Abismo (Atenea 2) 20. Alba #2
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20. Alba #2

—Tranquilo, ni siquiera sé si sigue vivo y tampoco me importa. No te estoy contando esto para que me tengas lástima, solo quería ponerte en contexto. ¿Puedo? —Señalo una hoja que hay sobre el escritorio de su hermano y asiente.

Cojo un bolígrafo y anoto en ella las palabras con las que espero que me recuerde. Las mismas que le escribí docenas de veces cuando éramos niños y me marchaba de su habitación después de haber estado hablando sin parar mientras él fingía no prestarme atención:

Sigues siendo un tonto

Vuelvo a mi asiento, coloco el papel doblado sobre la mesa y lo observo detenidamente mientras lo coge y lo lee. Su expresión muestra primero confusión y después asombro, uno que me golpea cuando me mira con los ojos cargados de preguntas.

—No puede ser. —Se levanta del sillón y vuelve al lugar en el que lo encontré al llegar, junto a la ventana, como si necesitase alejarse de mí para poder pensar en lo que esas cuatro palabras que acaba de leer significan en realidad—. Tú no puedes ser ella.

Me observa, escaneando cada centímetro de mi cara y de mi cuerpo.

—¿De verdad no me reconoces? Cambia mi pelo rosa por uno rubio, largo y despeinado; ponme unas gafas más grandes y… Soy yo, ¿es que no me ves?

Soy incapaz de ocultar lo que me duele su reacción, que se mantenga alejado, que me mire como si estuviese tratando de engañarlo… Pestañeo varias veces y procuro recomponerme.

—Es imposible. Joana murió con nueve años.

—¿Morir? ¿Por qué piensas eso? —Me levanto con la intención de ir hasta él, pero gira la cara y, aunque me duele, entiendo que en este momento no está preparado para tenerme cerca.

—¿Por qué? ¿De verdad me preguntas eso? ¡Me cago en todo!

—Se pasea de un lado a otro del despacho, manteniéndose detrás del enorme escritorio, que ahora sirve de muralla entre nosotros, como si necesitase asegurarse de que no podré tocarle.

Se pasa la mano por el pelo antes de soltar la bomba—: ¡Porque mi padre ordenó asesinarte y él nunca fallaba!

Es imposible que salieras ilesa. ¡Desapareciste, joder! —me grita.

Puedo ver la ira recorriendo su interior, pero también siento la desesperación y la rabia y, antes de pensar en lo que estoy haciendo, recorro la distancia que nos separa y me planto frente a él.

—Voy a explicarte por qué, pero necesito que te tranquilices y hablemos con calma.

Alargo mi mano para tomar la suya y la aparta de un tirón antes de que pueda alcanzarla.

—¿Y lo has sabido todo este tiempo? —Me mira con incredulidad y, a pesar de que no contesto, lee en mis ojos lo que necesita saber—. ¡Esto es increíble! ¿A qué coño estás jugando?

—Iba a decírtelo, pero no sabía cómo hacerlo —respondo en un patético intento de excusarme.

—¡Y una mierda! Hemos estado varios días encerrados en un puto barco sin nada que hacer, ¿y no has encontrado el momento de contarme quién eres en realidad? ¿Qué tal en el desayuno? O mejor, ¿por qué no después de follar conmigo?

—No te pases —le advierto.

—¿Por qué huiste? —presiona sin darme un segundo de tregua—. ¿Cómo conseguiste escapar de la seguridad de la casa y marcharte sin que nadie se diera cuenta?

—La seguridad estaba allí para protegeros a vosotros, el resto de las personas que trabajábamos en la mansión no importábamos.

—¿Estás diciendo que te dejaron ir sin más? No lo creo, mi padre necesitaba tener todo controlado y nunca te hubiese permitido marchar con vida después de haber visto y oído cosas sobre la familia.

—Tuve ayuda. —Me llevo las manos a la cara antes de seguir hablando—.

Te vi, Alex. Una noche fui a la cocina a por un vaso de agua.

La casa estaba en penumbra y totalmente silenciosa, aun así, tuve cuidado por si alguien me descubría.

