28. Alba #2
Tardamos un par de días en prepararlo todo.
No conocemos la ciudad y apenas disponemos de contactos aquí.
Lucas sugirió a Sombra que utilizáramos los medios de Atenea, como hemos hecho siempre, pero ella se opuso.
Creo que todavía le duele que su tío se negara a ayudarnos en España y ha decidido que actuemos por nuestra cuenta.
Ninguno nos hemos quejado al respecto, confiamos en ella lo suficiente para no cuestionar las decisiones que toma por el equipo.
En este tiempo, he conseguido hablar con Alex por teléfono una sola vez y también hemos cruzado unos pocos mensajes.
Lo noto raro, más nervioso que de costumbre y me debato entre creer que me oculta algo o que lleva una carga excesiva al tratar de mantener a flote la familia que nunca quiso dirigir.
Procuro no pensar demasiado en ello, la operación que se nos presenta es complicada y tenemos en nuestras manos la oportunidad de rescatar a varias mujeres. Fallar no es una opción.
El jueves a las cuatro y media de la madrugada, cuando Rashid vuelve a su piso después de haber estado trabajando en la discoteca, Lucas y Sebas lo esperan en el interior.
Puedo ver el encuentro en directo desde mi ordenador gracias a las cámaras que los chicos llevan integradas en sus chalecos.
Rashid intenta sacar su arma cuando se da cuenta de que hay alguien más en su casa, pero Sebas es más rápido y lo inmoviliza antes de que pueda hacer nada.
Lo sientan en una silla, lo atan de pies y manos y comienzan a interrogarlo.
Ser testigo de la tranquilidad con la que Lucas actúa en todo momento es un espectáculo en sí mismo. Siempre me he preguntado cómo consigue mantenerse en calma y con esa mueca de indiferencia durante los interrogatorios.
El tal Rashid tarda menos de media hora en darles la dirección de un piso, a solo dos manzanas de donde nos encontramos, en el que tiene retenidas a un puñado de chicas. El muy cabrón ni siquiera recuerda de cuántas se trata.
—Yo solo soy el encargado de la discoteca y de mantener el orden en la casa de las mujeres.
—¡Y una mierda! —suelta Sebas, y le asesta un puñetazo en la mandíbula que le hace girar la cara—. ¿Quién lleva a las chicas hasta allí? ¿Cómo las consigues?
—No tenéis ni idea de con quién os estáis metiendo —sisea Rashid enseñando los dientes—. Es mejor que lo dejéis ahora que ella todavía no sabe quiénes sois ni lo que habéis hecho. Prometo que no diré nada sobre vosotros.
Sebas vuelve a golpearle, esta vez en el estómago.
—Parece que no lo has entendido—interviene Lucas—. Sabemos perfectamente a quién nos enfrentamos y estaríamos encantados de que ella viniera a hacernos una visita. Ahora, responde a las preguntas.
Rashid escupe sangre en el suelo y comienza a hablar.
—Yo llevo a las mujeres al piso. Mi trabajo consiste en escogerlas, trasladarlas y mantenerlas con vida hasta que son suficientes para llenar un cargamento.
—¿Suficientes? —pregunta Lucas—. ¿Cuántas chicas se necesitan para un cargamento?
—Entre veinte y treinta.
—¿Dónde las entregas? ¿Qué pasa con ellas después? —se impacienta Sebas.
—No puedo deciros más. Me matarán. —A través de la cámara de Lucas, veo a Sebas sacar su arma y colocarla en la sien de Rashid. Después, le quita el seguro y el tipo se encoge a la vez que cierra los ojos—. ¡Por favor, no! Te diré todo, pero aparta la pistola.
—Habla —exige Lucas sin que Sebas haya retirado el arma.
—Las llevo en un camión al puerto de Gebze cuando ellos me dicen. Tengo que llegar a la hora exacta. En el control de entrada, siempre están los dos mismos policías y me dejan pasar sin decir nada. Descargo a las chicas en el punto que acordamos y me voy de allí solo, lo juro.
—¿Qué hacen con ellas?
—No me lo dicen y yo no pregunto.
—¿Qué hacen con ellas? —pregunta de nuevo Sebas presionando el cañón de la pistola contra su sien.
El encargado del club comienza a temblar.
—Una vez vi que las metían en un contenedor marítimo, pero no sé más, lo juro.
Ignoro a dónde las mueven. Supongo que las sacan en barco, pero no me dicen nada.
A veces me hacen algún encargo especial: rubias, altas, morenas…
Incluso han llegado a enviarme fotos para que seleccione a chicas con una determinada apariencia.
