19. Alex
ALEX
He estado tan enfrascado en la conversación con Alba que, cuando llegamos a la garita de seguridad que controla el acceso a la que fue mi casa durante muchos años, no estoy mentalmente preparado.
Ania les debe de haber dado algún tipo de indicación a los guardias, porque las vallas de entrada a la propiedad se abren en cuanto Parker detiene el coche frente a ellas.
Las hileras de árboles frondosos a ambos lados del camino me traen a la mente algunos de los juegos macabros de mi padre, como aquel en el que me obligaba a pasar la noche solo en este bosque.
La primera vez que me trajo aquí tenía cinco años.
Me llevó hasta una zona frondosa y me dijo que ya era hora de que creciera y dejara de estar bajo las faldas de nuestra ama de llaves.
Luego, me puso una linterna en las manos y se marchó sin mirar atrás, después de advertirme de que no lo siguiera ni intentara volver a casa hasta que saliese el sol.
Era apenas un crío, pero todavía recuerdo el helor intenso clavándose como agujas en mi carne y el pánico que me paralizó durante horas.
En cuanto crecí un poco, me acostumbré a reconocer los sonidos de la noche y también cuáles eran los arbustos que más protegían del frío.
Y justo cuando empezaba a sentirme menos inseguro, comenzaron las cacerías.
Cierro los ojos con fuerza, tratando de alejar los recuerdos, pero ya es tarde.
El sonido de las botas de los soldados de mi padre detrás de mí, acercándose cada vez más, resuena en mis oídos; sus risas amortiguadas; sus burlas; mi visión nublada por las lágrimas mientras corro lo más rápido que mis pies descalzos me permiten.
Sacudo la cabeza, pero las imágenes no desaparecen.
De pronto, siento un contacto tibio en la mejilla a la vez que un aroma a manzana que reconozco bien inunda mis fosas nasales, y abro los ojos para descubrirla a ella. Solo a ella.
—Estoy contigo, Alex.
Y con esas tres palabras, con su presencia, Alba logra calmarme.
Mi respiración se vuelve poco a poco más pausada y mi mente se aclara cerrando la puerta al pasado.
No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido lo que nunca nadie ha logrado: acabar con una regresión cuando esta ya había comenzado a controlarme.
Parker detiene el coche en el aparcamiento exterior y, al descender, los tres nos quedamos quietos, observando con detenimiento lo que nos rodea.
Recordaba el edificio que tengo ante mí a la perfección. Las pesadillas que me acompañan desde siempre nunca me han permitido olvidarlo. Cada balcón, cada ventanal, cada moldura y los siete escalones que llevan al porche y a la enorme puerta de madera blanca que da acceso al mismísimo infierno.
Un escalofrío me recorre la espalda y, de nuevo, Alba me rescata. Siento el calor de su mano envolviendo la mía y el leve apretón con el que trata de infundirme valor. Si supiera la mitad de las cosas que han pasado entre esas paredes, saldría corriendo en dirección contraria.
Enderezo la columna y camino sin soltarle la mano. Parker nos sigue de cerca.
Antes de que hayamos subido el último escalón, la puerta se abre y Ania me recibe con una sonrisa en el rostro, una que soy incapaz de corresponder en este momento.
Ha cambiado desde la última vez que la vi.
Aún conserva la postura estirada y esa aura de tenerlo todo controlado; su pelo oscuro continúa amarrado en un moño bajo, pero su apariencia, en general, es más saludable, más sana.
Tal vez sean las arrugas que suavizan su expresión o las redondeces que han aparecido en un cuerpo que siempre me pareció demasiado delgado para sostenerse.
Sea como sea, se la ve más feliz sirviendo a las órdenes de mi hermano de lo que nunca fue haciéndolo para mi padre.
Los brazos le tiemblan ligeramente a ambos lados de su cuerpo y sé que le gustaría abrazarme igual que hacía cuando era pequeño, hasta que mi padre le prohibió cualquier gesto de cariño hacia mí.
«Alex no necesita ñoñerías. Necesita mano dura para convertirse en la persona que está destinado a ser».
Los ojos se le tornan brillantes mientras me observa.
—Alex, es un placer tenerte de vuelta.
