27. Alex
ALEX
Apenas llevo dos días sin saber de ella, pero me parece una eternidad. Dos días, cuarenta y ocho horas, ciento setenta y dos mil ochocientos segundos en los que le puede haber pasado cualquier cosa.
Mi mente se llena de escenarios donde el caos se apodera de la situación y el fallo de uno de los miembros de su equipo desencadena una serie de hechos que acaban con la vida de Alba.
Joder, no puedo permanecer más tiempo sin saber dónde está ni si se encuentra bien.
Necesito escuchar de su propia voz que regresará pronto.
Necesito que me prometa de nuevo que tendrá cuidado y que su seguridad será lo primero.
Joder, ¿por qué me engaño? Lo que realmente quiero es que vuelva ahora mismo a mi lado.
No tengo ni idea de cómo Liam aguanta sin saber nada de su mujer cuando sale a una misión, pero yo tengo claro que la encadenaré a donde sea necesario para impedirlo la próxima vez.
—Venga, Alex, tómate una con nosotros —me incita uno de los tenientes de mi hermano levantando una copa hacia mí.
Hemos salido a celebrar que el ataque al líder de la familia ha sido vengado y que los médicos han decidido que ya es momento de retirarle la sedación a Antón, dos noticias que los mantienen en un estado de euforia pura que a mí ya empieza a cansarme.
La misión de destrozar los tres clubs de la organización de Feng salió bien.
No sé qué esperaban los hombres de Antón, pero me queda claro que no tenían ni puta idea de que estaban trabajando junto con el mejor equipo táctico de toda Europa.
Ahora debemos estar preparados para las represalias de Yue, por ese motivo he doblado la seguridad, tanto en la mansión como en el hospital en el que se encuentra mi hermano ingresado.
—Acepto la copa. Trae aquí. —Quizá beber sea la única forma de dejar de pensar en ella.
Varias mujeres se me acercan durante la noche, puede que atraídas por la novedad o el morbo de las cosas que deben de haber escuchado sobre mí. Las alejo de forma cortante y pienso en qué haría ella si viera cómo se me tiran encima. ¿Sentiría celos?
Después de un rato, la noche me resulta tremendamente aburrida y decido darla por terminada, a pesar de las quejas de los hombres a mi alrededor.
Al día siguiente, me despierta la vibración del teléfono.
No me levanto de inmediato e incluso pienso en dejarlo vibrar cuando me viene a la cabeza que podría ser Alba la que esté llamando.
Me levanto de un salto y me decepciono al comprobar que es el nombre de mi primo el que aparece en la pantalla.
—Hola, canalla.
—Por fin respondes —dice malhumorado—. ¡Te he llamado cuatro veces, cabrón!
—Perdona, estaba durmiendo. Lo raro es que no me haya despertado con la vibración antes. Sabes que tengo el sueño ligero. ¿Cómo van las cosas por allí?
—¿Te refieres a después de que perdiéramos doscientos mil euros en armas, un barco y quince putos hombres?
—Vale, creo que alguien se ha levantado de mal humor.
—No, te recuerdo que fue tu humor cambiante de mierda el que nos metió en este lío desde el principio. Si no hubieses perdido el control y le hubieses destrozado el local a la hija de puta de Yue, nada de esto habría pasado.
—Y mi hermano no habría recibido una bala en el pecho —sentencio. La línea se queda en silencio. Ni siquiera escucho su respiración. Liam ha metido el dedo en mi herida hasta el fondo y ha conseguido justo lo que pretendía, hacerme sangrar.
—Mierda, no quería decir eso —se disculpa—. No saber nada de Vega me está volviendo jodidamente loco. ¿Cómo se encuentra Antón?
—Han empezado a reducirle la cantidad de sedantes. Esperan que despierte en unos días.
—Joder, esa es una gran noticia.
—No quiero adelantar acontecimientos, pero parece que sí. ¿Cómo van las cosas con Krasniqi? ¿Ha reculado después de vuestra reunión? —pregunto cambiando de tema.
—Más o menos. Le está costando un poco acatar las normas, pero ya he empezado a aleccionarle. No creo que tarde mucho en aprender.
—Si me necesitas, cuenta conmigo —me ofrezco de forma sincera. Soy su segundo al mando, su mano derecha, y ese título no desaparece, aunque en este momento me halle a más de mil kilómetros de distancia.
—Me alegra que digas eso porque no traigo buenas noticias. Matteo di Luna te ha estado buscando. Como no le has cogido el teléfono, me ha llamado a mí, de ahí mi insistencia.
—¿Qué coño quiere ese viejo ahora? —pregunto molesto. Con todo lo que tengo encima, me viene de pena aguantar sus chorradas ahora.
—Está teniendo problemas con la ’Ndrangheta. Cree que pronto comenzará una guerra y necesita poner a salvo a su hija.
—Pues que la lleve a un puto convento, ¿no es eso lo que han hecho siempre los italianos? Tengo bastantes frentes abiertos como para preocuparme también de los problemas de ese loco.
—Alex, ese loco es il capo di tutti i capi de la Cosa Nostra y, como te escuche llamarlo así, no habrá lugar en el mundo en el que puedas esconderte.
—¡Que le jodan!
—Alex… —me advierte en un tono que conozco demasiado bien. Estoy a punto de poner al límite su paciencia.
