Abismo (Atenea 2) 24. Alex
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24. Alex

ALEX

Algo me hace cosquillas en la nariz. La arrugo, pero la sensación no desaparece, así que intento espantar al insecto con la mano, sin embargo, desisto al darme cuenta de que la tengo atrapada debajo de algo calentito.

Cuando abro los ojos, descubro el cuerpo de Alba enredado con el mío.

Su cabeza descansa en mi pecho y es su cabello el que me hace cosquillas en la nariz y me envuelve en su aroma a manzanas.

Me mantengo inmóvil, en silencio, disfrutando del calor de su piel en contacto con la mía, de la calma que irradia mientras está sumida en sueños.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que comienza a moverse y levanta un poco la cabeza para comprobar si estoy despierto.

—Buenos días —me saluda con la voz ligeramente pastosa.

Acuno su mejilla con la mano y la acaricio antes de darle un beso en los labios.

—Buenos días, hadita.

—Vaya, veo que recuerdas el apodo que me pusiste ayer.

—Te engañas si piensas que no llevo tiempo llamándote así en mi cabeza.

—Ah, ¿sí? Y entonces ¿por qué te diriges a mí como «ratón» todo el tiempo? —pregunta cruzando los brazos sobre mi pecho y apoyando la barbilla en ellos.

—Porque también eres mi ratoncito. —Dejo un beso en su frente, sintiendo la necesidad de demostrarle cuánto me gusta tenerla cerca—. Uno inteligente capaz de hacer magia con cualquier dispositivo electrónico que caiga en sus manos. ¿Qué plan te apetece para hoy?

—¿Bromeas? Tengo que trabajar. Te recuerdo que mi equipo está aquí con un objetivo: encontrar a Feng Yue y llegar hasta las entrañas de su organización.

—Esa hija de puta es mía —siseo entre dientes.

—Entiendo que quieras venganza por lo que le ha hecho a Antón, pero eso es algo que deberás discutir con Sombra. Ella también le tiene ganas a Yue y a cualquiera que mantenga relación con su red de trata de blancas. Recuerda que arruinaron la vida de su hermana y, por su culpa, Isabel está muerta.

—Les haré pagar por todo —sentencio, seguro de mi promesa.

—¿Todavía no hay noticias de los médicos que llevan el caso de tu hermano?

—Repiten que no he de alarmarme, que debo ser paciente, pero empiezo a pensar que no son más que unos cagados que hablan desde el miedo a las represalias.

—Confía en su palabra. Me dijiste que estaba en manos de los mejores especialistas. Deja que hagan su trabajo y centra tus esfuerzos en mantener el orden para que su organización esté lista cuando regrese.

Suspiro. Sé que tiene razón, pero, ahora mismo, lidiar con las rencillas entre los tenientes de mi hermano es algo que no me apetece lo más mínimo.

—Eso intento.

—No te lo están poniendo fácil, ¿verdad?

—Muchos de los hombres de Antón ni siquiera me conocen, doce años fuera es mucho tiempo, y los que sí me recuerdan…

Introduzco los dedos entre las hebras de su pelo y lo acaricio para tranquilizarme. Funciona, al menos, hasta cierto punto.

—¿Te temen? —pregunta cautelosa—. He visto cómo te miran algunos…

—Así es —confirmo—. Y no les culpo. ¿Sabes cuál fue la única razón por la que no te busqué cuando desapareciste?

—Niega con la cabeza—. Porque me hicieron creer que estabas muerta.

Yo no suponía ninguna amenaza para ti, te lo juro, nunca lo fui, para ti no.

En realidad, eres la razón por la que terminé por convertirme en Abismo.

Me mira con horror y se levanta hasta quedar sentada sobre sus piernas flexionadas. Yo me incorporo y apoyo la espalda en el cabecero de la cama para situarme a su misma altura.

—¿Cómo puedes decir eso? Yo nunca…

—No conscientemente —aclaro interrumpiéndola—.

No me mires así. No voy a mentirte ni a ocultarte parte de la verdad porque esta no sea bonita.

Me convertí en Abismo porque era la única forma de protegerte y, paradójicamente, tú huiste en el momento en que lo viste en mí por primera vez.

¿Crees que quise ser esto? ¿Transformarme en un monstruo que no es capaz de sentir empatía ni compasión?

