22. Alex #2
—Hasta que mi hermano vuelva, las cosas se van a gestionar a mi manera. Si tenéis quejas, se las planteáis a él a su regreso, pero no aceptaré niñerías ni rabietas durante este tiempo, el cual todos esperamos que sea lo más corto posible.
—Seguro que sí —se burla Rubén por lo bajo con un tono cargado de sarcasmo que no pienso tolerar.
—¿Qué has dicho? —pregunto sin elevar la voz, pero lanzándole una mirada que haría dar un paso atrás a muchos.
—Solo que puede que haya personas a las que les resulte beneficioso que Antón esté fuera de combate.
Me mira directamente a los ojos y estoy seguro de que todos en la sala han entendido lo que está insinuando.
No puedo permitir que ponga en entredicho mi lealtad hacia Antón y solo hay una manera de dejarlo claro de forma tajante.
Levanto el arma y le clavo una bala entre ceja y ceja antes de que pueda quejarse. Se escucha una pequeña algarabía a nuestro alrededor y, después, un mutismo expectante.
—Escucharé opiniones, pero no quejas, y mucho menos faltas de respeto. Si alguien desea hacer cualquier apreciación, puede pronunciarse ahora.
El silencio se extiende y observo a los subjefes uno a uno, esperando que alguien más tenga algo que objetar. Casi deseándolo para poder ahogar mi irritación.
Cuando asumo que nadie va a añadir nada, le ordeno a Martiño que se encargue de pedir un equipo de limpieza y salgo de aquí tan cabreado como he entrado.
Parece que los problemas hacen cola para visitarme.
Al llegar a casa, subo a mi habitación para cambiarme, me vendo las manos y me encamino al gimnasio que mi hermano instaló hace tiempo en la parte trasera de la mansión.
Necesito sacar la rabia y la frustración que siento de alguna manera y mis mejores opciones son la lucha y el alcohol. Probaré con la primera.
Cuando estoy llegando al gimnasio, escucho unas risas que vienen del interior y me paro en seco al ver que son Mark y Alba entrenando juntos.
Él está en posición de defensa y le pide que le ataque más rápido y con más fuerza mientras Alba le lanza alguna patada que él bloquea al instante.
Es buena, pero no lo suficiente para luchar contra él.
Mark aprovecha uno de sus ataques para doblarle la pierna y hacerla caer bocarriba sobre la colchoneta.
En lugar de retirarse de inmediato, se queda sobre ella, su cuerpo demasiado cerca del suyo, observándola con hambre hasta que Alba se queja entre risas y lo aparta con un gesto de cariño.
A duras penas me contengo de entrar ahí dentro y reventarle la cara de niño pijo al imbécil. En lugar de hacerlo, vuelvo por donde he venido y me subo al coche.
La rabia burbujea en cada gota de sangre que recorre mis venas y sé que, si no consigo canalizarla pronto, perderé el control.
Conduzco hasta un club de lucha clandestino que conozco desde hace años y doy gracias al comprobar que no ha desaparecido con el tiempo.
Es un lugar bastante más pequeño que el Madness y también más sucio.
Entro como si el local me perteneciera y con un barrido visual localizo al tipo que controla las apuestas y me ofrezco para la siguiente pelea.
—Lo siento, chaval, no hay sitio para caras nuevas esta noche. Ven la semana que viene —me suelta tras echarme un rápido vistazo.
—He dicho que quiero pelear hoy —insisto acercándome hasta que mi cara queda casi pegada a la suya.
—Venga, no me jodas, apártate y vuelve otro día. Ya te he dicho que hoy lo tenemos todo completo.
Se aleja un par de pasos, dándome la espalda y, frente a nosotros, aparece un tío bien vestido y con el pelo engominado, que intuyo que es el dueño de este antro.
—Perdona a mi colega. —Se dirige a mí, y la mezcla de respeto y miedo que veo en su mirada es suficiente para adivinar que sabe quién soy—. Bienvenido a nuestro club de lucha, ¿qué puedo hacer por ti?
—Jefe, ya le he explicado que no hay sitio para ningún luchador más esta noche —insiste el encargado de las apuestas.
—¡Cierra la boca! ¿Acaso no sabes quién es? —sisea, y el otro hombre me observa en silencio sin comprender.
—No quiero broncas —advierto—, solo he venido a luchar.
—Por supuesto —confirma el tipo bien vestido después de lanzarle una mirada reprobatoria a su empleado—. Si me lo permites, te muestro la planificación de los combates de esta noche para que puedas elegir en cuál te gustaría participar.
Acabo luchando en tres peleas seguidas y salgo vencedor en todas. El dueño del local hace el agosto gracias a mí. Me ha debido de reconocer en cuanto he cruzado la puerta y he sido su apuesta segura de esta noche. No me importa lo que haga mientras me deje volver cuando lo necesite.
Parece que el ejercicio físico ha apaciguado un poco mi ánimo, aunque siento que soy como una cerilla esperando cualquier roce para prenderse.
