22. Alex
ALEX
Dos días. Dos putos días sin hablar con ella y me estoy volviendo loco.
Vega llegó el martes con el resto de su equipo, se encerraron durante un par de horas en la sala que les dejé para reunirse y salieron todos en una misión.
No pregunté cuándo volverían ni si lo que tenían que hacer estaba relacionado con Feng Yue; conozco a Vega lo suficiente como para saber que todo lo que envuelve a Atenea es alto secreto.
Mi problema es que todavía no han regresado y ansío saber que Alba, Joana o como quiera llamarse ahora está bien.
Mi obsesión ha crecido hasta el punto de dominar mi vida.
No duermo, apenas como y soy incapaz de relacionarme con nadie sin mandarlo a la mierda.
La organización de mi hermano está patas arriba y yo no consigo concentrarme y encontrar soluciones porque mi mente siempre se escapa para buscarla a ella.
Necesito tener la certeza de que está a salvo y que volverá pronto. Joder, la necesito a mi lado.
Termino de arreglarme la camisa frente al espejo de mi habitación y decido ponerme también la chaqueta del traje. No suelo usarlas, pero la reunión que tengo en una hora con los subjefes de mi hermano requiere cierta manifestación de poder.
Salgo de la habitación y, cuando estoy bajando las escaleras que conducen al vestíbulo, la puerta de entrada se abre y aparecen Lucas, Mark y Alba cargados de mochilas y hablando animadamente.
«Al fin está de vuelta».
Los dos últimos se están riendo por alguna broma que no he escuchado.
Llevaba días sin ver la sonrisa de Alba y no voy a negar que me cabrea que se la dirija a su compañero.
Todo el alivio que he sentido hace un segundo se ve eclipsado por las ganas que tengo de arrancarle la cabeza al jodido imbécil que está a su lado.
Termino de bajar las escaleras y freno a unos pasos de distancia del lugar en el que se encuentran ellos.
—Estáis dejando todo hecho un asco —refunfuño como un crío.
Mark mira las manchas de barro que sus botas han impreso sobre el suelo de mármol y levanta los hombros, poniendo cara de no haber roto nunca un plato.
—Lo siento, tío, veníamos distraídos y no nos hemos dado cuenta.
Hay algo en él que me disgusta. Tiene apariencia de niño rico, bien vestido y con esos aires de grandeza de quienes siempre lo han tenido fácil en la vida.
Apuesto a que sus papás le pagaban cada uno de sus caprichos y, aburrido de estar en la cima de la montaña, decidió buscar un poco de diversión jugándose la vida en misiones de alto riesgo. Tan predecible…
—Ya —respondo cortante.
—Podemos dejar las botas fuera —musita Alba en un tono de voz bajo que apenas escucho. Mark le da un golpecito en el hombro para animarla y tengo que contenerme para no abalanzarme sobre él en este jodido momento.
—Eso lo podíais haber pensado antes de entrar.
—Eh, tío, te me tranquilizas un poco, que no es para tanto. —El rubito hincha el pecho y sus aires de chulería se me atragantan.
Me acerco hasta él en dos zancadas.
—¿Ahora eres su defensor? ¿Qué pasa, que el ratoncito se ha vuelto mudo y no puede hablar por sí mismo? —suelto en clara alusión a Alba—. Te recuerdo que estáis en mi puta casa.
—Pero ¡serás gilipollas! —responde dando un paso hacia delante.
Mi puño golpea su mandíbula antes de que pueda verlo venir.
Acto seguido, se lanza contra mí y, aunque estoy preparado para defenderme y devolver el ataque, este nunca llega.
La mole que tiene a su lado, Lucas, lo agarra por la espalda, impidiéndole cualquier avance mientras él gruñe como un animal enjaulado.
Alba me mira impactada, con la decepción impresa en su rostro y, después de unos segundos, como si yo no mereciese la pena, me da la espalda, se acerca a Mark y le susurra algo al oído que lo calma ligeramente.
La complicidad que hay entre ellos me escuece más que cualquier golpe que él hubiese podido asestarme.
—Vigila a tu perro guardián —suelto antes de marcharme sin mirar atrás.
Me subo al coche en el que Parker ya me está esperando. Me he negado a utilizar el chófer de mi hermano porque es el mismo hombre que conducía para mi padre y no necesito más cosas que me lo recuerden. Cierro de un portazo.
—¿Va todo bien, jefe? —pregunta Parker arrancando—. He estado a punto de entrar, pero me ha dado la sensación de que lo tenías controlado.
—Nada va bien, joder. Ahora haz tu puto trabajo y conduce en silencio.
Parker no responde, fija la mirada en la carretera y cumple la orden que le he dado.
Mierda, no era así como quería que fuesen las cosas cuando me reencontrara con Alba.
Pretendía invitarla a cenar, hablar con ella sobre nuestro pasado y volver al punto en que lo dejamos antes de entrar en esta maldita casa.
