20. Alba
ALBA
En cuanto Alex se marcha con Parker y el tipo cuyo nombre no he memorizado, la sonrisa desaparece del rostro de Ania. Me mira en silencio durante unos segundos, como si me estuviese analizando en profundidad, pero sé que me ha reconocido.
—Ven conmigo —ordena con gesto serio.
Se da la vuelta y comienza a andar sin esperar mi respuesta.
Mientras camino detrás de ella, siento que la vida ha rebobinado veinte años y que vuelvo a ser la niña a la que Ania va a reprender por haber cometido alguna travesura.
Sus castigos nunca fueron demasiado duros, pero sí continuos; tenía la sensación de que, hiciese lo que hiciese, ella siempre encontraría la forma de echármelo en cara.
Las normas eran tantas que no podía recordarlas todas: no corras, no salgas de tu habitación de noche ni cuando haya visitas, no te dejes ver por el señor Reigadas ni te acerques a su hijo, no juegues en el jardín a no ser que yo te dé permiso, nunca subas al piso de arriba, no grites, no abras puertas, no entres al salón, no te rías demasiado fuerte…
Mis recuerdos de esta mujer bailan entre reproches y castigos, así que no me hace especial ilusión tener que compartir mi tiempo con ella.
Cuando llegamos a la cocina, comienza a preparar unos sándwiches.
—Siéntate —ordena sin un ápice de simpatía.
—Si no te importa, prefiero esperar a Alex en otro lugar.
Se gira, me mira con dureza y señala una banqueta frente a ella. No continúa con su labor hasta que accedo de mala gana y hago lo que me ha pedido.
—Y ahora cuéntame por qué él no tiene ni idea de quién eres en realidad.
Me revuelvo incómoda en mi asiento y no toco la comida que deja delante de mí.
—Ania, sé que tú y yo compartimos un pasado, pero ya no soy esa niña a la que debías aleccionar ni tengo por qué responder a tus preguntas. Lo que pase entre Alex y yo es asunto nuestro.
—No si le estás ocultando cosas que puedan afectarle. ¿Qué quieres de él?
Sus ojos me escrutan de forma distinta a como lo hacían cuando era pequeña. Ahora hay en ellos algo más visceral, algo que me advierte que debería andarme con cuidado. Es como una loba defendiendo a su lobezno de un depredador mayor.
—¿Cuándo me he convertido en la mala de esta historia? Que yo sepa, durante los años que viví en esta casa, nunca hice nada que pudiera perjudicarte. ¿Por qué me odias?
—No te odio, niña, pero ese muchacho ya ha pasado por mucho como para que la chica que le gusta le ande mintiendo.
—Así que es eso, crees que somos pareja y lo estás protegiendo —afirmo incómoda mientras me froto las palmas de las manos en las piernas—. Pues te equivocas, no tienes que preocuparte por eso. Alex y yo no estamos juntos.
—Sé lo que he visto y yo nunca me equivoco. ¿Eres consciente de lo que le afectó que desaparecieras?
—¿A qué te refieres? —pregunto frunciendo el ceño—. Nunca fui importante para él, ni siquiera me recuerda.
Pone cara de cansancio y se acerca hasta colocarse justo delante de mí, de modo que únicamente nos separa la isla de la cocina.
—¿Cómo puedes decir eso? Ya sé que solo tenías nueve años cuando te fuiste, pero no pudiste estar tan ciega para no ver lo que pasaba en esta casa.
El señor Reigadas era un hombre cruel, muy cruel.
Su hijo mayor, el señor Antón, era su heredero y al que debía formar para sucederle.
Alex parecía suponer solo una molestia para él, alguien con quien se desquitaba cuando tenía un mal día.
—Te recuerdo que yo también viví en esta casa.
—Sí, pero apenas levantabas un palmo del suelo y no te enterabas de la mitad de las cosas que sucedían aquí.
Desde muy chiquitito, su padre lo llamaba «el inútil», le decía que Antón era el cerebro y que a él no le quedaba más remedio que ser la fuerza porque no servía para otra cosa.
Cuando cumplió cinco años, empezó a formarlo.
Lo llevaba a rastras a la hora de interrogar a algún hombre.
—Baja la mirada y se frota las manos en el delantal—.
No sé lo que ese niño tuvo que ver, pero recuerdo que las primeras veces llegaba con la cara empapada en lágrimas, el pánico instaurado en la mirada y el cuerpo tembloroso.
Después, se pasaba horas vomitando y, si el señor Reigadas se daba cuenta de su estado, le asestaba unas palizas brutales para un niño tan pequeño.
Cuando Antón fue consciente de lo que ocurría y comenzó a defender a su hermano, su padre lo envió a un colegio interno con la excusa de que tenía que formarse para poder liderar la familia en el futuro.
Desde ese momento, Alex se quedó solo… hasta que llegaste tú.
Sus palabras me revuelven las tripas. Sé que el padre de Alex era un hijo de puta, pero no imaginaba que lo hubiese sido más con su propio hijo que con el resto.
Recuerdo el miedo que me causaba verlo, aunque fuese de lejos.