Salgo del local y cruzo la calle hasta el aparcamiento de enfrente, en el que he dejado mi coche. Me abrocho la sudadera y me cubro la cabeza con la capucha cuando siento el frío de la noche colarse entre los edificios.
En medio del silencio, escucho un gemido ahogado seguido de un golpe y unas risas.
No suelo meterme en movidas ajenas, pero algo me impulsa a acercarme.
Me deslizo entre los coches con sigilo hasta que llego al origen de los sonidos.
Cuatro hombres de unos veintitantos años rodean a un chaval que no tendrá más de dieciséis.
Lo zarandean, lo empujan y le sueltan algún golpe de vez en cuando.
El pobre chico intenta mantenerse en pie y adivinar de dónde vendrá el siguiente ataque, aunque es inútil siendo cuatro contra uno.
No puedo entender con claridad lo que dicen, pero sí soy capaz de detectar las humillaciones y los insultos.
Cuando el chaval trata de defenderse y escapar, lanzando un derechazo directo a la mandíbula del que tiene a su derecha, uno de ellos saca un bate de béisbol de la nada y se lo estampa en las costillas.
El chico aúlla de dolor y cae al suelo, momento que aprovecha el que ha recibido el puñetazo para asestarle unas cuantas patadas en el estómago.
A mi mente llegan imágenes similares de los hombres de mi padre rodeándome en círculo y turnándose para golpearme mientras el señor Reigadas observaba la escena sentado en su sillón preferido y disfrutaba su cena como si estuviese viendo un programa en la televisión.
Nunca nadie frenó a esos sujetos, nadie pidió clemencia ni dio la cara por mí.
Con el tiempo, perdí cualquier esperanza y dejé de defenderme, dejé de intentar escapar.
Me froto ambas muñecas, como si aún pudiera sentir los grilletes en ellas, y un grito desgarrado sale de mis pulmones, despertando a la bestia que todavía vive en mí.
Abismo me rompe por dentro y me absorbe hasta hacerse con todo, incapaz de permanecer encadenado por más tiempo.
Crujo el cuello, roto los hombros y me acerco a los hombres que están maltratando al chico. Me enfrento a los cuatro con una furia desgarradora, sintiendo cada herida del pasado abriendo mi piel y quemándome entero.
El primero apenas tiene tiempo de reaccionar. Mi puño impacta contra su esternón y el sonido seco que se escucha me resulta agradable y familiar al mismo tiempo. Retrocede tambaleándose, se lleva las manos al pecho y se inclina sobre sí mismo antes de caer al suelo.
Solo necesito un segundo para ver que el del bate levanta su arma, pero da un paso atrás y mira de reojo hacia un lado, tratando de decidir si es mejor enfrentarse a mí o salir huyendo.
Se lo piensa demasiado y me lanzo sobre él antes de que pueda coger impulso para golpearme. Le arrebato el bate de las manos y lo tiro al suelo. El sonido de la madera pulida golpeando el asfalto hace eco en el aparcamiento silencioso.
Uno de sus colegas elige este momento para saltar sobre mi espalda y envolverme el cuello con su brazo, ejerciendo la presión suficiente para que pierda la concentración por una fracción de segundo.
Me está aplastando la tráquea e impide el paso del aire.
De repente, no estoy en un aparcamiento de mala muerte frente a un club de lucha, sino en el despacho de mi padre.
Quien tiene su antebrazo en mi cuello es su mano derecha, Xoel, un tío mucho más grande que yo al que tuve pánico durante muchos años.
— Sigues siendo un inútil, Alex.
— Papá, por fa-favor. Ayuda. — Apenas me queda aire en los pulmones y siento cómo la vida se me escapa sin que él haga nada por evitarlo.
La risa de mi padre resuena en mi cabeza.
El olor del puro que está fumando llega hasta mí mientras observa cómo su hombre me estrangula frente a él.
Quiero coger aire.
Quiero dejar de llorar.
Quiero ser capaz de luchar y vencer.
El cabezazo que doy hacia atrás es para Xoel. Inmediatamente, afloja el agarre y separa el cuerpo lo suficiente para permitirme darme la vuelta. Mi primera patada va directa a su cara y sonrío al ver su sangre oscura salpicando el suelo.
Cae de rodillas y no me detengo. No puedo. Cada uno de mis movimientos es automático y más brutal que el anterior. Siento como si una fuerza extraña guiara mis manos.
Observo la cara de Xoel y la de mi padre y los golpeo a ambos una vez tras otra sin saber quién es quién en medio de la bruma que nubla mi mente.
De pronto, un sonido lejano se abre paso entre la ira de Abismo. Parecen sirenas de policía, pero no puedo distinguir si están cerca.
Respiro con dificultad, parpadeo y, por un momento, todo se superpone: el despacho de mi padre, el aparcamiento, los coches, sus caras. Me observo las manos con atención, poniéndolas frente a mis ojos y moviéndolas despacio. Están llenas de sangre y tiemblan.
Ya no sé si soy yo o él, Abismo, quien me arrastra y me consume cada vez con mayor asiduidad.