18. Alba
ALBA
Al subir al avión, he esperado a que él se sentase primero para escoger un lugar lo bastante alejado.
No es que siga enfadada por su actitud infantil de hace unas horas —de hecho, incluso me resultan graciosos sus celos—, pero si vuelve a pasarse de listo, voy a tirarle algo más que un café por encima.
Me he sentado lejos porque necesitaba estar sola y pensar en lo que se me viene encima.
No esperaba volver a Vigo nunca y mucho menos imaginaba tener que pisar la casa de la que guardo recuerdos agridulces y que ha sido escenario de casi todas mis pesadillas.
Me fui de allí con tanto miedo en el cuerpo que jamás pensé que regresaría por voluntad propia.
Por un momento, me pregunto si mi padre estará vivo. Nunca hizo nada para ponerse en contacto conmigo, me ayudó a escapar, pero ni siquiera me dio su número de teléfono por si lo necesitaba. En realidad, nunca se comportó como un padre conmigo.
Llevo veinte minutos buscando información sobre Feng Yue y no hago más que frustrarme porque todas las pistas parecen conducir a un maldito callejón sin salida.
Vega está de acuerdo con Alex en que esa mujer se halla detrás del ataque de Antón y, además de enviarnos el jet de Atenea para que volemos los cuatro a Vigo, también me ha confirmado que en unos días tendremos a todo el equipo allí con nosotros.
Cree que Yue puede seguir en España y ha decidido retrasar la misión en Shanghái hasta que averigüemos algo más.
Observo a Alex por encima de las gafas. No ha dejado de revisar su móvil desde que hemos llegado, aunque tengo la sensación de que no puede concentrarse. Parece nervioso. Pero ¿cómo no iba a estarlo si su hermano se debate entre la vida y la muerte?
Guardo mi ordenador en la mochila, me acerco en silencio y me siento justo en el sillón de al lado.
Alex decide ignorarme y seguir fingiendo que anda enfrascado en algo importante cuando los dos sabemos que no es verdad.
Lo que no sabe es que yo también puedo ser paciente cuando la ocasión lo requiere, así que lo observo fijamente para hacerlo sentir incómodo y, después de unos minutos, mi estrategia surte efecto.
—Pensaba que estabas enfadada conmigo —afirma sin levantar la mirada de su teléfono.
—Te has comportado como un imbécil, pero me he desquitado cuando el café caliente ha comenzado a derramarse por tu cabeza y no soy rencorosa.
Se incorpora, guarda el teléfono en el bolsillo de su pantalón y me mira a los ojos por primera vez desde que hemos embarcado. Al devolverle la mirada, percibo algo más que nerviosismo en ella, veo cansancio e incluso una chispa de miedo.
—Lo siento. He sido un gilipollas, tienes razón. Hay algo en ti que me hace perder los papeles.
—Perdóname, pero ¿detecto arrepentimiento? —me burlo de sus palabras—. Vaya, se te da de pena pedir disculpas, ¿sabes? —contraataco con una sonrisa traviesa con la que pretendo romper la tensión que parece dominarlo desde que ha recibido la noticia de su hermano.
Se lleva una mano a la nuca y comienza a frotarse la zona.
—La verdad es que no suelo disculparme a menudo. Tampoco suele importarme lo que la gente piense de mí, pero contigo es diferente.
—¿Por qué?
—No vas a ponérmelo fácil, ¿eh? —Niego con la cabeza a la vez que me muerdo el labio inferior para esconder la sonrisa—.
Me importas. Me importas lo suficiente para querer protegerte de todo lo malo; para sentirme celoso si cuidas a otro que no sea yo y portarme como un imbécil cuando creo que no soy el centro de tu atención.
Y ya que estamos, voy a ser sincero aun a riesgo de que te asustes y vuelvas a huir a la otra punta del avión.
Trago saliva, todavía intentando procesar lo que acaba de decirme.
—Alex…
—No, espera. Esto se me da de pena y, si me interrumpes, seguramente no te lo contaré nunca.
Estoy obsesionado contigo, Alba —sentencia como si sus palabras tuviesen que albergar algún sentido para mí.
Sus ojos me escrutan esperando una reacción por mi parte, pero yo ni siquiera sé cómo sentirme, ni mucho menos se me ocurre qué decir.
—Lo siento… Vas a tener que explicármelo un poco mejor si quieres que lo comprenda.
—Estoy obsesionado desde el primer día que te vi hablando con Vega.
Os estaba vigilando desde lejos y, a pesar de que te habíamos investigado y no había nada sospechoso en ti, cuando ella se marchó, mis piernas se movieron solas y te seguí.
Te observé de lejos mientras comprabas velas y otras pijadas, me quedé cerca cuando descansabas en una cafetería y sentí un vacío en el estómago al creer que te había perdido en la librería.
Después me vacilaste, y ver ese fuego en tu mirada no hizo más que empeorar la situación.
Casi me vuelvo loco cuando Vega me contó que te habían atacado, y ahí la obsesión se me escapó de las manos.