—No puedo decir lo mismo. —La mujer frente a mí se envara y me doy cuenta de que he sido demasiado brusco—. Lo que quiero decir es que me fui con la intención de no volver nunca. Aun así, me alegro de verte bien.
—Lo entiendo. Las cosas son bastante diferentes por aquí desde que tu hermano tomó el mando.
—Lo sé.
Esto no está saliendo bien. Miro a mi alrededor y solo tengo ganas de destruirlo todo: el mármol color crema del suelo; las escaleras a ambos lados del vestíbulo que se unen en el piso superior; la barandilla negra; los enormes jarrones; las estatuas con formas de mujer; los cuadros valorados en miles de euros…
Me encantaría destrozarlo todo y después prenderle fuego a la casa entera.
Pierdo el hilo de pensamientos cuando Alba se suelta de mi mano.
—Dios mío, no puede ser. Tú… —pronuncia Ania mientras la observa como si estuviese frente a un imposible.
Alba, todavía a mi lado, agranda los ojos y se encorva como un gato alumbrado en mitad de la carretera por los faros de un coche. Da un paso atrás a la par que Ania lo hace hacia delante y, antes de que pueda preguntar qué está pasando, una voz que no esperaba interrumpe el momento.
—Abismo.
Me cuesta reconocer al hombre que me llama y camina hacia nosotros, apareciendo por el pasillo que queda a nuestra derecha.
Martiño ha pasado de ser un chaval algo desgarbado y cauteloso a un hombre cuya presencia es difícil de ignorar.
Es grande, tiene el pelo castaño a la altura de los hombros y un enorme tatuaje asoma de su camiseta, cubriéndole la mitad derecha del cuello y parte de la cara.
Tiene más o menos mi edad, pero nunca fuimos amigos.
No tuve ninguno hasta que Liam se ganó ese puesto con sudor y lágrimas.
Martiño estira la mano en mi dirección y yo se la estrecho con la fuerza justa.
—Hacía tiempo que nadie me llamaba así y hoy ya he escuchado el nombre dos veces.
—Bueno, por aquí eres como un mito, hasta los que no te conocen te temen por las historias que han escuchado sobre ti.
Eres algo así como el hombre del saco, pero más macabro.
—Se ríe solo de su propia gracia—. Una puta leyenda.
Me alegro de verte después de tanto tiempo. ¿Cuánto ha pasado? ¿Siete años?
No sé si me molesta más que sea amable o incómodamente cercano, pero me jode tener que tratar con él cuando lo único que quiero es meterme bajo la ducha y terminar con este día de mierda.
—No recuerdo que fuésemos amigos en el pasado y no tengo ningún interés en que lo seamos ahora —lo corto antes de que siga representando un papel de anfitrión que no le corresponde—. ¿Eres tú quien se ha hecho cargo desde que hirieron a Antón?
La sonrisa se le borra de golpe y veo en su mirada que se muere por ponerme en mi sitio.
«Ojalá lo intente».
—Podría decirse que sí.
—Bien, hablaré contigo entonces. Acompáñame al despacho de mi hermano.
Le hago un gesto a Ania para que se ocupe de Alba. La conversación que voy a tener con Martiño puede volverse fea y no la quiero en medio.
Camino delante, erguido, como si nunca me hubiese marchado de esta casa, como si me perteneciera, y oculto en un rincón profundo lo que en realidad siento con cada paso que me conduce hasta sus entrañas: asco, ira, impotencia.
Solo tengo que poner un pie en el despacho para darme cuenta de que alguien que no es mi hermano ha estado aquí y ha rebuscado entre sus cosas.
El respaldo de la silla no está alineado a la mesa, las libretas que descansan sobre la esquina superior izquierda permanecen desorganizadas y algunos libros de la estantería están colocados sin sentido.
Si hay algo en lo que nos parecemos Antón y yo es en la necesidad obsesiva de mantener nuestras cosas en un estricto orden, herencia de nuestro padre.
Parker se coloca de pie junto a la puerta sin necesidad de que le dé ninguna instrucción mientras Martiño se queda en mitad del despacho, observando cómo rodeo el escritorio y me paro al otro lado, sin sentarme ni ofrecerle asiento a él.
