Abismo (Atenea 2) 29. Alex
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29. Alex

ALEX

Martiño acaba de darme la única buena noticia que he recibido en la última semana: las bandas callejeras se han calmado y han retrocedido hasta volver a ser lo que siempre han sido, actores secundarios en un submundo que les queda grande y que nunca podría pertenecerles.

Llevamos días intensificando nuestra presencia en las calles, dejando evidencia de quién está al mando, tanto en Vigo como en el resto de la zona norte del país.

No hay nada como un poco de violencia y unos cuantos rumores para que las ratas vuelvan al escondite del que nunca debieron haber salido.

Por otra parte, estoy manteniendo las distancias con Alba y eso me está matando.

Corto nuestras llamadas antes casi de que hayan empezado porque temo que sea capaz de notar algo distinto en mi voz, algo que me delate.

No tardará en volver y no sé cómo voy a conseguir mantenerla alejada de Antonella.

Me gustaría poder llamar al maldito Matteo di Luna y mandarlo a la mierda, a él y a su insulsa hijita, pero soy consciente de que Liam tiene razón y que con ese acto estaría firmando nuestra sentencia de muerte.

Salgo de mi despacho y voy directamente al comedor, donde Antonella me espera sentada a la mesa, con la espalda erguida y las manos colocadas sobre su regazo como si no fuera más que una muñeca a la espera de que le presten atención.

Su mirada está perdida al frente, pero se gira hacia mí en cuanto escucha mis pasos acercándose.

—Alex. —Al verme, una sonrisa se le dibuja en el rostro y se pone de pie para recibirme—. Pensaba que hoy tampoco tendrías tiempo de comer conmigo. Me alegra que hayas podido hacer un hueco.

No he aparecido en ningún desayuno, comida o cena desde que llegó hace tres días y, aun así, sigue esperándome como un perro fiel lo haría por su amo.

He tratado de esquivarla a toda costa y he conseguido cruzarme con ella solo un par de veces, pero la situación se está volviendo insostenible y huir nunca ha sido mi estilo.

—Puedes sentarte —le digo sin acercarme a ella más de lo necesario antes de ubicarme en mi sitio, a la cabecera de una mesa enorme que rara vez vi completa cuando vivía en esta casa.

Estoy harto de las putas apariencias. Hui de todo esto hace más de doce años.

La enorme mansión con tantas habitaciones que ni siquiera creo haber pisado en su totalidad, los once cuartos de baño, el personal de servicio extremadamente educado y disponible las veinticuatro horas del día para satisfacer cualquier capricho de los señores y, ahora, la perfecta prometida sentada a mi lado. Tengo ganas de vomitar.

—¿Cómo ha ido la mañana? —pregunta después de un par de minutos en los que hemos estado comiendo en silencio.

Dejo mi tenedor sobre la servilleta y levanto la mirada hacia ella.

—No es necesario que lo hagas.

—Perdona —responde sorprendida—. No sé a qué te refieres. ¿He hecho algo mal?

«Todo, joder».

—Esforzarte —digo en su lugar—. No nos conocemos, Antonella.

No puedo caerte bien ni debes preocuparte por cómo ha ido mi día.

Estás en esta casa porque las circunstancias han provocado que tengamos que convivir antes de lo necesario, pero eso no significa nada.

Puedes tomarte tu estancia aquí como unas vacaciones.

Si no recuerdo mal, dijiste que siempre habías querido visitar esta parte del país, ¿no es cierto?

—Oh, pero yo sí quiero conocerte —afirma sonriendo, y tengo que esforzarme para no ordenarle que deje de estar tan feliz en mi presencia—.

Creo que ha sido el destino quien ha decidido unirnos antes de lo esperado y me gustaría aprovechar este regalo para saber más cosas sobre el hombre con el que pasaré el resto de mi vida.

—Aprieto los puños sobre el mantel y trato de mostrar algo de humanidad cuando lo único que quiero es ir a cazar a algunos gilipollas para desquitarme de la frustración que me embarga—.

Se me ocurre una idea, te contaré algo sobre mí y luego tú puedes hablarme de cualquier cosa que te apetezca compartir conmigo, ¿sí?

—No creo que…

—Por favor —me corta con una sonrisa dulce, casi infantil, y se queda en silencio durante varios segundos hasta que al fin claudico.

