Abismo (Atenea 2) 31. Alex #2
65%

31. Alex #2

La jefa de enfermeras nos detiene un momento para indicarnos que los médicos ya han terminado de hacer las pruebas que me han comentado por teléfono y que mi hermano se encuentra descansando.

Pasamos entre los dos guardias apostados en la entrada de su habitación, los cuales me saludan con un gesto de cabeza, y cierro la puerta detrás de nosotros.

La habitación está vacía, salvo por mi hermano, que yace recostado en la cama con los ojos cerrados. A simple vista, parece que nada ha cambiado desde ayer: sigue inmóvil y conectado a varios aparatos. Por un momento, creo que todo es una jodida broma.

Noto un apretón en la mano y vuelvo a respirar cuando miro a Alba, ahora convertida en mi ancla a este mundo.

—Vaya, pero… —La voz de mi hermano suena ronca y se detiene para toser antes de continuar, aun así, me parece un milagro volver a escucharla—. Pero si es mi hermano desaparecido. He tenido que casi morirme para volver a verte en España.

—Y ahora es cuando yo te remato por haberme hecho venir para nada.

Nos miramos a los ojos con toda la frialdad que somos capaces de sacar a la luz, retándonos. Es un juego al que llevamos jugando muchos años y, como siempre, gano yo cuando él no puede evitar soltar una carcajada que le hace doblarse por el dolor.

—Mierda, tú ganas, capullo.

Me acerco a la cama y lo abrazo con mucho cuidado de no aplastarlo ni tocar ningún cable ni tubo de los que tiene conectados al cuerpo. Puede que no hablemos demasiado a menudo, pero quiero a este cabrón.

—Ya no sabías qué hacer para que viniera a verte, ¿no? —pregunto cuando nos separamos.

—Ya sabes que me gusta ser el centro de atención, no puedo evitarlo. Pero bueno, ¿vas a decirme quién es la preciosidad que escondes a tu espalda? Espera… —Hace una pausa mientras la observa detenidamente y me cabreo cuando se fija demasiado en ella—. ¿Nos conocemos de algo?

Me giro y estiro la mano hacia Alba, pero no muestra intención alguna de cogérmela. Le lanzo una mirada acusadora y ella me responde con una mueca silenciosa que no tengo ni puta idea de lo que significa. Al final, pierdo la paciencia, la sujeto de la cintura y tiro de su cuerpo para pegarla a mí.

—Antón, te presento a Alba, la mujer que me ha frito el cerebro.

—¿Más de lo que ya lo tenías? —Se ríe y Alba relaja el gesto.

—No le hagas caso, lo de tu hermano es de nacimiento —responde ella ganándose un pellizco en el culo de mi parte—. ¡Au!

—Me gustas, Alba, y me recuerdas a alguien. ¿Seguro que no nos hemos conocido antes? No suelo fallar con estas cosas.

—Bueno, si te recuerdo a una niña bastante movida, que siempre iba descalza, con el pelo rubio enredado y a la que en tu casa llamaban Joana… Sí, soy la misma.

—¡Joder! ¿Y cómo coño os habéis encontrado?

—Ya te contaremos la historia en otro momento, hermano. Ahora dime, ¿cómo te sientes?

Su expresión cambia a una más seria y mucho más fría.

Intuyo que está recordando cómo llegó hasta esta cama de hospital y sé que tiene muchas preguntas que hacerme.

Voy a pedirle a Alba si no le importa dejarnos solos unos minutos, cuando ella misma se me adelanta y me informa de que irá a la cafetería a desayunar.

Una vez que nos quedamos a solas, me siento en la butaca que hay junto a la cama de Antón.

—¿Qué recuerdas de la noche del ataque? —pregunto para saber por dónde empezar a contarle, pero también por si tiene alguna pista que pueda ayudarnos a encontrar a Yue.

—Rafa y yo nos habíamos reunido con uno de nuestros mejores clientes en Francia.

Supongo que estás al tanto de que las cosas en el país vecino se están poniendo difíciles desde hace un par de años.

—Vuelve a toser y le acerco el vaso de agua que hay en la mesa junto a su cama.

Me gustaría pedirle que descanse y decirle que hablaremos después, pero necesito saber si tiene alguna información que pueda servirnos.

Después de beber, continúa—: Guillaume prefiere evitar los puertos franceses, así que nos compra a nosotros y movemos la droga por tierra hasta Toulouse.

—Un buen negocio para ti.

—Sin duda. La reunión fue bien, negociamos sobre las condiciones para los próximos cargamentos y, después, Rafa y yo decidimos quedarnos un rato a disfrutar de la noche.

