Abismo (Atenea 2) 17. Alex
36%

17. Alex

ALEX

Me despierto con una sonrisa en la cara.

Hace mucho que eso no sucedía; no suelo encontrar nada que me haga feliz hasta después de haber tomado, al menos, dos tazas de café por la mañana.

La cama todavía huele a ella, a manzana, a hierba húmeda y también a sexo.

Joder, al mejor sexo que he tenido en la vida.

Me pregunto si escapó antes de llegar a dormirse o si, por el contrario, se ha despertado a mi lado.

Es extraño haber dormido tan profundamente que no me haya dado cuenta del momento en que se ha marchado. En los últimos meses no recuerdo haber descansado más de tres horas seguidas.

Me pongo lo primero que pillo y compruebo el teléfono; sigo sin tener noticias de Antón y eso empieza a mosquearme.

Marco su número y la llamada se desvía al buzón de voz.

Aprieto con fuerza el móvil y me obligo a darle unas horas más.

Es posible que esté metido en algo, pero, si fuera grave, Martiño me lo habría dicho ayer cuando hablé con él por lo del alojamiento y el médico, ¿no?

Salgo de la habitación y solo he de seguir el olor a café y a comida recién hecha para encontrar a Alba trajinando en la cocina.

Lleva puestos unos leggings verde menta que le marcan el culo y una camiseta blanca básica que deja uno de sus hombros al descubierto; su pelo rosa está desordenado y la naturalidad con la que se mueve entre cacharros e ingredientes tiene algo que me deja embobado mirándola.

—¿Qué haces? —pregunto después de unos segundos mientras me acerco y tomo asiento en un taburete alto que hay junto a una mesa.

—Joder, qué susto me has dado —responde levantando la mirada del plato que estaba preparando—. Estoy haciendo la comida. Son casi las tres de la tarde.

—¿Todo eso es para mí? No tenías por qué molestarte, ratoncito.

—No es para ti, idiota. Esto es para Hughes. El médico dijo que tenía que esperar unas horas antes de comer algo sólido, así que debe de estar hambriento.

Observo cómo ordena con mimo la bandeja. Contiene un plato de arroz con setas, un cuenco con lo que parece ser hummus, pan cortado en trocitos y un vaso de agua.

«¿De verdad ha preparado todo eso para Hughes?».

Antes de que pueda pensarlo bien, las palabras se deslizan por mi boca acompañadas por la rabia que siento al saber que se ha marchado de mi lado para atenderlo a él.

—Ya veo. Seguro que sabe cómo agradecerte todo lo que estás haciendo por él.

—No me gusta lo que estás insinuando, Alex. Si tienes algo que decir, suéltalo ya. No seas tan cobarde de hablarme con indirectas.

—Solo me ha sorprendido lo rápida que eres saltando de una cama a otra, es todo.

Veo en su mirada el impacto del golpe que acabo de asestarle y, en lugar de sentirme complacido, noto un peso en el centro del pecho.

Pestañea despacio, supongo que digiriendo lo que acabo de decirle, y después los ojos se le llenan de algo parecido a la furia. Sé que no va a ser bueno, pero merezco cualquier cosa que pronuncie a continuación.

Se da la vuelta, coge otra bandeja de la encimera y me la planta delante de malas maneras.

Contiene café, dos cruasanes y un pequeño cuenco de mermelada de albaricoque, mi favorita.

Recoge de ella la taza y, con movimientos lentos, me derrama el café sobre la cabeza sin que yo haga nada para evitarlo. Lo merezco.

—Aquí tienes el café que tanto necesitas por la mañana. Puedes comerte la bollería; el plato de arroz con setas que había guardado para ti prefiero dárselo a los perros de la vecina. Ellos, al menos, lamen mis manos en lugar de morderlas.

Se da la vuelta, recoge la comida de Hughes y sale de la cocina sin que yo haya sido capaz de formar una frase coherente.

«Joder, soy gilipollas».

Estoy planteándome si debería o no salir detrás de ella cuando mi teléfono suena con un número que no reconozco.

—¿Alex? Soy Ania… Sé que han pasado muchos años, pero confío en que todavía me recuerdes.

El shock de escuchar a la mujer que fue el ama de llaves de casa de mi padre desde que tengo uso de razón me deja aturdido durante unos segundos.

Mi pasado me golpea como una enorme bola de demolición, robándome el aire.

A mi cabeza acuden los recuerdos de cuando ella me cuidaba después de las palizas de mi padre que me obligaban a pasar varios días en cama; su mirada cálida; sus gestos silenciosos…

, incluso aquellos de advertencia si intuía que mis actos contradecían lo que el señor Reigadas esperaba de su hijo.

Una mujer que permaneció siempre en la sombra, una constante en mi infancia.

—Ania. Por supuesto que te recuerdo. ¿Qué puedo hacer por ti?

—No sé si hago bien en llamarte, pero siento que es lo correcto. Tienes que saberlo.

—Adelante, habla —la apremio sintiendo su nerviosismo, que no cuadra con la imagen imperturbable que guardo de ella.

—Es tu hermano, el señor Antón. Está herido. —Dejo de respirar durante unos segundos—. No me cuentan mucho, pero hace un rato escuché hablar a dos guardias y comentaban que era grave. Se encuentra en el hospital.

Su voz suena compungida y a la vez algo temerosa.

—Ania, ¿por qué no me ha llamado Rafa?

—Lo han matado, Alex, no sobrevivió al tiroteo.

—Coge aire antes de continuar y parece desesperada, como si yo fuese su último recurso—.

Nadie me cuenta nada. Los hombres de tu hermano van de un lado a otro como pollos sin cabeza.