Imagino que para satisfacer el gusto de algún cabrón con suerte.
Cierro los ojos. Después los abro y miro a mi derecha, donde se encuentra Sombra con los dientes apretados.
Sospecho que su mente ha ido a parar al mismo lugar que la mía, a Isabel.
Su hermana debió de ver y vivir situaciones desgarradoras hasta acabar muriendo a manos de hombres como el que mis compañeros tienen delante.
Sé que cualquiera de nosotros apretaría ese gatillo sin el menor remordimiento, pero en Atenea seguimos una norma: no matamos a alguien si no es realmente necesario.
Mis compañeros se aseguran de que Rashid no pueda escaparse y el equipo al completo nos dirigimos al apartamento de las chicas.
Esta vez, todos estamos de acuerdo en que lo mejor es que seamos Sombra y yo quienes realicemos el rescate.
Los chicos se encargan de neutralizar al único guardia que las vigila y, después, se hacen a un lado para evitar que ellas puedan sentirse incómodas.
El estado en el que se encuentran es devastador y tengo que hacer grandes esfuerzos para que las lágrimas no escapen de mis ojos cuando las descubro completamente desnudas, acurrucadas las unas contra las otras en una esquina en el suelo.
Son jóvenes, tanto que estoy segura de que algunas ni siquiera han alcanzado la mayoría de edad.
Trato de no detener la mirada en los cardenales que salpican sus cuerpos y noto cómo tiemblan cuando intento aproximarme a ellas.
—Hemos venido a sacaros de aquí —afirma Sombra en inglés y en un tono suave para no asustarlas.
Una de ellas grita en un idioma que no es turco y que no reconozco.
Miro a Sombra y me devuelve un gesto negativo con la cabeza, dándome a entender que tampoco ella entiende lo que dice.
La chica se levanta e intenta salir corriendo, pero la intercepto cuando está a punto de sobrepasarme.
Patalea, sigue gritando y pone nerviosas al resto.
—Mark, vamos a necesitar vuestra ayuda y también que nos traigas las mantas —escucho hablar a Sombra a través del pinganillo mientras procuro contener a la chica que estoy abrazando y que, a pesar de su extrema delgadez, tiene fuerza suficiente para ponérmelo difícil—.
Son trece, están alteradas y en un estado lamentable.
No creo que se lo tomen bien, pero al menos dos de vosotros vais a tener que ayudarnos a sacarlas de aquí.
Escucho la respuesta de Mark y, apenas un par de minutos después, él y Sebas están ayudándonos a tapar a las chicas con las mantas y alejarlas de este infierno. Algunas se resisten, incapaces de creer que por fin están siendo salvadas, incapaces de volver a confiar en nadie. No las culpo.
Las metemos en las dos camionetas que hemos traído y las llevamos a la clínica en la que ya están esperándolas.
Nuestro contacto, una vieja conocida de Vega, propietaria de varios centros de salud y uno de los hospitales privados con más prestigio del país, nos recibe con ojos apesadumbrados al comprobar el estado en el que llegan las chicas.
Pasamos el resto de la noche con ellas, ayudando en lo que podemos mientras se nos rompe el alma poco a poco.
Algunas llevaban varias semanas encerradas y han pasado por situaciones que no podrán olvidar jamás.
Todas portan cardenales en su piel, pero no son esas las marcas que más me preocupan.
Hannah, la dueña de la clínica, será quien se haga cargo de ellas a partir de ahora.
Las mantendrá en un lugar seguro, les ofrecerá tratamiento e iniciará la búsqueda de sus familiares, tarea en la que ya me he comprometido a ayudar.
Por otra parte, y aunque no lo ha dicho en voz alta, sé que Vega se encargará de velar por ellas personalmente y ayudará tanto en su recuperación como en su reinserción en la sociedad.
Siempre lo hace con cada una de las mujeres que hemos conseguido rescatar desde que se creó el equipo, mucho antes de que yo llegase a él.
Volvemos al piso franco con las emociones a flor de piel y una rabia lacerante que clama por hacer pagar a los responsables por todo el dolor que esas chicas arrastrarán durante el resto de sus vidas.
Cuando estoy sola en la habitación, llamo a Alex. Necesito escuchar su voz. En realidad, es más que eso, necesito acurrucarme en su pecho y sentir cómo sus brazos me resguardan de la crueldad del mundo en el que nos ha tocado vivir.
Los tonos de llamada se agotan antes de que él haya respondido y me quedo observando el teléfono, como si a fuerza de desearlo pudiese lograr que sonase.