26. Alba
ALBA
A las diez de la noche me doy cuenta de que tanto mi concentración como la de mis compañeros está cediendo ante el agotamiento que sentimos.
Llevamos trabajando casi sin descanso desde primera hora de la mañana y, sin embargo, nadie se ha quejado.
Es Sombra la que nos obliga a parar y nos manda a todos a dormir hasta las cinco de la madrugada, hora a la que hemos quedado aquí mismo para terminar de ultimar los detalles de la operación que tendrá lugar mañana por la noche.
Subo a la planta de arriba. Estoy a punto de girar hacia el pasillo de la izquierda cuando el último mensaje de Alex me viene a la cabeza y, sin pensarlo demasiado, cambio de rumbo y voy directa a su habitación.
Dejo cargando el móvil y el portátil sobre la cómoda y me cuelo en su cuarto de baño casi salivando al recordar el enorme tamaño de su ducha.
El agua caliente sobre mi cuerpo alivia un poco el cansancio que parecía haberme entumecido los sentidos. Podría quedarme aquí durante horas, pero solo han pasado unos minutos cuando escucho el sonido de la puerta al abrirse y descubro la figura de Alex bajo el marco de la puerta.
—No voy a negar que me ha decepcionado un poco no encontrarte en mi cama —confiesa con voz ronca mientras comienza a desabrocharse los botones de la camisa sin quitarme la vista de encima.
Sus ojos están llenos de deseo y recorren mi cuerpo con descaro—, pero tengo que admitir que tu idea es incluso mejor que la mía.
Termina de desvestirse de forma apresurada y se mete en la ducha conmigo. Yo lo observo y me paso la punta de la lengua por el labio inferior.
—Creo que es la mejor que he tenido en mucho tiempo.
Se acerca y une sus labios a los míos, saboreándome con deleite, antes de introducir su lengua en mi boca y rodear mi rostro con sus manos.
—Joder, llevo todo el día pensando en ti, hadita. ¿Qué me estás haciendo?
—No sé si debería confesarlo, pero aun así te lo diré. Te he lanzado un hechizo para convertirte en mi esclavo sexual.
—¿Un hechizo con polvos de hada? —pregunta mostrándome esa media sonrisa que me vuelve loca.
Nuestras caricias se intensifican a la vez que lo hacen nuestros besos y descubro lo mucho que me fascina mirarlo a los ojos mientras se introduce lentamente en mi cuerpo.
A pesar de las ganas que nos tenemos, hoy coincidimos en disfrutarnos de a poquito, en alargar el placer, en adorarnos mutuamente como si no existiesen relojes y nuestra noche fuera eterna.
Cuando salimos de la ducha, envuelve mi cuerpo con un albornoz y él se anuda una toalla en la cintura, dejando a la vista su torso y brazos llenos de tatuajes, en los cuales se pierde mi vista.
—¿Alguno de ellos tiene un significado especial? —pregunto mientras llevo la yema de los dedos a su pecho y comienzo a recorrer el contorno de un águila con las alas desplegadas que parece ser el centro del lienzo en el que ha convertido su piel.
—¿Conoces la tragedia de Prometeo encadenado?
—Niego con un gesto de cabeza mientras sigo acariciándolo—.
Cuenta que Prometeo robó el fuego divino del Olimpo para entregárselo a los humanos, concediéndoles con él la llave al progreso.
Este acto fue considerado por Zeus como una ofensa directa y decidió impartir un castigo ejemplar sobre el titán: encadenarlo a una roca en el Cáucaso y enviar diariamente a un águila para devorar su hígado.
Debido a la inmortalidad de Prometeo, su órgano se regeneraba cada noche, para ser devorado de nuevo al día siguiente por el ave, perpetuando así su agonía y, por tanto, su castigo.
El águila representa la venganza de Zeus, su castigo implacable.
—Entonces ¿el águila es para ti la venganza sobre tu padre? —musito elevando la mirada hasta encontrarme con la suya.