Intuía que había alguien siguiéndote los pasos, además de mí mismo.
No los veía, pero los sentía cerca, y ese es el motivo por el que pude presentarme en tu apartamento cuando esos tíos entraron.
Estaba en el coche, vigilando tu edificio, y los vi en la azotea.
Tuve miedo de no llegar a tiempo —afirma con verdadera preocupación y retira la mirada.
Estiro la mano y la coloco en su mejilla, tratando de calmar su angustia.
Me recuerda al niño obstinado que un día conocí.
A aquel le preocupaba que alguien pudiese darse cuenta de que se había forjado una bonita amistad entre nosotros, y me hacía reír cuando veía mis ojos vidriosos y llenos de preocupación por su mal estado después de un encuentro con su padre.
Jamás imaginé que un día, ese mismo niño estaría confesándome cosas como esta.
—Alex, yo… No sé qué decir, pero si esperabas que me asustase y saliese corriendo es que no me conoces tan bien como pensabas.
Acerco los labios a los suyos y le doy un beso lento, suave; uno que solo pretende hacerle olvidar, hacerle sentir bien durante unos minutos.
Cuando nos separamos, percibo cierta calma en su expresión que antes no estaba.
—Tengo miedo de no volver a ver a mi hermano con vida —confiesa, y la manera en la que se abre a mí significa tanto como sus palabras anteriores—.
Nuestra relación nunca ha sido mala, pero tampoco demasiado estrecha.
Jamás entendió que decidiera marcharme de España tras la muerte de mi padre y, durante mucho tiempo, me estuvo echando en cara que no me quedase a su lado para ayudarle a asumir su posición como jefe de la Familia.
—¿Te habría gustado ocupar su puesto? —pregunto con miedo a su respuesta. Todavía temo que el Alex despiadado y sanguinario aparezca de un momento a otro y se trague esta versión de él mismo que me hace sentir más de lo que quiero admitir.
—No, pero tampoco podía quedarme.
No me da más explicaciones y, a pesar de que me gustaría preguntarle por qué se marchó sin mirar atrás siendo el hombre más temido de la organización, no puedo hacerlo, no sin contarle quién soy en realidad. Y, con todo lo que está pasando con Antón, no es el momento.
—Estoy segura de que tu hermano saldrá de esta —afirmo cogiéndole la mano—. Si es la mitad de cabezota que tú, apuesto a que en unos días estará dando por saco a las enfermeras. No puedo ni imaginarme el peligro que debéis de tener los dos juntos.
Me observa en silencio, serio, como si hubiese averiguado lo que estoy tratando de hacer.
—Gracias —susurra sin soltarme.
—No es necesario darlas. Siempre quise tener un hermano. Como no lo tengo, canalizaré mis fuerzas en ayudar al tuyo.
Pasamos el resto del vuelo abrazados; mi mano no quiere soltar la suya y mi cuerpo teme perder su calor.
Nada más aterrizar en Vigo-Peinador, un coche negro recoge a Hughes para acompañarlo a casa del hermano de Alex y otro del mismo color y modelo nos lleva a nosotros al hospital.
Conforme nos acercamos a nuestro destino, siento que el nerviosismo de Alex va en aumento.
La calma que se había instaurado en el avión ha desaparecido del todo.
Al llegar, nos conducen a un despacho, donde un hombre vestido con bata blanca, que se presenta como el jefe de planta del hospital, informa a Alex de la situación clínica de su hermano.
Hace una hora que lo han intervenido por segunda vez y el pronóstico continúa siendo reservado.
Alex se muestra irascible y presiona al médico para que le dé las buenas noticias que necesita recibir, pero este insiste en que hay que esperar y que lo mejor para la salud de Antón es que permanezca sedado por ahora.
—Quiero verlo —exige, interrumpiendo al médico, que sigue hablando de tratamientos y cuidados.
—Te recomiendo que esperes hasta mañana —informa el hombre, algo cohibido—. La operación lo ha dejado exhausto y no…
—No era una pregunta —lo corta de malas formas.
—Está bien, seguidme. —Caminamos detrás de él.
Se le nota nervioso y lo entiendo. La presencia de Alex y de los soldados armados y vestidos de negro que custodian la planta en la que se encuentra internado Antón es, cuando menos, imponente.
Después de girar por un pasillo, nos señala una puerta en la que hay apostados dos guardias de seguridad—.
Creo que no hace falta que os acompañe, pero sí que os voy a pedir que mantengáis la calma en su presencia.
Es importante para su estado de salud que no se altere.
—De acuerdo.
Antes de marcharse, el doctor me dedica una mirada que baila entre la compasión y la súplica. No sé qué tipo de película se ha montado en la cabeza, pero giro la cara y camino junto a Alex hasta la puerta.
Los dos guardias se tensan en cuanto adivinan que nuestro destino no es otro que la habitación que están vigilando y uno de ellos da un paso adelante para impedir que nos acerquemos más.