No tenía permitido salir de la habitación que compartía con las dos mujeres de la limpieza, pero lo hice.

Cuando me encontraba a medio camino, vi luz bajo una puerta y escuché un grito de auxilio.

No pensé en las consecuencias, solo actué.

Abrí despacio y bajé las escaleras que había al otro lado.

—¿Bajaste al sótano? —pregunta incrédulo y, en lugar de responder lo obvio, sigo con mi historia.

—Los quejidos se hicieron más fuertes y también el sonido de los golpes.

Cuando llegué al final de las escaleras, te vi.

—No necesito cerrar los ojos para traer a la mente lo que pasó aquella noche, la imagen permanece intacta en mi cabeza y he tenido pesadillas con ella durante demasiado tiempo—.

Tu cuerpo, todavía a caballo entre el de un niño y un adolescente, estaba ensangrentado, tus manos, tu cara, tu ropa…

Te hallabas de espaldas, pero sabía que eras tú.

Mi primer instinto fue correr a salvarte, pero me paré en seco cuando me di cuenta de que la sangre no era tuya, sino de los dos hombres que yacían en el suelo, frente a tus pies.

—Dios, Alba. Nunca debiste ver eso.

—Estaban atados y tú los golpeabas una y otra vez mientras ellos gritaban de dolor.

A tu lado, tu padre te animaba a seguir y reía.

Todavía puedo escuchar esa risa en mi cabeza.

—Levanto la mirada para observarle y veo que tiene las manos cerradas en puños y se contiene para no interrumpir mi historia.

Ahora mismo parece un león enjaulado a punto de destrozarlo todo, pero no quiero parar, necesito soltarlo—.

Cuando los mataste, corrí todo lo que pude sin poder creer lo que había visto, lo que habías hecho.

Fue mi padre, con quien apenas había cruzado un par de frases en los cuatro años que llevaba viviendo aquí, el que me encontró aterrada y envuelta en lágrimas.

Me dijo que en esta casa corría peligro, me ayudó a escapar y prometió que se encargaría de que ninguno de los Reigadas pudiese encontrarme nunca.

Después me advirtió de que debía irme lejos y jamás acercarme a vosotros.

—¿Y huiste sin más?

—No puedo creer que estés preguntándome eso.

¿Después de lo que te vi hacer? ¿De verdad te extraña?

—Su risa es baja, incrédula… Y totalmente fuera de lugar—.

Tenía nueve años, Alex. ¡Nueve! —Mi voz se quiebra, pero no retrocedo—.

Estaba aterrada. Durante años, no pude cerrar los ojos sin visualizarlos a ellos a tus pies y a ti…

—trago saliva, pero ya es tarde para guardar silencio— cubierto de su sangre, golpeándolos, con la mirada impasible, como si no te importase que estuviesen pidiéndote clemencia. Y después, te vi apretar el gatillo.

El silencio que cae sobre los dos es denso. Asfixiante.

Alex no se mueve al principio, pero después su cuerpo comienza a temblar. Es un estremecimiento leve que se inicia en sus brazos y avanza por todo su cuerpo.

—Yo solo quería desaparecer —añado en un susurro—. Que no me encontraras nunca. Tenía miedo.

Sus ojos se elevan hacia mí. Oscuros. Fríos.

—Vete. —Su tono de voz es bajo pero claro. Es una advertencia. Una orden.

—Alex, podemos hablarlo…

—¡He dicho que te vayas! —ruge haciendo que me encoja por un segundo.

Mi reacción parece enfadarle todavía más y sé que no hay nada que pueda decir para conseguir que cambie de idea.

—Te daré tiempo, el que necesites. Búscame cuando quieras hablar sobre ello.

Salgo del despacho sintiendo el peso de la conversación sobre mis hombros y, cuando levanto la cabeza, me encuentro con Ania, esperándome, a tan solo unos pasos de mí. Pestañeo tratando de recuperar la compostura mientras ella me mira con una mezcla de compasión y culpa.

Me acompaña a la que será mi habitación en silencio y susurra una disculpa antes de dejarme sola con mis pensamientos, esos que me mantienen toda la noche en vela.