—De acuerdo —gruño.

Da pequeñas palmadas, emocionada y, cuando se da cuenta de lo que está haciendo, para de golpe y me mira abochornada.

—Madre mía. Perdona, qué pocos modales por mi parte.

—Antonella, no estás en casa de tu padre. Si te apetece aplaudir en la mesa, puedes hacerlo. Nadie va a reprenderte por ello.

Me mira con una mezcla de sorpresa y esperanza y, por primera vez desde que llegó a la mansión, me fijo en ella.

Su pelo rubio, con mechones dorados, le cae sobre la espalda y le enmarca la cara confiriéndole una imagen angelical.

Sus labios son finos y sus ojos, de un azul claro que recuerda al cielo durante las primeras horas de la mañana.

Se mantiene erguida, con los hombros rectos y la sonrisa comedida que pocas veces abandona su rostro.

Es bonita, tanto como cualquier princesa de una película de Disney, casi irreal.

Sus gestos parecen medidos al milímetro, ni demasiado bruscos ni tan suaves como para hacerla parecer insegura.

Por un momento, me pregunto cómo quedaría a mi lado: la frágil princesa junto al temible diablo.

—Bueno, allá voy. Me gusta cocinar. Nuestra ama de llaves, Francesca, me ha estado enseñando algunas de sus recetas y asegura que se me da bastante bien, aunque mamá todavía no ha dejado que prepare nada para ella.

También toco el piano, no soy una virtuosa, pero me defiendo y he amenizado algunas de las fiestas que papá ha dado para sus amistades.

De pequeña, tocaba también el violín, pero hubo un momento en el que tuvimos que decidir y pensamos que el piano iba más con mi personalidad.

—Por lo que escucho, dudo mucho de que la elección la hiciera por sí misma—.

Hablo español e inglés, además de italiano, y hace un año comencé clases de ruso.

Practico tenis y el resto del tiempo lo dedico a mis clases en la universidad y a estudiar.

—Ah, ¿pero te queda tiempo?

Clava sus ojos azules en los míos durante un segundo para después fijar la mirada en su plato, haciendo evidente que mi comentario la ha herido.

Respiro profundamente.

«Por Dios, se nota a leguas que la han moldeado para convertirla en la maldita esposa perfecta».

Si me casara con ella, estoy seguro de que no me causaría ningún problema. Es alegre, educada y tan complaciente que siento ganas de estirar de la cuerda para descubrir dónde están sus límites. ¿Acaso los tiene?

Me doy cuenta de que, aunque Alba no hubiese aparecido en mi vida por segunda vez, nunca podría haberme enamorado de Antonella, aunque probablemente habríamos tenido un matrimonio sencillo.

Apuesto lo que sea a que no intentaría meterse en mis asuntos y sería una esposa tranquila, que no me llevaría la contraria.

Es posible que incluso no le molestase que estuviese con otras mujeres, siempre que no se hiciese público.

«Estar con otras… ¿De verdad podría funcionar?».

El resto de la comida transcurre rápido.

Basta que le haga un par de preguntas a Antonella para que ella se lance a hablar con la emoción impregnada en su voz.

Me alivia que no insista en conocer nada sobre mí, y su parloteo me proporciona el tiempo necesario para darle vueltas a la idea que ha surgido en mi cabeza.

Paso lo que queda de tarde y parte de la noche arreglando asuntos turbios de la familia y lo agradezco, porque es lo único que consigue alejar mis pensamientos de la mujer que se ha adueñado de mi cabeza.

Cuando llego de nuevo a casa, ya es casi medianoche, por lo que me extraña ver la luz de la cocina encendida y escuchar las voces de Ania y Antonella en su interior.

Dudo si seguir hasta mi habitación o acercarme y, aunque estoy cansado, finalmente decido ejercer de buen anfitrión.

Las encuentro en mitad de lo que parece ser una discusión, pero ambas se callan en cuanto se dan cuenta de que he llegado, haciendo imposible que adivine de qué iba el tema.

—Buenas noches. ¿Va todo bien? —pregunto alternando la mirada entre una y otra.

Ania sigue vestida con su uniforme de trabajo, a pesar de que hace casi una hora que terminó su turno.