Su presencia podía convertirse en una amenaza para cualquiera que estuviese a su alrededor y yo siempre trataba de esconderme cuando lo veía acercarse.
—Pero…
—Mira, Alba, Joana o como sea que te llames ahora —me corta—, no tengo nada en contra de ti, de verdad, pero Alex ha de lidiar ya con bastantes asuntos entre lo que le ha pasado a su hermano y el caos que se ha desatado por aquí, así que no voy a dejar que cargue también con tus mentiras.
Te lo voy a poner fácil: o le cuentas tú la verdad y le das las razones que tengas para haberle ocultado quién eres o le digo yo lo que he descubierto nada más verte.
—No creo que sea el mejor momento para hacerlo. Como dices, se enfrenta a demasiadas cosas ahora mismo.
—No seas cobarde, Joana. Nunca lo fuiste.
Cojo aire, pensando en mis posibilidades, y escucho una vocecita en mi cabeza que me dice que ella tiene razón.
Al principio, no se lo conté por orgullo, me molestaba que no se acordara de mí cuando él fue lo único bueno que recuerdo de esta casa, la única persona en la que confié, mi único amigo.
Después, las cosas entre nosotros comenzaron a complicarse y no encontré el momento oportuno para confesárselo.
«Sí, soy una cobarde».
Todavía no le he dado el primer bocado al sándwich de Ania cuando Parker aparece en la cocina y, con gesto serio, me pide que lo acompañe al despacho de Alex.
Miro de reojo a Ania antes de marcharme, pero ella ya ha vuelto a sus quehaceres.
Camino detrás de Parker. Su postura es demasiado erguida y el silencio se hace denso entre los dos.
No es que nos llevemos demasiado bien, pero desde que hirieron a Hughes y me adjudiqué el papel de enfermera, las cosas parecían haber mejorado un poco entre nosotros.
Sus pasos se me antojan demasiado pesados y siento una presión en el pecho que no augura nada bueno.
Llegamos frente a una puerta de madera, una que identifico enseguida porque siempre tuve prohibido acercarme a ella y, entonces, Parker se aparta a un lado.
—Te está esperando.
Abro la puerta sin llamar, con una lentitud premeditada que me permite escuchar el suave clic de la cerradura. Alex aguarda de pie junto a la ventana. Su expresión no me dice nada, como si se hubiese preparado para este momento colocándose una máscara de indiferencia sobre el rostro.
Avanzo unos pasos con cautela y la puerta se cierra detrás de mí.
El hombre que tengo delante no es el mismo que esta mañana ha confesado que le importo y ha prometido que no dejaría que me alejase de él. No, el hombre que está ante mí es uno más cauto, que piensa antes de actuar, que no se deja llevar por sus sentimientos.
El silencio se hace demasiado incómodo y mi forma de romperlo resulta torpe, atropellada.
—¿Cómo te ha ido con el hombre con el que te has reunido?
—Bien —responde con seriedad—, pero me han bastado dos minutos para confirmar que no es el indicado para liderar la familia en ausencia de mi hermano.
—¿Qué vas a hacer entonces?
—De momento quedarme, por mucho que me pese. —Por un instante, noto vulnerabilidad en sus ojos, percibo lo que le cuesta estar aquí asumiendo un papel que no ha pedido y que parece odiar. Todo se esfuma apenas un segundo después—. Supongo que ya imaginas por qué te he llamado.
—Quieres saber de qué conozco a Ania. —Asiente mientras yo inhalo todo el oxígeno que encuentro en la habitación y que me parece insuficiente—. ¿Podemos sentarnos?
—Adelante. —Señala un par de sillones de una plaza, colocados uno frente al otro con una pequeña mesa de madera en el centro—. Tengo la sensación de que no me va a gustar lo que estás a punto de contarme.
Nos sentamos y como no sé por dónde empezar, decido remontarme hasta donde me llega la memoria.
—Soy hija única y, cuando tenía cinco años, mi madre, una adicta a la que apenas recuerdo, nos abandonó a mí y a mi padre a nuestra suerte.
—Desvío la mirada a mi regazo. No es algo de lo que me guste hablar—.
La historia podría haber acabado bien si mi padre hubiese querido ocuparse de su hija, pero no fue el caso.
Supongo que solo soy el resultado de un error entre dos personas que ni siquiera se querían, porque no me viene a la memoria ni un solo gesto de cariño de ninguno de los dos.
—Hay gente a la que deberían quitarle el derecho de procrear. Créeme, conozco a unos cuantos.
—Estoy de acuerdo contigo. Para mi padre, yo suponía una carga de la que intentaba deshacerse, y al final lo logró.
Una mañana, me llevó a una casa enorme y me dijo que, desde ese día, viviría y trabajaría allí y dejaría de ser su hija.
Me prohibió llamarlo «papá» si nos cruzábamos alguna vez y me advirtió de que la única forma en la que podría sobrevivir era si me convertía en una niña obediente, lista y callada.
—Si me dices su nombre completo me encargaré de cortarle la polla para que nunca pueda traer más bebés al mundo —afirma, y se me escapa una sonrisa. He soñado muchas veces con importarle a alguien lo suficiente como para escuchar una promesa de ese tipo.