—No exactamente. El castigo de Zeus fue considerado por la humanidad como una injusticia.
Veían a Prometeo como el héroe que desafió al gran poder y se rebeló contra la opresión que sufrían.
El titán soportó su castigo día tras día en silencio, mostrando así su fortaleza, y fue Hércules, el propio hijo de Zeus, quien liberó a Prometeo clavando una de sus flechas en el corazón del águila.
Es más complejo de lo que hubiese imaginado, pero creo entenderlo.
—El águila representa venganza y, a la vez, su muerte significa el fin del sometimiento, de la opresión —me aventuro.
—Y no te olvides de la rebelión de un hijo contra un padre considerado todopoderoso, uno acostumbrado a impartir castigo y justicia a su antojo.
Siento el latido de su corazón en la punta de mis dedos y coloco las manos abiertas sobre su pecho para notarlo mejor. Me fascina el águila ahora que conozco su historia y los motivos que llevaron a Alex a tatuársela en la piel.
—Eres una caja de sorpresas —susurro sobre sus labios, y él me devuelve una sonrisa chulesca.
—Lo sé. Y por eso no puedes quitarme las manos de encima.
—Idiota.
Sonrío y me alejo para volver a la habitación. Él me sigue, coge dos calzoncillos del primer cajón de una cómoda y me lanza uno.
—¿Has cenado? —pregunta vistiéndose. Después hurga en un armario y repite la operación anterior, esta vez con un par de camisetas—. Te va a estar enorme, pero no tengo otra cosa.
—Servirá —afirmo cogiéndola al vuelo— y no, no he cenado. Me muero de hambre.
Se acerca a la mesa redonda que hay frente a la cama y saca varios envoltorios de una bolsa en la que no me había fijado hasta ahora. Al instante, el olor a hamburguesas inunda el ambiente y empiezo a salivar.
Acercamos un par de sillas a la mesa y comienzo a devorar mi hamburguesa. Tiene lechuga, queso fundido y mayonesa, y está tan rica que no puedo evitar gemir del gusto cuando le doy el primer bocado.
—Deja de hacer eso o me voy directo al postre.
Sus ojos están clavados en mi cuerpo y, cuando llevo la vista hacia su pantalón, veo cómo su erección se ha unido a nosotros.
Me limpio un poco de salsa de la comisura de los labios con la servilleta y cruzo las piernas sobre la silla.
—Tu postre va a tener que esperar porque, ahora mismo, esta deliciosa hamburguesa concentra toda mi atención.
—¡Auch, eso ha dolido! —exclama, y finge que una flecha se ha clavado en su pecho.
Terminamos nuestra comida y se me escapa un bostezo cuando dejo la botella de agua sobre la mesa.
—¿Cómo ha ido tu día? Por lo agotada que estás, intuyo que habéis tenido trabajo.
Le cuento por encima nuestro plan, la negativa de nuestro jefe a enviarnos refuerzos y mi inminente partida hacia una nueva misión.
—¿Adónde iréis?
—Eso no puedo contártelo —respondo más seria de lo que pretendía.
—No me jodas, Alba. Me estás diciendo que vas a poner en peligro tu vida atacando tres burdeles de esa psicópata y que inmediatamente después desaparecerás de la faz de la tierra no sabes durante cuánto tiempo, ¿y quieres que me quede tan tranquilo sin hacer nada?
¡Ni de puta coña! Además, ¿cómo pensáis actuar contra los tres clubs a la vez siendo solo cinco personas?
—Ahí es donde entras tú. Se me ha ocurrido que, dado que los hombres de tu hermano insisten en exigir venganza para Antón, podrías considerar la opción de prestarnos a alguno de ellos para el ataque.
—Sombra puede llevarse a unos cuantos, pero tú te quedas.
—Alex…
—Alex no. —Se levanta de la silla y se aleja, caminando de un lado a otro con nerviosismo—.
¿Tengo que recordarte que la primera vez que la gente de Yue se acercó a vosotros fue con la intención de secuestrarte?
