31. Alex
ALEX
Lo primero que percibo al despertar es el olor a manzanas que inunda toda la habitación, lo siguiente es el calor de su cuerpo junto al mío.
Me muevo para tenerla todavía más cerca, pegando su espalda a mi pecho e inhalando en su pelo.
Alba murmura algo en sueños y mueve el culo, acomodándose a la nueva postura y haciendo que la erección con la que me he despertado crezca más si es posible.
—Joder —gruño cogiéndola de las caderas y apretándome contra ella.
Deslizo la mano por debajo de su camiseta, trazando círculos en su abdomen y acercándome poco a poco al límite de sus braguitas.
Ella vuelve a murmurar algo que no entiendo y aprovecho sus movimientos para colar los dedos por debajo de la tela.
Noto su piel ardiendo y adoro cómo su cuerpo responde a mi toque incluso estando dormida.
Cuando la punta de mis dedos roza su sexo, la encuentro húmeda y lista para mí.
La escucho jadear mientras la toco con suavidad, mientras la acaricio como si estuviese hecha del material más delicado del mundo.
Entreabre los labios y el movimiento de sus caderas se vuelve más intenso, más necesitado.
La ayudo a separar las piernas metiendo la mía entre las suyas y hundo dos dedos en su interior despacio, muy despacio.
—Alex… —Su voz, ronca y necesitada, me prende como si fuese fósforo y yo cerilla.
—Buenos días, pequeña —susurro sobre su oído y después muerdo el lóbulo de su oreja, provocándole un pequeño gemido—. Dime lo que necesitas y cómo lo quieres y pondré el puto mundo a tus pies.
—Necesito… —Su voz se entrecorta mientras vuelvo a llenarla con mis dedos. Arquea la espalda—. Necesito correrme. Haz que me corra, Alex.
—Nunca me gustó tanto cumplir una orden.
Bombeo mis dedos en su interior y, cuando sé que está cerca, le acaricio el clítoris con el pulgar y beso su cuello. Notar cómo se deshace entre mis dedos me hace sentir como el puto dios del universo.
Apenas dejo que se recupere. Estoy duro como nunca y necesito entrar dentro de ella con urgencia.
La beso con codicia mientras me coloco encima y un pensamiento de posesividad me viene a la mente.
—Eres mía, Alba. Nunca nadie volverá a besarte salvo yo.
—Le muerdo los labios y los saboreo con hambre desmedida—.
Nadie escuchará los gemidos que salen de tu boca cuando estás borracha de placer.
—Acaricio su sexo con la punta del mío y ella abre las piernas ofreciéndose a mí—.
Y nunca, jodidamente nunca, nadie volverá a enterrarse en tu cuerpo salvo yo.
Meto la punta y me muevo en círculos. Ella jadea.
—Dime que lo has entendido, Alba, porque después de hoy no pienso dejarte marchar nunca.
—Soy tuya —confirma mirándome a los ojos y haciéndome el hombre más feliz—, pero tú también serás mío y solo mío. ¿Ha quedado claro? No más empleadas cachondas a tu alrededor.
Suelto una carcajada y ella me mira seria, así que le contesto en el mismo tono.
—Pequeña, soy tuyo desde el día en que probé tus labios en el yate.
—¿Ese en el que me tiraste por la borda? —pregunta alzando una ceja y aprovecho para enterrarme en ella y hacerla jadear.
—Después de que me dieras un cabezazo haciéndome sangrar, no lo olvides.
—Bueno, podemos decir que estamos en paz. Y ahora, ¿vas a follarme de una vez?
—Joder, Alba. Dime que lo quieres duro.
—Todo lo duro que puedas dármelo.
Cierro los ojos e intento pensar en otra cosa para no correrme en los próximos segundos. Escucho su risita, la muy cabrona sabe perfectamente lo que me han hecho sus palabras y se está riendo de mí.
Me aparto y me sitúo de pie, a un lado de la cama.
—Ponte a cuatro patas. El culo en pompa y la mirada al frente. No tienes permitido girarte ni gritar.
Estoy esperando a que se queje y me diga que no recibe órdenes de nadie, pero, en su lugar, se muerde el labio, me mira con lascivia y se coloca justo como le he dicho que debía hacerlo. La vista que tengo frente a mí es pura dinamita.
Me acerco, le acaricio las nalgas y después paso mis manos por su columna vertebral, desde la nuca hasta el culo. La sujeto de las caderas y comienzo a acariciar su sexo con el mío, impregnándome de toda su humedad.
—Alex…, fóllame de una maldita vez —pide con la voz entrecortada.
Me hundo en ella con un solo movimiento rápido y profundo y escucho el grito que sale de su boca, acompañado de un gruñido posterior. Espero unos segundos, dándole tiempo a que se adapte a mi tamaño y comienzo a moverme en círculos.
—¿Todo bien?
—No vas a romperme. Muévete, joder. —Salgo de su interior y le doy una mordida en un cachete del culo como castigo. Grita y se gira para mirarme con gesto sorprendido—. ¿De verdad acabas de morderme?
—Es tu castigo por malhablada. Ahora, vista al frente. No lo repetiré.
