28. Alba
ALBA
La misión que nos asignó Román consistía en recuperar siete obras de arte que fueron sustraídas de distintos museos de Londres durante el último trimestre del año pasado.
Hemos tardado cinco días en trazar el plan perfecto, llevarlo a cabo y asegurarnos de que el botín viajaba seguro de vuelta a la capital inglesa.
Los almacenes en los que custodiaban las obras robadas estaban protegidos por fuertes medidas de seguridad, y esto nos ha dificultado un poco el trabajo, que esperábamos haber finalizado hace un par de días.
Nada más llegar al piso franco en el que nos alojamos, suelto la mochila sobre el sofá y vuelvo a llamar a Alex. Lo hice hace un par de horas, cuando dimos por finalizada la misión, tal como me hizo prometerle, pero ni hubo respuesta antes ni la hay ahora, y eso me tiene inquieta.
—¿Va todo bien? —pregunta Vega intuyendo que algo ronda mi cabeza.
—Sí, no es nada —respondo, y guardo el teléfono en el bolsillo trasero de mis vaqueros.
—Pues ese nada parece importante. Es la primera vez que te veo llamar después de terminar una misión y eso solo puede significar que tienes a alguien esperando por ti. ¿Te apetece hablar de él?
Se sienta en una de las sillas de la cocina y le da un trago largo a uno de los dos botellines de cerveza que acaba de sacar de la nevera.
El piso en el que nos alojamos está en el lado asiático de Estambul, en un barrio alejado del bullicio de las zonas turísticas, con calles estrechas y bastante silenciosas.
El apartamento es pequeño: dos habitaciones, una cocina, un baño y un comedor en apenas ochenta metros cuadrados.
Vega y yo compartimos un cuarto, Mark y Lucas otro y Sebas duerme en el sofá cama del salón.
La cocina es antigua, de esas que tienen cortinillas en lugar de puertas en los armarios y una amplia pila de piedra.
A pesar de que la misión encomendada por Román ha finalizado, hemos decidido quedarnos unos días más en Estambul.
Después de haber atacado los tres clubs de Feng en España, esperábamos represalias inmediatas, pero, hasta el momento, Yue ha permanecido en silencio y sin dar señales de vida.
Vega ha enviado a los chicos a realizar una operación de reconocimiento sobre el único club que esa víbora tiene en esta ciudad, así que estamos solas y ninguno de mis compañeros vendrá a salvarme de esta conversación incómoda.
—Es solo un amigo —respondo.
—¿Estás segura? —Pienso unos segundos antes de responder y, al notar mi agobio, me señala la silla que tiene al lado—. Anda, siéntate y tómate una cerveza conmigo.
Hago lo que me pide mientras sigo dándole vueltas a su pregunta.
—La verdad es que no lo sé. Nunca en mi vida he tenido un amigo.
—Ah, ¿no? ¿Y qué somos Mark, Sebas, Lucas y yo? Y no me digas compañeros de trabajo porque te tragas el botellín.
—Joder, vosotros sois distintos. Sois… lo más importante que tengo. Supongo que una mezcla entre compañeros, amigos y familia. No puedo compararos con nadie y no me servís como ejemplo.
—Vale, eso te lo compro —afirma con una sonrisilla complacida en el rostro—. Y ahora, vamos a analizar qué es Alex para ti.
—Ey, ey. ¿Quién ha dicho nada de Alex? —pregunto a la defensiva. Las palabras salen atropelladas de mi boca.
—Tenía alguna duda, pero tu reacción me lo ha confirmado. Dispara, bonita. ¿Desde cuándo?
Me llevo las manos a la cara intentando esconder la vergüenza que siento.
Vega y yo hemos hablado de muchas cosas a lo largo de los años, aunque rara vez tocamos temas tan personales.
Aun así, ella es la única del equipo que conoce mi pasado en la comuna de caravanas, también es quien me encontró cuando más perdida estaba.
Tras la muerte de Jonás, lo más parecido a un cuidador que tuve nunca, no me quedó otra que sobrevivir por mí misma.
Intenté seguir sus pasos como pude, aplicando sus enseñanzas con mi ordenador de segunda mano, una conexión mediocre a la red y mis escasos trece años.
Comencé a ganar dinero hackeando sistemas informáticos para otros, interceptando órdenes de pago y transferencias, pero siempre en pequeñas cantidades.
La ambición fue el arma que mató a Jonás, por lo que nunca estuvo en mis planes abrirle la puerta a mi vida.
Estas pequeñas actividades delictivas me daban de comer, y con eso me bastaba para seguir adelante. Pero todo cambió cuando Vega se cruzó en mi vida y, sin apenas conocerme, vio en mí algo que yo aún soy incapaz de identificar, y me abrió las puertas de Atenea.
—Esa es una pregunta difícil de responder. Digamos que tenemos un pasado en común y nos hemos reencontrado ahora.
—¿Él y tú os conocíais de antes? ¿Cómo se me ha podido escapar? ¿Y cómo no me lo contaste?
—Viví en su casa unos años siendo niña, antes de encontrarme con Jonás.
—Su cara de asombro muestra que le gustaría saber más, pero no me siento preparada para abrirme en este momento—.
No sé lo que somos. Nos hemos acostado varias veces y…
—Sopeso cómo continuar la frase, pero los pensamientos se hacen un lío en mi cabeza y no sé por dónde seguir.