¿Crees que simplemente se le ha quitado esa idea de la cabeza?
No, sabe que eres una maldita crac hackeando sistemas y te quiere con algún objetivo. No permitiré que te pongas en peligro.
—No voy a dejar solo a mi equipo —respondo de manera contundente. Entiendo su preocupación, de hecho, me llena de calidez descubrir que le importo hasta el punto de preocuparse de esta forma por mí, pero no puedo ceder en esto.
—Entonces, iré contigo.
Me acerco hasta él, le doy un beso suave en los labios y le envuelvo el cuello con los brazos mientras lo miro a los ojos.
—Me gusta que quieras protegerme. Es una sensación nueva para mí tener a alguien al lado capaz de exaltarse de la forma en la que tú lo estás haciendo, solo porque temes por mi seguridad.
Pero no puedo permitir que vengas conmigo.
Tu hermano te necesita aquí y no te perdonarías no estar cerca cuando despierte.
—Resopla frustrado y lo miro con ternura—. Gracias por querer cuidarme.
Sonrío.
—Vas a tener que acostumbrarte, ratón. —Me da un beso en los labios y después uno en la frente—. Prométeme que tendrás cuidado y que me mantendrás informado siempre que puedas.
—Lo haré. Solo estaré incomunicada el tiempo que dure la misión que nos ha encomendado el jefe, pero te llamaré antes de partir.
—No me gusta. —Frunce el ceño como un niño pequeño al que le han quitado un juguete en el parque y yo paso mi pulgar por las arrugas de su frente para suavizarlas.
—Lo sé, pero es trabajo y las normas de Atenea son estrictas al respecto. Te prometo que te llamaré en cuanto pueda.
—Más te vale.
—Y ahora, ¿me das un abrazo que me dure varios días?
Me rodea la cintura con las manos, estrechándome con la fuerza justa, y yo le envuelvo el cuello con los brazos hasta sentirlo pegado a mí.
Apoyo la mejilla en su pecho y escucho el latido de su corazón mientras siento cómo su tórax se expande con cada respiración.
Cierro los ojos, y noto cómo aspira el olor de mi pelo. Podría quedarme aquí una eternidad.
A la hora pactada, tras dormir un rato, me presento en la sala del equipo para ultimar los detalles del ataque que tendrá lugar esta misma noche.
Lucas está preparando a los doce hombres de Antón que vendrán con nosotros mientras yo dejo a punto los sistemas de comunicación que nos permitirán trabajar coordinados a pesar de la distancia.
Conseguir los planos de los clubs no me ha resultado demasiado difícil y, gracias a Anémona Azul, meterme en sus sistemas de videovigilancia ha sido pan comido.
Le muestro a Sebas cómo funciona mi programa estrella. Llevo varios meses enseñándole trucos y he descubierto que esto se le da mejor de lo que él mismo pensaba.
A las dos y media de la tarde, cada unidad parte hacia su destino: Madrid, Barcelona y Benidorm, respectivamente.
Yo viajo con Sombra a Madrid y doy soporte a los tres equipos desde un piso franco que pertenece a la organización de Antón.
Lo cierto es que contar con el apoyo de Alex nos está viniendo muy bien.
El operativo sale tal como esperábamos. Atacamos de forma sincronizada a las once de la noche, hora en la que los clubs todavía permanecen cerrados y la mayor parte del personal aún no ha llegado.
Los explosivos que Mark ha conseguido en tiempo récord tienen la fuerza justa para hacer saltar por los aires los locales, pero sin destrozar lo que hay alrededor; y, lo mejor de todo, hemos conseguido rescatar a un total de once chicas, todas las que permanecían dentro de los burdeles en el momento de la incursión.
Gracias a un contacto de Sombra, la policía las recoge para trasladarlas a un lugar seguro en el que permanecerán escondidas y bien atendidas durante un tiempo prudencial.
Después, nos encargaremos de reunirlas con sus familias y ofrecerles el apoyo que necesiten.
