Abismo (Atenea 2) 23. Alba #2
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23. Alba #2

—Estás muy mojada, ratoncito. Dime qué es lo que te pone más.

¿Se trata del hecho de no poder quitar las manos del volante mientras te masturbo?

—Sus dedos rodean mi clítoris y, a pesar de que me muerdo el labio inferior para no gritar, un gemido escapa de mi garganta—.

O tal vez es la potencia de esta máquina…

Jadeo y comienzo a mover mis caderas sobre la palma de su mano, buscando el placer que anhelo. Necesito correrme tanto como el respirar.

—Yo…

—Dime lo que quieres, Alba. —Sus movimientos se hacen más rápidos y mis uñas se clavan en el volante cuando siento que el orgasmo se acerca—. Dilo y lo tendrás.

—Quiero correrme. Quiero… Mierda.

—Deseo concedido.

Mis caderas salen a su encuentro cuando introduce dos dedos dentro de mí a la vez que su pulgar me acaricia el clítoris, y sé que no voy a poder aguantar ni un segundo más.

En mitad de la neblina que ocupa mi mente, piso el pedal del freno y hallo la cordura justa para parar el coche en el arcén antes de cerrar los ojos y que todo estalle a mi alrededor.

Mantengo las manos en el volante mientras intento controlar la respiración y luego giro la cabeza hacia él. Tiene una sonrisa socarrona en los labios y la mirada cargada de deseo.

—¿Sabes? Creo que podría correrme solo escuchando tus gemidos —suelta con descaro.

Se lleva a la boca los dedos que hace un momento tenía dentro de mí y comienza a chuparlos como si fuesen un maldito manjar. Después se ríe.

—Mierda, estás muy borracho. ¿Me he aprovechado de ti? —Pienso en voz alta, y su risa se vuelve más fuerte.

—Puedes aprovecharte de mí cuando quieras, hada. Esté sobrio o borracho como una cuba, siempre voy a querer follarte.

Los faros de un coche nos iluminan desde atrás. Miro por el espejo retrovisor y veo que Parker ha llegado a donde nos encontramos y ha estacionado a unos metros de nosotros. Hughes se baja del coche.

—Arranca —ordena Alex.

—Voy a ver qué quiere, espera un momento.

—Alba, arranca el puto coche. Solo quieren saber por qué hemos parado, pero no voy a permitir que otro hombre vea tu cara después del orgasmo.

Me quedo petrificada, aunque la mirada que me lanza me hace saber que no está bromeando, así que meto primera y hago lo que me pide.

Llegamos en apenas cinco minutos. La casa está sumida en la oscuridad y en el más absoluto silencio, pero nada más cruzar el umbral de la puerta, diviso la figura de Mark en lo alto de las escaleras.

Alex da un traspiés y lo sujeto del brazo para evitar que se caiga.

Se halla demasiado perjudicado para notar la presencia de mi compañero, el cual se ha dado cuenta del estado en el que se encuentra Alex y hace el ademán de bajar a ayudarme.

Niego con un gesto de cabeza. Sé que al hombre que tengo al lado no le gustará recibir ayuda de ninguno de mis compañeros y todavía menos de él después del enfrentamiento que tuvieron ayer.

Mark nos mira a ambos con desaprobación, pero finalmente cede y se da la vuelta para volver a la habitación que está ocupando estos días.

Los hombres de Alex aparecen justo en ese momento y preguntan si necesitamos ayuda con algo.

—Joder, largaos de una puta vez. ¿Cuántas veces tengo que decíroslo esta noche? —ruge su jefe, y yo pongo cara de pena.

En cuanto nos quedamos solos, le doy un codazo en las costillas y él suelta un quejido.

—¿Por qué has hecho eso? —refunfuña.

—Por ser tan estúpido con Hughes y Parker, que solo intentaban ayudar.

Pone los ojos en blanco, dramatizando, y tengo que girar la cabeza para que no vea que estoy sonriendo. Solo le falta saber que me hacen gracia sus tonterías.

Nos cuesta un poco más de la cuenta subir las escaleras y, cuando por fin llegamos a su habitación y cierro la puerta, suspiro aliviada.

—Oh, te veo contenta de estar en mi cuarto. A mí también me gusta verte aquí, ¿sabes? —Sonríe ladino.

—Menos lobos, Caperucita, que el suspiro ha sido de alivio porque eres muy ruidoso y estabas a punto de despertar a todo el mundo. Anda, a la ducha.

Voy al baño y abro el grifo de agua para que se vaya calentando mientras él empieza a quitarse la ropa. Sinceramente, me sorprende que me haya hecho caso a la primera, pero no seré yo quien se queje.

—¿No vas a meterte conmigo, ratoncito? —susurra tras abrazarme por la espalda y comenzar a darme pequeños besos en el cuello que me ponen a mil.

Noto su erección en mi culo y, al mirar al frente, descubro en el espejo que ya está completamente desnudo.

—No pienso volver a aprovecharme de ti, así que métete debajo del agua. A ver si conseguimos que se te pase un poco la cogorza.

—¡A sus órdenes, mi generala!