Es un movimiento intencionado con el que pretendo marcar que ahora soy yo quien está al mando.
Sé, por experiencia, que todo gesto y pequeño detalle cuenta a la hora de dar una primera impresión y yo no estoy dispuesto a que Martiño se lleve una imagen equivocada de mí.
—No voy a andarme con rodeos —afirmo—, quiero saber qué coño ha pasado y por qué no se me informó de inmediato de que la vida de Antón pendía de un hilo.
—Bueno, la verdad es que él nunca dejó indicaciones de avisarte en el caso de que le pasase algo y, si lo hizo, se lo encargaría a Rafa. Si estás aquí y te han contado cómo se encuentra tu hermano, supongo que también sabes que su segundo no sobrevivió al ataque.
—¿No dejó instrucciones de llamarme, pero sí te nombró a ti tercero al mando? —presiono colocando las palmas de las manos sobre la mesa e inclinándome sobre ella.
Lo veo apretar los puños. Tiene ganas de desafiarme, aunque se contiene porque todavía recuerda quién soy y lo que soy capaz de hacer.
—No, pero alguien debía coger las riendas. Ya sabes cómo funciona esto —responde con condescendencia, y me entran ganas de lanzarme sobre él—. No puede ir cada uno a la suya sin un jefe que coordine las fuerzas, si no, esto se habría convertido en Sodoma y Gomorra en apenas unas horas.
—Qué suerte entonces que te tengamos a ti, ¿verdad?
—No sé qué insinúas, pero yo solo…
—Voy a volver a preguntártelo, ¿por qué no me llamaste en cuanto te enteraste del estado de Antón? —grito interrumpiéndolo.
—Yo… No sabía…
—¡Hablé contigo! Te dije que no conseguía localizarlo ni a él ni a Rafa y te conté que estaba en España.
Dame una sola razón para que no te vuele la puta cabeza en este momento.
Puede que ya nadie me llame Abismo, pero te juro que me bastará un segundo para hacer que te arrepientas de nuestro reencuentro.
Traga saliva y sus ojos reflejan puro terror.
«Así está mejor».
—Lo pensé, pero hace años que no vienes por aquí y no estaba seguro de en quiénes podía confiar y en quiénes no. Creí que lo mejor era dejar las cosas como están e intentar mantener el orden hasta que Antón pudiese volver. —Suspira y se lleva una mano a la nuca—. Lo siento.
—¿Cómo pasó?
—Yo no lo presencié. No esperábamos un ataque esa noche.
Tu hermano y Rafa habían ido a uno de los clubs, se habían reunido con un socio y después habían decidido quedarse un rato más.
Estaban a punto de marcharse cuando un puñado de hombres entró en la discoteca pegando tiros.
Nadie ha sabido decir cuántos eran, pero después de haber escuchado las distintas versiones, tuvieron que ser al menos diez.
La gente se volvió loca y empezó a correr para esconderse.
Rafa y dos más de los nuestros murieron en medio del tiroteo.
—¿Cogisteis a alguno?
—Solo hubo una baja en su equipo, ningún herido; al menos, ninguno que dejasen atrás. Desaparecieron tan rápido como habían llegado.
Lo miro fijamente, tratando de averiguar si puedo fiarme de él. No me gusta, nunca me gustó, pero decido que, de momento, me sirve más vivo que muerto.
—Dobla la seguridad en el hospital y convoca una reunión con los doce subjefes para dentro de dos días.
—Noto cómo se yergue, le molesta que le dé órdenes, pero acaba aceptando su lugar y asiente.
«Buen chico»—. Hazles saber que estaré al mando hasta que Antón se recupere y que exigiré informes de situación a cada uno de ellos.
—Dalo por hecho.
—Ah, Martiño, una cosa más. —Sonrío de medio lado—. Asegúrate de que todos entienden que la asistencia no es opcional.
—Así lo haré.
Le doy permiso para marcharse y, cuando cierra la puerta a su espalda, me dejo caer sobre el sillón de mi hermano. No sé cómo lo hace Liam, pero ser el jefe de una mafia es algo totalmente agotador, y eso que apenas llevo diez minutos en el cargo.