Abismo (Atenea 2) 21. Alex
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21. Alex

ALEX

Cuando Alba abandona el despacho, siento algo romperse dentro de mí, como si el alma se me rasgase y quedara dividida en dos mitades: la que quiere salir tras ella y retenerla a mi lado el máximo tiempo posible y la que arde por la traición.

Mi cuerpo sigue en tensión cuando me dejo caer sobre la silla, y noto un dolor de cabeza que comienza en las sienes y amenaza con convertirse en migraña.

Cierro los ojos y recuerdo el día en que la vi por primera vez.

Tenía cinco años, usaba unas gafas de un tamaño desproporcionado en relación con lo pequeño que era su cuerpo y llevaba el pelo rubio, largo y medio atado en una coleta.

Me advirtieron que no podía acercarme a ella porque formaba parte del servicio, y yo me pregunté cómo una niña tan diminuta iba a limpiar o a cocinar para nosotros.

Me causaba curiosidad y empecé a vigilarla desde lejos.

Tardé poco en darme cuenta de que era demasiado avispada y entrometida para durar mucho entre la crueldad que rodeaba a mi familia, pero no sabía cómo alejarla.

Me acuerdo del día en que hablamos por primera vez. Fue cuando la pillé espiando una conversación entre mi padre y uno de sus socios y tuve que salvarla. No estoy seguro de que hubiese sobrevivido a uno de sus castigos, esos que yo conocía tan bien.

Desde ese momento, la acogí bajo mi protección, pero fui cuidadoso de no acercarme demasiado a ella y me esforcé en fingir que no me importaba.

Había aprendido, a la fuerza, que mi padre alejaría cualquier cosa o persona por la que yo sintiese el más mínimo cariño.

Sucedió con mi hermano, con la cocinera que nos mimaba a ambos a base de dulces y a la cual echó sin dejarme siquiera despedirme de ella y, por último, con uno de sus propios hombres, al que degolló delante de mí el día de mi octavo cumpleaños.

Sus palabras vuelven a mi cabeza como si las estuviese escuchando ahora mismo: «Tienes que aprender que los sentimientos te matan.

Hasta que no te metas eso en la cabeza y lo conviertas en tu mantra, no valdrás una puta mierda. Aprende de una vez, joder».

Conseguí contener el sollozo que nació en mi pecho, hice todo lo posible por retener las lágrimas y mantenerme impasible mientras observaba el charco de sangre sobre el que descansaba lo más parecido a un amigo que había tenido nunca, el único adulto que había mostrado una pizca de simpatía hacia mí, y casi lo logré.

Recuerdo notar la humedad en la mejilla y borrarla de inmediato, pero no fui lo suficientemente rápido, porque mi padre pudo ver la única lágrima que había escapado de mis ojos.

Me insultó una y otra vez, repitiendo lo avergonzado que se sentía de mí a la vez que me golpeaba en la cabeza y el estómago.

Fue la peor paliza que había recibido hasta ese momento.

Terminé con dos huesos rotos y una enorme cicatriz en el hombro que todavía conservo.

A la mañana siguiente, Joana apareció en mi habitación, y volvió día tras día hasta que me recuperé.

Se sentaba en una silla frente a mi cama y me contaba mil historias, reales e inventadas.

No parecía importarle que yo no manifestara ningún interés y que solo me quedase en silencio, sin responder a ninguna de las continuas preguntas que me hacía.

Tampoco parecía tomarme en serio cuando le soltaba que no quería que viniese más y que no me interesaba ser su amigo porque solo era una niña tonta.

No es que en realidad lo pensara, pero sabía que, si se empeñaba en quedarse cerca de mí, mi padre nos castigaría a ambos.

Una vez que pude volver a hacer vida normal —dentro de lo que eso significaba para mí—, comencé una nueva rutina: asistía a clase y después a mis entrenamientos, que duraban más de seis horas y en los que mis instructores no me permitían parar ni siquiera a beber agua.

Con once años, mi cuerpo se asemejaba al de uno de los soldados de mi padre en miniatura.

Comprendí, a base de golpes y juegos macabros donde siempre perdía yo, que solo sobreviviría si hacía todo lo que el señor Reigadas me pedía.

Por aquel entonces, Joana, que había cumplido los ocho años, ya había asumido que solo podíamos ser amigos en secreto.

Fuera de las cuatro paredes de mi habitación, intentaba ignorarla, como si su existencia no me importase en absoluto.