Mi padre me chantajeó una y otra vez con hacerte daño.

¿Recuerdas todas las veces que insistí en que no podían vernos juntos… ?

—Fuimos cuidadosos —musita con un tono de voz apenas audible.

—Al final, alguien nos descubrió. Nunca supe quién, pero mi padre se enteró y ese fue el final de todo.

Te utilizó, usó tu inocencia y tu pureza…

Tuve que obedecerlo en todo lo que él quiso para que no te hiciera daño, tuve que quemarme en el infierno y caer en él para que se olvidara de ti y aun así… te mató. O eso me hizo creer.

—¡Dios, Alex, no tenía ni idea! —exclama llevándose ambas manos a la boca.

—Juré en silencio que me vengaría. Aquel día, el monstruo que había moldeado a su antojo se volvió contra él y, aunque tuvieron que pasar varios años, lo hice, cumplí mi promesa.

—¿Estás diciendo lo que creo?

—Lo maté, Alba. Yo asesiné a mi padre.

Aparto la mirada, pues no sé si estoy preparado para descubrir su reacción. No quiero ver el asco, la decepción ni el miedo que debe de sentir ahora mismo hacia mí.

—Mírame —me pide, pero me niego a hacerlo.

Joder, nunca me había importado que alguien pudiese juzgarme hasta hoy.

He matado a docenas de personas y torturado hasta la muerte a otras tantas sin sentir ni un ápice de remordimiento y ahora, en este preciso instante, estoy acojonado por lo que ella pueda pensar de mí—. Alex, por favor, mírame.

Cuando reúno la fuerza necesaria para hacer lo que me pide, me quedo anclado a sus ojos, buscando en ellos la repulsión y el miedo, pero no encuentro nada de eso. Tampoco compasión.

Se sienta a horcajadas sobre mí y me rodea el cuello con los brazos.

—Alba…

—Shhh —me interrumpe, aunque ni siquiera yo sé lo que iba a decir—.

Si ese cabrón todavía estuviese vivo, yo misma acabaría con él.

No te juzgo, Alex, te entiendo. No sé ni un cuarto de las cosas por las que te hizo pasar, pero todavía recuerdo los moratones en tu cara y tus gestos de dolor después de cada una de sus palizas.

Intentabas que no me diera cuenta, pero no se te daba tan bien disimular el dolor como creías.

—Dios, eres jodidamente perfecta para mí.

Sonríe de una forma tan especial que no puedo evitar alargar el brazo, coger el teléfono de la mesita de noche y sacarle una foto.

—Oye, ¿qué haces? Que estoy recién levantada. Debo de llevar pelos de loca y legañas en los ojos.

—Estás preciosa, hadita. —Le doy un toque con el índice en la nariz y vuelve a sonreír.

Le hago cosquillas y, al revolverse, roza su sexo con el mío, provocándome una importante erección.

—¡Ups! —Se lleva la mano a la boca en un gesto travieso—. Creo que alguien tiene ganas de saludarme esta mañana —afirma, y comienza a moverse en círculos.

—No empieces algo que no tengas intención de terminar —le advierto—. He soñado con tus gemidos reverberando dentro del Porsche y la forma en la que te mordías el labio inferior mientras apretabas el volante.

La sujeto de las caderas y la ayudo a moverse sobre mi erección. Suelta un jadeo y no puedo resistirme por más tiempo. Con un movimiento rápido, nos hago rodar en la cama hasta quedar sobre ella, con sus piernas abiertas envolviéndome el cuerpo.

Succiono su labio inferior, para después morderlo y besarlo mientras ella tira de mis pantalones de pijama hacia abajo, ayudándose también de los pies. Pega la boca a mi cuello y su aliento me hace estremecer.

—Estás muy rico —ronronea.

Me deslizo hacia abajo y voy levantando su camiseta poco a poco a la vez que dejo un reguero de besos que comienzan en su estómago y terminan en el valle de sus pechos. Después, la ayudo a quitársela y me quedo de rodillas.

Observo su cuerpo con hambre, decidiendo por dónde empezar el festín que quiero darme con ella.

—Me encantan tus pechos —susurro con la voz ronca por el deseo.

