómo su mirada se desvía a mi derecha e inclino la cabeza en la misma dirección. Cuando descubro a Alba a mi lado, con una brecha en la frente y los ojos cerrados, algo se despierta en mi interior y lucho con rabia para salir del estado de sopor en el que me encuentro.

Me inclino sobre su cuerpo, tratando de ignorar el dolor punzante que noto en la espalda y en la cabeza; suelto nuestros cinturones y envuelvo su rostro entre mis manos.

—¡Alba, despierta! —La zarandeo un poco, con cuidado de no hacerle daño—. Alba, ¿me oyes?

Parece que pasa una eternidad hasta que despega los párpados con lentitud, como si le costase un enorme esfuerzo realizar una acción tan sencilla, y me mira confundida antes de que la abrace con fuerza.

Por un momento me había puesto en lo peor.

—Salgo a ver qué ha pasado.

Escucho a Parker, pero no me molesto en mirar en su dirección. Mi prioridad en este instante es comprobar el estado de mi mujer. La ayudo a incorporarse un poco y reviso la herida de su frente, que no aparenta ser muy profunda.

—¿Puedes moverte? —pregunto en voz baja.

—Creo que sí. Me duele el hombro, puede que me lo haya dislocado.

Saco el arma que llevo oculta bajo la americana y busco señales de movimiento en el exterior a través de las ventanillas.

Todo parece tranquilo, pero Parker no ha vuelto y no pienso esperar a que lo haga.

Abro un compartimento que hay bajo la alfombrilla a nuestros pies y extraigo dos pistolas más.

Le tiendo una a Alba y me guardo la otra en la funda que llevo bajo la axila.

—Quédate agachada mientras compruebo que todo está bien ahí fuera. Vuelvo en un minuto.

—Alex… —se queja.

—No me lleves la contraria, Alba —la corto en tono tajante—. Sé que sabes defenderte, pero estás herida. Por favor, permanece dentro del coche. Será solo un momento.

No espero su respuesta, salgo del SUV y observo lo que nos rodea.

Estamos en la periferia de la ciudad, en la carretera secundaria que lleva hasta la mansión y que apenas tiene tráfico, menos a estas horas de la noche.

El coche que nos ha envestido es un utilitario bastante común y se encuentra a unos cuantos metros de distancia, estampado contra el quitamiedos.

Le sale humo del capó y desde aquí puedo distinguir la figura de un hombre en el asiento del conductor con la cabeza apoyada contra el volante.

No se mueve y todo apunta a que hemos sufrido un accidente, pero entonces ¿dónde coño se ha metido Parker?

Observo el escenario que nos rodea y me mantengo alerta a cualquier sonido que llame mi atención.

Todo permanece en calma, demasiado. El silencio que me envuelve es tan denso que parece artificial; la carretera está desierta y la nave industrial que hay a unos cincuenta metros de nosotros tiene las luces apagadas y no hay signo de vida en su interior.

Levanto el arma sin bajar la guardia y sin hacer ruido para no delatar mi posición y saco el móvil para llamar a Parker, pero no obtengo respuesta.

Le envío un mensaje a Hughes con nuestra ubicación y, cuando guardo el teléfono, oigo un ruido casi imperceptible que procede del coche que nos ha embestido. Me agacho y, entre las ruedas del vehículo, descubro que al otro lado hay un cuerpo tirado en el suelo.

Me acerco con sigilo, tratando de permanecer agachado para no convertirme en un blanco fácil, y rodeo el coche con el arma siempre al frente.

—Joder —exclamo al descubrir que el cuerpo que yace inmóvil en el suelo, junto a la puerta del copiloto, es el de mi hombre.

Me giro rápido, apuntando en todas direcciones para encontrar al hijo de puta que está intentando jugar conmigo, pero estoy solo.

Detrás de mí hay varias naves industriales, bastante separadas las unas de las otras y delante, al otro lado del quitamiedos, un montón de árboles y arbustos en los que podrían haberse escondido un puñado de hombres.

Trato de aguzar los sentidos y casi puedo escuchar el latido de mi propio corazón.

No parece haber nadie más a mi alrededor y el silencio absoluto que me envuelve me está poniendo los pelos de punta.

Me acerco con cuidado hasta Parker y golpeo su pierna con mi zapato, pero no reacciona.

Me agacho junto a él, sin dejar de mirar ni apuntar hacia todas partes, y suspiro aliviado al comprobar que tiene pulso.

De pronto, siento una presencia a mi espalda y me giro bruscamente lanzando el brazo izquierdo en modo de ataque.

Todavía no me ha dado tiempo a reaccionar cuando noto una bala pasar junto a mi cabeza; por suerte, ni siquiera me ha rozado.

El hombre que tengo delante vuelve a apuntarme, pero esta vez soy más rápido y le asesto un golpe que provoca que su arma salga disparada y caiga a una distancia considerable de donde nos encontramos.