—Sientes que no es solo sexo, ¿verdad?
—Sí, algo así —reconozco—. Cuando está cerca noto una conexión que no he sentido antes con otra persona, como si hubiese algo en él que encaja conmigo de forma perfecta y sencilla.
Discutimos mucho, muchísimo, pero lo echo en falta cuando estamos separados.
Es la primera vez que la norma de permanecer aislados durante una misión se me ha hecho difícil de cumplir.
—Pues para mí es obvio lo que pasa, pero lo voy a decir en voz alta porque creo que necesitas escucharlo. Alex te gusta, aunque no es solo eso: creo que tus sentimientos empiezan a ir más allá de un simple encoñamiento.
—No puedes afirmar eso mirándome con cara de susto —le pido mientras bebo el último trago de mi cerveza y comienzo a jugar con el botellín entre mis dedos.
—Me has pillado a pie cambiado, pero no pretendía asustarte. Es solo que Alex no es una persona fácil.
—No me jodas, ¿y quién lo es? ¿Tú? ¿Liam? ¿Mark? ¿Yo? —pregunto poniéndome a la defensiva—. Todos nosotros tenemos alguna tara mental; de no ser así, dedicaríamos nuestras vidas a otras actividades menos… complicadas.
—En eso tienes razón. —Se calla durante un par de segundos y después me muestra una sonrisa pícara—. Bueno, entonces… Alex te gusta.
—Supongo que sí. —Me mira alzando una ceja—. Vale, sí, confirmo, me gusta y creo que puede haber algo más, pero no me pidas que me ponga a hablar de sentimientos.
—Ay, madre, eres casi peor que yo —dice riéndose y, de repente, como si hubiese recordado algo, su gesto se transforma en uno más serio. Sus labios se convierten en una fina línea recta y sus ojos me miran con una mezcla de preocupación y tristeza que me congela el alma.
—Ey, ¿qué pasa?
—Tienes que hablar con él —exclama envolviendo mis manos con las suyas. La urgencia en su tono provoca que se me forme un nudo en la boca del estómago.
—Bueno, yo… prefiero dejar que las cosas fluyan.
—Mierda. Mierda, mierda, mierda —masculla llevándose las manos a la cabeza.
—Vega, me estás asustando. Cuéntame lo que sucede, no puede ser tan malo.
—No puedo. No es justo que me meta en medio, pero, Alba, prométeme que hablarás con él antes de que las cosas empiecen a ponerse serias entre vosotros. No debes enamorarte de él, ¿me oyes?
—Te oigo, pero no entiendo nada. Hace un momento parecías encantada con la idea de que estuviésemos juntos.
—Lo sé. Tú… habla con él, lo antes posible. Pídele que te explique… Bueno, pregúntale si hay algo que tenga que contarte.
—Si te quedas más tranquila, te prometo que lo haré.
La conversación me deja un regusto amargo y, por mucho que intento seguir adelante, mi mente hace de las suyas imaginando escenarios imposibles. ¿Qué es eso tan importante que Alex debería contarme? ¿Y por qué Vega lo sabe?
Los chicos no tardan en llegar al apartamento.
Vega, o más bien Sombra, ha decidido que, si Yue no da la cara, seremos nosotros los que volvamos a ir a por ella y, esta vez, trataremos de obtener información que nos ayude a encontrarla.
Nuestro objetivo es una discoteca de moda que sabemos que utilizan para reclutar chicas nuevas y que se encuentra en el corazón de la ciudad.
Mark, Lucas y Sebas han ido a echar un vistazo por los alrededores y este último ha estado tomando una copa dentro.
—Lo haremos mañana —confirma Sombra una vez que los chicos aportan la información que han recopilado.
—¿Misma operación que en España?
—No, en esta ocasión tenemos que hacer algo diferente —afirma Sombra poniéndose en pie—, algo que realmente cabree a esa malnacida. Alba, consigue toda la información que puedas sobre el encargado del club. ¿Sabemos su nombre?
—Al que estaba al mando esta noche lo llamaban Rashid —indica Sebas—, pero no puedo confirmar que sea el responsable del local.
Comienzo a pasar páginas en mi portátil, que he encendido en cuanto los chicos han regresado y han empezado a contarnos cómo había ido el reconocimiento.
—Vale, sí. Rashid parece ser el encargado —comento en voz alta—.
Es quien contrata al personal y firma los albaranes a los proveedores.
Su nombre completo es Rashid Yilmaz, treinta y cuatro años, soltero y de nacionalidad turca.
Cuenta con un contrato de alquiler de un piso a unas cuantas calles del local y ninguna propiedad a su nombre.
—Sigo buscando información mientras doy detalles de lo que voy encontrando hasta que me topo con algo interesante—.
Oh, vaya, en su registro de llamadas hay un número de teléfono que se repite de forma periódica y… ¿sabéis qué prefijo tiene?
—Chino —prueba Mark.
—¡Bingo!
Sombra comienza a dar vueltas por la cocina. Es algo habitual en ella cuando le surge una idea y la está desarrollando en su cabeza.
—Ok, no atacaremos el club. Cogeremos al tal Rashid y le sacaremos toda la información que tenga sobre Yue. Algo ha de saber que nos sirva.