Abismo (Atenea 2) 30. Alba
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30. Alba

alba

Los últimos días han sido agotadores. Después de haber salvado a aquellas chicas en Estambul, se nos quedó un regusto amargo en la garganta.

¿Nos alegrábamos de haberlas sacado de aquel infierno?

Sin duda. El maldito problema era saber que había más clubs donde reclutaban o explotaban a otras chicas como ellas, mujeres que no habían pedido esa vida.

Cada vez que cerraba los ojos las veía en aquella habitación, sentadas en el suelo, desnudas y acurrucadas las unas contra las otras.

Algunas gritaban, la mayoría estallaron en llanto, pero dos de ellas simplemente permanecieron quietas, con la mirada perdida en el infinito, como si hubiesen abandonado cualquier esperanza.

Percibir ese vacío en sus ojos rompió algo dentro de mí.

Nos costó poco encontrar otros lugares que la organización de Yue utilizaba para reclutar chicas.

Habría sido fácil atacar varios al mismo tiempo con la ayuda de Atenea, pero Sombra dejó claro que no podíamos contar con el apoyo de Román después de haberle ocultado nuestra pequeña misión de rescate.

—Nos tenemos los unos a los otros —afirmó mirándonos uno a uno—. Somos el puto equipo de élite de Atenea. Si alguien puede conseguirlo sin refuerzo, somos nosotros. No olvidéis que vuestro cuerpo es un arma bien entrenada y vuestra mente está por encima de la de la mayoría de nuestros enemigos.

Los cinco estuvimos de acuerdo en viajar a Bulgaria y realizar la misma operación en las dos discotecas en las que la organización de los Feng operaba en Sofía.

La primera noche, conseguimos salvar a cinco chicas más, pero, cuando llegamos al segundo club un par de días después, las cosas no salieron como habíamos planeado. Nos estaban esperando.

Sebas entró haciéndose pasar por un cliente, de la misma forma en que lo hizo dos noches atrás en la primera discoteca.

Fue a una de las barras laterales, pidió una copa y se colocó en un lugar apartado desde el que poder observar lo que sucedía a su alrededor.

Llevaba solo unos minutos dentro cuando nos informó de que había notado demasiado movimiento en lo que parecía ser la entrada a un despacho.

Había contado seis personas armadas entrando y saliendo con prisa y, antes de que pudiésemos tomar una decisión sobre cómo actuar, las luces de la discoteca se apagaron a la vez que lo hizo la música.

La gente empezó a ponerse nerviosa; algunos gritaban, otros comenzaron a correr hacia las salidas y, en pocos segundos, el local se convirtió en un caos.

Mi compañero trató de acercarse al despacho, pero la marea de gente lo empujó hacia la salida sin que pudiese hacer nada por evitarlo.

Cuando la calle se llenó de hombres asiáticos armados, supimos que no tendríamos ninguna posibilidad de llevar a cabo nuestra misión esa noche, tampoco las siguientes.

Sacamos de allí a Sebas y condujimos en completo silencio hasta el pequeño apartamento en el que nos alojábamos.

Habíamos fallado. Sabíamos que existía la posibilidad de que nos estuviesen esperando después del ataque anterior, pero nada nos había preparado para gestionar la decepción que nos embargaba.

Como bien había dicho Sombra antes de viajar a Bulgaria, somos los mejores en nuestro trabajo.

Debido a ello, no estamos acostumbrados al fracaso.

La noche había sido dura, tanto que no tuve fuerzas para llamar a Alex y terminé avisándole por un mensaje de que llegaríamos al día siguiente.

Me he pasado la mitad del viaje en avión dándole vueltas a las cosas que podríamos haber hecho de forma diferente para salvar al resto de las chicas que siguen atrapadas en aquella vida de mierda en Sofía y la otra mitad pensando en Alex.

Apenas hemos hablado un par de veces por teléfono desde que me marché; las demás conversaciones que hemos mantenido han sido a través de mensajes.

