Abismo (Atenea 2) 32. Alba
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32. Alba

alba

—No es necesario que me lleves a un sitio elegante —digo en cuanto me encuentro con él en el vestíbulo de la casa.

No sé lo que habrá pasado con su hermano en el hospital, pero cuando salió esta mañana de la habitación, el humor de Alex había cambiado por completo.

Estaba serio y taciturno y he creído que lo mejor era darle un poco de espacio y mantenerme callada.

Cuando Parker ha detenido el coche en la puerta de la mansión, él ha tardado en reaccionar y lo ha hecho como si hubiese pasado la última media hora encerrado en su mundo y acabase de despertar de un susto.

Me ha mirado confundido y se ha disculpado.

Después, me ha dicho que tenía mucho trabajo, pero que le gustaría que hoy fuésemos a un lugar especial a cenar.

No sé lo que pasa por su cabeza, pero espero poder entenderlo un poco mejor esta noche.

Como no tenía nada elegante que ponerme, le he pedido a Hughes que me acompañase a un centro comercial y he comprado un vestido azul cielo precioso del que ahora mismo Alex no puede despegar la mirada.

Me acerco a él con ganas de besarlo, pero dudo si hacerlo o no, así que me quedo plantada a un par de pasos de distancia. Estoy nerviosa y, cuando eso sucede, hablo demasiado.

—Por si no te has fijado, soy más de hamburguesa y Coca-Cola.

Dios, espero que no me lleves a un sitio de esos en los que sirven sushi.

Odio el pescado crudo. ¿Cómo puede alguien comer eso sin poner cara de asco y vomitar en la planta más cercana?

La comida hay que cocinarla antes de llevársela a la boca.

Por eso me gusta la carne muy hecha y el pan tostado.

Tal vez podamos buscar una buena hamburguesería.

¿Cómo se llama la cadena esa tan famosa aquí en España? Me refiero a la del logo negro.

—Alba, ¿vas a callarte en algún momento?

Lo miro con detenimiento por primera vez y me doy cuenta de lo jodidamente sexy que está esta noche.

Viste un traje negro, con zapatos del mismo color y camisa de un gris oscuro.

Se ha peinado o, mejor dicho, despeinado con esmero, y lleva esa barba de varios días que tan bien le sienta.

Repaso su cuerpo de abajo arriba hasta que me topo con sus ojos, todavía más oscuros que de costumbre y llenos de un hambre que encaja a la perfección con lo que yo más deseo de él en este instante.

—Quedémonos aquí —le pido.

—Joder, siempre tienes que ponerme las cosas difíciles, ¿eh?

—Me agarra de la cintura y, de un movimiento rápido, me atrae hacia él hasta que nuestros cuerpos quedan pegados y nuestras bocas a pocos centímetros de distancia—.

Vas a darme el gusto de salir a cenar juntos, ratón.

Comeremos en un restaurante bonito, hablaremos de lo que nos apetezca y disfrutaremos de una noche fuera de estas cuatro paredes.

Después, volveremos aquí, te arrancaré ese vestido que llevas y te follaré como estás deseando que lo haga. ¿Te parece bien el plan?

Pestañeo varias veces y asiento. Joder, tengo ganas de arrancarme el puto vestido yo misma y pedirle que me tome de entrante. Antes de que pueda decir nada, me coge de la mano, sonríe de forma pícara y tira de mí hacia la salida.

Tal como imaginaba, el restaurante al que me lleva es el más lujoso que he pisado en toda mi vida, y no voy a negar que me siento un poco fuera de lugar cuando la mujer que nos recibe me ayuda a quitarme el abrigo y se lo entrega a un chico más joven para que se haga cargo de guardarlo.

Si me descuido, se habría llevado hasta mi bolso.

Un camarero nos acompaña a nuestra mesa, que se encuentra en una zona más apartada, separada de la sala principal.

En esta estancia apenas hay un puñado de mesas, bastante alejadas las unas de las otras.

La música que nos llega a través del hilo musical es suave, y hasta las luces parecen más tenues que en el resto del local.

Alex retira mi silla como todo un caballero y le hace un gesto al camarero para que se marche.

Echo un vistazo a mi alrededor solo para cerciorarme de que no desentono demasiado.

Por un momento, he pensado que habría metido la pata con mi aspecto o mi forma de comportarme y que todas las miradas permanecerían clavadas en nosotros.