Sabía que los hombres de mi padre estaban siempre al acecho, que cualquier error por mi parte le sería transmitido a él y que las consecuencias resultarían brutales.

El día en que cumplí doce años, lo que más temía que pudiese pasar se quedó corto.

No sé cómo, pero el cabrón de mi padre supo que le había cogido cariño a Joana.

Llevaba toda mi corta vida sobreviviendo a sus juegos psicológicos, a que me mantuviera encadenado a su silla, a que me encerrase, a los golpes y a las humillaciones, pero ese día supe que jamás podría llegar a comprender la mente del individuo que me dio la vida.

Delante de mí, ordenó a uno de sus hombres que atrapara a Joana y la llevara al sótano.

Le dijo que tenía que permanecer allí con la niña durante veinte minutos y, después, matarla.

Estuve a punto de suplicar que no lo hiciera, pero sabía que cualquier signo de debilidad solo traería consecuencias peores, así que me quedé quieto, viendo cómo aquel animal se llevaba a rastras a la única persona que quería, la cual gritaba y pataleaba, dispuesta a luchar hasta el final, como una guerrera.

Cuando el soldado se marchó con Joana, mi padre me observó con curiosidad.

—Quieres salvarla, ¿verdad? —preguntó con una voz suave que me dio escalofríos—.

Su vida no vale más que la de cualquier perro callejero, hijo, pero lo cierto es que te has estado portando bien, así que te daré una oportunidad de conservarla.

—Me tendió su arma y la cogí sin rechistar.

Era la primera vez que la sostenía y recuerdo que me pareció pesada—.

Si tienes los cojones de matar al hombre que se la ha llevado, ella se salva.

Si no eres capaz de hacerlo, ella muere.

Si intentas cualquier tontería, ella muere.

Si el hombre sobrevive a tu ataque, ella muere. ¿Qué harás al respecto, Alex?

Siempre supe que llegaría el día en que tendría que matar a otro ser humano.

Mi padre me obligaría a hacerlo, pero nunca imaginé que sería de esta forma.

Tampoco pensé que, llegado el momento, no dudaría, que no habría cargo de conciencia ni lucha interna.

Cuando mi padre me tendió el arma, tuve la certeza de que cumpliría sus exigencias para salvarla a ella.

Sostuve con firmeza la pistola, bajé al sótano y abrí con cuidado la puerta para que el soldado no me descubriese.

Joana yacía en el suelo, acurrucada en un rincón, y llevaba solo sus braguitas puestas.

El hombre le acababa de lanzar un cubo de agua helada y se reía mientras ella temblaba y lloraba de miedo.

El cabrón se burlaba y la humillaba sin importarle su edad ni que no tuviera oportunidad alguna de defenderse ante él.

Levanté el arma que mi padre me había dado, comprobé que estuviera cargada, tal como había aprendido durante mis entrenamientos, y quité el seguro.

El cabrón se giró al escuchar el sonido y sonrió con bravuconería al ver que era yo quien le estaba amenazando.

No le dejé hablar, solo disparé. Disparé una y otra vez hasta vaciar el cargador mientras en mi mente se reproducían las palabras de mi padre: «Si el hombre sobrevive a tu ataque, ella muere».

En contra de lo que había pensado, no sentí remordimientos. Él merecía morir y yo estaba dispuesto a lo que fuera necesario para proteger a Joana.

Durante los meses siguientes, mi padre la utilizó para conseguir que yo hiciera cosas que nunca pensé que llegaría a hacer.

Me esforcé en obtener la información que el señor Reigadas necesitaba torturando a hombres que me doblaban el tamaño.

Descubrí en qué lugares debía clavar el puñal para que mi víctima sufriera más, dónde tenía que cortar para que la muerte fuera lenta y qué puntos tenía que presionar para que la agonía resultase insoportable.

Los juegos psicológicos de mi padre se volvieron más y más enrevesados y yo aprendí a vaciar mi mente en los momentos clave.

Cada vez que ordenaba algo, yo solo actuaba.

Me volví más cínico y más cruel que cualquiera de sus hombres. Una máquina de matar, un monstruo sin vida.

Lo poco que quedaba de mí solo emergía cuando estaba cerca de Joana, mi ancla a un mundo que cada día me resultaba más irreal, más lejano, hasta que ella desapareció de repente.

Llevaba varios días sin verla cuando empecé a preguntar por ella, temiendo la respuesta.

Nadie del servicio parecía saber nada. Después de una semana, decidí pasar al siguiente nivel.