—Vale, ¿qué quiere de mí el excelentísimo señor Matteo di Luna?
—Ha metido a su hija, tu prometida —afirma marcando las dos últimas palabras—, en un avión con destino a Vigo. Quería enviarla lejos del peligro y, siendo que os casaréis en poco más de un año, le has parecido la persona idónea para protegerla.
—¡Hostia puta! —Me levanto de la cama y comienzo a andar por la habitación. Esto no puede estar pasando—. Joder, dime que es una broma.
—Lo lamento, pero no. Antonella llegará a Vigo en cuarenta minutos y más te vale mover el culo y estar allí cuando el avión de tu prometida toque la pista de aterrizaje.
—¿Quieres dejar de decir esa palabra?
—¿Cuál? ¿Prometida? Es lo que es. No me jodas, Alex. Tú mismo aceptaste el trato.
Me muerdo las ganas de recordarle que solo accedí para que él pudiera seguir adelante con su vida junto a Vega, pero no serviría de nada porque no puedo cambiar el puto pasado.
—Joder, ya lo sé. Me voy.
—Alex —me llama antes de colgar—. Recuerda tratarla bien. Como pongas a la Cosa Nostra en nuestra contra, no saldremos vivos y yo no tengo ganas de morir todavía.
—Haré lo que pueda.
Cuelgo antes de que se queje o me diga que es una orden, lo cual cambiaría las cosas, porque puedo torear a mi primo, pero nunca desobedeceré una orden del líder de la Hermandad. «Joder, ¿cómo me he metido en esto?».
Me visto con un traje de dos piezas de forma mecánica, paso por la cocina para coger una manzana para el camino y me miro en el espejo del vestíbulo antes de salir.
Esta vez, decido hacer de tripas corazón y utilizo el coche con chófer de mi hermano. Nunca me ha importado lo que la gente piense de mí, pero Parker es una de las pocas personas que saben lo que hay entre Alba y yo y no me apetece que sea él quien me acompañe al aeropuerto.
El avión en el que viaja Antonella es un jet privado propiedad de su querido papi.
Cuando las ruedas tocan la pista, ya me encuentro fuera del coche, con las manos unidas en la espalda y una expresión de hastío en el rostro.
Tengo cosas más importantes que hacer que estar esperando a que la hija malcriada de Matteo di Luna haga acto de presencia.
Nada más abrirse la puerta del jet, salen dos guardias que escudriñan los alrededores antes de descender las escaleras y dar su confirmación a través del pinganillo que llevan en el oído izquierdo.
Unos segundos después, Antonella aparece en lo alto de las escalerillas vestida con un traje color marfil entallado, unos zapatos de tacón y un pañuelo anudado al cuello.
Su pelo rubio permanece recogido en un moño bajo y su tono de piel es tan claro como recordaba, haciéndola parecer una muñeca frágil y elegante.
Cuando sus ojos se encuentran con los míos, esboza una sonrisa tímida, una que no le devuelvo y, mientras baja, las últimas palabras de Liam resuenan en mi cabeza: «Recuerda tratarla bien».
Me quedo inmóvil, sin modificar en lo más mínimo mi postura y haciendo grandes esfuerzos por no subirme al coche y dar media vuelta.
Esto no tiene ningún puto sentido. No estamos en el maldito siglo XVIII para que su padre la haya ofrecido en matrimonio a cambio de la ayuda que nos prestó en nuestra lucha contra Feng.
Joder, tan solo tiene diecinueve años. Es una puta cría.
—Buenos días —saluda, manteniendo la sonrisa que no ha borrado desde que me ha visto—. Es un placer estar aquí, aunque no sea en las mejores circunstancias.
Sigo observándola en silencio y veo cómo las comisuras de sus labios descienden poco a poco ante mi indiferencia. Su mano derecha se aferra al asa de su bolso con fuerza mientras que la izquierda comienza a dibujar patrones en la falda de su vestido.
Finalmente, es uno de los dos guardias que permanecen tras ella quien rompe el silencio, adelantándose un paso y tendiéndome la mano.
—Buenos días, señor Reigadas. —Escuchar que utiliza ese nombre para dirigirse a mí me cabrea y me da asco a partes iguales.
Nunca seré el jodido señor Reigadas, ese era mi padre—.
Soy Filippo, guardaespaldas personal de la señorita Di Luna y encargado de su seguridad. Mi compañero y yo viajamos con ella.
Miro su mano, pero no se la estrecho.
—Filippo, te agradezco que hayas traído a Antonella sana y salva hasta su destino, pero tus servicios no serán requeridos aquí. Tú y tu compañero podéis volver a Italia. —Devuelvo mi mirada a Antonella y le hago un gesto de cabeza señalando el coche—. Vamos.
El chófer de Antón abre la puerta, pero Filippo nos detiene antes de que ella pueda dar un paso hacia el vehículo.
—Disculpe, pero tenemos órdenes del señor Matteo de quedarnos con la señorita Di Luna mientras dure su estancia en España.
Aprieto los dientes y estoy a punto de romperle la cara de un puñetazo cuando suena el teléfono en mi bolsillo. Lo saco y veo que es el mismísimo Matteo quien me reclama.
—Alex. ¿Cómo estás? ¿Ha llegado ya mi principessa ?