Abismo (Atenea 2) 23. Alba
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23. Alba

ALBA

No puedo dormir. Lo he intentado todo: infusión de hierbas, sesión de meditación y hasta música relajante, pero nada.

En cuanto cierro los ojos, las palabras que Alex me dijo en el avión vuelven a sonar en mi cabeza: «Me importas.

Me importas lo suficiente para querer protegerte de todo lo malo; para sentirme celoso si cuidas a otro que no sea yo y portarme como un imbécil si creo que no soy el centro de tu atención».

No pude responder en ese momento, pero ahora su afirmación se hace eco en mi mente impidiendo que piense en otra cosa. Debí sincerarme en ese instante, ahora lo sé, lo veo tan claro como el desastre que he creado al ocultarle quién soy en realidad.

Lo peor de todo es que no hay nada que pueda cambiar eso. Le expliqué por qué me marché, el miedo que pasé durante años pensando en lo que él o su padre podrían llegar a hacer si me encontraban.

El Alex que yo conocía, aquel con el que pasaba horas hablando en secreto y que me protegía de su padre, no era el mismo que vi aquella noche.

Después, los rumores comenzaron a llegar, el hijo del señor Reigadas se había convertido en el asesino más letal que nadie había conocido.

Hablaban de su crueldad, de su actitud cínica y del infierno que desataba a su paso.

Esos rumores aumentaron mi temor hacia él.

No puede culparme por huir en aquella situación, aunque sí puede hacerlo por haberle ocultado todo.

Doy otra vuelta en la cama, apartando las sábanas y apretando la almohada para encontrar la comodidad que me lleve al sueño, pero sigue sin funcionar. Necesito hablar con él.

Estoy a punto de levantarme y bajar a por un vaso de agua cuando mi teléfono comienza a vibrar sobre la mesita de noche. Me extraña leer el nombre de Hughes en la pantalla y mi corazón se salta un latido cuando veo que son casi las cuatro de la madrugada.

—¿Pasa algo? —pregunto con el miedo impregnado en la voz.

Ha vuelto a trabajar porque es un cabezota, pero estoy segura de que el médico le recomendó guardar, al menos, una semana más de reposo.

—No sabía a quién llamar. Parker me está asesinando con la mirada ahora mismo porque los dos nos estamos jugando el cuello por acudir a ti en lugar de a Liam, pero…

—Pero ¿qué? ¡Por Dios, di algo!

—Es Alex. No anda muy bien y no deja que nadie se le acerque.

—¿Está herido?

—Herido y borracho, aunque no parece nada grave. Fue capaz de avisar a Parker para que viniese a buscarlo, pero ahora no hay quien lo mueva de aquí. Creo que ha tenido uno de esos momentos en los que no es él mismo.

—Mierda. Pásame vuestra ubicación, voy para allá. —Me pongo el primer pantalón que encuentro y busco unas zapatillas en el armario mientras hablo con él—. Y Hughes, no te preocupes, has hecho bien en acudir a mí.

—Eso espero. No tardes.

Termino de vestirme, me paso los dedos por el pelo a la vez que bajo las escaleras y, al llegar al vestíbulo, me doy cuenta de que no tengo cómo desplazarme hasta el lugar que me ha indicado Hughes.

Pienso en pedir un Uber, pero no quiero esperar y tampoco sé lo que voy a encontrarme al llegar, así que decido bajar al garaje y rezar por que haya algún coche con las llaves cerca.

Lo que veo al entrar me deja petrificada. Antón es todo un coleccionista de coches de lujo y, lo que es mejor, hay una caja con las llaves y tarjetas de cada una de las bellezas que se guardan en este santuario.

—¡No me lo puedo creer!

Mis ojos se quedan pegados al Porsche 911 Spirit 70 verde oliva aparcado a mi derecha. Una edición limitada que la empresa fabricó para conmemorar los cincuenta años del Turbo. Estoy segura de que esta será mi única oportunidad en la vida de conducir este coche y no pienso desaprovecharla.

Cuando piso el acelerador y escucho el rugido del motor, siento la tradición y el poder, el estatus que aporta pilotar esta máquina. Llego antes de lo que indica el navegador. Hughes me está esperando en la acera y me recibe con cara de preocupación.

—¿Dónde está?

—Dentro —responde señalando la puerta de un pub—.

Está sentado en una mesa al fondo del local.

Parker lo vigila desde la barra, pero no permite que nos acerquemos.

Ha pedido una botella de vodka y, cuando no se la han querido servir viendo el estado en el que se encuentra, le ha dado un empujón al camarero y la ha cogido él mismo.

El dueño del bar nos ha amenazado con avisar a la policía si no nos lo llevamos ya.

—Haré lo que pueda, vigila el coche —le digo lanzándole las llaves, y él se queda observando la maravilla que tiene delante.

El pub es más bien un antro oscuro con un puñado de mesas, la mayoría vacías, y una pequeña pista de baile en la que solo queda un grupo de hombres borrachos que berrean y sueltan obscenidades cuando paso cerca de ellos.

Saludo a Parker con un gesto de cabeza y él señala hacia una zona oscura del local sin mirarme siquiera, dejando más que claro que no está de acuerdo con mi presencia aquí esta noche.