Bajo a por agua y aprovecho para coger también un ibuprofeno y unas galletas saladas.

Entro en la habitación de nuevo justo cuando él sale del baño vistiendo solo un pantalón de pijama que cae sobre sus caderas de forma demasiado sexy para mi fuerza de voluntad.

Al verme, sus ojos se encienden de deseo y se acerca con pasos lentos e intenciones obvias.

Me muerdo el labio inferior y busco en mi cabeza la fuerza mental que necesito para negarme a lo que me está ofreciendo.

—Te he traído algunas cosas que te ayudarán a encontrarte mejor —digo señalando con la cabeza hacia la mesita de noche, donde he dejado lo que fui a buscar a la cocina.

—Yo sé lo que me haría recuperarme de inmediato.

Se acerca más y, cuando está a punto de lanzarse a mis labios, le coloco una mano en el pecho y lo freno.

—Alex…

Baja la boca a mi hombro y comienza a besar y a lamer pequeños fragmentos de piel, provocándome un escalofrío.

—Terminemos lo que hemos empezado en el Porsche —me pide, y su aliento me hace cosquillas.

«Dios, quiero sentirlo por todo el cuerpo».

Estoy a punto de ceder, lo sé, pero hago un último intento y doy un paso hacia atrás.

—Tenemos una conversación pendiente.

—¿Ahora? —pregunta con los ojos muy abiertos.

—Si lo prefieres, puedo marcharme, descansamos y hablamos dentro de unas horas, pero no voy a tapar lo que nos pasa con sexo. Nos merecemos más.

Se lleva una mano a la cabeza, se frota el pelo y suelta el aire que estaba conteniendo.

—De acuerdo. Tú ganas. —Se da la vuelta, saca una camiseta gris de uno de los cajones de la cómoda y se la pone. Después, se sienta a los pies de la cama—. ¿De qué quieres qué hablemos?

Cojo una butaca que hay en un rincón de la habitación y la acerco para colocarme frente a él.

—Lo primero, me gustaría saber qué ha pasado esta noche para que te hayamos encontrado borracho y herido.

Apoya los codos sobre las rodillas y hunde la cabeza en las manos. Permanece en esta postura durante un par de minutos y, cuando pienso que ya no va a responderme, se yergue y comienza a hablar.

—Hoy no tenía la intención de salir de caza, no quería que él venciera.

—Suspira, supongo que buscando la forma de explicar lo que siente—.

Aunque no me ha salido mal del todo, ¿sabes?

Esta noche he descubierto que puedo ahogarlo en bebida.

Se las daba de invencible, pero parece que no sabe nadar en alcohol —dice más para sí mismo que para mí—.

El muy hijo de puta siempre ha sido más fuerte que yo. Puto Abismo…

Fija la mirada en mí, como si acabara de recordar que no está hablando solo, sino conmigo.

—Él tiene la fuerza que tú quieras darle, no más.

—Alba. ¿O debería llamarte Joana? —Escruta mis ojos, tal vez esperando encontrar algo distinto en ellos al pronunciar el nombre que mis padres me pusieron al nacer y con el cual hace mucho que no me identifico.

No respondo—. Pensé que lo tenía controlado, pero ha sido regresar a casa y el muy hijo de puta ha resurgido del pozo en el que creí haberlo encerrado para siempre.

Aunque, en realidad, él empezó a volver hace unos meses, justo cuando te encontré sin saber que eras tú.

—Sonríe, pero las comisuras de su boca se quedan a medio camino—.

Parece que mi subconsciente sí te reconoció…

—Siento haberte ocultado la verdad, Alex. No tenía derecho a guardarme el secreto, sobre todo después de empezar a conocerte de nuevo y darme cuenta de que llevo años equivocada.

Me observa como si buscase algo en el interior de mis pupilas y yo aprovecho para perderme en sus ojos negros.

—Acepto tus disculpas.

—¿Así, sin más? —pregunto sorprendida.

—Puedo entender tus motivos y, además, soy experto en cagarla. ¿Qué clase de hipócrita sería si no fuera capaz de perdonar tus errores? Viste una versión horrible de mí, una que te asustó y te hizo salir huyendo. Sí, deberías haberme dicho quién eras, pero el pasado es algo que no podemos cambiar.

—Gracias.

—¿Puedo pedirte algo? —Asiento. Tengo ganas de abrazarle, pero el temor a que me rechace persiste—. Quédate conmigo, como cuando éramos pequeños. Cuéntame cómo te ha ido el día, igual que hacías antes… ¿Te has escapado de algún guardia hoy? ¿Has encontrado algún bicho interesante en el jardín?

—Sí, encontré uno enorme y borracho.

Se ríe y esta vez no puedo reprimirlo más.

Me levanto de la butaca, me siento en su regazo y lo abrazo con fuerza.

Sus manos rodean mi cintura y me estrechan contra él.

Huele a vodka, pero también a ese perfume que utiliza y que me hace sentir en casa.

Su abrazo me reconforta como ningún otro lo ha hecho hasta ahora y siento como si lo conociera desde siempre, como si nunca nos hubiésemos separado.

—No me sueltes —le pido.

—Jamás.