Cuando uno de los hombres de confianza de mi padre salía de la casa, lo encañoné y me lo llevé a un lugar aislado, una planta baja abandonada que había descubierto poco tiempo atrás y que había convertido en una especie de refugio.

Tenía todo preparado por si no quería colaborar.

Una parte de mí deseaba que no quisiese hacerlo.

Ese hombre había presenciado muchas de las humillaciones a las que mi padre me había sometido, se había reído e incluso había participado.

Cualquiera habría dicho que un tipo como él no se dejaría atrapar por un chico de solo doce años, pero yo no era un adolescente cualquiera.

A mi corta edad, llevaba sobre mis hombros varias muertes.

Había torturado y masacrado siguiendo cada una de las órdenes de mi padre.

Tardó una hora y media en darme una información que me habría gustado no escuchar nunca.

El señor Reigadas la veía como mi punto débil, mi único puto punto débil.

Y había decidido que era el momento de exterminarlo, así que lo hizo.

Descubrí que había ordenado el asesinato de Joana y que este se había llevado a cabo ocho días atrás.

El cabrón que tenía delante no había sido quien había presionado el gatillo, pero, aun así, me desquité con él.

Descargué puños y patadas sobre su cuerpo hasta cansarme y, cuando lo hice, comencé a cortar su carne con la navaja que mi padre me había regalado las anteriores Navidades como único presente.

Primero hice cortes en lugares que supe que solo causarían dolor, pero no un daño importante.

Después, empecé a profundizar en los tajos, dejando que la carne se abriera y la sangre de color rojo oscuro brotara de forma abundante mientras observaba mi obra maestra.

La poca humanidad que me quedaba por aquel entonces murió en esa planta baja, a la par que lo hizo parte de mi cordura.

Fue la primera vez que asesiné por mí, no porque él me hubiese ordenado hacerlo. Y también fue la primera vez que pronuncié el juramento que dictaría mi modo de vida durante los siguientes años:

—Acabaré con el hombre que me engendró. Plantaré una silla frente a él mientras su vida se extingue y disfrutaré observando cada minuto de su sufrimiento hasta que la última gota de su sangre se vierta sobre el suelo.

Sabía que no podía cumplir mi venganza de forma inmediata, pero fui paciente.

Los años pasaron y permití que el señor Reigadas me moldeara a su antojo, convirtiéndome en su castigador, en el hombre que aparecía si quería enviar a sus enemigos un mensaje claro, cuando pretendía hacer una demostración de poder.

Mi fama era la de un sanguinario, extremadamente cruel y sin alma.

En el submundo comenzaron a llamarme Abismo, porque todo aquel que caía en mis manos jamás regresaba.

No me importaba el nombre ni lo que la gente murmurara sobre mí.

Aprendí a ser paciente para lograr mi único objetivo.

No voy a omitir que estuve a punto de cagarla varias veces, pero sabía que matar a mi padre antes de tiempo sería un error.

Primero, mi hermano tenía que demostrar que estaba preparado para sucederlo y ganarse la confianza de su ejército.

Una vez volvió de la universidad, y con mi ayuda, no le costó mucho.

Mi padre exigía lealtad, pero él no se casaba con nadie.

Todos los que vivían a su alrededor andaban siempre mirando a su espalda, conscientes de que la traición de su jefe podía llegar en cualquier momento.

Lo seguían por miedo, no por respeto, y eso jugaba a mi favor.

Gracias a Dios, mi hermano nunca se pareció a él.

No voy a decir que sea una hermanita de la caridad, pero tiene principios y uno de ellos es el de proteger a los suyos.

Cuando estuve seguro de que la mayoría de los hombres nos apoyarían a mí y a Antón, comencé a planificar el accidente en el que moriría.

Asesiné a mi padre por mí, pero también lo hice por Joana, por su recuerdo, por ser lo único verdadero que había existido en mi vida.

Y ahora ella aparece de la nada, disfrazada de engaños, como un puto ángel resucitado.

Y eso no es todo porque, además, me tiene miedo.

Ha sufrido pesadillas conmigo durante años y he visto cómo se encogía cuando le he gritado que se fuera.

Lo peor es que no puedo culparla. Tal vez le cuente que maté a esos hombres para protegerla, que mi padre me amenazaba con hacerle daño si no cumplía sus órdenes, pero eso no borrará de su mente lo que presenció aquella noche ni cambiará el hecho de que acabé convirtiéndome en el monstruo que soy.