Pero verla llegar tan feliz con el imbécil mientras yo me he estado muriendo por no tenerla cerca me ha reventado.
No sabía que se llevara tan bien con él y descubrir cómo la miraba…
Había admiración en sus ojos, pero también deseo. Ese tío quiere follársela.
Por encima de mi cadáver.
Cuando el coche se detiene frente al edificio en el que siempre se han llevado a cabo las reuniones de la familia, desciendo sin pararme a comprobar si Parker me sigue o no.
Me abrocho los dos botones de la americana antes de comenzar a andar.
Soy consciente de que varios pares de ojos observan cada uno de mis movimientos, así que saco mi versión más impenetrable, fría, calculada y perfectamente ensayada, la que no deja entrever ni una sola grieta.
Hago un gesto de cabeza a los dos hombres que controlan el acceso y ellos bajan la mirada en señal de respeto.
Los rumores de que Abismo ha vuelto han corrido como la pólvora por toda la zona norte del país y ya he tenido que soportar que varias personas me llamen por ese apodo que detesto con todas mis fuerzas.
La gente me reconoce y corroboro que me he convertido en una especie de leyenda, una que nunca quise ser.
Durante los últimos días, me he asegurado de que se me viera en puntos clave para que todos supiesen que no hay un vacío de poder en la familia y que el lugar de mi hermano será respetado hasta que él pueda volver a tomarlo.
Cuando entro en la sala cinco minutos después de la hora a la que convoqué la reunión, los doce tenientes de la organización se levantan de sus asientos dispuestos alrededor de la mesa.
Este sitio no ha cambiado ni un ápice desde la última vez que estuve aquí, incluso mantiene el olor a viejo que ya casi había olvidado.
La gran mesa de ébano alargada, que alberga sin dificultad a los presentes; el tapizado color vino de las sillas a juego con las tupidas y pesadas cortinas que impiden que pueda verse lo que pasa aquí dentro a través de los ventanales y, por último, los cuadros que representan el poder y la ostentosidad que siempre ha envuelto a la familia.
—Buenas tardes, señores. —Mi tono de voz es seguro y lo suficientemente alto para que todos me escuchen.
No me paro a ofrecer la mano a ninguno de ellos y tampoco ocupo el lugar de Antón en la cabecera de la mesa, sino que me siento justo en el lado contrario, por respeto hacia él y para dejar claro, por si hubiese alguna duda, que Antón volverá en algún momento.
—Como ya sabéis —comienzo sin esperar a que nadie me salude.
Esto no es un jodido encuentro entre amigos y no quiero que nadie se olvide de ello—, mi hermano fue herido en un tiroteo llevado a cabo en uno de sus locales.
Sé que algunos de vosotros os habéis interesado por él.
Por ahora, solo puedo deciros que está estable.
—Paseo la mirada por todos ellos antes de continuar—: Podréis imaginar que mi presencia en la ciudad y en este consejo no es casual.
Mis actos hablan por sí solos, pero por si alguien necesita una confirmación con palabras, sabed que he asumido el liderazgo de la familia y que será así hasta que Antón pueda ocupar su lugar de nuevo.
La sala se llena de silencio durante unos segundos hasta que Iván, uno de los tenientes de mayor edad y el único que mi hermano conservó de los que servían a mi padre, toma la palabra.
—Nunca pensé que te vería al frente de la familia, hijo, pero me alegro de que así sea.
Cuatro hombres más me expresan su apoyo y el resto permanecen callados. No puede importarme menos si alguno de ellos no está de acuerdo con la decisión que he tomado. La sangre que llevo en las venas avala mi posición como líder.
Una vez que he dejado claro el punto principal de la reunión, pido informes de situación a cada subjefe y les comunico que tendrán que enviarme resúmenes semanales sobre la actividad en sus respectivas zonas.
Varios coinciden en que algunas bandas con las que tenían pactos de no agresión se están volviendo más descaradas y metiéndose en nuestro territorio.
—Terminaremos con el problema de las bandas de raíz. Deben de haber escuchado rumores sobre Antón y posiblemente sepan que Rafa ha muerto. Necesito saber quiénes son, dónde actúan, qué territorios nuestros están invadiendo y cuáles son sus sedes principales.
—¿Qué pretendes hacer con esa información? —pregunta Rubén, uno de los tenientes más jóvenes.
—Lo sabrás cuando llegue el momento.
—¿En serio? —insiste haciéndose el valiente—. Con el debido respeto, acabas de llegar después de más de una década desaparecido y sin tener ningún vínculo con la familia, la mayoría de nosotros ni siquiera te conocemos y ¿pretendes que obedezcamos todas tus órdenes a ciegas y sin rechistar?
—¿Acaso mi hermano te contaba todos sus planes antes de ejecutarlos?
—No, pero tú no eres él. No puedes mantenernos ciegos.
Observo al resto de los subjefes sentados alrededor de la mesa, buscando una señal de rebeldía en alguno de ellos, y después hablo para todos, ignorando deliberadamente a Rubén.