Sé que está agobiado por todo lo que tiene encima, pero algo me dice que hay más que no me está contando.

En cuanto aterrizamos, y antes de que se hayan abierto las puertas del avión, Vega recibe una llamada de Román. Se ha enterado de nuestra aventura extraoficial y no parece muy contento que digamos.

—Tenemos que volver a casa —afirma con la mandíbula apretada. Se nota que ella tampoco está de acuerdo con la orden del jefe.

—¿Tan pronto? —pregunto.

Siento el corazón latiendo con fuerza en mi pecho.

Necesito ver a Alex, asegurarme de que se encuentra bien, de que todo está en orden entre nosotros y perderme entre sus brazos durante diez horas al menos.

No podemos marcharnos ahora, no cuando estoy a punto de reencontrarme con él después de tantos días.

Vega debe de ver el pánico reflejado en mi cara porque se apresura a responderme.

—Tú te quedas. No podemos olvidar que estás en el punto de mira de Yue.

—Pero no ha reaccionado a ninguno de nuestros ataques —interviene Mark poniéndose a mi lado— ni ha vuelto a intentar llegar hasta ella. Además, no creo que Alba esté más segura aquí de lo que lo estaría con nosotros.

Vega lo mira alzando una ceja.

—No me había dado cuenta de que ahora eres tú quien toma las decisiones.

Mark entiende su error y retrocede un paso con las manos levantadas

—Perdona, no pretendía llevarte la contraria, es solo que creo que su lugar está en casa, con su gente.

—Si las aguas siguen tranquilas, pronto podrás volver —afirma nuestra líder dirigiéndose a mí—. Espero que los ataques que hemos llevado a cabo sirvan para que esa psicópata empiece a ponerse nerviosa y salga de su escondite. Mientras tanto, es mejor que te quedes en España.

Asiento y algo en la forma en que me mira me dice que no se trata solo de mi seguridad, sino que me está ofreciendo la oportunidad de descubrir si lo mío con Alex puede ser algo más de lo que parece a simple vista.

Mark me da un abrazo más largo que el resto de los compañeros y me repite una y otra vez que me cuide y que estará al otro lado del teléfono siempre que lo necesite.

Dejo a mi equipo, a mis amigos, a mi familia, a bordo del avión y bajo sola las escaleras. Camino por la pista hasta la terminal, con la mochila colgada de los hombros y los nervios haciendo estragos en mi estómago.

Cuando veo a Alex, el corazón empieza a latirme con fuerza y las ganas de salir corriendo hacia él se mezclan con el miedo.

Me quedo parada en medio de la terminal mientras la gente me adelanta por ambos lados y algún que otro pasajero malhumorado se queja y me golpea con el hombro al pasar. No me importa.

Sus ojos, del color de la miel densa, están clavados en los míos, observándome, esperando mi siguiente movimiento.

Lleva puestos unos vaqueros oscuros, unas botas de cordones y una camiseta negra de manga corta que deja ver los tatuajes en sus brazos y en el cuello.

Las plantas de los pies me pican de anticipación, pero mis piernas se niegan a moverse hasta que sus brazos se abren y su gesto se transforma en una enorme sonrisa.

Salgo disparada, apenas soy consciente de recorrer la distancia que nos separa, y salto a sus brazos con tanta fuerza que se tambalea hacia atrás y pierde el equilibrio, cayendo de culo al suelo.

No me disculpo, pues mis labios están ocupados besando los suyos mientras permanezco sentada a horcajadas en su regazo. Su boca me devora, mostrándome las ganas que tenía de hacerlo, mientras sus brazos rodean mi cuerpo y mis manos presionan su nuca en un intento de tenerlo todavía más cerca.

—Joder, ratón, no sabes lo que te he echado de menos —susurra mirándome a los ojos cuando nos separamos para tomar aire.

—¿Así que vuelvo a ser ratón? —lo observo divertida, pero su expresión sigue seria.

—Mi ratón, mi hadita, mi guerrera. Puedes ser cualquier cosa mientras seas mía.