Antonella, sin embargo, va de punta en blanco.

Se ha cambiado el conjunto que llevaba al mediodía cuando comimos juntos y ahora viste una blusa blanca y una falda recta en tonos rosa pastel.

—Qué bien que estés aquí —exclama mi prometida con efusividad mientras se acerca hasta llegar a mi lado y cogerse de mi brazo—.

Solo le estaba pidiendo a tu sirvienta que incluyera algunos platos de mi gusto en el menú semanal.

Aquí coméis mucho de cuchara y yo estoy acostumbrada a platos más saludables.

Que utilice la palabra «sirvienta» para referirse a Ania me hace recordar a los tiempos en los que mi padre reinaba en esta casa. Sus empleados eran considerados casi como esclavos, pero aquel trato denigrante terminó en el momento en que mi hermano tomó las riendas de la familia.

—Ella tiene nombre —indico enfadado—. Se llama Ania y te la presenté el primer día. ¿De verdad no has podido aprendértelo aún?

Las mejillas se le tiñen de rojo y baja la cabeza como si fuese una niña pequeña a la que acaban de regañar.

«Por Dios, no puede ser tan infantil».

Miro a Ania, que no parece afectada por la actitud afligida de Antonella, y me pregunto si habrá pasado algo entre ellas que no sepa.

—Yo… Lo siento, Ania. Prometo llamarte por tu nombre de ahora en adelante. En casa de mi padre las cosas siempre han sido bastante… diferentes a como son aquí, pero me acostumbraré pronto a los cambios. No pretendía ofenderte.

Ania no responde y le hago un gesto de cabeza para animarla a dar el paso. Puede que Antonella muestre la actitud propia de una niña mimada, pero no es responsable de la forma en la que ha sido educada y su disculpa me ha parecido sincera.

—No hay nada que perdonar. Ya he anotado los platos que me ha indicado. ¿Puedo marcharme ya?

—Claro. De hecho, no sé qué haces aquí tanto tiempo después de haber terminado tu turno —respondo.

—Ay, no —exclama mi prometida, antes de que la aludida pueda pronunciar palabra—, me temo que eso también es culpa mía. No sabía que ya no estaba de servicio y he venido a marearla con mis tonterías. Me siento realmente mal con todo esto. ¿Puedo hacer algo para compensarte, Ania?

—No es necesario —responde seca—. Que tengan una buena noche.

No se me escapa la mirada que el ama de llaves me lanza al marcharse de la cocina y anoto mentalmente hablar con ella pronto para averiguar qué pasa por su cabeza.

Cuando estoy pensando en una excusa para retirarme, Antonella se pone a parlotear sobre lo que ha descubierto esta tarde en su paseo por los alrededores de la mansión.

Escucho las primeras frases, después desconecto la mente y nos guío al piso de arriba hasta que nos paramos frente a la puerta de su habitación.

—Disculpa, pero es tarde y ha sido un día agotador. Seguiremos conversando en otro momento.

—¿Mañana en el desayuno? —pregunta con la ilusión desbordando en su rostro y me siento culpable por rechazarla.

—Me temo que no será posible. Iré al hospital a primera hora. Necesito hablar con los médicos y que me expliquen por qué mi hermano no ha despertado todavía del coma.

—¿Te importa si te acompaño? —Estoy a punto de negarme, pero lo siguiente que dice consigue ablandarme—.

Me siento sola en esta casa tan grande y ya he recorrido cada rincón permitido tanto del interior como de los alrededores.

Creo que empezaré a hablar con las paredes si no salgo pronto de aquí. Prometo no molestarte.

Joder, no quiero que nadie me vea con ella y tampoco me hace ilusión estar aguantando su charla incesante durante horas, pero la tristeza que hay en sus ojos cuando me mira me hace dudar y, antes de pensarlo dos veces, las palabras salen de mi boca.

—Está bien. Espérame en la puerta a las ocho en punto.

Su gesto se transforma en uno de alegría y no puedo evitar sonreír al ver lo sencillo que ha sido hacerla feliz.

—¡No te arrepentirás, lo prometo!

Se pone de puntillas, me da un beso rápido en la mejilla y desaparece tras la puerta de su habitación, dejándome con una sensación extraña en la boca del estómago.