Antes de que pueda apartarme lo suficiente, arremete contra mí de cabeza y choco de espaldas contra la carrocería del coche, lo que me provoca un fuerte dolor que me recorre la espina dorsal.

Escucho el sonido de otro vehículo acercándose y, si creyera en algún dios, rezaría para que fuesen mis hombres y no más hijos de puta chinos como el que está tratando de matarme, pero sé que lo tengo difícil: Yue no atacaría con un solo activo.

Aprovecho mi cuerpo, bastante más grande que el de mi oponente, para empujarlo con fuerza y asestarle un puñetazo en el estómago que le hace caer al suelo.

No me lo pienso, no puedo permitirme perder ni un segundo, la vida de Alba está en juego.

Levanto el brazo, apunto y le meto una bala entre ceja y ceja.

No me ha dado tiempo a respirar cuando escucho a Alba gritar mi nombre.

Me giro al instante y lo que descubro me deja helado.

Ella está a mitad de camino entre nuestro coche y mi posición, y a sus pies hay tres hombres heridos tirados en el suelo.

Apenas pueden moverse y, aunque siento una enorme admiración por ella, otra emoción eclipsa mis sentidos: ira.

A la derecha de mi mujer, un hombre con el pelo rapado y complexión delgada la apunta con una pistola, firmando con ese gesto su sentencia de muerte. Comienzo a andar hacia ellos, pero su voz, demasiado fuerte para un cuerpo tan pequeño, me detiene en seco.

—¡Das un paso más y la mato! —grita fuera de sí.

Observo a Alba. No parece estar herida ni tampoco asustada. Mantiene la cabeza alta y los hombros erguidos, dejando ver al imbécil, que está más muerto que vivo, que no le tiene miedo alguno.

—Baja el arma —ordeno ignorando su amenaza mientras apunto con la pistola justo en el espacio de piel que queda entre sus ojos.

—Parece que no te has dado cuenta de que el que tiene la sartén por el mango soy yo. Si no haces lo que te digo, ella muere.

—No le escuches —interviene Alba, y gira la cabeza en su dirección—. Sé que Yue me quiere viva, se ha tomado demasiadas molestias para encontrarme y esta es la tercera vez que intenta secuestrarme. Si me matas, tu jefa se va a cabrear mucho.

Aprovecho la distracción para acercarme un poco más. Ahora apenas nos separan tres metros.

—¡He dicho que no te acerques! —vuelve a gritar el, y quita el seguro de su arma para demostrarnos que va en serio.

No le permito que perciba el miedo que ha comenzado a apoderarse de cada músculo de mi cuerpo y que se mezcla con algo más feo y reconocible.

De reojo, veo que Alba trata de decirme algo, pero la rabia nubla mi mente y en lo único que puedo pensar es en las formas en las que voy a destrozar al hijo de puta que se está atreviendo a amenazarla.

Imagino la sangre empapando su rostro y me impaciento.

Intento desviar su atención hacia mí.

—Bien. Bajaré el arma, pero tú dame algo a cambio.

—No, baja el arma ya o empiezo a disparar, joder —responde cada vez más alterado.

—¡No lo hagas! Te matará y me llevará a mí —responde Alba haciendo que nuestro atacante pierda los nervios.

Veo en sus ojos que está a punto de cometer una locura y mi instinto de protección toma el control, decidiendo por mí. Doy un salto para interponerme entre su cuerpo y el de Alba a la vez que aprieto el gatillo en su dirección.

El dolor que me atraviesa el vientre es agudo e insoportable y me hace pensar que quizá este sea mi final.

Caigo al suelo, fijo la mirada al frente y la veo a ella; su rostro está tan cerca que casi puedo sentir el calor de su respiración en mi piel. Sus labios tiemblan y sus dedos, enredados en mi cabello, me aferran a la vida y me provocan una satisfacción extraña.

Está viva y, aunque siento que me voy apagando poco a poco, sé que cada gota de sangre derramada merece la pena si es por ella.

—¡Ni se te ocurra cerrar los ojos! —susurra y, aunque noto cómo su voz se quiebra, me conmueve que no haya perdido su fuego, ese con el que siempre me ha desarmado—.

Eres un cabezón, un mandón y un engreído.

No me has dejado hablarte de lo que siento por ti en el restaurante, así que ni se te ocurra morirte ahora porque no pienso confesar que te quiero hasta que estés en plenas facultades.

Quiero responder.

Quiero levantar la mano y colocarla sobre su mejilla.

Quiero borrar las lágrimas que ha empezado a derramar.

Y quiero besar sus labios por si no puedo hacerlo más.

Sin embargo, soy incapaz de luchar contra la pesadez que ha conquistado mi cuerpo.

Estoy exhausto, devastado y necesito rendirme, pero, aun así, sonrío al escuchar sus palabras.

Ni siquiera sé si mis labios han realizado el gesto, pero en mi mente dibujo la sonrisa más grande que jamás he llegado a esbozar.

«Ella me quiere».