Esos tíos aparecieron de la nada. Estaban dentro de la discoteca y dejaron claro que yo era su objetivo.

Nos defendimos como pudimos, pero cuando nos percatamos de la gravedad de la situación, ya se habían cargado a la mayor parte de nuestro personal de seguridad.

No sé cómo coño ninguno de mis hombres se dio cuenta antes.

Una de las máquinas que tiene conectada al cuerpo empieza a pitar de forma insistente y me levanto preocupado.

—Tienes que calmarte, Antón.

—¿Cómo coño quieres que me calme? ¡Las balas que mataron a Rafa iban dirigidas a mí! ¡Era mi mejor hombre, mi puto mejor amigo! —grita—. Dime que tienes a esos cabrones y dime que has dejado al jefe con vida para mí.

—Ojalá pudiera. Lo siento, hermano.

Veo la ira en sus ojos, en la forma en la que aprieta la mandíbula y tensa los músculos de los hombros y lo comprendo. Yo más que nadie entiendo la necesidad de buscar venganza, aunque también sé que la sensación de vacío nunca se llena del todo al lograrla.

—Eran unos diez, la mayoría de origen asiático. Diría que chinos, pero no puedo asegurarlo.

—Lo eran —confirmo. Al menos, ese dato sí que puedo dárselo.

—¿Sabes quién lo hizo?

Le cuento lo que sé sin entrar en detalles, también la parte en la que utilicé a algunos de sus hombres para que apoyaran en el ataque de los clubs de Yue. Esto le gusta, pero soy consciente de que no es suficiente para él.

Paso casi una hora poniéndole al día de los asuntos de la familia y le confieso, sin ningún remordimiento, que me cargué al tal Rubén en la primera reunión.

—Ese tío me ponía de los nervios. Lo siento, hermano.

—La verdad es que nunca me cayó bien, lo mantuve solo porque no hacía mal su trabajo. —Su gesto se relaja y hasta veo un atisbo de sonrisa en su rostro—. Me habría gustado ver la cara de mis hombres cuando se enteraron de que el mismísimo Abismo había vuelto para liderar la familia en mi ausencia.

—Bah, algunos no se lo tomaron muy bien, pero no me costó convencerlos —respondo con chulería.

—Apuesto a que no. Oye, ¿y vas a contarme desde cuándo te acuestas con la bella Joana? Tengo que reconocer que ha cambiado mucho, y para bien.

La manera en la que sonríe de medio lado al nombrarla me cabrea y tampoco soporto lo que estoy viendo en su mirada.

—Cuidado con la forma en la que hablas de ella —lo amenazo poniéndome de pie—. No es alguien con quien solo me acuesto. Alba es mi mujer y, si veo que la miras de forma equivocada, me dará igual que seas mi puto hermano o que estés postrado en la cama de un hospital, te mataré. ¿Ha quedado claro?

—Cristalino. —Levanta las manos pidiéndome calma, aunque no ha perdido del todo su sonrisa, más bien parece entre asombrado y divertido—.

Alba es tuya y está totalmente prohibida.

Me alegra saber que tienes a alguien a tu lado y, por cierto, gracias.

—Su semblante se torna serio cuando me mira a los ojos—.

Sé que no debe de haber sido fácil para ti regresar a Vigo y entrar en la casa que juraste no volver a pisar nunca.

El aire entra de nuevo en mis pulmones con normalidad. Alba está bien, a salvo, a mi lado; y mi hermano ha empezado a recuperarse, lo cual significa que pronto podremos volver a Londres, de donde me habría gustado no salir nunca.

Justo en este instante me suena el móvil y veo que tengo un mensaje de Antonella que no me molesto en leer. La ilusión que he sentido durante una fracción de segundo desaparece igual de rápido que explotaría una pompa de jabón.

La princesa italiana lleva desde ayer recluida en su habitación y no por voluntad propia.

Me sentí como un cabrón después de mentirle diciendo que recibiría la visita de unos hombres peligrosos en la mansión y que, por ese motivo, debía permanecer encerrada en su cuarto hasta nuevo aviso.

En otro momento de mi vida, lo habría hecho sin pestañear, pero lo cierto es que dudé cuando me juró que no saldría y me suplicó que no echara la llave.

Aun así, lo hice; no puedo arriesgarme a que Alba sepa de su existencia antes de que haya encontrado una solución al problema o, al menos, hasta que haya pensado en una forma suave de explicárselo.

Cierro los ojos y me masajeo las sienes. Tras recuperar la calma, me despido de mi hermano y regreso con la mujer que me tiene frito el cerebro.