«Mía. Joder, ¿en serio ha dicho eso?».

Vuelvo a besarlo, no sé durante cuánto tiempo. Sus labios son más increíbles de lo que recordaba y no entiendo cómo he podido vivir sin ellos tanto tiempo.

Me separo de él cuando empiezo a ser consciente de las miradas que nos lanzan algunos viajeros al pasar por nuestro lado. Alex me ayuda a levantarme, me coge de la mano y tira de mí hasta la salida. Mientras andamos hacia el aparcamiento, no puedo evitar sonreír como una tonta.

—¿Has venido solo? —pregunto extrañada cuando paga el tíquet de estacionamiento.

—No, pero le he pedido a Hughes que esperase en el coche. No me apetecía que ese idiota me robase tu atención.

—¿Todavía estás celoso?

—No son celos, es que odio compartir, me pasa desde pequeño —responde con chulería.

—Eres tonto.

—Sí, un tonto con suerte —afirma tirando de mí hasta que nuestros labios chocan y su lengua se hunde en mi boca de nuevo—. Con mucha suerte.

Hughes no baja del coche cuando nos acercamos y no sé si es por prudencia o porque está siguiendo las órdenes de su jefe, pero me da igual.

Rodeo el vehículo, abro la puerta del conductor y me inclino para darle un abrazo de oso.

Tarda un poco en reaccionar, pero después de unos segundos, me devuelve el gesto.

—Te he echado de menos, capullo.

—¿Capullo? —pregunta arrugando la frente.

—Sí, te mereces el apodo por no salir a saludar a tu única amiga.

Se ríe y no se me escapa la mirada amenazante que Alex le lanza.

—Y tú —digo mirando al hombre que sigo queriéndome comer a besos—, como me entere de que intentas separarlo de mí, tendremos una conversación.

—Joder, sí que has venido guerrera. ¿Alguna otra petición antes de subir al coche? —responde alzando ambas manos en señal de rendición.

—¿Me la cumplirás te pida lo que te pida?

Lo miro con sonrisa divertida y, antes de que pueda verlo venir, me coge en volandas y entra en el coche.

—Arranca de una puta vez y llévanos a casa, Hughes.

Se me escapa la risa tonta y me cuesta acallar las carcajadas cuando me doy cuenta de lo serio que está. Hughes tiene la mirada en la carretera, pero por el retrovisor descubro que a él también le está costando mantener el tipo.

Nada más detenerse el coche frente a las escaleras que conducen a la puerta de entrada de la mansión de los Reigadas, el loco de Alex me saca en volandas y me sube a su hombro como si fuese un saco de patatas.

—Oye, tú, bájame. Sé andar sola.

—Podría, pero no me apetece —responde con descaro mientras asciende por las escaleras.

La puerta de entrada se abre antes de que nos acerquemos y Ania se hace a un lado para que pasemos. La pobre está tan sorprendida que no es capaz de cerrar la boca.

—Hola, Ania. ¿Puedes decirle al idiota de tu jefe que me baje?

El ama de llaves balbucea algo que no entiendo mientras Alex pasa de largo conmigo a cuestas y comienza a subir la escalinata que lleva al piso de arriba.

—Asegúrate de que nadie nos moleste hasta mañana.

—Pero…

—Sin excepciones —suelta con ese tono que utiliza cuando no acepta ninguna réplica.

Levanto la cabeza para mirarla y alzo los hombros y las manos en gesto de resignación. Creo que es la primera vez desde que la conozco que su postura no se asemeja a la de una estirada bailarina de ballet, sino más bien a la de un alumno en su primer día de clase en un nuevo colegio.

Pasamos la noche comiéndonos a besos, devorándonos, perdidos en la necesidad que tenemos el uno del otro.

No dejamos tiempo para preguntas ni para conversaciones importantes que puedan romper la burbuja en la que nos hayamos, esa en la que nos hemos metido en el momento en que mis ojos han conectado con los suyos en el aeropuerto.

Hoy solo quiero sentir que él también es mío.