—¿Por qué estás nerviosa? —pregunta Alex mirándome como si yo fuera un rompecabezas que no consigue descifrar.

Trago saliva antes de responder.

—Nunca he ido a un sitio así y me da cosa no estar a la altura.

Alex bufa y se inclina sobre la mesa, como si fuese a desvelarme un secreto.

—Alba, es justo al revés: son ellos los que no están a tu altura. ¿Prefieres que nos vayamos?

—¿Qué? No, ni hablar. Quiero vivir la experiencia completa. Solo espero que no me sirvan nada extraño que no sepa cómo comer —respondo con una sonrisa.

Está a punto de decir algo más cuando se fija en nuestra mesa, hace una mueca de disgusto y recoloca su cuchillo para que quede perfectamente alineado con el tenedor que hay a su lado.

Intento disimular, pero me hace gracia este tipo de gesto tan común en él y se me escapa una risilla.

Es un maniático del orden. Su vestidor está organizado por prendas, tamaños y colores, y su habitación en la mansión es como la de un hotel por la que acaba de pasar el equipo de limpieza: pulcra y ordenada con precisión.

El camarero toma nota de nuestra comanda y no tarda en servirnos el vino y los entrantes. Cuando se marcha, mi teléfono suena. Abro el bolso, veo que es Mark enviándome mensajes y lo silencio antes de volver a guardarlo en su lugar.

—Perdona, debería haberlo silenciado antes.

—Si necesitas responder, no te preocupes por mí —asegura, y sigue comiendo tranquilo.

—No, es solo Mark preguntándome qué tal me ha ido el día. Le contestaré más tarde.

Cojo el tenedor, pero me quedo a medio camino del plato cuando escucho a Alex gruñir. Lo miro atónita, pensando que tengo que haberme confundido, pero la rabia que veo en sus ojos no da lugar a dudas. Se ha cabreado, y mucho.

—Dile que estás conmigo y que deje de molestar de una jodida vez.

—Es coña, ¿no? —pregunto aún sin creer que esté reaccionando de forma tan absurda.

—Obviamente, no. ¿Siempre te escribe a estas horas?

—Mira, Alex, llevo sola desde los trece años, así que no estoy acostumbrada a que nadie controle lo que hago o a quién dedico mi tiempo.

La única persona a la que permito darme órdenes es a Sombra, y solo porque es mi jefa; el resto pueden meterse sus demandas por donde amargan los pepinos.

—Lo observo sujetar la servilleta con fuerza y me doy cuenta de que se está conteniendo para no estallar.

Suspiro y cierro un momento los ojos para calmarme antes de seguir hablando—: Estás celoso de Mark, ¿es eso?

—No me gusta ese tío.

—¿Por qué? Es mi compañero desde hace más de un año.

Me ayudó a integrarme en el equipo cuando ni Román confiaba en que fuese capaz de alcanzar el nivel del resto, tiene paciencia conmigo en los entrenamientos físicos y, desde que lo conozco, siempre me ha apoyado en todo.

¿Qué es, exactamente, lo que no te gusta de él?

—No puedes estar tan ciega como para no haberte dado cuenta —pregunta mientras se lleva una mano al pelo y lo desordena. Acaba de perder su apariencia de hombre perfecto y meticuloso.

—Pues vas a tener que explicármelo, porque no, no veo nada de malo en que un amigo se interese por mí.

—¡Quiere meterse entre tus piernas! ¡Está loco por ti, joder! Solo hay que ver cómo te mira.

—¿Y cómo me mira, si puede saberse? —pregunto elevando el tono de voz, exasperada por lo incoherente que está siendo.

—¡Como yo! ¡Como un puto hombre enamorado! —grita, y el restaurante al completo parece quedarse en silencio durante unos segundos.

Lo observo asombrada. Dejo a un lado sus celos y también el hecho de que le caiga mal Mark, pues lo que realmente me importa es lo que ha confesado hace un instante de forma espontánea. El silencio se vuelve denso mientras nos miramos a los ojos.

—¿Acabas de decir que estás enamorado de mí? —pregunto, casi en un susurro, y Alex tarda unos segundos en responder.

—¿Eso es malo? Porque me estás mirando como un gato a punto de ser atropellado.

—No, es solo… —Trago el montón de arena que siento en la garganta y que se niega a pasar—. Es la primera vez que alguien me dice algo así.

La tensión de sus hombros desaparece y su expresión se vuelve menos dura.

—También es la primera vez que yo se lo digo a otra persona.