—Apártate de mi camino —sisea Alex con furia contenida. Lo conozco y está a solo una chispa de estallar. El hombre se lleva la mano a la espalda y Alex lo detiene con la mirada.
—Ni se te ocurra sacar el arma si no quieres perder la mano —amenaza con un tono de voz que le he escuchado muy pocas veces.
De pronto, el otro guardia suelta una exhalación y coloca una mano en el hombro de su compañero. Tiene la cara desencajada y juraría que, si pudiera, echaría a correr en sentido contrario a nosotros.
—Abismo —saluda a Alex, con una mezcla de solemnidad y respeto.
Mi mirada se desvía rápidamente hacia mi derecha, donde él se encuentra, y sé que he visto algo en sus ojos que ya no está, como si ese mote lo hubiese golpeado con dureza—.
Guarda el arma, joder. —Se dirige a su colega, que todavía mantiene la mano en su espalda, sujetando la empuñadura de su pistola, aunque ahora parece estar en shock.
—Lo-lo siento, señor. Sé de usted, pero nunca lo había visto en persona y tampoco lo esperábamos —se disculpa el chaval con temor.
No aparenta tener más de veinte años y la situación, claramente, le queda grande.
Lo que no entiendo es por qué han puesto a un chico así a vigilar al jefe de la Familia.
—Esperaré en la sala con Parker —interrumpo para distraer la atención de Alex hacia mí y que deje de asesinar al chico con la mirada—. Avísame si necesitas algo.
Los guardias apenas se percatan de mi presencia, ambos siguen embobados con Alex, como si se tratase de una aparición divina o, en este caso, más bien demoniaca.
Cuando un rato más tarde vuelve a por mí, detecto la máscara de frialdad que lleva puesta y respeto su silencio. Después de casi veinte minutos en el coche, veo que nos estamos alejando de la ciudad y le pregunto a dónde nos dirigimos.
—Nos quedaremos en casa de mi hermano. —Un escalofrío me recorre la columna al confirmar lo que ya imaginaba—.
Necesito estar allí para poder encargarme de algunos asuntos y ver cómo se están organizando sus tenientes.
Según me dijo Ania, no lo están haciendo demasiado bien.
Una familia sin jefe siempre implica una lucha de poder.
Deberé valorar las opciones y decidir qué es lo mejor para la organización mientras Antón siga en coma.
—¿Saben que vas?
—No. Le he pedido a Ania que mantenga mi llegada en secreto, no quiero que a los hombres de Antón les dé tiempo a prepararse.
—¿No estás siendo demasiado desconfiado? Si tu hermano los tiene a su alrededor, será porque le son leales.
—Es posible, pero no los conozco, y te sorprendería lo que algunos hombres son capaces de hacer por rascar un poco más de poder.
Está agobiado, lo sé, puedo sentirlo en la forma en la que tensa el cuello o pasa sus manos sobre la tela del pantalón alisando unas arrugas inexistentes.
—He hablado con Sombra desde la sala de espera. Ella y los demás llegarán en unos días y dejaré de ser una carga para ti.
Gira la cabeza para mirarme. Ambos vamos sentados en el asiento trasero mientras Parker conduce en absoluto silencio, como si fuera ciego y sordo respecto a lo que sucede en la parte posterior del coche.
—Después de lo que te he dicho esta mañana, ¿eso es lo que piensas que eres para mí, una carga? Qué mal me he debido de explicar entonces.
—Bueno —respondo nerviosa—. Me refiero a que ahora mismo tienes bastantes cosas encima y te aliviará saber que, al menos, ya no deberás preocuparte por mí.
Acerca los labios a los míos y los lame despacio.
Después me besa y yo abro la boca para que mi lengua entre en contacto con la suya.
Lleva la mano a mi nuca para profundizar el beso y gimo de placer.
Su forma de tocarme incrementa mi necesidad de él y me hace olvidar hasta cómo me llamo.
Le tiro del pelo, rogando que no se separe de mí, y estoy a punto de subirme a su regazo cuando recuerdo que no vamos solos en el coche, que Parker conduce.
Separo nuestras bocas a regañadientes y apoyo mi frente en la suya.
—Alba —susurra sobre mis labios y espera a que lo mire antes de continuar—.
Ni de coña voy a dejar que te alejes de mí.
—Nuestras respiraciones chocan la una contra la otra, todavía agitadas por la intensidad del beso—.
Vega y los demás pueden alojarse también en la casa.
Es lo bastante grande para todos. Tenéis un gimnasio para entrenar y pediré que habiliten uno de los despachos para vosotros.
Además, es el lugar más seguro del norte del país.
Asiento cuando las palabras no se deciden a salir de mi boca.
No estoy acostumbrada a que alguien me quiera a su lado sin ninguna razón aparente, sin buscar algún tipo de beneficio, que suele ir ligado a mi capacidad de dominar las tecnologías como pocos son capaces de hacerlo.
Trato de pensar en lo que Alex obtiene si me quedo junto a él y no encuentro absolutamente nada. «¿Es esto posible?».