—Demuéstramelo —responde con seriedad, con el anhelo empañando sus ojos grises.

Succiono uno de sus pezones y lo muerdo despacio cuando escucho un jadeo salir de sus labios. Mi lengua juega con él como si se tratase de un regalo muy especial, dándole toquecitos con la punta, lamiéndolo, acunándolo y recreándose en cada movimiento mientras con la mano doy cariño a su gemelo.

Alba se retuerce sobre las sábanas y yo disfruto sintiendo cómo se deshace por el placer. Deslizo sus pantalones de pijama despacio, centímetro a centímetro, para alargar su tortura y llevarla hasta ese punto en el que me suplica que la folle. Hoy quiero escucharla suplicar por mi polla.

Cuando la tengo totalmente desnuda debajo de mí, me levanto de la cama y me deshago de mis bóxer, la única prenda que queda entre los dos. Observo su cuerpo, sus ojos empañados por el deseo, su piel deseando que la toque mientras se frota los muslos en busca de la fricción que tanto necesita.

—Eres una jodida obra de arte, hadita.

—Ven —me pide, y soy incapaz de negarme.

Beso su tobillo derecho, su rodilla y la cara interna del muslo. Cuando llego a su sexo, busco sus ojos con los míos.

—Y aquí eres igual de bonita. —Soplo sobre su clítoris en círculos y noto cómo tensa las piernas.

Después rozo con la punta de la lengua la unión de sus labios y, tras probar su sabor, tengo que contenerme para no devorarla.

Repito el gesto varias veces y le sujeto los muslos cuando intenta cerrarlos, buscando profundizar mi toque—.

Shhh. No te muevas. Voy a tomar mi desayuno.

—¿Nadie te dijo que no está bien jugar con la comida? —musita, y suelta un jadeo en el momento en que mi lengua recorre su sexo de la forma en la que sé que lo necesita.

Succiono su clítoris y tanteo su entrada con dos de mis dedos. Está tan empapada que entran y salen con facilidad. Sus manos se aferran a las sábanas y las estrujan en los puños mientras levanta sus caderas y de su garganta fluyen sonidos que me vuelven jodidamente loco.

Estoy concentrado en llevarla al orgasmo cuando una de sus manos se entierra en mi pelo y me levanta la cabeza, mirándome a los ojos.

—Ven aquí —me ordena, y obedezco sin rechistar.

Me sitúo a la altura de sus labios y me hace girar. Después se coloca sobre mí, con las piernas a ambos lados de mis caderas, y hunde mi erección en su sexo en un gesto rápido que no veo venir.

—Joder —exclamo sintiendo el calor de su interior. Estar aquí dentro es una puta gozada.

Comienza a contonearse como si de una jodida serpiente se tratase, encontrando el equilibrio perfecto entre el ritmo y la cadencia de sus movimientos. Observarla sobre mí, cogiendo lo que quiere, buscando su placer mientras provoca el mío es lo más erótico que he visto en mi vida.

Cuando noto que mi orgasmo se acerca, introduzco mi pulgar en su boca y Alba lo lame, para después succionarlo con fuerza.

Lo coloco en su clítoris, dejando que sea ella la que busque el roce que necesita con sus propios balanceos.

Hago acopio de todo mi autocontrol para resistir y dejarme ir justo en el momento en que siento los espasmos de su orgasmo alrededor de mi erección y su mirada empañada sosteniendo la mía.

Se deja caer sobre mi pecho, enterrando la cabeza en mi cuello y su aroma a manzanas vuelve a bañarlo todo a mi alrededor. Cierro los ojos, la sostengo entre mis brazos y le acaricio la espalda, dibujando formas inconexas en su piel mientras su respiración se vuelve poco a poco más profunda.

Después de unos minutos de silencio, un pensamiento me viene a la cabeza y me da por reír. Ella se incorpora y me mira como si estuviese loco, no la culpo.

—¿Qué es lo que te hace tanta gracia?

—Nada, solo que cuando la cosa se ha empezado a poner intensa, he pensado en hacerte suplicar para que te follase y, al final, has acabado por follarme tú en el momento en que te ha dado la gana.

Se ríe también y me da un golpe en el hombro.

—¿De verdad pensabas en mí como una chica sumisa?

—No, tú rompes todos mis esquemas, hadita.