De hecho, es la primera vez que siento esto.

—Cierra el puño y se lo lleva al pecho. Después, sus dedos rozan los míos sobre el mantel y yo salvo la distancia que los separa hasta entrelazarlos.

El calor de su piel calma mis manos heladas, pero no mi necesidad de tenerlo cerca—.

Te quiero, Alba. Quiero protegerte de cualquier peligro, aunque sepa que no necesitas ayuda para defenderte; quiero hacerte reír; apoyarte y luchar a tu lado, pero, sobre todo, quiero que jamás vuelvas a sentir que estás sola.

«Dios, no puedo creer que esté confesando que me quiere. Alex, mi Alex».

—Si te soy sincera, no me he sentido sola desde el día que subimos juntos al yate. Alex, yo…

—No —me interrumpe—. No quiero que me respondas ahora.

Amarte de la forma en la que lo hago es fantástico, pero también jodidamente aterrador.

Olvidé lo que era el miedo el día que me convertí en Abismo y ahora estoy intentando convivir de nuevo con él.

Sientas lo que sientas por mí, no me lo digas hoy.

Entiendo lo que quiere decir y me muero de ganas de levantarme y confesarle que siento lo mismo que él, pero respeto su decisión.

—Si no puedo hablarte de mis sentimientos, ¿podemos al menos irnos ya para que pueda demostrártelos?

Mi sonrisa se convierte en una pícara que él pilla al vuelo. Hace un gesto con la mano y el camarero se apresura a llegar a nuestra mesa, como si hubiese permanecido todo el tiempo observándonos desde la distancia por si necesitábamos algo.

—Nos marchamos. Dile a tu compañera que prepare nuestras chaquetas.

—¿Y la cuenta? —pregunto cuando el chico se marcha y Alex se pone en pie.

—El restaurante pertenece a la familia. No pienso pagarle la cena a mi hermano después de todo lo que he estado haciendo por él —afirma tendiéndome la mano.

Parker nos espera en la puerta del restaurante para llevarnos a casa. Nos subimos al coche y aprovecho que ha nombrado a Antón para preguntarle por él. Esta mañana estaba un poco raro después de haberlo visitado en el hospital y siento curiosidad por saber lo que ha pasado entre ellos.

—¿Se va a recuperar del todo?

—Los médicos creen que sí. Tendrá que pasar unos días más ingresado y, después, tomarse las cosas con calma durante un tiempo, cosa que no sé si conseguirá, porque siempre ha sido un culo de mal asiento.

Además de quedarte con el hermano más guapo, has elegido al más centrado —afirma mostrando esa faceta canalla suya que me vuelve loca.

—No estoy yo muy segura de eso. —Su mano, que estaba sobre mi rodilla, se cuela por debajo del vestido y comienza un camino ascendente por mi pierna—.

Alex, ¿qué estás haciendo? —susurro cogiéndolo de la muñeca para frenar su avance mientras lanzo una mirada mal disimulada a Parker, que sigue conduciendo en silencio.

Se acerca un poco más, enmarca mi rostro con la otra mano y me habla bajito y al oído.

—Nadie puede vernos desde fuera por los cristales tintados y Parker está a lo suyo. Si consigues mantenerte callada como una buena chica, puedo hacer que disfrutes mucho más del viaje de vuelta a casa.

Continúa avanzando por mi muslo hasta que roza mi sexo con los dedos por encima de la ropa interior. Lo beso y ahogo en su boca el gemido que no puedo contener.

—Eso es jugar sucio —musito.

De pronto, escucho el chirrido de las ruedas del coche mientras nuestros cuerpos, todavía unidos en un abrazo, son impulsados hacia delante. Lo único que evita que salgamos disparados es el cinturón de seguridad que llevamos puesto.

Ni siquiera me da tiempo a pensar en lo que ha pasado cuando algo enorme impacta contra nuestro vehículo por el lateral, provocando que pierda la noción del tiempo y del espacio.

El ruido de la colisión se mezcla con el del alarido que nace en mi pecho. Todo a mi alrededor se mueve de forma descontrolada y no consigo agarrarme a nada.

Siento que las cosas pasan demasiado rápido hasta que, de repente, el mundo se para y solo soy consciente del pitido agudo que parece querer perforar mi cabeza, imposible de ignorar.

No experimento dolor; aun así, soy incapaz de resistir el peso de mis párpados ni el cansancio que, poco a poco, se va adueñando de mi cuerpo.