Me regala un bufido y contengo la carcajada que estoy a punto de soltar al ver su cara de incredulidad. Al menos, hace lo que le pido: mira al frente y arquea la espalda para darme una buena vista de su culo y de su sexo. Está haciendo trampas y me encanta.
La follo rápido, duro, clavando los dedos en sus caderas y enterrándome hasta lo más profundo de su cuerpo. Quiero marcarla como mía y quiero que recuerde este momento cada puto segundo del día.
Me dejo ir en el instante en que sus paredes se estrechan, abrazándome la polla con fuerza y haciéndome gruñir de placer. Le rodeo la cintura con un brazo para sujetarla mientras apoyo la frente en su espalda.
—Eso ha sido… —musita sin terminar la frase.
—La colisión del cielo y el infierno —continúo por ella.
Respira profundo un par de veces más. Lo sé porque noto el movimiento de su cuerpo en mi pecho.
—Creo que no podría haberlo descrito mejor.
Me aparto despacio y la ayudo a incorporarse antes de atraerla hacia mí y envolverla entre mis brazos.
—Eres increíble —afirmo mirándola a los ojos.
—Tú tampoco estás mal, ¿sabes? —responde juguetona.
—Ah, ¿no?
Le muerdo la sonrisa y me la llevo en brazos a la ducha mientras se queja y ríe a la vez.
Enjabono su cuerpo y después ella hace lo propio con el mío.
A pesar de que nunca he vivido esta intimidad con nadie antes, supongo que es así como debe de ser, como si las piezas del mundo comenzasen a encajar por primera vez.
Nunca he sentido la necesidad de cuidar a una mujer después de acostarme con ella y, sin embargo, con Alba solo puedo pensar en formas de hacerla feliz.
El espejo del lavabo está empañado y la atmósfera que se ha creado en el baño nos envuelve como si estuviésemos dentro de un sueño.
—Lo que he dicho antes iba en serio —afirmo cuando ambos nos ponemos los albornoces. Ella todavía está ajustándose el cinturón.
—¿Qué exactamente?
—No voy a compartirte con nadie —afirmo con la voz demasiado cortante, es importante para mí que entienda el alcance de mis palabras.
—Me alegra que saques el tema porque yo también hablaba en serio cuando he dicho que no quiero más mujeres cachondas a tu alrededor.
Suelto el aire que estaba conteniendo, estiro de las solapas de su albornoz para acercarla a mí y le doy un beso en los labios.
—Contrataré a un guardaespaldas para que controle a mi horda de fans.
—Capullo engreído.
—Lo soy. Y ahora, cuéntame bien cómo han ido estos días. Siento no haber estado muy disponible al teléfono.
Hace una mueca que trato de ignorar. Sé que fui yo quien le pidió que me llamara siempre que pudiera mientras permaneciera fuera y también quien luego no estaba disponible para atender la mayoría de esas llamadas, pero no es algo que pueda explicarle.
Todavía no. Ella no puede enterarse de la existencia de Antonella, no arriesgaré lo que acabamos de empezar por nada del mundo.
Pasamos más de una hora hablando sobre los clubs que atacaron y las chicas a las que consiguieron rescatar.
Mi mujer es una jodida heroína y no puedo sentirme más orgulloso de ella.
Lo único que me molesta es no haber podido estar a su lado para destrozar a esos hijos de puta mientras ella y su equipo salvaban a las víctimas.
Desayunamos en mi habitación y estoy pensando en pasar todo el día aquí, encerrado con ella, cuando mi teléfono suena y me enderezo al ver que la llamada es del hospital.
—¡Antón por fin ha despertado! —exclamo con una sonrisa de oreja a oreja cuando cuelgo al jefe de planta.
—¡Eso es fantástico! —Se abalanza sobre mí y me abraza con fuerza—. Vamos, no pierdas más tiempo. Tienes que vestirte e ir a verlo.
—¿Tengo? Tú te vienes conmigo.
Por su expresión, creo que va a negarse, pero entonces vuelve a sonreír.
—Si me quieres allí, no hay más que decir. ¡Vamos!
Tardamos apenas diez minutos en vestirnos y salir por la puerta. Esta vez es Parker quien conduce. No he avisado a ninguno de los hombres de Antón de la noticia; primero, quiero hablar con él.
El trayecto en coche hasta el hospital se me hace corto y no sé si es por las ganas que tengo de ver a mi hermano, por la sensación de libertad que empiezo a sentir o por las caricias que la mujer que tengo al lado traza sobre la piel de mi antebrazo, que consiguen que no me concentre en nada que no sea ella.
Cuando llegamos, intenta escabullirse a la sala de espera, igual que hizo el primer día que vinimos, pero esta vez no se lo permito.
La cojo de la mano y tiro de ella para mantenerla a mi lado.
Resulta gracioso ver cómo mira hacia todas partes, preocupada por que alguien pueda darse cuenta de nuestras manos unidas y llevarse una imagen muy acertada de lo que pasa entre nosotros.
También me hace gracia notar que estira el brazo para soltarse, sin éxito alguno.
—¿Vas a parar de una vez? —pregunto divertido cuando entramos en el ascensor—. Lo único que vas a lograr es atraer la atención de todo el mundo hacia nosotros. ¿Es lo que quieres? —Su expresión de horror responde por ella—. Lo imaginaba.