Por los altavoces, suena una canción discotequera algo pasada de moda pero que en otra ocasión hubiese disfrutado bailando.

Localizo a Alex, que observa detenidamente la botella de cristal que tiene en la mano como si se tratase de un objeto extraño.

Cuando llego hasta él, me siento en la silla de al lado.

—Lárgate —sisea sin levantar la mirada y supongo que piensa que soy uno de los chicos. O, al menos, eso espero.

—Solo si vienes conmigo.

Levanta la cabeza con lentitud y pestañea un par de veces de forma perezosa para después frotarse los ojos con los dedos.

—¿Eres tú de verdad, ratoncito?

Su voz gangosa y la lentitud de sus movimientos me confirman que no me está tomando el pelo, sino que de verdad piensa que puedo ser fruto de su imaginación.

Muestra un aspecto desastroso: tiene la ceja izquierda partida, un arañazo en la mejilla, marcas rojas en el cuello y la ropa arrugada y descolocada.

Su apariencia es todo lo contrario a la del Alex siempre pulcro e impoluto al que estoy acostumbrada y eso me da una pista de lo mal que debe de encontrarse.

—Soy yo, pero no te atrevas a volver a llamarme «ratoncito» o me obligarás a inventarme un mote ridículo para ti también —le advierto sonriendo.

Acerca su mano derecha y me roza la mejilla con delicadeza, como si necesitase hacerlo para comprobar que soy de verdad. Después sonríe.

—Es verdad, te pega más «Hada de pelo rosa»… Te he echado de menos. Mucho.

«Dios, tengo ganas de comerme a besos a este Alex cariñoso y bobalicón».

—Anda, vamos. Te llevo a casa.

Parker se adelanta para ayudarme a cargarlo, pero Alex levanta la mano y ese gesto es suficiente para que su hombre se aparte a un lado.

Su forma de andar es bastante torpe, por mucho que intente disimularlo. Cuando salimos del antro, Hughes nos está esperando junto al Porsche. Me ayuda a subir a su jefe y, después de cerrar la puerta del copiloto, me mira sorprendido.

—Vale, dime cómo has conseguido amansarlo en solo cinco minutos.

—¿Me estáis jodiendo? ¿De verdad no erais capaces de sacarlo entre los dos de ese bar de mala muerte? —les recrimino.

—Te juro que actuaba como una bestia descontrolada antes de que tú llegaras. No dejaba que nadie se acercara.

Desvío la mirada hacia Parker, quien no puede disimular la cara de cabreado y sus pocas ganas de colaborar. Después de unos largos segundos, se digna a aportar su versión de lo ocurrido.

—Hughes tiene razón. Cuando llegamos, estaba liándola parda. Le dio un puñetazo a un tío y rompió varios vasos. Creo que el dueño no ha hecho nada porque se huele que involucrar a la policía le traería problemas.

—Está bien. Podéis marcharos, yo lo llevo a casa.

—De eso nada, te seguimos —asegura Hughes—. Por cierto, ¿de dónde has sacado esta preciosidad? —pregunta acariciando la carrocería del Porsche.

—Cuanto menos sepas, mejor para ti —afirmo guiñándole un ojo.

Al meterme en el coche y arrancar el motor, Alex me mira fijamente.

—Ratoncito, has vuelto. —Sonríe como si no pudiera creerse su suerte.

—Pues claro, ¿a dónde crees que iba a ir? Prometí llevarte a casa sano y salvo.

Piso el acelerador y no puedo evitar que se me escape una sonrisa de los labios. Esta situación es bastante inverosímil, pero la verdad es que la estoy disfrutando.

—¿También vas a meterme en la cama?

Su mano va a parar a mi muslo y comienza a trazar círculos con los dedos sobre la tela de mi pantalón. Mentiría si no dijese que su contacto me hace estremecer y evocar la forma en la que nuestros cuerpos conectaron en ese pequeño pueblo del sur. Nosotros dos en la ducha, en su cama…

Trato de concentrarme en la carretera, pero todos mis sentidos están puestos en sus jodidas manos. Giro a la derecha en la intersección y por fin salimos de la ciudad. La mansión de los Reigadas se encuentra a solo quince minutos de aquí.

Sus caricias se acercan a mi sexo y experimento un cosquilleo justo en el lugar en el que deseo que sus dedos me presten atención. Me remuevo en el asiento, buscando un poco de fricción que aplaque el ardor que comienzo a sentir por todo el cuerpo.

—Alex, deja de jugar —le reprendo porque es lo correcto, porque estoy conduciendo, porque ha bebido demasiado…, aunque, en realidad, no quiero que pare.

—Oh, vamos, ¿qué tiene de malo divertirse un poco? —responde meloso mientras me desabrocha el cordón del pantalón y comienza a jugar con el borde de mis braguitas. Giro la cabeza en su dirección y esta vez es él quien me riñe a mí.

—Mirada al frente, Alba. No queremos tener un accidente.

Obedezco e inspiro con fuerza, con la sensación de que necesitaré llenar los pulmones con todo el aire que cabe en el coche. Quiero cerrar los ojos cuando cuela la mano por debajo de la tela y se encuentra con mi humedad, pero consigo mantenerlos abiertos.

—Alex…

Empieza a acariciarme de forma lenta.