Una vez finalizada la operación, apenas tenemos tiempo de darnos una ducha, reorganizarnos y salir hacia el aeropuerto, donde esperamos a Sebas, a Mark y a Lucas para partir hacia Estambul.
Vega y yo comemos algo y, a última hora, decido realizar la llamada que he estado postergando. ¿Por qué? Ni yo misma lo sé.
—Alba, ¿estás bien? —Su voz suena preocupada y me arrepiento al instante de haber esperado tanto para contactar con él.
—Sí, todo ha salido según lo previsto. No hay heridos y ya hemos llegado al aeropuerto. Tus hombres van de camino a Vigo.
—Lo sé. Hace rato que Martiño llamó para informarme.
Su acusación no es directa, pero tampoco sutil.
—Yo… siento no haberte llamado antes. Me resultaba difícil hacerlo.
—¿Difícil? Explícate.
Suspiro y me llevo una mano a la frente, presionándome las sienes con los dedos.
—Alex, tienes que entender que nunca le he dado explicaciones a nadie; nunca he partido a una misión dejando atrás a alguien que se preocupase por mí.
No estoy acostumbrada a llamar a casa para decir que estoy bien y todo esto…
—Siento que mi corazón se acelera al mismo ritmo que lo hace mi discurso—. No sé si voy a hacerlo bien… Si…
—Ey, ey, ey. Respira hondo. —Tomo una bocanada de aire—.
Una vez más. Vale, ahora escúchame. No te estoy exigiendo nada.
Bueno, una cosa sí, que regreses sana y salva.
—Sonrío. Aunque no puede verme, yo sí percibo que las cosas vuelven a su sitio poco a poco—.
Necesitas estar concentrada para que la misión salga bien, así que olvídate de mí y de cualquier otro asunto que pueda distraerte.
Ve a donde sea que tengas que ir, haz tu trabajo tan jodidamente bien como sabes hacerlo y vuelve a mí.
Mientras tanto, yo seguiré jugando a liderar la organización de mi hermano.
—Por lo poco que he conocido a esos hombres, tienes trabajo para llenar un carro.
—No es para tanto —afirma restándole importancia a lo que está haciendo y vuelve a la carga—. Eso sí, como no estés aquí en unos días, yo mismo iré a buscarte al fin del mundo. Y ya te digo que no saber dónde estás no será un impedimento para encontrarte.
—No lo dudo, te he visto en acción.
—Pues eso no es nada en comparación con lo que podría hacer si desapareces. ¿Estás segura de que no puedes ni siquiera enviarme un mensaje hasta que no terminéis la misión?
—Totalmente segura —suspiro apesadumbrada.
—¡Pues esa norma me parece una puta mierda! Recuérdame que hable con Sombra cuando volváis.
—Alex, no vas a meterte en mi trabajo.
—Te odio.
—¿Me odias? —pregunto sorprendida por su reacción, que se parece demasiado a la que tendría un niño pequeño al que le han negado una chuchería.
—En realidad, no —responde con voz gruñona—. Pero en este momento me caes un poco mal, así que ve pensando de qué forma me compensarás esto.
—Te lo prometo. —Veo que los chicos ya han llegado y Vega me hace un gesto con la mano para que me una a ellos—. Alex, he de dejarte. Te llamaré en cuanto pueda.
—OK. Sea lo que sea lo que vas a hacer durante estos días, ante la más mínima amenaza, dispara tu arma.
—Tendré en cuenta tu consejo. Y, Alex…
Espero su respuesta.
—¿Qué?
—Voy a echarte de menos.
—Joder, ¿por qué no me dices estas cosas cuando te tengo delante? Yo sí que voy a echarte de menos, ratón.
Al colgar el teléfono, una sensación extraña se me queda prendida al pecho. Me gusta, me gusta como ningún otro hombre lo ha hecho hasta ahora. ¿Me estoy enamorando de él? ¿De Alex? ¿De mi Alex?