27. Alex #2
—Tu avión acaba de aterrizar, todavía estamos en el aeropuerto.
Me alejo unos pasos para que mis «invitados» no escuchen la conversación.
—Siento no haberte avisado con más tiempo.
Las cosas se han complicado tanto en Roma como en Sicilia y necesitaba sacar a Antonella de forma urgente del país —se explica—.
Te llamé, pero no me cogiste el teléfono, así que acudí a tu primo.
Fue él quien me contó por qué estabas en España.
Espero que tu hermano se recupere pronto.
—Lo hará. Respecto a tu hija…
—No se te ocurra negarte a acogerla, Alex.
—Noto el tono de amenaza en su voz—. Me heriría en lo más profundo que mi futuro yerno no quisiera proteger a la que pronto será su mujer.
Ella se convertirá en tu responsabilidad después de la boda y, además, ya es hora de que os vayáis conociendo. Qué mejor momento que este.
Cierro los ojos sabiendo que, por mucho que quiera, no puedo negarme. Para los italianos, la palabra de un hombre la avala su propia vida.
—Los guardias que vienen con tu hija no pueden quedarse.
—¿Filippo y Carlo? Llevan años con ella. No te darán ningún problema.
—Estoy en casa de mi hermano, no en la mía propia. Sus hombres no verán con buenos ojos la intromisión.
—Pues instálalos en la casa de al lado, yo qué sé. Los dos sabemos que no vas a pasar todo el día pegado a mi hija. Cuando se aburra y quiera salir de compras, asegúrate de que se lleve a sus guardias.
Suspiro y acepto antes de colgar.
Llamo a un taxi para que recoja a los italianos y me subo al coche con Antonella. Podría haberlos traído conmigo, pero no me ha dado la gana.
Apenas llevamos unos minutos de trayecto cuando la principessa trata de entablar conversación, sin percatarse de que escuchar banalidades de su boca es lo último que me apetece en este momento.
—Nunca he estado en esta parte del país. He viajado a Madrid y Barcelona, pero me han dicho que el norte es precioso, mucho más verde y también más frío. Estoy emocionada de poder conocer el lugar al que perteneces.
—No pertenezco a este lugar, solo es la ciudad en la que nací —afirmo mirándola por primera vez a los ojos. Veo cómo el rubor sube a sus mejillas y me doy cuenta de que la mujer segura que ha bajado del avión quizá era solo parte de un disfraz.
—Oh, claro. Sí, ya sé que vives en Londres, pero pensé que al haber pasado aquí tu infancia…
—Te equivocaste —la corto de forma brusca y ella desvía la mirada a su regazo.
No me importa si mi actitud la ha decepcionado.
Lo mejor para los dos es que entienda desde el principio que no obtendrá falsas cortesías de mi parte.
Por otro lado, consigo lo que quería, que se mantenga callada durante el resto del trayecto.
Al llegar a la mansión, le pido al chófer que saque las maletas, espere al taxi en el que tienen que llegar los guardias de Antonella y que los acomode en la casa de servicio que hay en la parte trasera de la propiedad. Ella permanece a mi lado, en silencio, como si fuese un adorno más del jardín.
Sin mirarla, le indico que me siga. Atravesamos el vestíbulo en silencio y llegamos a la cocina, donde encontramos a Ania preparando la comida.
—Aguarda aquí un minuto —le pido a Antonella antes de acercarme al ama de llaves para hablar con ella sin que nadie nos escuche.
—Esa mujer que ves ahí es mi invitada —le informo señalando con disimulo en su dirección—. Quiero que la acomodes en una habitación alejada de mí y del resto de nuestros otros invitados —afirmo refiriéndome a Alba y a su equipo.
—Pero, Alex, las habitaciones que hay al otro lado de la casa no son…
—No me importa —la interrumpo—. Me da absolutamente igual cómo sea la habitación que le asignes mientras esté lejos del resto. ¿Lo entiendes?
Antonella elige este momento para carraspear y dar un paso adelante.
—Buenos días. Supongo que tú eres algo así como el ama de llaves de la casa.
—La miro enfadado por meterse en la conversación sin que la haya invitado, pero ella decide ignorar mi advertencia a propósito.
Al final va a resultar que no es la diva que creía, pero tampoco la mosquita muerta que aparentaba cuando la conocí hace meses en casa de su padre—.
Voy a pasar un tiempo aquí, así que creo que lo correcto sería presentarme. Soy Antonella, la prometida de Alex.
Miro a Ania, que se queda petrificada, con la boca abierta, pero incapaz de emitir sonido alguno.
Cierro los ojos, dándome cuenta de que mi vida se complica cada día un poco más. Mi plan de mantener lo que me une a esta mujer en secreto acaba de hacerse añicos delante de mis narices, así que solo me queda trazar un plan alternativo. Quizá ella se marche antes de que Alba vuelva de su misión…
—¿Cuánto tiempo se quedará, señorita? —pregunta Ania, quitándome las palabras de la boca.
—Eso tendrá que discutirlo Alex con mi padre, aunque las cosas andan un poco revueltas en Italia, así que supongo que estaré por aquí una temporada.
Las dos mujeres me observan con cautela, a la espera de que añada algo a la conversación, pero no tengo nada que decir. Ahora mismo solo puedo pensar en Alba y en cómo haré para que no se entere de nada de esto.