Esta mañana, Rubén ha venido a la casa, quería coger algo del despacho de Antón y Martiño se ha negado a dejarle pasar. Se han peleado como dos brutos y luego…

—Continúa, Ania. Sea lo que sea, dímelo.

—No quiero meterme en problemas, pero sé que tu hermano no habría aprobado lo que ha pasado. Una chica que lleva poco tiempo trabajando en la mansión, Mariela, ha intentado separarlos y Rubén le ha dado un puñetazo en la cara. La casa es un desastre, Alex.

—¿Por qué coño no me han llamado del hospital para avisarme?

—No sé qué decirte sobre eso, pero he escuchado que lo han ingresado en el Vithas.

—Está bien. Voy a averiguar el estado en el que se encuentra Antón. Te pondré al día en cuanto tenga más información. Y, Ania… —hago una pausa—, has hecho bien en llamarme, pero no le cuentes a nadie que has hablado conmigo.

—No diré nada. Solo espero que Antón se encuentre bien y vuelva pronto a casa.

Llamo al hospital y se niegan a facilitarme cualquier dato sobre mi hermano por teléfono.

Pierdo casi media hora en tirar de contactos y, finalmente, consigo la información que estaba buscando, aunque es casi la peor de las noticias que podían haberme dado: Antón recibió una bala en el pecho, su estado es grave y lo mantienen sedado para controlar sus constantes vitales.

No saben si sobrevivirá y me recomiendan que vaya en persona al hospital.

—¡Joder! —grito mientras lanzo el teléfono contra la pared de la cocina.

Sé perfectamente que mi hermano no lleva una vida entre algodones y que tiene muchos enemigos solo por ser la cabeza visible de la familia, pero, joder, siempre se ha protegido.

Un ruido a mi espalda me hace darme la vuelta y veo a Alba bajo el marco de la puerta, con la bandeja que le ha llevado a Hughes entre las manos.

—¿Qué ha pasado?

Dudo un momento si decirle la verdad o dejarla fuera de esto, pero ni siquiera sé si lo segundo es una opción cuando voy a tener que llevarla conmigo a Vigo.

A Vigo. El nombre de esa ciudad sabe ácido en mi lengua.

—Han herido a mi hermano y es grave.

No tengo que explicar más, ella sabe quién es Antón y a lo que se dedica.

Deja la bandeja sobre el banco de la cocina y se acerca unos pasos.

—Prepararé todo para marcharnos cuanto antes. ¿Sabes quién ha podido ser?

—No tengo ni puta idea. A veces intercambiamos información que puede resultarnos útil entre organizaciones, pero no hablamos del día a día y menos de las operaciones que tenemos entre manos.

Antón cuenta con muchos enemigos, podría haber sido cualquiera de ellos.

Asesinaron a su segundo en el mismo tiroteo, así que la información de la que dispongo es igual a nada.

Necesito ir al hospital en el que está ingresado.

—Iré contigo. ¿Qué hacemos con Hughes y los hombres que atrapamos ayer? No podemos dejarlos aquí solos, y llevarlos con nosotros sería peligroso, además de que nos dificultaría mucho las cosas.

Algo se activa en mi cabeza cuando nombra a los tíos que interrogué ayer y corro a buscar mi teléfono que, por suerte, todavía funciona después de haberlo lanzado contra la pared. La pantalla tiene varias grietas, pero soy capaz de releer el mensaje que recibí anoche:

… Y como ahora la pelota está en mi tejado, he decidido hacerte un regalo. Espero que lo descubras pronto.

Besos, Yue

—¡Hija de la grandísima puta! —murmuro para mí mismo.

—¿Qué pasa?

—Sé quién ha sido. Ayer, uno de esos tipos a los que cogimos me habló de la mujer que los había contratado para el trabajo. Dicen que está emparentada con Feng y que ahora es ella quien dirige la organización.

—¿Y ha hecho esto solo porque destrozaste su club?

—Eso parece —exclamo apretando el teléfono en la mano al tiempo que pienso en docenas de maneras en las que se lo haré pagar—. Recibí un mensaje de un número privado poco después y ahora todo encaja.

Le tiendo el teléfono para que pueda leerlo y veo cómo abre los ojos de forma exagerada.

—Mierda, tengo que contárselo a Sombra. Feng Yue es la hermana de Feng Bao.

Su nombre apareció en varios de los archivos que encontré en el ordenador que utilizaron para rastrearme.

Está vinculada a varias operaciones en Europa, pero, hasta ahora, se trataba de un fantasma.

No he podido hallar ni una sola fotografía suya en la red.

Mientras Alba se marcha fuera para hablar con su equipo, yo doy vueltas a la cocina como un león enjaulado.

Si esa mujer ha sido capaz de matar a Rafael y dejar a mi hermano en coma, no sabe lo que la espera.

Me da igual haber jurado que nunca pondría la mano encima a una mujer porque pienso saltarme cualquier límite para que pague por sus actos.

Cierro los ojos y pienso en la primera línea roja que voy a cruzar por ella: hace doce años juré que jamás volvería a pisar mi ciudad natal.

Fue el día en que terminé con Abismo, llevándome por delante la vida de mi padre.

Todos creen que fue un accidente, todos salvo Liam.

Ni siquiera Antón sabe que en realidad fui yo quien acabó con él, ejecutando por fin la venganza que comencé a planear la primera vez que el señor Reigadas me puso la mano encima.

Me ha costado mucho seguir adelante a pesar de todo lo que sucedió durante mis primeros años de vida.

Hago lo posible por mantener los recuerdos bajo llave para preservar la cordura y contener a la bestia que, durante tanto tiempo, dominó en su lugar. Y a veces fallo. Últimamente, demasiado.

Sé que volver no es buena idea, pero parece mi única opción.